Registro de Campus - 55
Yang Soo-bin era linda, incluso de lejos. Tenía una belleza natural y un sentido de la moda que la hacía resaltar aún más. La verdad, me daba curiosidad: ¿Ryu Eun-seok también pensaría que es hermosa? Ella no disimulaba ni un poco que le gustaba, así que me preguntaba si él alguna vez habría pensado en estar con ella.
Sin darme cuenta, me quité los anteojos y los limpié con el borde de mi camisa. Tal vez debí seguir usando los lentes de contacto; incluso Song Hyuk-jun me dijo que me veía mejor con ellos.
Me reventaba estar comparándome físicamente con Yang Soo-bin. Antes, no importaba qué tan gruesos fueran mis anteojos o qué tan cómoda fuera mi ropa; nada de eso definía quién era yo. Pero desde que conocí a Ryu Eun-seok —o mejor dicho, desde que me empezó a importar lo que él sentía—, me bañaba varias veces al día, aguantaba la molestia de los lentes de contacto y andaba rebuscando en los maquillajes que mi mamá me compró.
Me ponía todas esas trabas encima solo porque no quería sentirme ‘menos’ frente a él. Si soy honesta, como él es tan churro, sentía la presión de estar a su nivel. Yo solita me ponía por debajo de él y lo subía a un pedestal. ¿Tan baja estaba mi autoestima?
Soo-bin llegó a la banca bajo la enredadera.
—Hola, unni. ¿Qué tal pasaste las vacaciones?
Mientras saludaba con confianza, su mirada escaneó todo mi cuerpo: de mi camisa a mis manos, luego a mi bolso. Exactamente, se quedó fija en el llavero que colgaba del cierre. Ahí estaba el motivo por el cual me había citado.
—¿Para qué querías verme?
solté de frente, sin rodeos, tal como lo había practicado. Soo-bin soltó una carcajada y me dio un toquecito en el brazo.
—Ay, unni, qué apurada eres.
A pesar de mi actitud fría, ella seguía sonriendo como si nada. Al ver su cara tan radiante, me acordé de ese hombre que también solía tener siempre una sonrisa generosa.
—¿Estás saliendo con Eun-seok oppa? Como yo fui directa, ella tampoco se fue por las ramas y soltó la firme. No me sorprendió porque ya me lo esperaba, pero igual no tenía una respuesta lista. Lo lógico era negarlo, obviamente.
Pero como era ella, no quería mentirle. No quería darle ni un poquito de esperanza a la chica que lloró desconsoladamente preguntándole a Ryu Eun-seok por qué no se acordó de su cumpleaños. Esa chica que se veía tan bien con él que la gente pensaba que eran pareja; la que sabía todo sobre él, la que era popular y linda… todo lo opuesto a mí. No quería dejarle ni una rendija de ilusión.
Así que elegí el silencio. Qué cobarde de mi parte. Yo fui la que propuso el pacto de secreto y ahora era la primera en romper la regla más importante. Yo, que le llamaba la atención a él por ser tan obvio y que hasta lo botaba de mi lado para que no se sentara conmigo.
Lo sabía, pero me ganó el egoísmo. No tenía idea de cómo se lo explicaría a Ryu Eun-seok después, pero en ese momento, como una niña que solo ve la galleta que tiene enfrente, tomé la decisión más tonta.
El silencio se hizo largo y la sonrisa de Soo-bin se fue borrando. Sin sonreír, parecía más una muñeca de porcelana. Casi me sale un suspiro de admiración, aunque no era el momento.
—¿No será que te estás haciendo ideas tú solita?
soltó ella, cada palabra se sentía como una espina.
—Hay un montón de chicas que creen que oppa las trata especial solo a ellas. Él es tan buena gente que es incluso más amable con las que no son cercanas, pero ellas no entienden y juran que hay un ‘clic’ o algo así.
yo lo sabía de sobra. Muchas veces me había burlado de esas chicas en mi cabeza.
—Esas chicas se ponen pesadas, me miran mal y me vigilan cada vez que me ven. Es bien incómodo.
Antes me parecía patético que hicieran tanto chongo por un hombre. Incluso pensaba que la culpa era de Ryu Eun-seok por ser tan amable y dar pie a malentendidos. Pero ahora, yo estaba igual que ellas, queriendo acaparar su mirada. Me sentía ridícula peleándome con una chiquilla menor que yo, pero no pensaba retroceder ni un milímetro.
—A mí me parece que la que me está vigilando eres tú
le dije con todo el sarcasmo del mundo. El rubor en las mejillas de Soo-bin se puso más intenso que su propio blush. Quería darle un golpe bajo y solté veneno, pero al verla tan descolocada, me remordió un poco la conciencia.
—Yo no he hecho nada…
balbuceó, parpadeando rápido. Pude ver clarito cómo se le humedecían las pestañas. Hasta el labio inferior le temblaba. Yo misma había lanzado la flecha, pero me sentí mal por ella, aunque no quería pedirle perdón. Al final, ella fue la que me buscó para decirme que estaba alucinando cosas y para sacarme de quicio.
—No entiendo por qué me buscas a mí para preguntarme, si se supone que eres más cercana a Ryu Eun-seok. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que él te diga que lo mío no es ninguna alucinación? ¿O es que en verdad no son tan patas como dices?
