Sirviente X Sirvienta - 29
—Mmm… yaaa…
Ellie se dio la vuelta en la cama. La colcha se deslizó suavemente y su pijama delgado se le subió de golpe por encima de los muslos. En el instante en que él la miró de reojo, su miembro, que ya estaba completamente erecto, levantó la ropa interior con una fuerza incontenible. A Daniel se le cortaron las piernas y no tuvo otra que sentarse en la cama.
Solo había una persona a quien culpar. Se quedó mirando con furia a Ellie, que dormía de lo más tranquila. Era, literalmente, una emergencia. Ya no podía negarlo: era imposible calmar eso así nomás.
Daniel, apretando los dientes, se levantó la falda. Sus calzoncillos sueltos quedaron a la vista.
Sin embargo, en ese momento, la tela suave no se veía normal; parecía una carpa gigante que no cuadraba con la situación. Debido al líquido preseminal que se filtraba por el apuro, la punta de la columna que sostenía esa «carpa» se humedeció de forma transparente.
Daniel se bajó un poco la ropa interior. Su miembro saltó hacia afuera con un golpe seco. Estaba más firme que nunca, pero de solo verlo, a él le daban ganas de suspirar.
Con cuidado, sujetó el tronco con la mano. Pero incluso ese roce fue demasiado estímulo para él en ese estado.
—Uff…
Un quejido se le escapó de la boca sin querer. Si no hubiera sido tan sobrado y se hubiera desfogado antes, no estaría en este plan; pero ya era tarde para arrepentirse.
Solo tenía un objetivo. El placer era lo de menos, lo único que quería era estimularse lo más fuerte posible para eyacular rápido. Era como intentar apagar un incendio. Daniel movió la mano con los dientes apretados. Sujetó el tronco con cuatro dedos y empezó a frotar el glande con el pulgar.
Ese estímulo directo hizo que se le tensaran los abdominales y se le marcara la mandíbula. Por puro orgullo, mantuvo la mirada clavada en el piso para no voltear a la otra cama, pero aunque no viera, no podía dejar de pensar.
Ellie, hecha un ovillo y echada de lado con las mejillas encendidas, parecía decirle:
«¿Tú ya has besado?».
Ya no eran solo alucinaciones auditivas, sino que hasta empezaba a ver cosas. Ella seguía haciendo de las suyas en su cabeza: se quitaba la ropa y le mostraba su pequeña «flor».
Daniel cambió de estrategia al toque. Intentó recordar el momento más tonto de Ellie Brewer. Como esa vez que casi se saca el ancho por caminar sin mirar por dónde iba. Se veía tan pava y distraída… pero, irónicamente, lo que más recordaba era la sensación de su cintura delgada cuando la sostuvo para que no se cayera.
Y como era de esperarse, después de esa cintura estrecha, la imagen de sus pechos abundantes volvió a flotar ante sus ojos. Por más que se esforzó, terminó en el mismo lugar.
—Ah, carajo…
El miembro en su mano se sacudía como si fuera un bicho con vida propia. Daniel trataba de controlarlo mientras se insultaba a sí mismo sin parar. «Enfermo de mierda. Cochino. Eres un animal peor que William Stoner».
Daniel empezó a sacudirse con furia y rapidez. En vez de buscar placer, lo hacía con tosquedad, solo para llegar al límite pronto. El líquido viscoso no dejaba de brotar, bañando todo el miembro. Gracias a eso, la fricción era más suave, pero obviamente el placer también aumentó.
—Hmp… ahhh.
Su cabeza ya era un churreta de pensamientos, pero las ganas de venirse no subían tan rápido como quería. Por más que él quisiera tratarlo como cualquier otra necesidad, la respuesta de su cuerpo no era algo que pudiera despachar tan fácil como un trámite.
Daniel ya sabía cuál era la solución. Si aceptaba la ayuda de la culpable de su estado, terminaría más rápido. No necesitaba ni tocarla; con solo mirarla un poquito, la cosa sería mucho más fácil. Total, Ellie estaba en el quinto sueño y ni cuenta se daría de lo que estaba pasando.
Pero Daniel no podía hacer eso. Si ya se sentía así de mal, si involucraba a Ellie directamente en esta cochinada, sería imposible seguir viviendo en el mismo cuarto. La confianza en sí mismo ya se había hecho trizas.
No podía malograr la misión. Era una oportunidad que le había costado mucho conseguir tras tanta paciencia. No podía tirarla a la borda así. Daniel se repetía eso una y otra vez mientras movía la mano mecánicamente.
Sacudía con fuerza el miembro rojo y con las venas brotadas. Cada vez que su mano chocaba contra su entrepierna, salpicaba fluido por todos lados. Hacía tiempo que no sentía un placer sexual así. No podía controlar su cuerpo por más que quisiera. Sus muslos se tensaron al máximo y su cintura daba sacudidas intermitentes.
