Registro de Campus - 48
¿Acaso los besos siempre se sentían tan bien?
Incluso después de lavarme la cara, me quedé un buen rato tocándome los labios, que estaban recontra hinchados. No terminaba de acostumbrarme a esa sensación de hinchazón, así que hasta mi propio reflejo en el espejo se me hacía extraño.
Entonces, intenté imitar esa sonrisa fresca de Ryu Eun-seok que veo todos los días, estirando las comisuras de mis labios. Pero no me salió; solo logré una mueca medio chueca, como si no estuviera conforme con algo. Entre mis labios, que parecían picados por una abeja, y mi cara de palo al sonreír, me veía fatal.
Hice un esfuerzo por apartar la vista del espejo y terminé de empacar mis cosas para la residencia. Antes, cada vez que empezaba el ciclo, me ponía triste por tener que dejar mi casa. Pero ahora, me moría de ganas por arrancar hacia la universidad lo más pronto posible.
No podía dejar que mis papás se dieran cuenta de esta «falta de amor filial».
Por eso, rechacé la oferta de Ryu Eun-seok de llevarme en su carro. En cuanto él empezó con el floro de que tenía un amigo que vivía en Cheonan y no sé qué más, supe que mi mamá me iba a ampayar al toque. Yo, que desde que entré a la pubertad no he tenido ni un solo amigo, ¿cómo iba a explicar que de la nada un chico viniera hasta mi casa a recogerme? Iba a ser demasiado roche.
Además, sentía que si adelantaba la despedida con mi mamá, que es mi mejor amiga, ella se iba a resentir. Últimamente me sentía un poco mal porque Ryu Eun-seok se había vuelto mi prioridad antes que ella.
—¿Ya tienes todo listo?
—Sí.
Mientras pasábamos las maletas para los próximos tres meses al carro de mi papá, mi mamá se quedó chequeándome los labios con una fijeza… Me sentí como un criminal buscado frente a un policía haciendo un operativo relámpago. Los nervios me traicionaban y mis pestañas no dejaban de aletear.
¿Se notará mucho que están hinchados? Desde que nos dimos el primer beso la semana pasada, cada vez que teníamos un chance en el carro de Ryu Eun-seok, nos poníamos a chapar como locos. Por eso, en estos días, la hinchazón de mis labios no bajaba por nada del mundo.
—¿Ahora te estás maquillando?
Más que el grosor de mis labios, mi mamá puso el dedo en la llaga con el tinte que me había puesto.
—Te compraba cosas buenas y nunca las usabas. ¿Qué mosca te ha picado?
—No, es que… me dio pena que se malogren. Dicen que el maquillaje también tiene fecha de vencimiento.
Yo ya me sabía todos los trucos para mentir. Mientras no exagerara por los remordimientos de conciencia, por lo general pasaba piola.
—Está bien, úsalos nomás. Hay que arreglarse mientras una es joven. Cuando pasen los años, te va a dar una flojera… Te ves bien linda maquillada.
Intenté mantener mi cara de nada, pero con el cumplido de mi mamá, sentí que los pómulos me ardían. ¿Habrá alguien más que piense lo mismo? De solo pensar en ese chico que ocupa toda mi mente, mi temperatura corporal se disparó.
—Cuando salgas a algún lado, ponte tus lentes de contacto. Nuestra hija tiene unos ojos tan bonitos, es un desperdicio que los tapes siempre.
Por mi astigmatismo severo, mandé a hacer unos lentes de contacto rígidos que me costaron un ojo de la cara. Pero como sentía que tenía una basurita en el ojo y nunca me acostumbré, los terminé tirando en un rincón.
Antes, los consejos de mi mamá para que usara lentes de contacto me sonaban a puro floro o regaño, pero ahora, por alguna razón, me entró la curiosidad. ¿Y si pruebo? Quizás para estudiar sea mucho pedir, pero como dice mi mamá, para salir un rato no estaría mal.
Sobre todo, me moría de curiosidad por ver la reacción de Ryu Eun-seok.
Él siempre me quitaba los anteojos antes de besarme y se me quedaba mirando fijo, como si quisiera atravesarme con la mirada. Al principio no entendía por qué me miraba tanto, pero después me convencí de que no era por nada malo.
Lo sabía porque, después de verme los ojos así, al natural, él se lanzaba a besarme con un hambre desesperada, me acariciaba las pestañas con la punta de los dedos y, a veces, paraba el beso solo para mirarme de cerquita, a un milímetro de rozar nuestras narices.
—¿El comedor atiende desde hoy?
Me subí al asiento de atrás y me quedé mirando por la ventana, perdida en mis nubarrones, que ni cuenta me di de que mi papá me estaba preguntando algo.
—Sang-hee.
—… ¿Ah?
Por estar rumiando mis besos con Ryu Eun-seok, se me fue la onda con la pregunta de mi papá. Me asusté al ver que mis papás me miraban con una cara de «qué le pasa a esta».
—¿Qué vas a hacer con la cena hoy?
—Ah, el comedor de la residencia ya funciona. Voy a comer ahí nomás.
Menos mal que mi respuesta salió tranquila. A partir de ahí, me puse las pilas y traté de concentrarme en la conversación con ellos.
