Registro de Campus - 49
Mis papás ya se habían regresado a Cheongju, así que bajé al primer piso para cenar. Al llegar al comedor, me quedé medio helada al ver a Ryu Eun-seok parado frente a la entrada. Llevaba puesta la polera de panda que le regalé por su cumple.
—¿En serio te vas a lucir con eso puesto?
—Sí, es súper cómoda.
Ryu Eun-seok sacó pecho como presumiendo. El dibujo del panda bronceándose, justo encima de su pecho bien marcado, llamaba un montón la atención.
—¿Y tú por qué no te pones la tuya?
Eun-seok miró con fastidio mi polo negro básico. Le había rogado que en la universidad no diéramos señales de que estábamos saliendo, pero parece que ya se le olvidó.
—Me la pondré cuando tú no la lleves.
Pasé por su lado y recogí mi bandeja y los cubiertos. Como mañana recién terminaba el periodo de mudanza a la residencia, el comedor estaba casi vacío. Pensé que por hoy no habría problema en estar un rato cerca de él.
Nos sentamos frente a frente y empezamos a comer. Como ya es costumbre, apoyé mi celular en el porta-servilletas y puse un video de pandas, cuando de pronto sentí que algo chocó contra mi sandalia.
Miré de reojo al chico que tenía enfrente y luego bajé la cabeza para ver debajo de la mesa. La pierna de Ryu Eun-seok estaba metida entre mis pies. No sé si es porque tiene las piernas tan largas que no sabe dónde ponerlas, pero a veces le da por invadir mi espacio así.
Justo cuando volví a sentarme derecha para concentrarme en mis pandas, sentí el contacto de su piel sobre mi empeine. Su piel suavecita fue subiendo por mi tobillo, luego bajó hasta la punta de mis dedos y empezó a juguetear dándome toquecitos.
—Oye.
Lo miré seria, clavándole la vista. El muy fresco se había quitado la sandalia y me estaba molestando con el pie.
—¿Qué pasa?
Eun-seok fingió una cara de lo más inocente sin apartar su pie descalzo. Recién cuando vio que yo no bajaba la guardia y lo seguía mirando feo, su pie mañoso regresó a su sitio.
—Si no me dejas hacer ni eso, ¿entonces qué quieres que haga?
se quejó haciendo un puchero.
—No hagas nada.
Metí mis pies bien al fondo, debajo de mi silla. También acerqué la bandeja hacia mi pecho. Ante mi estrategia de ‘distanciamiento social’ extremo, Eun-seok me lanzó una mirada de pocos amigos.
—Contigo nada es fácil, ¿no?
Su queja me llegó como un murmullo, casi hablando para sí mismo. Por un segundo me dio pena, pero sacudí la cabeza mentalmente. Si empiezo a darle permiso por esto o aquello, nos van a ampayar en un abrir y cerrar de ojos.
—Después de comer podemos salir a caminar, ¿no? Casi no hay gente hoy día.
Asentí con la cabeza. Eso estaba bien, después de todo era algo que hacíamos desde que éramos simples compañeros. Mientras no nos agarráramos de la mano, no habría roche.
Terminamos de comer, sacamos unas bebidas de la máquina y caminamos hacia los árboles de acacia. El viento de la tarde, ya más fresco, me despeinó rico el pelo. La oscuridad, que cada vez llegaba más temprano, peleaba contra las luces de la residencia.
Con el paso del verano, las flores de acacia ya se habían caído y el árbol solo tenía hojas verdes bien tupidas. Las cuatro bancas que rodeaban el árbol estaban vacías, como siempre.
Nos sentamos de espaldas a la residencia, mirando hacia la arboleda. Era el mismo sitio donde yo me había escondido cuando él se puso a llorar aquella vez.
Como era de esperarse, él se sentó pegando su pierna firme contra la mía. Yo me corrí al toque hacia un lado. Cuando el espacio entre nosotros fue lo suficientemente grande como para que entrara un niño, a Eun-seok se le cayó la cara de la tristeza.
—¿Aquí tampoco se puede?
—En la universidad, en ningún lado.
—¿Y adentro del carro?
Iba a decirle que no al instante, pero me lo pensé un poco. Las lunas de su carro tienen un polarizado bien oscuro, ¿no? Tampoco es plan de estar todo el ciclo sin siquiera tomarnos de la mano. Si me pongo muy pesada, después yo misma voy a estar extrañando su cariño, así que mejor dejo una puertita abierta.
—Eso ya lo veremos en el momento.
—A este paso, recién nos vamos a dar un beso en invierno.
renegó él, criticando mis reglas tan estrictas. Se escuchó un suspiro pesado junto al sonido ‘clac’ al abrir su lata de coca-cola.
Las reglas siempre se terminan relajando. Con el tiempo, uno pone excusas y empieza a hacer excepciones. Por eso, al principio, tengo que acostumbrarme a cumplirlas a rajatabla.
Y bueno, también tenía otra razón para ser tan estricta al comienzo.
—¿No te parece que vamos muy rápido?
solté de pronto lo que venía pensando.
—¿En qué sentido?
—En que, apenas empezamos a salir y ya… paramos demasiado metidos en el carro.
Eun-seok se atragantó con la gaseosa que estaba tomando. Se escuchó un escándalo de tos por todos lados. Tuve que darle palmaditas en la espalda para ayudarlo a que se le pasara el atoro.
—¿Qué? ¿Cómo que ‘demasiado metidos en el carro’?
Ryu Eun-seok, que apenas se estaba recuperando del atoro, me preguntó con la cara toda roja.
