Sirviente X Sirvienta - 31
—No… es que me quedé dormida.
Ellie bajó las cejas y deprimió los labios en un mohín. Amanda, riendo, le dio un palmazo en el hombro.
—Suele pasar. Pero, ¿no será porque ya te acostumbraste al ritmo?
Ellie solo asintió con la cabeza. Amanda giró la cara bruscamente hacia el otro lado y saludó también a Daniel.
—Buen día para ti también, Diana.
Daniel apenas hizo un gesto con la cabeza, casi sin mirarla. Era su actitud indiferente de siempre, pero Amanda sintió que algo no andaba bien. Volviendo a mirar a Ellie, gesticuló en silencio con los labios:
‘¿Pasó algo entre ustedes dos?’
Ellie negó con la cabeza repetidamente. Si se ponía a pensar en si ‘pasó algo’ o no, la respuesta era un rotundo no. Es más, si alguien tenía derecho a estar molesta por lo de ayer, era ella, ¿verdad? Al menos eso era lo que seguía pensando.
Sin embargo, parecía que Daniel no opinaba lo mismo. Como era de esperarse, durante toda la comida el ambiente estuvo gélido. Amanda intentó romper el hielo con esa chispa que la caracteriza, pero con Daniel cerrándose en banda, no hubo forma de que sus intentos funcionaran.
Ellie también estaba tan pendiente de cómo reaccionaba él que ni siquiera sentía el sabor de la comida; estaba en otro mundo. Aun así, no iba a desperdiciar algo tan rico, así que terminó todo su plato.
Llegó el momento de separarse para que cada uno cumpliera con sus tareas. Amanda se despidió con la mano, con una expresión de clara preocupación.
—Bueno, nos vemos luego.
—Ya, nos vemos.
La tarea de hoy por la tarde era limpiar la escalera principal. Le tocaba trabajar con Daniel. Pero Ellie no podía alegrarse como de costumbre. Ante la actitud cortante de él, ella solo se quedó ahí, cohibida, jugueteando con sus uñas.
Un grupo de empleadas se reunió al pie de la escalera. Como siempre, la que llevaba más tiempo trabajando se tomaba las atribuciones de jefa. Jane, pavoneándose como si fuera la ama de llaves, dio las órdenes:
—Diana y yo limpiaremos los pasamanos; las demás, barran el piso.
Aunque daba un poco de cólera, no había de otra. Las empleadas siguieron las instrucciones de Jane sin rechistar. Daniel tomó el abrillantador y los trapos secos, mientras Ellie agarraba una escoba. Sin embargo, Jane se la quitó de las manos y, en su lugar, le alcanzó un pequeño cepillo de limpieza.
—Ah, Ellie, tú usa esto.
—¿Eh?
—Limpia solo el polvo que se queda en las esquinas con esto. Puedes sola, ¿no?
Jane señaló el ángulo entre los escalones y el pasamanos. La herramienta que le dio era un simple cepillo de mango corto. Para quitar todo el polvo de ahí con eso, tendría que estar doblada sin poder estirar la espalda ni un segundo.
Mandarla a hacer todo eso sola era, a todas luces, una orden injusta. Pero Ellie no tenía voz ni voto. Aceptó a regañadientes con un gesto.
—Ya, está bien.
Ellie subió los escalones a paso ligero con el cepillo en la mano. Daniel soltó un suspiro mientras la veía irse.
Había seis empleadas reunidas para limpiar la escalera, aun así, le habían encajado el trabajo más pesado a una sola persona. Honestamente, no había otra forma de interpretarlo: era puro ensañamiento.
Pero él tampoco podía intervenir. Estaba en una situación donde debía pasar desapercibido lo más posible y, además, no había pasado ni medio día desde que decidió marcar distancia con Ellie.
Jane se dio media vuelta hacia Daniel. Esa actitud arrogante de hace un momento desapareció por completo y le habló con mucha confianza:
—Yo haré el lado izquierdo, tú haz el derecho, Diana.
—Ya.
Daniel también subió los escalones con sus útiles. Ellie ya estaba acuclillada en el suelo, sacudiendo el polvo desde el rincón más alejado. A Daniel le remordía la conciencia, pero seguía limpiando el pasamanos con fingida indiferencia.
Aunque no era una diferencia abismal, limpiar los pasamanos era la tarea más sencilla de todas. La ama de llaves siempre repartía el trabajo de forma equitativa, pero cada vez que las otras empleadas se dividían las tareas, a Daniel siempre le tocaba algo relativamente cómodo. En ese sentido, Betty, que incluso le delegaba sus deberes a Daniel, era la excepción a la regla.
No era difícil adivinar por qué Jane y las otras le tenían estas consideraciones. Una carta de recomendación a nombre de una familia ducal. Obviamente, él nunca trabajó ahí; era un accesorio que ‘El Buitre’ había preparado de antemano para infiltrarlo en la casa Stoner.
Sea como sea, para el resto del mundo, ‘Diana Dawson’ era una joven talentosa que había recibido una educación de alto nivel bajo el patrocinio del Duque. Se decía que dominaba tres idiomas —lo cual era cierto— y que tenía madera de sobra para ser institutriz, pero que estaba ahorrando para entrar a la universidad; ese era, a grandes rasgos, el perfil.
