Sirviente X Sirvienta - 32
A la mañana siguiente, Ellie abrió los ojos de par en par antes de que el cielo siquiera empezara a clarear. Y apenas despertó, se incorporó de un salto en la cama. Daniel, que como siempre ya estaba despierto, la miró con cara de pocos amigos al verla levantarse como si fuera un muerto resucitando de su ataúd.
Ellie saltó al piso y lo saludó con mucha energía:
—¡Diana, buen día!
—Ya, ya… hola.
Ante semejante ímpetu, Daniel respondió casi por inercia. Ellie continuó mientras miraba hacia la ventana:
—¡Qué bonito está el clima!
Daniel también miró hacia afuera, pero lo único que se veía era el cielo grisáceo del amanecer. Para colmo, hoy estaba nublado y lleno de nubes pesadas.
Mientras tanto, Ellie se agachó y sacó su maleta de debajo de la cama.
—Me voy a cambiar de ropa.
Como ella saltaba de un tema a otro sin previo aviso, Daniel no captó la indirecta al toque. Ellie ladeó la cabeza extrañada.
‘Qué raro, si siempre se va al toque antes de que yo diga nada’
—Ah.
Daniel, dándose cuenta tarde, se dio media vuelta al toque. Sin decir ni una palabra, salió de la habitación a grandes zancadas y cerró la puerta de un portazo. «¿Ahora qué le pasa?». Ellie no lograba entender qué pasaba por la cabeza de ese hombre.
De todos modos, hasta aquí todo iba según lo planeado anoche: no ser una carga y levantarse por su cuenta. No hacer nada que le moleste a su compañero de cuarto.
‘Si me esfuerzo, todo me va a salir bien. Algún día él también se va a ablandar. Me va a reconocer como una buena colega y como su amiga’
Ellie apretó los puños para darse ánimos. ¡Vamos, tú puedes!
Camino al trabajo matutino, Daniel miraba de reojo la nuca de Ellie, que caminaba moviendo los brazos con mucha vitalidad. Ella llevaba en cada mano un balde bien pesado. Él se los pudo haber cargado, pero ella se puso terca y se los quitó de las manos.
Aunque Daniel intentaba ser frío a propósito, tampoco quería que Ellie anduviera toda cabizbaja. Al contrario, prefería que estuviera bien, como si nada pasara, para él no tener que preocuparse. Pero por alguna razón, le importaba un bledo… o mejor dicho, le importaba demasiado. Mucho más que cuando ella se la pasaba hablando por los codos.
Llegaron frente al «cuarto del niño», como de costumbre. Daniel iba a abrir la puerta, pero Ellie se le cruzó de repente.
—Espera un ratito.
Ella se adelantó y agarró la manija. Abrió un poquito la puerta y espió por la rendija. El cuarto estaba vacío, como si el dueño nunca hubiera regresado. Ellie abrió la puerta de par en par y gritó emocionada:
—¡No está!
Fue un grito tan alegre que casi le rompe el tímpano. Daniel soltó un bufido, incrédulo. «Ya, es mejor que no esté el pervertido ese, ¿pero es para tanto escándalo?».
Sea como sea, Ellie parecía genuinamente feliz. Entró al cuarto moviendo los brazos como si fuera una mariposa. Se instaló rápido cerca de la chimenea y empezó a limpiar. Mientras movía las cenizas que aún tenían algo de fuego, no paraba de tararear.
Nadie que viera a Ellie ahora diría que estaba deprimida. Se veía de lo más feliz. El problema era que no parecía feliz por algo bueno, sino más bien como si se hubiera comido un hongo alucinógeno por error.
Daniel frunció el ceño al ver que el estado de Ellie estaba cada vez peor. «No se habrá vuelto loca de verdad, ¿no?». Aunque trataba de no pensar en eso, la duda le asaltaba a cada rato.
En el desayuno fue la misma historia. Ellie estaba más pilas que nunca. Se mataba de risa hasta de los chistes más tontos que contaba Amanda. Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para parecer «normal», pero no le estaba saliendo muy bien que digamos. Al final, hasta Amanda se dio cuenta de que algo raro pasaba.
—Ellie… ¿te ha pasado algo?
—¿A mí? ¡No! ¿Por qué? ¡Oye, este chorizo está riquísimo!
Dijo eso mientras se metía un trozo de chorizo en la boca, que ya estaba llena de comida. Amanda y Daniel se quedaron mudos viéndola masticar como si no hubiera un mañana.
Después de comer, todos se fueron al patio trasero. Al caserón llegaban provisiones dos veces por semana. Normalmente, la gente de la cocina se encargaba de organizar todo bajo la supervisión del jefe de cocina, a veces con ayuda de los footmen (lacayos), pero cuando llegaba mucha carga, llamaban a todos los sirvientes.
Hoy era uno de esos días. Con excepción de las damas de compañía y algunos sirvientes de alto rango, todos se reunieron en el patio trasero del anexo. De pronto, se abrió el portón y entró la carreta. El jefe de cocina se adelantó primero.