Se reprimió una y otra vez, pero Ellie, para variar, no lo ayudó. Quién sabe qué estaría soñando, que empezó a patear el colchón.
—No… no lo hagas, Amy…
Sin pensarlo, Daniel volteó hacia ella. Esos labios rosados que acababan de soltar un balbuceo se movieron un poquito.
Daniel dobló la espalda hacia adelante soltando un jadeo brusco: «¡Hah!». Las gotas de fluido empezaron a caer desde sus dedos. Ellie hizo un ruidito con la boca, como saboreando algo, y se dio la vuelta hacia el otro lado.
Como si fuera un animal en celo, ya no podía pensar en nada más. Daniel, en vez de mirar la cara de Ellie, clavó la vista en sus pies pequeños mientras se sacudía el miembro. Aunque ella se la pasaba todo el día corriendo de aquí para allá con esos zapatos toscos, sus plantas se veían suaves y blanditas. Daniel se imaginó frotando su masculinidad contra ellas.
Era el pacto más «decente» al que su deseo y su conciencia pudieron llegar en medio de ese caos. Por más tonto que parezca, funcionó. Al toque sintió que la cintura se le ponía rígida y las ganas de venirse lo desbordaron.
En el último segundo, Daniel aguantó la eyaculación como pudo y, con una mano, se jaló la toalla que llevaba en la cabeza. Si dejaba su rastro o su olor en un cuarto donde solo dormían las empleadas, se le caía la misión y más.
Solo cuando envolvió bien su miembro con varias capas de la toalla, se dejó llevar por la tensión final. De la uretra, que no dejaba de palpitar, brotó disparado ese fluido espeso que había estado acumulado por tanto tiempo.
—¡Krg…!
Un gemido patético se le escapó de la boca. Como si fuera una prueba de toda su abstinencia, el placer de la eyaculación fue intenso y no quería acabar. Parecía que ya iba a parar, pero de pronto volvía a salir con fuerza. Con cada descarga, la cintura de Daniel daba un brinco.
Era tanta la cantidad, que la toalla —que ya estaba algo húmeda por el agua— se puso pesada de un momento a otro. Daniel frunció el ceño al sentir ese calor y ese peso tan desagradables.
Recién cuando terminó esa descarga eterna, le volvió la razón. El sudor se le enfrió y sintió un chucho de frío. Daniel soltó un suspiro cargado de satisfacción, pero sobre todo de asco hacia sí mismo.
—Uff…
Verse así, derrotado por el deseo, era lo más humillante del mundo. Tras haber experimentado la mejor y, a la vez, la peor eyaculación de su vida, se limpió las manos y el miembro con el ánimo por los suelos, y se acomodó la ropa interior.
Pero todavía quedaba un rastro de su «crimen». Daniel miró la toalla sucia con total desprecio. Ni a balas pensaba lavarla para volver a pasársela por la cara. Si pudiera, la quemaría ahí mismo para desaparecerla del mapa.
Como eso era imposible, tampoco podía dejarla ahí. Daniel se puso la peluca húmeda así nomás, toda desordenada. Agarró la toalla con fuerza y salió disparado del cuarto. Atravesó el pasillo oscuro sin prender ni una lámpara y bajó las escaleras.
No le importaba el riesgo que corría; no podía aguantar ni un segundo más sin deshacerse de eso. Ni aunque se hubiera orinado en la cama de grande se sentiría tan avergonzado.
Al llegar al primer piso, Daniel salió por la puerta trasera. El aire helado de la noche le dio de lleno en la frente sudorosa. En una esquina del patio trasero, que se veía lúgubre porque habían podado los matorrales por el lío de las ratas, vio la pala que el jardinero había dejado tirada. Sin dudarlo, agarró la pesada herramienta.
En un pedazo de tierra donde no había pasto porque lo habían removido, Daniel cavó un hueco profundo y tiró la toalla mojada. Cubrió la tierra apuradito, mirando a todos lados para que nadie lo ampayara. Solo en el jardín oscuro y dándole a la pala, parecía un delincuente enterrando algo prohibido.
Sería un problemón si alguien la desenterraba antes de que se pudriera. Mientras aplanaba la tierra para que no se notara nada, escuchó un ruidito entre las ramas. Daniel dio un salto y levantó la mirada del suelo.
En un árbol lleno de ramas, un par de ojos brillaron en la oscuridad. De los labios de Daniel salió un susurro casi inaudible:
—Shasha.
La gata, negra como la noche, movió la cola como respondiéndole. ¿Sería cosa suya o el animalito se estaba burlando de él?
Él volvió a suspirar con pesadez y la gata soltó un bostezo largo. Luego, como si nunca se hubiera reído de él, empezó a lamerse una pata. Daniel sacudió la cabeza, dejó la pala en su sitio y se fue.
De regreso al ático, por suerte, no se cruzó con nadie. Pero el hecho de que hubiera un testigo, aunque fuera una gata negra, hacía que ese recuerdo cochino no se pudiera quedar enterrado bajo tierra para siempre.
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