Sirviente X Sirvienta - 30
Amaneció. Gracias al baño, Ellie durmió profundamente después de tiempo y ni siquiera tuvo pesadillas. Se sentía más ligera que nunca. Apenas se despertó, se estiró con ganas.
—¡Aaaaahhh…!
Por alguna razón, todo estaba más silencioso de lo normal. No sentía la presencia de Daniel. Lo raro era que, por lo general, él ya se habría levantado hace rato y estaría listo, pero esta vez no estaba por ningún lado. Ellie miró a su alrededor buscándolo.
«No está, ¿se habrá ido al baño?». No le dio mucha importancia y bajó los pies de la cama, pero sintió que la luz que entraba era más fuerte que otros días. Como si el sol hubiera salido hace un buen rato.
«No, no creo… ¿o sí?». Rezando para estar equivocada, Ellie volteó hacia la ventana. Un pajarito que estaba sentado en el marco salió volando justo en ese momento. Y ahí lo vio: un cielo despejado de mañana, totalmente iluminado.
—¡Ay, no!
Ellie bajó de la cama casi rodando. Abrió la puerta del cuarto y salió corriendo, pero el pasillo estaba desierto y en silencio. ¡Alerta roja! Se había quedado dormida de la peor forma.
Entró volando de nuevo a su cuarto y, sin siquiera cerrar la puerta, se quitó el pijama por la cabeza de un tirón. No tenía tiempo para elegir qué ponerse, así que agarró el uniforme que se había quitado ayer y se lo puso así nomás.
Quedarse dormida… era un error garrafal que no cometió ni cuando trabajaba en la mansión del Barón Myers. Ellie se amarró el cabello alborotado en una cola simple, agarró su delantal y su gorra, y salió disparada del cuarto. Los pasadores de sus zapatos, que no llegó a amarrar, volaban de un lado a otro mientras corría.
Bajó las escaleras a toda velocidad mientras metía los brazos en el delantal. Se puso la gorra de cualquier forma, sin fijarse si estaba al derecho o al revés. Casi se saca la mugre varias veces por pisar los pasadores sueltos. Las escaleras de madera crujían con todo, quejándose por el apuro de Ellie.
Cuando por fin llegó al hall del sótano, las demás empleadas ya se habían ido a sus puestos. Sarah, la jefa de empleadas, que se había quedado sola, vio a Ellie llegar toda agitada y la miró con furia.
—Ellie Brewer.
—Lo siento mucho…….
Sin tiempo ni para recuperar el aire, Ellie corrió hacia ella y agachó la cabeza. Sentía la mirada asesina de Sarah clavada en su nuca. Como era trabajadora temporal, le dio un miedo horrible que la despidieran ahí mismo.
Pero, por otro lado, en el fondo le daba cólera Daniel. Total, si igual hacen el turno de la mañana juntos, ¿qué le costaba despertarla? Sabía que él no tenía la obligación de hacerlo, pero no podía evitar sentirse dolida.
Y Ellie no era la única que pensaba así. Sarah, fastidiada, hizo un sonido de desaprobación con la lengua y preguntó:
—¿Te has peleado con Diana?
—No, para nada…….
Ellie trató de recordar lo que pasó anoche. Se habían estado picando por tonterías, pero eso era lo de siempre, ¿no? No le pareció que Daniel se hubiera molestado de verdad.
Sarah soltó un suspiro largo. Justo cuando pensaba que Ellie se llevaba bien con su compañero de cuarto, que no era muy amiguero que digamos, pasaba este chongo.
—Hoy te has salvado porque la señora Wise no está. Ten más cuidado la próxima.
—¡Sí……!
La cara de angustia de Ellie se iluminó al toque. ¡Qué lechera, tuvo una suerte increíble!
Sarah le hizo un gesto con la cabeza para que se fuera de una vez. Ellie salió del hall, se acomodó la gorra y se amarró bien el delantal.
Ya más tranquila, le volvió a subir la sangre a la cabeza de la rabia contra Daniel. «¿De verdad se pasó, no? Mínimo me hubiera metido un tabazo para que me despierte».
Ellie resoplaba de la cólera. Tenía que encararlo ahora mismo. Total, se lo iba a cruzar sí o sí en el trabajo.
Subió las escaleras de dos en dos. Y tal cual, apenas llegó al segundo piso, vio a Daniel saliendo del cuarto de los niños.
—¡Diana!
Daniel la miró de reojo. Sus ojos azules, que parecían canicas de vidrio, la captaron por un segundo. Su mirada estaba mucho más fría de lo usual, como si estuviera viendo a un completo desconocido.
Volteó la cara de inmediato y, sin decir ni pío, se fue directo al siguiente cuarto. Ellie estaba que se moría de la piconería. Lo siguió por detrás y le soltó todo su ranti de un porrazo:
—¿Cómo me pudiste dejar ahí durmiendo? ¿De verdad eres tan pesado?
Daniel se detuvo en seco. La miró con unos ojos más indiferentes que nunca.
—¿Y por qué tendría yo que despertarte?
