Registro de Campus - 54
—… ¿Por qué me miras así?
En mi voz no había ni un poquito de seguridad. Eun-seok, en vez de responderme, rodeó el carro y me abrió la puerta del copiloto.
—Sube, hablamos adentro.
Sentí que los hombros se me pusieron tensos, igualito a cuando de chiquita mi mamá me decía: ‘Ya vas a ver cuando lleguemos a la casa’ mientras apretaba los dientes. ¿Qué me iba a decir que necesitaba encerrarme en el carro para soltarlo?
Pero apenas arrancó, Eun-seok no dijo ni una palabra. Dicen que es mejor que te peguen de una vez a que te tengan esperando, tenerlo ahí al lado con la boca cerrada y cara de tener mil cosas que decir me estaba matando. Sentía que la hamburguesa me iba a caer pesada antes de darle el primer mordisco.
Recién cuando llegamos al local y terminamos de pedir, soltó la bomba:
—¿Perdiste tus anteojos?
—No.
—Entonces, ¿por qué no los tienes puestos?
No me lo estaba preguntando por curiosidad; me estaba interrogando.
—¿Tan mal me veo?
Obvio que me puse a la defensiva. Empecé a enrollar una servilleta para tratar de parecer relajada. En el local sonaba una música súper alegre, pero en nuestra mesa había un silencio sepulcral.
Yo misma sentía que mi cara estaba rara. En toda la mañana hice el gesto de acomodarme los anteojos como mil veces, quedándome con la mano en el aire.
Aunque Eun-seok ya me había visto sin lentes antes, una cosa es que me los quite un ratito y otra muy diferente es que me produzca y me ponga lentes de contacto a propósito. Uno nunca puede ser objetivo con su propia imagen; capaz él de verdad pensaba que me veía mejor con mis lentes de siempre.
—No es que te veas mal.
dijo Eun-seok después de un buen rato.
—Es que me pones ansioso.
Antes de que pudiera preguntarle qué rayos significaba eso, el vibrador del pedido sonó. Él se paró de un salto y trajo la bandeja. Como siempre, me puso el sorbete en la gaseosa y me dio los pañitos húmedos; seguía siendo el mismo detallista de siempre…
… si no fuera porque me seguía mirando con una cara de pocos amigos.
—Ya, dime, ¿por qué estás molesto?
le solté de frente. Ya no aguantaba más; si tienes una espina atravesada en la garganta, mejor te pasas un bocado de arroz de una vez para que baje.
—No estoy molesto. Te digo que me pone ansioso, nada más.
—¿Pero por qué?
—Porque estás demasiado linda.
Ese cumplido me cayó como un rayo y terminé de hacer leña la servilleta que tenía en la mano.
—Es una cara que solo yo debería ver.
Eun-seok levantó su celular sin una sola pizca de gracia. Tenía una cara de que se le había quitado el hambre, pero ahí estaba, concentradísimo tomándole una foto a la hamburguesa para que saliera perfecta. El clic de la cámara era el único ruido en la mesa.
—Me estoy aguantando para no sonar como un loco posesivo y preguntarte por qué no me consultaste antes de ponértelos.
Dejó el celular y empezó a masticar su hamburguesa lentito. Se notaba a leguas que estaba comiendo por compromiso. Hace un rato parecía fastidiado, pero ahora se veía todo deprimido. Con lo guapo que es, ver de hombros caídos daba hasta lástima, incluso si uno no sabía qué estaba pasando.
Me levanté y agarré mi cartera. No podía seguir ahí sentada comiendo frente a él; me iba a dar una indigestión fija.
—¿A dónde vas?
Eun-seok abrió los ojos como platos, con un poco de salsa de ají en la comisura de los labios.
—Al baño un ratito.
Le limpié la boca con una servilleta, de pura buena gente. Más que darme cólera por lo descuidado, me dio ternura. Así de poderosa es la belleza, pues.
Entré al baño y saqué el estuche de los lentes de mi neceser. Todavía no me sentía capaz de mirarme fijamente al espejo. De solo pensar que me paseé así toda la mañana, sentí que me subía un calor por todo el cuello.
Sin pensarlo más, me saqué los lentes de contacto. No fue solo por el drama de Eun-seok, sino porque ya sentía los ojos como lija. Apenas me puse mis anteojos, sentí el mismo alivio que cuando te quitas una ropa que te queda apretada.
Cuando regresé a la mesa, evité mirarlo a propósito. No quería que pensara que le estaba dando el gusto así de fácil.
—No quería presionarte…….
murmuró él, chequeándome la cara. Aunque trataba de sonar serio, en su voz se notaba que estaba saltando de alegría por dentro.
—Es que me cansé de tenerlos puestos, eso es todo.
—De verdad, no es porque te vieras mal. Tú sabes que tienes unos ojos preciosos. Tus pupilas son grandes y bien claritas. Pero obvio que todos los demás van a pensar lo mismo, ¿no? ¿Acaso no te diste cuenta de cuánta gente se te quedó mirando hoy? ¿Ves? Tengo razón.
A Eun-seok se le soltó la lengua de repente. No paraba de decir ‘de verdad’ cada cinco segundos, ya me estaba mareando.