—Si hemos salido un montón. Hemos caminado harto, fuimos al voluntariado, a ver a los pandas…
—Últimamente no ha sido así. Pon la mano en el pecho y reconócelo, de verdad.
Era solo una frase hecha, pero Eun-seok se puso la mano izquierda en el pecho de lo más literal.
—Y bueno, ¿qué quieres que haga si no podemos hacerlo afuera?
La conversación seguía así, sin mencionar directamente ‘el acto’.
—Incluso cuando lo hacemos cortito, te pones tan nerviosa que ni te concentras en mí. En el carro estamos seguros, la posición es más cómoda, si hacemos un poco de bulla no pasa nada…
Mientras Eun-seok murmuraba sus excusas, yo no dejaba de mirar de reojo hacia atrás por si acaso. Este chico, aunque ya le habían dado sus buenos sustos, seguía siendo bien confiado para sus cosas.
—Mi papá me dijo que el próximo año me va a buscar un depa aparte.
Al principio pensé que me estaba presumiendo su suerte de la nada.
—Cuando llegue ese momento, más tranquilos…
El rojo de la cara de Eun-seok se puso cada vez más encendido.
—Podrás venir a mi casa a dormir, y… ¡Mph!
Rápido le tapé la boca con la palma de la mano. Sentí clarito en mi mano cómo su piel quemaba de lo caliente que estaba.
—¿Por favor, podrías fijarte quién está alrededor? Por cosas así es que corren chismes raros sobre ti. ¿Crees que todo el mundo es tan leal como yo?
Le mandé una sarta de sermones.
—Sabes bien cuánta gente está pendiente de ti. Incluso si te quedas callado, la gente inventa cuentos, ¿por qué les das carne para que hablen?
De por sí él ya jalaba miradas donde fuera, encima se ponía a hablar de cosas que harían que a cualquiera se le paren las orejas. Por más que le advirtiera cien veces, no era suficiente.
Eun-seok, que hasta hace un rato soltaba cosas vergonzosas, se quedó callado un momento. Sus ojos bien puestos en mí daban la impresión de que por fin estaba concentrado en mis consejos. Pensé que por fin estaba reflexionando sobre lo descuidado que era.
Pero me equivoqué.
Sus labios, ocultos por mi mano, se pusieron en forma de ‘o’. Y de pronto, empezó a darme besitos en la palma de la mano: chu, chu.
—¡Oye! ¿Qué haces?
Del susto, se me salió el grito fuerte. Cerré la boca al toque e intenté quitar la mano, pero no podía. Eun-seok me tenía la mano bien agarrada y empezó a frotar sus labios contra mi palma.
—Oye, suéltame.
—’Eun-seok’, suéltame.
Su voz gruesa se escuchaba amortiguada por mi mano. Me estaba corrigiendo cómo llamarlo.
—No me digas ‘oye’, llámame por mi nombre bonito.
Los ojos de Eun-seok, que asomaban por encima de mi mano, se achinaron con una sonrisa. Al ver esa mirada tan pícara, tragué saliva sin querer.
—Si me llamas así, te suelto.
Me agarró las muñecas con ambas manos como diciendo que no me iba a soltar hasta que lo hiciera. Los besitos en mi mano se hicieron cada vez más rápidos.
Tenía la boca cerrada en una línea recta, pero se me abrió de golpe cuando sentí que sacó la lengua. En el momento en que la punta de su lengua húmeda lamió las líneas de mi mano, el hecho de que fuera vergonzoso pasó a segundo plano.
—Eu…
Pero, a diferencia de mis ganas, pronunciar su nombre no era nada fácil. Seguro mi cara estaba ardiendo en un rojo mucho más intenso que el de él.
—Eu… Eun-seok.
Los ojos de Eun-seok recuperaron su forma afilada de siempre. Como siempre para sonriendo, no me había dado cuenta, pero así con la cara tapada y solo viéndole los ojos, se veía bien serio. Sentir su mirada fija en mí, sin rastro de risa, hizo que se me encogiera el cuello de los nervios.
—Ya te dije su nombre, suéltame pues.
Sacudí las muñecas apurándolo y recién ahí Eun-seok aflojó la fuerza. Sentí el viento fresco en mi palma húmeda. Como la sensación me daba cosquillas, me limpié rápido la mano contra el pantalón.
—Ya, hay que irnos.
—Sang-hee.
Eun-seok me detuvo, pero solo con su voz baja, sin tocarme.
—Llevémonos bien este ciclo también.
Sus facciones, que por un momento se habían visto duras, volvieron a su estado relajado de siempre.
—Sin pelear.
Sabía perfectamente a qué se refería. Solo de recordar esa vez, me daban ganas de esconderme por lo inmadura que me porté.
—Ya.
Intenté poner mi cara más indiferente, pero la verdad era que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no tambalearme por la ola de emoción que sentía.
Incluso cuando volvimos a la residencia manteniendo la distancia, cuando él se despidió con la mano en la entrada de los pabellones, cuando me di la vuelta para irme y vi que él seguía parado en el mismo sitio, cuando nuestras miradas se cruzaron y él me sonrió… sentí que estaba parada sobre un botecito en medio de un mar movido.
Tenía unas ganas locas de contarle a alguien con pelos y señales todo lo que había pasado hoy con Eun-seok. Quería presumir qué me dijo, cómo se rió y lo guapo que se veía; quería contarlo todo, sin saltarme nada.
Subí a mi cuarto jugueteando con el celular. Pero en mi lista de chats, el que estaba arriba de todos era el mismo Ryu Eun-seok. Y obvio, no era algo que pudiera soltar en el grupo de WhatsApp de mi familia.
Nunca me había sentido tan triste de tener una lista de chats tan aburrida como hoy.
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