Registro de Campus - 51
—…¿O sea que cuadraron sus horarios?
Joo Seung-jae nos miraba a Eun-seok y a mí de forma alternada. En ese preciso momento, me daban unas ganas locas de salir corriendo del salón.
—Sí. ¿Por qué cree que un alumno de segundo año se metería a una clase de tercero si no fuera por algo así?
Eun-seok respondió encogiéndose de hombros, como si nada. Mientras tanto, Shim Chan-mi me clavaba la mirada con los ojos bien abiertos, como si recién se diera cuenta de que una tal ‘Hong Sang-hee’ existía.
—Me metí a este curso solo para hacer los trabajos con Sang-hee.
—¿Por qué? ¿Tú también quieres que Hong Sang-hee te ‘lleve’ en el grupo para tener nota fácil?
Seung-jae soltó una carcajada burlona. Qué gracioso que lo diga él, que era el que más quería subirse a mi coche para que yo hiciera todo el trabajo.
—Como si usted no quisiera lo mismo.
La respuesta de Eun-seok fue tan ácida que hasta a mí me dolió. Él siempre ha tenido ese lado picante escondido bajo su cara bonita de ‘niño bueno’, pero era algo que solo la gente observadora como yo notaba. Casi nunca lo mostraba así, tan abiertamente. Si hasta cuando Park Tae-hyun lo trató como a un pobre diablo en la fiesta de fin de ciclo, él solo se rió y lo dejó pasar.
—Oye, Eun-seok. ¿Te has puesto medio pesadito en las vacaciones, no?
A Seung-jae le temblaba la comisura de los labios. Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para seguir sonriendo, pero no le salía.
—Me contaron que te mechaste con Do-wan en las olimpiadas, ¿por eso ahora te crees tan valiente con tus superiores?
—Para nada. Es una broma, superior.
A diferencia de Seung-jae, Eun-seok era un experto fingiendo sonrisas.
—Yo también soy un pasajero más que quiere que Sang-hee lo lleve en su grupo, pues.
Puso una cara tan dulce que costaba creer que hace un segundo estaba lanzando dardos. Hasta el mismo Seung-jae se quedó con la boca abierta, como si se hubiera olvidado de qué estaban discutiendo.
—Sang-hee, vas a ir al comedor, ¿no? Vamos de una vez.
Eun-seok se colgó la mochila en un hombro y me hizo un gesto con la cabeza para salir. Vi cómo la mirada de Seung-jae se clavaba en el llavero de panda que colgaba de su mochila.
Le había dicho mil veces que no comeríamos juntos, pero Eun-seok me acorraló de tal forma que no podía negarme. ¿Cómo le iba a decir que no frente a todo el mundo? Por más que estuviera asada con él, no quería dejarlo en ridículo.
Me levanté toda tiesa, tratando de tapar con la mano el llavero de mi mochila. Sabía que me veía rara caminando así, pero no tenía de otra. Era obvio que era un accesorio de pareja y sentía que la cara me quemaba de la vergüenza.
Apenas salimos del salón, la sonrisa de Eun-seok se esfumó. Tenía una cara de pocos amigos tan marcada que ni me atrevía a hablarle. Se veía mucho más deprimido que cuando entró a clase.
Pero la que debería estar en problemas era yo por su culpa. Casi rompe nuestra promesa. Si Seung-jae se hubiera dado cuenta, nuestro secreto se habría ido al tacho.
Yo me aguanté calladita verlo coquetear con la tal Shim Chan-mi. Si alguien tenía derecho a estar molesta, era yo, ¿no? Pero como él se me adelantó con su mal humor, me quedé sin poder decir ni pío.
Caminamos por el pasillo sin decirnos nada. Incluso frente a la máquina para pedir la comida, Eun-seok se quedó parado detrás de mí en silencio. Cuando elegí el menú del día, él simplemente cambió la cantidad a ‘2’ y pasó su tarjeta sin preguntar.
Mientras él seguía callado, mi ánimo se iba por los suelos. Hace solo dos días nos habíamos prometido no pelear y llevarnos bien, ahora estábamos aquí, asados y en un silencio que me mataba.
Recogí mi bandeja y me fui a las mesas que están frente a la ventana. Sentía que si almorzaba frente a él, la comida me iba a caer pesada. Incluso puse mi mochila en el asiento de al lado para que no se sentara ahí.
Pero Eun-seok movió mi mochila de un porrazo y se sentó a mi lado. Ahí quedaron las dos mochilas con los llaveros idénticos, juntas en el asiento vacío.
—¿Por qué paras rompiendo nuestras promesas?
—¿Y qué quieres? ¿Que me quede mirando cómo tipos como Joo Seung-jae se meten entre nosotros?
La voz de Eun-seok sonó tan fría que hasta me dio miedo agarrar los cubiertos. Una cosa es imaginar que está molesto y otra muy distinta es escucharlo con ese tono tan sombrío.
Me puse a tomar la sopa con los hombros caídos. Su mal humor se me estaba contagiando. Y eso era muy diferente a cuando yo me ponía triste por mi cuenta.
Lo bueno de no tener amigos es que la probabilidad de que las acciones de alguien afecten mi humor es cero. Yo era la dueña de mis emociones, estaban bien protegidas detrás de una muralla. Si alguien como Kim Do-wan me tiraba barro, yo solo me iba a llorar tranquila bajo el árbol de acacia y listo.
Pero, ¿cómo se supone que reaccione cuando no es un cualquiera, sino mi enamorado el que está serio por mi culpa? Pedir perdón no me nacía porque sentía que no había hecho nada malo, tratar de alegrarlo… bueno, no soy precisamente la persona más carismática del mundo.
