Registro de Campus - 65
Tenía todo el cuerpo macurca. Por ese ‘ejercicio’ nocturno tan repentino me dio un dolor muscular que hasta tuve que buscar analgésicos. Lo curioso fue que la gripe se me pasó por completo. No sé si fue por el cambio de dolor o porque terminé botando todo el bicho con el sudor.
Ryu Eun-seok no cometió el error de dejarme marcas en el cuello, pero la zona de la clavícula y la nuca estaban llenas de manchitas. A propósito, me puse una camisa de cuello ancho y me solté el cabello para tapar lo más que podía la piel que quedaba a la vista.
Más allá de los tirones en el cuerpo, la cara que me devolvía el espejo del baño estaba recontra encendida. Mis mejillas tenían buen color y, aunque estaba cansada, mis ojos se veían bien despiertos. Mis labios estaban hinchaditos y con un color intenso, como si hubiera comido un ceviche bien picante.
Ese rostro me resultaba extraño, pero a la vez me veía bastante bien. Llevaba mi típica camisa holgada y mis lentes de medida gruesos, pero sentía que si en ese momento me cruzaba con Yang Soo-bin afuera del baño, no me iba a achicar para nada.
Todo esto era culpa de Ryu Eun-seok, que cada vez que me miraba durante la madrugada, hacía un chongo diciendo que estaba linda y que era una ternura. Perdí la cuenta de cuántas veces lo dijo, pero ya para cuando salió el sol, simplemente me acostumbré a sus halagos.
Me hería un poco el orgullo que me afectaran tanto los cumplidos de alguien, pero como ese alguien era precisamente Ryu Eun-seok, me quedé pensando en sus palabras del anochecer incluso a plena luz del día. Tuve que aceptar que, después de todo, soy como cualquier chica: un solo cumplido me puede poner a volar.
Justo cuando iba a salir del baño, el celular vibró. Mi papá había mandado una foto al grupo de la familia de unas macetas que tiene en el balcón. Él se refería a las flores, pero yo, automáticamente, volví a recordar a Ryu Eun-seok murmurándome al oído lo ‘bonita’ que era.
—Hija, ¿cómo va esa gripe?
—Me desperté mucho mejor, ya se me pasó.
Si en un día me pasaban diez cosas, nueve llegaban enteritas a los oídos de mis padres. Desde chiquita se me pegó la costumbre de contarles hasta el mínimo detalle a ellos en vez de a mis amigos. Seguro mis papás creen que no hay nada que no sepan de su única hija.
Pero desde que vi a Ryu Eun-seok llorando bajo ese árbol de acacias, mis secretos para con mi mamá empezaron a aumentar uno por uno. Tener un amigo íntimo después de más de diez años de soledad; el hecho de que, amando tanto mi casa, me la pasé parando en la calle todo el verano; y hasta lo de quedarme a dormir con mi enamorado en vez de tomarme mi pastilla para la gripe y descansar en mi cama. Escondí un secreto más dentro de ese corazón que suelo poner por costumbre en los mensajes.
Antes de entrar a la siguiente clase, pasé un toque por mi casillero. Estaba guardando unos libros anillados cuando sentí que alguien se acercaba.
—Este… hola, nena.
Al voltear, vi a Lee Dong-ha.
—Hola.
Él tenía una sonrisa en los labios, pero era de esas por pura educación. Tenía los músculos de la cara medio tiesos por los nervios y su mirada divagaba por algún punto entre mi nariz y mi boca. En el menor ya no se notaba ni rastro de esa emoción que le vi hace unos meses. Capaz que durante el largo verano ese interés se enfrió, o quizás fue por los llaveros igualitos que vio en mi mochila y en la de Ryu Eun-seok. Sea como sea, era fijo que a Lee Dong-ha ya no le gustaba. Eso era un hecho.
—Compré esto en Jeju, pero no había tenido tiempo de dártelo.
Dong-ha me estiró una bolsa de regalo que se veía pesadita. Adentro había una taza, un espejito de mano, un imán, perfume para ropa y hasta un set de postales.
—Son de una tienda de regalos, no es nada caro. Les he repartido a todos los chicos también, así que no te sientas presionada.
Dong-ha se mandó con todo un floro para que no le rechazara el detalle. Se notaba que de verdad quería darme algo. Así que, sin hacerme bolas, lo acepté.
—Gracias. Los voy a usar, están bien bonitos.
—¿Viste? Es que allá venden puras cosas lindas. Cuando vayas a Jeju de viaje, date una vuelta por ahí. El nombre de la tienda está en el empaque.
Parece que Dong-ha se sintió mejor porque su voz se puso más animada. Su mirada, que antes me esquivaba, volvió a centrarse.
—También te puedo recomendar dónde comer rico. Me pasé un mes viviendo allá y conozco todo. Si quieres ver el mar, el este es lo mejor…
—¿Qué pasa acá?
De pronto, una voz grave sonó detrás de mí y sentí que se me heló la nuca. Ese olorcito a pasto fresco de Ryu Eun-seok se acercó de golpe. Su cara de modelo se asomó por encima de mi hombro para sapear qué había en la bolsa.
—¿Un regalo?
Ryu Eun-seok le dio en el clavo al toque. Me apuré a responder antes de que se armara un malentendido.
—Ah, es un recuerdo que trajo de su viaje a Jeju en las vacaciones.