—Pero bueno, está bien que te los hayas quitado si te cansaste, no te fuerces. Si quieres, póntelos cuando salgamos nosotros dos, pero en la universidad no vale la pena, solo se te van a acercar puros ‘moscones’ y…
—La hamburguesa está buenaza.
Le corté el discurso a Eun-seok de un porrazo. Recién ahí el tipo se dio cuenta de que estaba hablando como loco, cerró el pico y se metió un bocado de hamburguesa para taparse la boca.
Eun-seok no volvió a tocar el tema de mi cara. Menos mal, porque no hay nada más pesado que un tipo que es un manganzón de guapo diciéndome que soy linda o que mis ojos esto o aquello; me da un roche tremendo.
Incluso sin el tema de los lentes, Eun-seok y yo teníamos un montón de cosas en las que no encajábamos. Para empezar, nuestras personalidades son polos opuestos, las mil mujeres que le andan detrás son un estorbo, nuestro ‘pacto secreto’ tiene pólvora de sobra para explotar en cualquier momento.
Por eso, en la hamburguesería decidí dar mi brazo a torcer. Pensé que así habíamos pasado la crisis sin problemas y que había hecho lo correcto.
Pero apenas terminó la clase de la tarde, me di cuenta de que me equivoqué medio a medio.
—Oye, mira esto. El Instagram de Eun-seok.
Estaba lavándome las manos en el baño cuando una chica de primero, que estaba pegada a su celular, le pasó la voz a su amiga toda emocionada. Paré la oreja al toque, pero me hice la loca y saqué un pedazo de papel toalla.
—¿Esa no es la mano de una chica?
—¡Sí, no? ¡Qué hablas!
Sentí como si me hubieran dado un golpe en la boca del estómago. Empecé a secarme las manos más lento. En el espejo vi que mi cara se puso pálida en un segundo.
—No me digas que…
—Ay, ¿tan de la nada? Pero si no se escuchaba ningún chisme.
—Dicen que ahora para de arriba abajo con una chica de una base mayor.
Boté el papel mojado al tacho y salí disparada. Tenía miedo de que me dijeran ‘oye, tú’ por la espalda; el corazón se me hizo chiquito del miedo. No pude ni respirar bien hasta que salí por completo de la facultad.
Mientras subía hacia la residencia, abrí la aplicación que no tocaba hace tiempo. Con los dedos temblorosos, rogaba que lo que dijeron las de primero fuera puro cuento, que solo fueran alucinaciones de fans obsesionadas con Eun-seok.
Entré al perfil de Eun-seok y lo primero que salió fue la bendita foto de la hamburguesa. A primera vista, solo se veía la carne jugosa y las verduras frescas, una foto normal de comida.
Pero cuando achiqué los ojos y me fijé bien, en el borde superior de la foto se veían unos dedos delgaditos.
La foto estaba medio borrosa por el enfoque, pero era obvio que era la mano de una mujer.
¿Cómo pueden ser tan detallistas para fijarse en eso?, pensé, pero al toque la culpa se la eché a Eun-seok. ¿Tanto le costaba recortar la foto? ¡Qué tanto afán de publicar una hamburguesa, por Dios!
Iba a escribirle para decirle que borre la foto de una vez, pero antes de que pudiera hacer nada, el celular vibró. Al ver el nombre en la pantalla, sentí que toda la sangre se me bajaba hasta los pies.
[Yang Su-bin – Letras: ¡Unni!]
Ese saludo tan dulce me hizo pasar saliva con dificultad. Me quedé mirando la notificación sin atreverme a tocarla, moviéndome con un cuidado extremo.
[Yang Su-bin: ¿Ya terminó sus clases? ¿Podemos vernos un ratito?]
¿Para qué rayos quería verme? Por lo que escuché en el baño, me entró un presentimiento bien feo.
[Yang Su-bin: ¡Yo voy para la facultad de Administración!]
Ay, Dios mío, quiero desaparecer. Quisiera hacerme la loca para siempre. ¿Por qué le habré dado mi número a esta chica? Debí decirle que no y ya. Preferible que me dijera pesada o creída a estar pasando por esto.
Como no leía el mensaje, Su-bin terminó llamándome. El celular vibraba en mi mano con un ritmo que me estaba volviendo loca.
Ya no podía ignorar la llamada. Sabía que si no contestaba, ella iba a seguir insistiendo hasta encontrarme. Cerré los ojos bien fuerte y contesté. Mi voz salió chiquitita por los nervios.
—¿Aló?
—Unni, soy Su-bin. ¿Todavía estás en clases?
—No, ya terminé…
Normalmente tuteo fácil a los de bases menores, pero con Su-bin me achico, no sé por qué. ¿A dónde se fue toda esa valentía que tuve para sentarme al lado de Eun-seok frente a ella?
—Entonces nos vemos frente a la facultad. Llego en un toque.
Su-bin colgó antes de que yo pudiera decir ‘pío’. Me sentí como un perrito al que jalan de la correa mientras bajaba otra vez la colina para la cita que ella me impuso. Sentía que tenía pesas amarradas a los tobillos.
El lugar donde quedamos era en las bancas bajo la pérgola, detrás de la facultad. El mismo sitio donde ella lloró desconsolada el día de su cumpleaños y donde, seguramente, Eun-seok fue a consolarla.
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