—Ptmr…
Escuché ese insulto bajito a mi lado y se me puso la piel de gallina. Lo miré de reojo y vi que Eun-seok estaba mirando su celular con la mandíbula apretada.
—¿Qué pasa?
—Es que me están llegando unos DM bien raros.
Ryu Eun-seok volteó su celular contra la mesa con fastidio. Luego, un segundo después, notó que lo estaba mirando y trató de suavizar su expresión para cruzarse con mis ojos.
—No es contigo el problema.
dijo, esa chispa de cólera desapareció de su voz
—Es que me siento frustrado conmigo mismo.
Esa fue la señal para dejar de darnos vueltas en una conversación que solo nos agotaba a ambos. Como yo también quería lo mismo, no le seguí buscando la lengua.
Pero no podía estar tranquila del todo. Sabía que, tarde o temprano, volveríamos a pelear por lo mismo. Este era un choque que pasaba porque él y yo vivimos en mundos fundamentalmente distintos. La tregua de ahorita era solo un parche.
Sentía que, en algún momento, la brecha entre los dos se iba a hacer tan grande que ni nuestras disculpas por costumbre iban a servir de nada. Para alguien como yo, que no está habituada a intimar con nadie y mucho menos a pelear, ese futuro me daba un miedo terrible.
Antes de ir a la clase de la tarde, decidimos pasar por el café. Pedí mi americano helado de siempre y, mientras esperaba en la barra, alguien me tocó el hombro un par de veces. Volteé y ahí estaban Song Hyuk-jun y Lee Dong-ha.
—Hola, Sang-hee. Hola, Eun-seok, tanto tiempo.
Estaban con unas chicas de ciclos menores que no conocía. Entre ellas, Kwon Ga-ram estaba parada con una cara de pocos amigos.
Eun-seok saludó animado al delegado y se pusieron al día. Pero mi mirada se detuvo en Lee Dong-ha, que forzaba una sonrisa toda fingida, luego en Kwon Ga-ram, que se estaba mordiendo el labio inferior. Sus caras eran las de alguien que acaba de ver algo que no quería y se esfuerza por cerrar la boca. Se notaba que estaban incómodos por algo, pero como no era el momento para explotar, se lo estaban guardando todo.
—Sang-hee, tu café.
Eun-seok me tendió el vaso con el sorbete ya puesto. En un café repleto de gente, mantener la distancia con él mientras sentía todas las miradas encima no era nada fácil.
—Nos vemos luego.
Hasta ese momento, Lee Dong-ha ni me había dirigido la palabra, solo hizo un gesto medio vago para despedirse. Y Kwon Ga-ram, que siempre que veía a Eun-seok se ponía a sonreírle con toda la confianza del mundo, ahora estaba pálida y se hizo a un lado en una esquina.
—¿Qué les pasa a esos?
le susurré a Eun-seok.
Él, que me estaba abriendo la puerta para salir, levantó una ceja.
—¿A qué te refieres?
—No sé, tenían unas caras raras.
—¿Ah, sí? Ni cuenta me di.
Eun-seok caminó directo hacia la facultad de Administración como si fuera lo más lógico del mundo. Lo agarré de la tira de su mochila.
—Dijiste que tenías un curso de letras en el pabellón de Humanidades.
—Te estoy acompañando.
—Pero si están ahí nomás, no necesito que me acompañes.
—Es mi excusa para estar contigo un rato más.
Soltó esa frase tan cursi como si nada y ajustó su paso al mío. El sol, que todavía tenía toda la fuerza del verano, nos seguía a todos lados. Pero yo estaba tan pendiente del hombre que caminaba a mi lado que ni tiempo de sentir calor tenía.
Me alivió ver que, después de comprar el café, el humor de Eun-seok había mejorado. Pero no podía dejar que toda mi atención girara siempre en torno a él. Yo empecé esta relación porque quería estar con él, no para entregarle mi vida entera. Él tenía que seguir siendo él, yo tenía que seguir siendo yo; necesitábamos marcar límites.
—Ya me voy. Te veo luego.
Al llegar a Administración, él se despidió con un gesto rápido y se dio media vuelta. Aunque hace un segundo me había jurado mantener mi independencia, no podía negar que me gustaba que me cuidaran así. Recién entendía por qué Eun-seok decía que le encantaba que lo consintieran.
Cada día me daba más cuenta de lo fácil que era para mí perder el equilibrio.
Mientras veía cómo sus hombros anchos se alejaban, el llavero que colgaba de su mochila negra resaltó clarito en mi campo de visión. Estiré la mano hacia mi espalda. El peluche, que era idéntico al de Eun-seok, me recibió con su textura suavecita.
Recién ahí caí en cuenta de qué era lo que Lee Dong-ha y Kwon Ga-ram habían visto para poner esas caras de pocos amigos.
Por un instante, sentí que el corazón se me enfriaba un par de grados. Pero al mismo tiempo, me vino un pensamiento bien bajo: ‘No está tan mal que se den cuenta así’. Después de todo, gracias a ese peluche, hoy Kwon Ga-ram no se le colgó del brazo a Eun-seok ni una sola vez.
Al darme cuenta de que había logrado espantar a una de las tantas abejas que siempre rodeaban a Eun-seok, sentí una satisfacción secreta. Qué hipócrita era: hace un rato le reclamaba a él por romper las promesas, por dentro yo estaba disfrutando de este pensamiento tan mezquino.
Realmente, era una persona de lo más doble cara.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com