Sirviente X Sirvienta - 28
Daniel miró a Ellie con los ojos como platos. Esta vez sí que se quedó atónito. Las ganas de llevar la fiesta en paz se esfumaron por completo y ahora ella le parecía una enviada de Satanás, o mínimo la ayudante de una bruja.
—¿Estás loca?
—¡Ya pues, entre amigos qué tiene de malo!
le gritó Ellie sin quedarse atrás.
¿Acaso había dicho algo tan terrible como para que él se pusiera así de serio? Sintiéndose avergonzada, Ellie trató de justificarse.
—Es que Amanda… no, nada, olvida lo que dije.
—¿Qué?
—Nada, déjalo ahí.
dijo Ellie haciendo un gesto con la mano.
Cuando hablaba con Amanda no sentía nada raro, pero con Daniel, por alguna razón, las palabras se le trababan. Se sentía algo incómoda. ¿Será porque siempre la estaba parando de cabeza?
Pero esta vez Daniel no pensaba dejarlo pasar. ¿Cómo iba a ignorarlo después de que ella le soltara un pedido tan descabellado y de pronto mencionara otro nombre? La miró con una intensidad aterradora. Se sentía una presión silenciosa, como si fuera a lanzarle un rayo si no hablaba en ese instante. Intimidada por su presencia, Ellie volvió a abrir la boca a regañadientes.
—Dijo que mis tetas eran grandes y que… quería tocarlas…
—¿Y?
la presionó Daniel con una voz profunda y pesada.
Era un tono que calaba hasta los huesos. Ellie, mirando de reojo el pecho de él, siguió excusándose.
—Es que las tuyas y las mías son parecidas, ¿no? Yo también quería tocar las tuyas por una vez…
—No, eso no.
Ellie ladeó la cabeza, sin entender a qué se refería. Daniel se frotó la barbilla en silencio. Ni él mismo entendía por qué quería saber eso, pero por alguna razón no podía quitarse la ansiedad de encima. Necesitaba una respuesta ya mismo, como sea.
—A Amanda… ¿dejaste que te las tocara?
—¿Eh…? Sí.
¿Acaso eso importaba? Era una pregunta que no venía al caso, pero Ellie asintió sin darle vueltas. No era para tanto, ¿no? Entre amigas, ¿qué tiene de malo?
—Uff…
Daniel soltó un suspiro pesado y se quedó callado un momento. De pronto sintió que el aire de la habitación se ponía caliente. No, no era el ambiente; era su propio aliento el que quemaba. En medio de ese silencio, una idea estúpida asomó por su cabeza. Era una idiotez. Jamás debería decirla en voz alta. Pero ese pensamiento ya se había apoderado de todo su cerebro.
Finalmente, las palabras que tenía atracadas en la garganta salieron por su cuenta.
—… Yo también quiero tocar.
—¿Ah?
—Tú dijiste que entre amigos no tiene nada de malo. Si dejas que yo toque primero… lo pensaré.
Su autocontrol ya se había ido al diablo; un impulso patético y peligroso lo estaba manejando. Como resultado, Daniel soltó una promesa que sabía que jamás cumpliría. Total, ya vivía prácticamente como un estafador, ¿qué tanto cambiaría decir una o dos mentiras más? Así terminó de convencerse a sí mismo.
Como Ellie no sabía desconfiar de la gente y él era su roommate, alguien en quien confiaba especialmente, pensó que quizás esta era una oportunidad para hacerse amigos de verdad. Así que aceptó sin problemas.
—Ya, está bien.
Apenas respondió, se levantó la prenda del pijama sin dudarlo ni un segundo. No mostró ni rastro de vacilación. Sus tobillos y pantorrillas que parecían caber en una sola mano, sus muslos algo mofletudos y hasta el triángulo de su ropa interior delgada, que dejaba traslucir un poco el vello, quedaron totalmente expuestos ante él.
Pero la mirada de Daniel se quedó clavada, como con clavos, únicamente en el pecho de Ellie. No podía quitar los ojos de esos trozos de carne rebeldes que no dejaban de aturdirlo. Su torso se inclinó hacia adelante como si fuera a desplomarse. Su expresión era tan seria que hasta Ellie se puso nerviosa.
—Oye, ¡ay…!
Antes de que pudiera decir algo, Daniel la agarró de golpe con ambas manos. Al sentir esa suavidad impensada, el poco juicio que le quedaba se evaporó al instante.
Como si se estuviera vengando de todo lo pasado, Daniel apretó, amasó y frotó el pecho de Ellie. Sus manos se movían solas, como si un fantasma hubiera poseído su cuerpo. Si lo iban a poseer, que lo hicieran por completo, porque en ese momento sus sentidos estaban terriblemente despiertos.
Ante ese contacto tan descarado, las mejillas de Ellie se pusieron rojas. Él la tocaba con una insistencia y una brusquedad que daban vergüenza. «Oye, se supone que es mujer, ¿por qué me toca como si fuera la primera vez que ve unas tetas?».
