Sirviente X Sirvienta - 27
—Sí, dime.
Ellie asintió al toque. Los secretos entre amigas siempre son bienvenidos; después de todo, eso significaba que confiaba en ella.
Amanda se retorció un poco, como si le diera roche. Tras dudarlo un segundo, soltó la bomba de la nada, casi como un anuncio oficial:
—¡Creo que me voy a casar pronto!
Los ojos de Ellie se abrieron de par en par; la noticia superaba por mucho cualquier cosa que se hubiera imaginado. ¿Casarse así de pronto? ¿Y con quién?
—¿En serio? ¿Cuándo? No, primero dime, ¿con quién?
—Es un amigo de mi pueblo. Bueno, en realidad siempre fuimos solo amigos, pero…
Amanda, con la cara roja como un tomate, empezó a soltar todo el rollo.
Contó que había un chico, el hijo de la vecina, a quien siempre vio solo como un amigo de la infancia. Pero desde que ella entró a trabajar como empleada cama adentro, él no dejó de mandarle cartas. Amanda, que en el fondo extrañaba mucho su tierra, le respondía siempre con gusto.
Después de decenas de cartas de ida y vuelta, el chico por fin se le declaró. Le dijo que siempre le había gustado y que quiso pedirle que no se fuera, pero que en ese entonces no tenía ni un sol y no se sentía capaz.
—Compra y vende cueros y pieles, y parece que ahora le va bastante bien en el negocio. No deja de pedirme que regrese…
Mientras decía eso, Amanda le mostró la mano izquierda. Un anillo brillaba en su anular. Era un anillo de plata sencillo con una piedra de vidrio, pero para ella era el tesoro más grande del mundo.
Ellie estaba con la boca abierta, no podía creerlo. Era como una historia sacada de una novela romántica. Con los ojos brillando de la emoción, le dijo:
—¡Qué buena noticia! ¡Felicidades!
—Todavía no tengo fecha para irme, así que por fa, que sea un secreto entre las dos.
—Sí, sí, de todas maneras.
Ellie asintió con total seriedad. Si una es amiga de verdad, tiene que saber guardar los secretos, claro que sí.
De pronto, se acordó de Daniel. Así es como uno se hace amigo, bañándose juntos y contándose secretos, pero él siempre se portaba como un creído. Bueno, solo quedaba esperar que en algún momento se diera la oportunidad.
Ser la última en el turno no estuvo tan mal después de todo. Ambas se quedaron metidas en el agua chismeando de lo más lindo. Parece que Amanda tenía las palabras atoradas, porque no paró de hablar de su novio, mientras que Ellie le contaba casi puro cuento de sus hermanos menores. La charla recién terminó cuando el agua se enfrió por completo.
—¡Ellie, que duermas bien!
—Tú también.
Ellie salió del baño de lo más relajada y regresó a su cuarto tarareando una canción.
Apenas abrió la puerta, vio a Daniel parado frente a la ventana sin haberse cambiado de ropa todavía. Ellie se le acercó con cara de duda.
—¿Qué haces?
—Nada. ¿Ya terminaste de bañarte?
Daniel se guardó al bolsillo el espejo de mano con el que estaba haciendo señales de luz. Total, no había apuro por ahora.
Volteó la cabeza como si nada, pero en cuanto vio a Ellie, se quedó mudo. Ellie, totalmente relajada por el agua caliente, se veía fresca y radiante, como una flor silvestre mojada por la lluvia.
‘Pero qué diablos estoy pensando’, se recriminó. De inmediato clavó la mirada en la pared. Era un pensamiento totalmente fuera de lugar y, para ser específicos, bastante sinvergüenza. Sentía que ni rompiéndose la cabeza contra una piedra se le quitaría la culpa.
Ellie no se dio cuenta para nada de su nerviosismo. Como estaba de buen humor después del baño, empezó a hablar por los codos.
—Oye, estuvo buenazo. Diana, la próxima tienes que venir con nosotras sí o sí.
—Ya, ya. ¿No hay nadie más en el baño?
Daniel respondió de forma cortante, casi indignado. ¿A quién se le ocurría invitarla a bañarse juntas?
Agarró la ropa que había separado, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no mirar a Ellie ni de reojo. Sentía que si la volvía a mirar, se iba a volver loco.
—Sí, Amanda y yo fuimos las últi…
Ellie dejó la frase en el aire. De pronto, se fijó en el pecho de Daniel. No le había prestado atención antes, pero su pecho —que obviamente era falso— era bastante grande. Como él era de contextura gruesa no se notaba tanto, pero al ojo, le pareció que era incluso más grande que el suyo.
Ante el silencio tan raro, Daniel preguntó extrañado:
—¿Qué pasa?
—Nada.
Ellie se hizo la loca de inmediato. Si le decía que le estaba mirando el pecho, seguro se ganaba una buena regañada.
Daniel tampoco insistió. En realidad, lo que más quería era salir de ahí volando. Salió del cuarto y se fue directo al baño. Recién cuando salió de ese espacio cerrado pudo respirar tranquilo.
El baño, lleno de vapor, olía fuerte a jabón. Era un olor a jabón común y corriente, pero Daniel volvió a fruncir el ceño. Porque Ellie, con el cuerpo todavía calientito por el agua, olía exactamente igual.