Daba igual, yo sabía que nunca me iba a llevar bien con Soo-bin. Mientras más nos cruzáramos, más pesado se iba a poner el ambiente. Ya que me había resignado a que me vieran como la mala de la película, decidí portarme como una pesada con todas las de la ley.
—Sé de qué chicas estás hablando. Pero para mí, tanto ellas como tú son la misma cosa.
El rubor que tenía Soo-bin en la cara desapareció en un segundo, dejándola pálida.
—Eso de llamarme aparte para querer darme lecciones… eso ya es ser bien atrevida, ¿no te parece?
Al final, a Soo-bin se le escapó un lagrimón. Y de ahí, fue como si hubieran abierto un caño; las lágrimas le corrían por las mejillas sin parar. Sus hombros menuditos empezaron a temblar y agachó la cabeza. El suelo a sus pies se empezó a manchar de gotas oscuras.
—Buaaa… hic…
Recién ahí entendí cómo se debió sentir Ryu Eun-seok cuando ella se puso a llorar frente a la facultad de Administración. Es una mezcla de ‘qué palta’, fastidio, injusticia y, en el fondo, un poquito de pena. Por eso la trajo aquí, para calmarla por las buenas.
En ese entonces, yo no lo entendí y por eso lo boté de mi lado, diciéndole que no quería saber nada más. Me hice ideas yo solita sin ponerme a pensar en cómo se sentía él.
Mientras me arrepentía por dentro, saqué un paquete de pañuelos de mi bolso y se lo puse todo en la mano a Soo-bin. Chequeé de nuevo que no hubiera nadie cerca. No soy tan buena gente como para quedarme sentada a esperar que deje de llorar, así que esto era lo máximo que podía hacer.
Me quité de ahí volando, dejándola sola. Como yo era la culpable de que estuviera así, me moría por fugarme y no verla. La culpa me estaba matando y sentía la boca seca.
Salí del camino de las enredaderas y le di la vuelta al edificio de Administración. Un olor fuerte a cigarro me dio en la nariz. Eran tres tipos que, en vez de entrar al cuarto de fumadores, estaban ahí afuera contaminando todo.
Me detuve en seco al reconocer sus caras. Qué tal combinación de fumadores sinvergüenzas: Joo Seung-jae, Kim Do-wan y Park Tae-hyun.
Los dos primeros eran de mi misma base, pero el último era como cuatro años mayor que ellos. ¿Qué hacían juntos? ¿Se habrán encontrado de casualidad para prender un pucho?
—¡Habla, Sang-hee!
De los tres, Seung-jae fue el único que me saludó con ganas. Kim Do-wan escupió un gargajo ruidoso que parecía venir desde el fondo de su alma, Park Tae-hyun me lanzó el humo a la cara mientras ponía un gesto de asco.
Me di cuenta de que, aunque yo siempre traté de pasar piola en la universidad, en solo tres meses me había ganado un montón de enemigos.
—Hola.
—Los chicos me dijeron que hoy te habías puesto lentes de contacto, ¿por qué volviste a usar tus anteojos?
Me reventaba que estuvieran pendientes de cada cosa que me ponía. Incluso si Seung-jae siempre me había mostrado interés, no podía negar que el ambiente se sentía bien cargado.
—Es que me incomodan.
—¿Ah sí? Qué pena, yo también quería verte así. ¿Qué almorzaste?
—Una hamburguesa.
—¿Y hay algún sitio rico por acá? Ay, de verdad que te debo una invitación a comer. ¿Cuándo tienes tiempo?
—No se preocupe, no es necesario.
—Mírala a esta… qué malcriada.
Eso último no lo dijo Seung-jae. Kim Do-wan, con el cigarro entre los dientes, me estaba clavando la mirada. Park Tae-hyun soltó una risita burlona.
—Un superior te está diciendo que se va a dar el tiempo de invitarte y tú ni las gracias das.
—Yo también tengo mis cosas que hacer.
Como no me quedé callada, Kim Do-wan tiró la colilla al suelo con rabia.
—Oye, Hong Sang-hee. Por eso todo el mundo dice que eres una pesada. ¿Tú no tienes ni idea de lo que hablan de ti a tus espaldas, no? Bueno, obvio que no sabes, por eso te crees la gran cosa.
Sé perfectamente lo que dicen. El que me está rajando de ‘malcriada’ es el que tengo justo enfrente.
—Ya, Do-wan, no le hables así
intervino Seung-jae antes de que la cosa se pusiera más fea.
—Sang-hee, no le hagas caso a lo que dice este. Solo lo dice porque es mi pata y me quiere defender.
Seung-jae me sonrió con esa curvita en los labios y sentí un déjà vu. Esa forma de hablarme para calmarme, esa sonrisa relajada… sentía que se me parecía a alguien.
—Estás ocupada, ¿no? Yo te escribo después. Anda nomás.
Seung-jae me hizo una señal con los ojos para que me fuera, cuidando que los otros dos no lo vieran. No es que su ayuda me encantara, pero acepté y me di la vuelta. Estaba harta de la gente y solo quería encerrarme en mi cuarto a descansar.
Mientras subía a la residencia, recién caí en cuenta de a quién me recordaba Seung-jae.
Ese pata estaba tratando de imitar, paso a paso, a Ryu Eun-seok.
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