—¿No falta nada?
—Por supuesto que no.
El lacayo que venía con el carretero saltó al suelo de tierra. De inmediato, los sirvientes hombres se amontonaron para empezar a bajar la carga.
Dos jardineros fortachones subieron a la carreta y empezaron a repartir los bultos. Los primeros en recibir la carga fueron los mensajeros, que eran niños.
Eran niños pequeños que hacían los recados y las tareas más pesadas en la mansión. Esos niños casi ni recibían sueldo; venían de familias muy pobres que los mandaban a trabajar lejos para tener una boca menos que alimentar y para que aprendieran el oficio de lacayos.
Ellie, mezclada entre las mucamas, miraba de reojo a los chicos. Eran niños mucho más pequeños que Matthew pero más grandes que Amy, cargando bultos que eran casi la mitad de su tamaño. Aunque ya se los había cruzado antes, verlos trabajar tan duro le dio mucha pena.
Entonces, se puso fuerte. «Si hasta los niños trabajan así de duro, yo no puedo andar quejándome, si no, ya no sería una adulta». Se juró no cometer ni un error. No era muy buena para los trabajos de fuerza, pero estaba convencida de que, si se lo proponía, podía con todo.
Los lacayos, con la carga pesada sobre ambos hombros, caminaban con fuerza y a grandes zancadas hacia el anexo. Las mucamas también fueron recibiendo sus bultos uno por uno. Finalmente, llegó el turno de Ellie. El hombre que estaba subido en la carreta la miró de reojo y le alcanzó una canasta de huevos.
—Toma.
Pesaba relativamente poco, pero si se le caía, estaba frita. Ellie abrazó la canasta y empezó a caminar con muchísima cautela.
Daniel frunció el ceño al ver a Ellie caminando por detrás, tambaleándose como un pato en el hielo. Estaba tan tensa que su forma de caminar se veía forzada y daba miedo solo de verla. «Caminando así, es más fijo que se va a sacar el ancho», pensó él.
Mejor le digo para cambiar de carga por mi saco de frejoles secos. Se apuró para alcanzarla, pero un invitado inesperado se le adelantó. Un lacayo que venía en dirección opuesta se acercó primero a Ellie. El tipo, que ya había dejado su carga y regresaba con las manos vacías, le quitó la canasta de huevos casi de un tirón.
—¡Ah…!
Ellie abrió los ojos de par en par por la sorpresa. Pero antes de que pudiera preguntar por qué, el hombre dio media vuelta y se largó de nuevo hacia el anexo. Se llevó la canasta que ella cargaba con tanto miedo como si no pesara nada, sosteniéndola con un solo brazo.
De la nada, se quedó con las manos vacías. Tras quedarse un momento en el sitio toda confundida, Ellie reaccionó y corrió de nuevo hacia la carreta. El jardinero le entregó de inmediato un nuevo paquete.
Esta vez era un costal de papas. A diferencia de su tamaño, que parecía manejable, pesaba un montón. Ellie empezó a caminar haciendo mil muecas por el esfuerzo, cuando otro lacayo apareció y le arranchó la carga.
—Oye, no, está bi…
Este segundo lacayo tampoco escuchó sus protestas y se fue tal cual. Ella se quedó desconcertada mirando a su alrededor.
Era cierto que los hombres, que eran más macizos, llevaban la delantera cargando bultos. Pero las mujeres e incluso los niños hacían su parte. Nadie más se quedaba sin poder llegar ni a la puerta del edificio porque les quitaban la carga. Ellie no entendía qué diablos estaba pasando.
Daniel miraba con mucha desaprobación cómo los hombres se peleaban por ayudar a Ellie. Era una amabilidad exagerada o, mejor dicho, una metida de cuchara. No es que los lacayos lo hicieran por un sentimiento profundo; era el típico desplante de hombre creído. Una «ayudadita» que daban sin importarles cómo se sentía ella.
La veían como la mucama nueva que todavía estaba media verde. Además, como tenían ojos y oídos, sabían perfectamente que a ella no la trataban muy bien entre las otras mucamas. Así que expresaron esa lástima que sentían a su manera.
A Daniel no le cuadraba para nada lo que hacían. ¿No era un chiste y una hipocresía que trataran mal a los niños mensajeros de su propio entorno, pero se las dieran de caballeros con ella? No, en verdad, lo que más le reventaba era que el centro de toda esa atención innecesaria fuera justamente Ellie.
Y Daniel no era el único que estaba de mal humor. Betty le susurró a la mucama que estaba a su lado:
—Lo hace a propósito, ¿no crees?
—Obvio, pues. Qué más va a ser.
Al recibir la respuesta que quería, Betty soltó un bufido fuerte. Dijo que era un susurro, pero en verdad lo soltó a viva voz para que se escuchara.
Ellie, que esperaba para recibir una nueva carga, miró de reojo hacia atrás. Y ahí mismo, se cruzó de frente con la mirada de odio de Betty.
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