Ya había soltado los sujetadores de sus piernas de antemano. Mientras se desvestía, Daniel de pronto miró su torso y sintió una profunda vergüenza de sí mismo. El relleno de algodón que llevaba puesto a presión sobre el corsé… ¿Hasta cuándo tendría que vivir haciendo este papel de payaso? Si contaba el desgaste emocional, esto le dolía mucho más que los soportes de las rodillas.
No tenía ánimos para darse el lujo de meterse a la tina, pero como todos ya se habían bañado, hoy podía asearse con un poco más de calma que de costumbre. Daniel se quitó la peluca y la dejó remojando en agua con jabón. Total, era seguro que Ellie ya se habría quedado recontra dormida, así que no tenía de qué preocuparse.
Primero se lavó la cabeza y luego se enjabonó el cuerpo. Había intentado bajar de peso lo más posible antes de venir, pero estando aquí había bajado aún más. Para la infiltración servía, pero no le gustaba para nada ver su cuerpo cada vez más flaco.
La mirada de Daniel bajó hacia su entrepierna.
—Pff…
Un suspiro se le escapó al ver su miembro a medio levantar. Desde que compartía cuarto con Ellie, le había salido un obstáculo más que era un fastidio.
Daniel bajó la mano y apretó esa parte de su cuerpo que tanto le estorbaba. Sintió cómo pulsaba ligeramente bajo su palma. Una reacción física molesta; para él, el deseo sexual no valía más que eso.
Le reventaba que su cuerpo siguiera mandando señales, por más débiles que fueran. ‘¿Y si lo suelto de una vez?’, pensó por un momento, pero luego de dudarlo, terminó de enjabonarse y quitó la mano. Si no podía controlar sus instintos en medio del territorio enemigo, no sería mejor que un animal.
Para él, aguantarse las ganas no era la gran cosa; después de todo, se había pasado la vida viviendo así, cuidándose de no cometer ni el más mínimo error que lo delatara.
Daniel se enjuagó el jabón y se secó. Se volvió a poner el horrible corsé y, en vez de ponerse la peluca que seguía húmeda, la envolvió en una toalla. Se amarró otra toalla bien abajo en la cabeza; solo tenía que tener cuidado mientras cruzaba el pasadizo.
Al salir, se veía una luz tenue filtrándose por las rendijas de algunas puertas. Se escuchaba el murmullo de gente conversando bajito. Caminó de puntitas, cruzando el pasillo sin hacer ni un ruido.
Cuando llegó a su puerta, giró la manija con cuidado para no despertar a Ellie. Pero en el segundo en que abrió, se quedó frío como una piedra.
Para su mala suerte, Ellie todavía no se había dormido. Es más, estaba en una facha de lo más extraña. No se sabía qué rayos estaba haciendo, pero tenía el camisón levantado hasta el cuello. Como era obvio que no se iba a poner el corsé a la hora de dormir, Daniel se dio de cara con el pecho desnudo de Ellie.
Al ver el cuerpo de la mujer medio calato, Daniel no solo dejó de moverse, sino que hasta se le cortó la respiración. Ellie, al ver que la puerta estaba abierta, se bajó el camisón a toda carrera, toda palteada.
—¡Oye! ¡Casi me matas del susto!
A diferencia de Ellie, que se alivió al ver quién era, Daniel seguía con la cara tiesa. Tenía una expresión de pocos amigos, como si él fuera el que hubiera pasado por un mal rato. Ellie hizo un puchero, un poco dolida; la verdad, sentía que ni cuando vio la pierna escondida de William puso esa cara.
Pero claro, para Daniel, ver un par de pechos era mucho más chocante que ver una pierna como la que él también tenía. Cuando por fin reaccionó, preguntó con voz seca:
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Nada.
Ellie volteó la cara con desdén, esperando que él se diera cuenta de que estaba resentida. Pero, como siempre, Daniel no dijo ni media palabra.
En realidad, Daniel no tenía cabeza para andar pensando en cómo se sentía Ellie. Toda su atención estaba puesta en ‘otro lugar’ que se había puesto tan duro como su voz; se había quedado con la mente en blanco.
Su erección estaba al tope, haciendo fuerza contra la ropa interior. Caminó hacia su cama con un paso de lo más forzado y antinatural. Como no podía salir corriendo del cuarto en ese momento, darle la espalda era lo mejor que podía hacer. Se puso a sacar sus cosas y a ordenarlas de nuevo por las puras, solo para intentar borrar la imagen que tenía grabada en la cabeza.
Ellie, que estaba bien asada, lo miraba de reojo por atrás. De pronto, su vista bajó hacia el cuerpo de él. Exactamente hacia esas curvas falsas que él se armaba.
—Diana, una cosita…
—Dijiste que no era nada.
la cortó Daniel con frialdad.
Ellie estiró el labio, toda picona. De verdad que con él no se podía ni hablar.
Daniel soltó un suspiro pesado, casi hirviendo. En purita verdad, el problema no era Ellie Brewer. El problema era él mismo, por haber tenido la soberbia de creer que podía controlar sus deseos así como así.
—Habla.
—¿Puedo tocarte las tetas?
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