Lo peor era que, ante tanto toqueteo sin filtro, sus pezones que estaban blandos se empezaron a poner tiesos. Sentir la palma de él rozando sus puntas duras le hacía sentir cosas raras, por más que fueran «mujeres».
Ellie se echó hacia atrás, tratando de parecer normal.
—Ya… ya está, ¿no?
Las manos de Daniel seguían pegadas al pecho de Ellie como si tuvieran imanes. Él, que por un momento se había quedado con la mirada perdida, retiró las manos con una mezcla de arrepentimiento y ganas de más.
Ellie se bajó el pijama al toque. «No puedo creer que me haya hecho pasar por este roche, me voy a vengar ahorita mismo». Sin perder tiempo, estiró las manos hacia él.
—Ya, ahora me toca a mí…
—No quiero.
Daniel giró el cuerpo bruscamente. Por poco se le sale la toalla que tenía en la cabeza. Mientras él se acomodaba la toalla, Ellie, dándose cuenta tarde de que la habían estafado, se puso hecha una fiera.
—¿Qué? ¡Dijiste que lo ibas a pensar!
—Ya lo pensé. Y no quiero.
Ante la respuesta tan cínica de Daniel, a Ellie se le abrieron los ojos como platos. Estaba tan indignada que ni las palabras le salían. Solo podía soltar suspiros de puro fastidio: «¡Agh!, ¡no te puedo creer!».
Recién ahí le empezó a carburar el cerebro. Con razón le había seguido la corriente con esa propuesta; estaba claro que desde el principio su plan era burlarse de ella. Al darse cuenta de que la habían agarrado de punto, empezó a golpear el colchón llena de rabia.
—¡Qué tacaño eres!
Daniel se encogió de hombros como si no fuera con él. Pero por más picona que estuviera, Ellie no podía hacer nada. Al final, por fuerza no le ganaba, y la condición del trato había sido solo «pensarlo».
Muerta de cólera, Ellie se echó mirando a la pared como una niña engreída y se tapó con la sábana hasta la cabeza. Daniel, como era de esperarse, ni se inmutó. Total, sabía que a Ellie se le pasaba el enojo rápido, y además, ahora tenía otros problemas más urgentes.
Trató de pensar en cualquier otra cosa para borrar la imagen del pecho de ella que le había quedado grabada en la mente y en las palmas de las manos. «Tengo que secar la peluca, volver a pintarme la cicatriz del cuello… ¿qué más tenía que hacer?».
Maldición, primero tenía que bajar esa erección. Se sentía como un chibolo de quince años, no podía controlar sus hormonas.
Y parecía que Ellie Brewer estaba decidida a terminar de tumbar el muro de su autocontrol, que ya se estaba desmoronando. Al poco rato, ella se dio la vuelta. Se ve que ya se le había pasado la rabieta, porque asomó la cabeza por fuera de la sábana y empezó a parlotear.
—Oye, Diana…
—¿Qué?
respondió Daniel con voz ronca. Ya no tenía ni fuerzas para fingir la voz de mujer.
Pero Ellie ya no se achicaba con su falta de amabilidad. Siguió hablando como si nada, soltando una bomba que terminó de hacer puré el interior de él —o al menos lo que había dentro de su pantalón—.
—¿A ti también te pasa… cuando alguien te toca las tetas?
—¿Qué cosa?
—Ya pues, eso… que sientes como un hormigueo en la panza y algo que te pica entre las piernas.
Daniel se hundió la cara entre las manos. «¿De verdad alguien puede ser tan distraída?». Ya hasta le daba cólera que Ellie creyera tan ciegamente que él era mujer.
Como ella insistía moviendo los pies esperando una respuesta, Daniel contestó rabiando:
—Ya duérmete.
—¡Ay, qué pesada!
«¡Es una amargada!», pensó Ellie, y se volvió a meter bajo las sábanas.
Daniel soltó un suspiro profundo. Desde que llegó a ese lugar, este había sido el día más agotador. Pero su calvario todavía no terminaba.
Sintió el ruidito de la sábana de Ellie mientras ella se acomodaba. Daniel miró de reojo hacia su cama. El bulto que formaba ella bajo las sábanas se movía, y sus dedos de los pies, que asomaban por fuera, también se agitaban inquietos.
«Por favor, que sea solo mi imaginación», pensó Daniel con desesperación antes de hablar.
—Como te vea haciendo «cositas» con la mano, te boto ahorita mismo.
Ellie se quedó tiesa. Asomó la cabeza como una tortuguita y empezó a murmurar para sí misma de forma súper fingida.
—Ay, qué sueño. Ya me voy a dormir…
Hizo su mejor esfuerzo por actuar como si estuviera durmiendo y, para su suerte, el esfuerzo valió la pena porque a los cinco minutos ya estaba roncando.
Se escuchaba su respiración tranquila, pero Daniel no podía ni moverse. Ese «asunto» no tenía ninguna intención de bajar.
Es más, tenía el presentimiento —o mejor dicho, la certeza— de que si se movía un poquito, la cosa se pondría peor. Daniel se agarró la frente con dolor. Sentía que en cualquier momento se iba a volver loco.
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