A Daniel le parecía que el trasfondo era innecesariamente detallado y exagerado, pero a la hora de trabajar, le traía bastantes beneficios. Entre las empleadas circulaban todo tipo de chismes: que si era la favorita del Duque, o que si era la hija de alguna amante escondida. Gracias a eso, nadie se atrevía a tratarlo mal, hasta le perdonaban que a veces no se comportara del todo como una empleada común.
Jane, que limpiaba el pasamanos del otro lado, le habló con un tono bastante amigable:
—Diana, ¿ya decidiste cuándo será tu próximo día libre?
—No, todavía no.
—Entonces, ¿por qué no salimos juntas? He quedado con Sally para ir a la zona comercial.
Daniel miró a Jane con extrañeza. No recordaba haber tenido ninguna conversación relevante con ella antes, así que, ¿a qué venía ese afán de hacerse la simpática de pronto? ¿Acaso estaba circulando algún otro chisme?
Como sea, no era algo que le incumbiera. Daniel respondió con su frialdad de siempre:
—No, ya tengo planes.
—¿Ah, sí? Qué pena.
Jane se retiró sin insistir. Sin embargo, Ellie, que seguía acuclillada en el suelo, paró la oreja de inmediato.
‘¿Planes? ¿De qué se tratará? ¿Tendrá una cita con Ian?’. Aunque no era asunto suyo, no pudo evitar que la curiosidad la carcomiera. Pero sabía que, aunque preguntara, él no le soltaría prenda. Aun así, le alivió un poco saber que, aunque a ella la estaban dejando de lado, él no iba a salir con las otras empleadas.
La limpieza continuó en silencio. Las demás chicas intercambiaban chismes de vez en cuando, pero Ellie, que estaba completamente aislada, no tenía forma de meterse en la conversación. Como era de esperarse, a ella nadie le iba a soltar una invitación para pasar el día libre juntas.
El trabajo era tan pesado como el sutil maltrato que recibía. Cuando todas terminaron y estiraron la espalda, ella apenas iba por la mitad de la escalera. Daniel, que no pudo evitar que le remordiera la conciencia, agarró un cepillo extra.
En cuanto él se ubicó un par de peldaños más abajo, Ellie, sorprendida, empezó a hacer señas con las manos para detenerlo.
—Yo… yo lo hago sola. No te preocupes.
—Ya corta, es mejor terminar rápido por el bien de los dos.
respondió él con brusquedad mientras empezaba a fregar con fuerza.
Una de las empleadas que estaba parada por ahí chismeando se les quedó mirando. Tras dudarlo un momento, agarró un cepillo y se puso a limpiar en el pasamanos del frente. Su compañera, al quedarse sin nadie con quien hablar, también se unió al trabajo como si fuera lo más natural del mundo. Jane las miró con mala cara, fastidiada.
No todos estaban pensando siempre en cómo tirarle el muerto a otro. Al fin y al cabo, todas estaban en la misma situación, lejos de casa y sirviendo en casa ajena. Pero claro, esta ayuda no habría llegado si Daniel no hubiera dado el primer paso. ‘Y después dice que no somos amigos… qué mentiroso’. A Ellie se le humedecieron los ojos y susurró:
—Gracias…
Como era de esperar, no hubo respuesta. Aun así, Ellie simplemente no podía pensar mal de Daniel.
A pesar de haber tenido ese gesto, Daniel se portó indiferente con ella el resto del día. Para Ellie, este había sido el día más agotador desde que llegó a la casa del conde. Incluso peor que cuando se cruzó con el pervertido.
‘Con razón dicen que uno aguanta el cansancio físico, pero no la soledad’. De pronto, le dieron muchísimas ganas de ver a sus hermanos. Pero, en el momento en que recordó sus caras, recuperó los ánimos. ¡No podía rendirse así nada más!
Se acercó animadamente a Daniel, que se estaba quitando el delantal para guardarlo.
—¿Quieres bañarte primero?
Daniel la miró de reojo. Su mirada seguía siendo igual de gélida. Ellie, aunque no había hecho nada malo, se sintió achicada.
‘Cuando un guapo se pone frío, sí que da miedo’. Sin embargo, Ellie forzó una sonrisa tan exagerada que parecía que se le iba a partir la cara. De tanto esfuerzo, las comisuras de sus labios temblaban.
—No, es que… como siempre te hago esperar… ve tú primero y yo voy después.
—No hace falta.
soltó Daniel, otra vez de malas.
Ellie, sin saber qué más hacer, agarró rápido su muda de ropa. En vez de ponerse a discutir sobre quién cedía el turno, mejor era ir y volver volando.
—¡Entonces, voy y vuelvo en un toque!
Salió del cuarto casi corriendo. En cuanto la puerta se cerró, Daniel soltó el suspiro que había estado aguantando.
Ellie Brewer no tenía ni la más mínima idea. Apenas escuchó la palabra ‘baño’, él, por puro reflejo, se imaginó la escena en el lavatorio; más precisamente, se imaginó su cuerpo desnudo.
Daniel se dejó caer en la cama. Sentía lástima por Ellie, que se esforzaba tanto por llevarse bien con una basura como él, pero al mismo tiempo sentía cólera contra ella. Se miró la entrepierna con asco.
Ese deseo que se retorcía sucio y cínico, oculto bajo la falda, le resultaba repugnante. Daniel se tomó la cabeza con las manos, sintiéndose totalmente sofocado.
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