Su voz estaba tan fría que parecía que le iba a salir escarcha. Ellie abrió los ojos de par en par. Mientras ella se quedaba muda por el shock, Daniel la remató sin asco:
—Parece que te estás confundiendo. Te dije que no te iba a botar, pero nunca dije que seríamos amigos.
Esa forma de ponerle el parche hizo que a Ellie le doliera el pecho. Sentía que su relación con Daniel había retrocedido al punto cero. No, en verdad era peor; sentía que, por algo que no sabía, él le había agarrado un odio fuerte.
Pero lo cierto era que Daniel tampoco se sentía bien hablándole así. Lo de dejarla durmiendo en la mañana fue a propósito, para marcar distancia, pero los insultos que le estaba lanzando ahora eran solo un berrinche feo. Él era el que no había podido controlar sus impulsos, y aun así, le estaba echando la culpa a ella.
Daniel volteó la cara de golpe, como queriendo ignorar a Ellie y, de paso, a su propia culpa.
—Bueno, ya te aguanté bastante, ¿no? No esperes que otros hagan tu chamba, haz tus cosas tú sola.
Daniel se preguntó cómo reaccionaría ella. ¿Iría corriendo donde la jefa para pedir que la cambien de cuarto? No lo creía. Ya sabía que no tenía los pantalones para eso y, la verdad, a él también le traería problemas si le asignaban a alguien nuevo.
Lo único que Daniel quería era que Ellie le agarrara camote —o sea, que le perdiera el cariño— y que guardara su distancia. Solo eso. Para que no se repitiera un «accidente» como el de ayer.
Pero lo que salió de la boca de Ellie no fue lo que él esperaba.
—Ya… perdóname. De ahora en adelante me voy a poner las pilas.
Daniel se quedó de una pieza al escuchar esa disculpa tan directa y la volteó a ver. Se le veía un poco bajoneada, pero no parecía que sus palabras le hubieran dolido en el alma. Al contrario, Ellie estiró la mano de frente y le quitó el balde.
—Dame acá. Yo lo llevo.
Con un balde en cada mano, Ellie se adelantó con toda la energía del mundo hacia el siguiente cuarto. Daniel se quedó mudo ante esa reacción que no se esperaba para nada.
Mientras iban de cuarto en cuarto, Ellie se portó más pilas que nunca. Apenas Daniel terminaba de recoger las cenizas, ella ya estaba echando el carbón y prendiendo el fuego de nuevo, aunque terminara tosiendo por el humo.
Para alguien con quien te toca trabajar, es mejor que sea rápida y atenta a que esté renegando y haciendo todo a paso de tortuga por estar picona. Pero Daniel no se sentía nada bien. Se sentía como la madrastra malvada de la Cenicienta, por decir lo menos.
Obviamente, a Ellie sí le había afectado. Era imposible que esas palabras no le dolieran. Como ella sentía que se habían hecho cercanos, la decepción y la pena eran más fuertes. Pero, más que resentimiento, tenía más ganas de que algún día él la aceptara como una amiga de verdad. Así que, mientras se hacía la que estaba concentrada en la chamba, lo chequeaba de reojo a cada rato.
Daniel no dijo ni «esta boca es mía» hasta que bajaron al comedor. Bueno, él nunca era de los que empezaba la charla, pero como Ellie también se quedó callada, el silencio se puso bien incómodo.
Apenas entraron al comedor, Daniel se sentó en su sitio de siempre. Ellie, por inercia, iba a sentarse a su costado, pero se detuvo en seco. «Seguro que hasta le molesta que me siente a su lado dándomela de amiguita», pensó. Así que, a propósito, se sentó dejando un asiento de por medio.
Daniel la miró como sin poder creerlo. Pero justo en ese momento apareció Amanda y Ellie no llegó a verle la cara.
—¡Ellie!
—¡Amanda!
Ellie saludó a Amanda moviendo la mano con alegría. A Daniel, por alguna razón, eso le cayó pesado. Sintió algo parecido a lo que sintió anoche cuando ella le contó que Amanda le había tocado el pecho.
Amanda, que no se dio cuenta del ambiente pesado, se sentó de frente en el sitio vacío entre Daniel y Ellie. Desde lejos, Betty la miraba con ojos de pocos amigos. Ellie, sintiendo esa mirada asesina, habló con cuidado:
—Oye, Amanda, ¿estás segura de que no hay problema……?
—No pasa nada, de verdad. Estar metida allá es… un dolor de cabeza.
Amanda se encogió de hombros.
La verdad es que le daba miedo que se vengaran, y al principio pensó que le convenía más estar en el grupo de Betty. Pero qué va. Solo servía para que la mandonearan y nadie se preocupaba por ella. Para eso, mil veces prefería andar con Daniel, que aunque era frío le ayudaba con el trabajo pesado, y con Ellie, que era una tonta de buen corazón aunque fuera un poco torpe.
Amanda se fijó en la cara de Ellie, que estaba un poco hinchada por el baño y por haber dormido tanto, y le preguntó:
—Cambiando de tema, no te vi hace un rato, ¿te sientes mal?
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