—¿Y lo mío?
Dong-ha se quedó pestañeando, todo descolocado con la pregunta de Ryu Eun-seok. No le salió ni la típica de ‘ya te traigo lo tuyo después, hermano’; parece que la situación lo agarró totalmente frío.
—Ah, este…
—¿No hay nada para mí? ¿Solo le trajiste a Sang-hee?
Ryu Eun-seok sonreía de forma amable, pero en cada palabra se sentía una indirecta bien directa.
—No es solo para ella… Les he dado a todos, pero este era el último que me quedaba, así que ya no tengo más…
—¿Ah, sí? ¿O sea que pensaste en Sang-hee pero en tu ‘hermano’ mayor ni te acordaste?
Se le notaba a leguas que estaba picón. Obvio que no era porque le importara recibir un par de regalitos; el problema de fondo era que Lee Dong-ha le había dado algo a mí.
‘Tú eres bien buena gente con él’, me había reclamado antes.
Él siempre juraba que yo trataba a Dong-ha de forma especial. Y bueno, después de haber pasado la noche con Ryu Eun-seok, mi confianza estaba por las nubes.
—Ya dijo que no le queda nada. Si quieres, después nos repartimos las postales.
propuse para salvar al pobre Dong-ha de ese momento tan incómodo. El chico se había tomado la molestia de traer tantas cosas desde Jeju y no quería que la pasara peor.
—Dame un imán también.
Ryu Eun-seok, con cara de pocos amigos, revisó la bolsa de regalo y escogió uno así, por su cuenta.
—Este está bonito.
Recién cuando tuvo el imán de delfín en la mano, se le vio satisfecho. Parecía un chibolo de cuatro años con un caramelo en cada mano diciendo ‘todo esto es para mí’ mientras inflaba los cachetes. Era puro capricho.
—Bueno, yo ya me voy.
dijo Dong-ha, que se nos quedó mirando un rato antes de despedirse. Por cómo dio media vuelta al toque, se notaba que quería desaparecer de ahí lo más rápido posible.
—Gracias por el regalo, Dong-ha.
soltó Ryu Eun-seok, pero metiéndole su ‘ajicito’ a la despedida a pesar del tono amable. Yo era la única que estaba ahí en el medio, moviendo los ojos de un lado a otro para ver si alguien se terminaba de asar.
Dong-ha solo asintió en silencio. Ya no hizo el esfuerzo de fingir una sonrisa como antes; se le veía una sombra de tristeza en la cara. Se fue alejando con pasos pesados, sin nada de ganas.
Esta vez yo fui la primera en quitar la mirada. No tengo ese mal gusto de andar disfrutando cómo mi ‘junior’ se va con los hombros caídos y todo bajoneado.
Seguro que con este regalo de viaje se terminaba todo: Dong-ha ya no me iba a llamar ni me iba a hablar a solas. Probablemente me evitaría a toda costa o, si nos cruzábamos, se escondería detrás de los más escandalosos, como Song Hyuk-jun.
Ryu Eun-seok lo sabía perfectamente, pero eso de meterse al final para cerrar el paso por completo… qué espeso puede ser.
Pero tampoco podía juzgarlo. Si fuera al revés y Kwon Ga-ram o Yang Soo-bin le dieran un regalo a él, yo también me asaría. Quizás no haría un chongo así de frente como él, pero estaría refunfuñando todo el día por lo bajo hasta que la bronca estallara por otro lado.
—Toma, llévatelo todo tú.
le dije, pasándole la bolsa completa. Él la recibió medio sorprendido.
—¿Por qué?
Si quiero pedirle algo a mi pareja, yo tengo que dar el ejemplo primero.
—Porque me pone nerviosa que estés así.
—¿Y si lo tiro a la basura no me vas a decir nada?
me preguntó con una mirada traviesa, como queriendo probarme. Me pareció un gesto medio pesadito, pero me guardé el comentario. Si yo quería que él fuera cortante con las otras chicas, lo lógico era que yo hiciera lo mismo.
—Sí, tíralo si quieres.
Mi respuesta tan tranquila lo dejó con los ojos bien abiertos.
—Haz lo que quieras. Para mí lo más importante es que tú no estés estresado.
Apenas lo dije, sentí que me puse roja de la vergüenza por sonar tan melosa. Miré a los lados preocupada por si alguien nos había escuchado.
—Ya me tengo que ir a clase. Nos vemos luego.
Menos mal que tenía la excusa perfecta para cortar esa conversación tan palta. Me di la vuelta rápido hacia las escaleras, pero no llegué muy lejos porque Ryu Eun-seok me jaló del asa de la mochila.
Casi pierdo el equilibrio de lo más feo, pero logré pararme bien. Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿Ahora qué pasa?
—Solo quería decirte gracias.
Él seguía con el dedo enganchado en mi mochila.
—Por entender cómo me siento.
Tal como yo lo había hecho, él también soltó sus palabras románticas como si nada. Parece que lo de habernos visto en todas las facetas anoche todavía nos tenía así de sensibles.
—Ya, ya entendí. Suéltame.
Zafé mi mochila de un tirón y escapé de los casilleros como si estuviera apurada. Escuché que él se despedía deseándome una buena clase, pero ni loca volteé. Sentía que todos los lugares donde sus labios me habían tocado anoche me estaban quemando otra vez.
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