De pronto, el celular que tenía en la mano vibró. Salió la notificación de un mensaje de Ryu Eun-seok, pero me hice la loca y no lo abrí. Si me ponía a contestarle, me iba a distraer otra vez y ahí sí que me ampayaban.
Dos horas después, llegamos a la universidad. La entrada de la residencia era un chongo total, llena de alumnos cargando maletas, así que no pudimos estacionar frente a la puerta y tuvimos que ir a un estacionamiento más alejado.
Estábamos sacando las cosas del maletero una por una cuando, en el espacio vacío de al lado, un carro importado de color blanco entró retrocediendo. No necesité mirar la placa para reconocerlo al toque.
Era el carro de Ryu Eun-seok.
Sentí que la cara me hervía y el corazón me hacía pum-pum a mil por hora. Me dio una alegría inmensa verlo, pero al mismo tiempo se me prendieron todas las alarmas en la cabeza. Si mis papás me ven, estoy frita. Yo solía contarles casi todo a mis papás, pero nunca habíamos tocado el tema de los enamorados. A veces mi mamá me preguntaba si no había alguien que me gustara, pero en esos momentos, ¿qué cara ponía yo?
Yo me había pasado la vida rajando de los hombres, diciendo que eran unos mediocres. Y ahora, ¿cómo les iba a decir que estaba saliendo con uno de esos mismos que tanto critiqué? Me moría de miedo de pensar en cómo reaccionarían mis viejos.
Como Ryu Eun-seok es un tipo mosca, pensé que se haría el loco y no me saludaría. Tenía que ser así. Hice un esfuerzo sobrehumano para no mirar hacia su lado. Ya no hacía tanto calor, pero sentía que el sudor me chorreaba por la frente.
—Ya saqué todo. Vamos, que esto pesa.
dije, haciendo un chongo innecesario para que mis papás no miraran a la derecha.
Me apuré abrazando mi peluche de panda gigante, y mis papás me siguieron cargando las maletas.
—Buenas tardes.
Pero Ryu Eun-seok, como para llevarme la contra, bajó del carro y saludó como si nada. Mis papás abrieron los ojos como platos ante el saludo repentino.
—Soy Ryu Eun-seok, compañero de Sang-hee.
dijo él, haciendo una venia bien respetuosa.
Se me cayó la mandíbula. Le clavé una mirada como diciendo: «¿Qué diablos estás haciendo?», pero él ni me miraba, estaba concentradísimo en mis papás.
—¡Ay, qué tal! ¿Eres amigo de Sang-hee? Qué muchacho tan simpático.
—¿Vives aquí en la residencia?
—Sí, mi casa queda en Cheonan, así que desde este año me estoy quedando aquí.
—Cheonan está aquí nomás, al ladito. ¿Has venido solo con todas tus cosas?
—Hubieras avisado a Sang-hee, te traíamos en nuestro carro.
Mis papás estaban chochos con él. Y claro, cómo no, si desde que acabé la primaria nunca había llevado a un amigo a la casa, ni mucho menos les había contado que salía con alguien. Ellos no lo decían, pero siempre les preocupaba que yo no tuviera vida social. Hasta llegaron a pensar que me hacían bullying y que yo me hacía la «loba solitaria» para ocultarlo.
Pero ver a Ryu Eun-seok presentándose tan educadamente les cambió la cara al toque.
—¿Pesa mucho? Déjeme que yo lo llevo.
dijo él, quitándole a mi mamá el bolso con las sábanas.
Tenía una personalidad bien entradora, el tipo no se palteaba con nada. Yo, mientras tanto, me tapaba media cara con el panda.
—¡No, hijo, cómo crees! ¿Eun-seok, verdad? ¿Dónde están tus cosas? Nosotros te ayudamos.
—Mis maletas ya las dejé en la puerta de la entrada. Denme eso también, por favor.
Cargó con el ventilador, la laptop y una mochila pesadaza con equipos electrónicos, y se puso a caminar adelante con mi papá. Mi viejo no podía ocultar su asombro al ver lo pintón que era el amigo de su hija.
—Es alto y bien churro, ¿no?
me susurró mi mamá, dándome un codazo en la costilla ahora que tenía las manos libres.
Ese era el tipo de cumplido que Ryu Eun-seok debía estar harto de escuchar desde que nació.
—Sí, por eso es famoso.
respondí yo toda huraña, con la voz ahogada por el peluche.
Menos mal que traje al panda, si no, se me hubiera notado la cara roja como un tomate.
—¡Qué emoción! Por fin mi hija me presenta a un amigo.
—Él es así, se lleva bien con todo el mundo.
dije para calmar a mi mamá. Estaba tan nerviosa de que nos ampayaran que tenía la cara más tiesa que un palo.
Ryu Eun-seok me entregó mis cosas frente a la entrada del pabellón de chicas. Mis papás no le quitaban la vista de encima; él seguía con esa sonrisita relajada que tiene.
—Que les vaya muy bien. Un gusto conocerlos, espero verlos pronto.
Me acordé de cuando él se comparó con una «señorita de buena familia». Tal cual, ahorita parecía un chico con una educación de primera, todo recatado y respetuoso frente a los adultos.
—Sang-hee, cenamos juntos más tarde. Te aviso.
me dijo, despidiéndose con la mano.
Ese saludo final fue suficiente para que a mis papás se les derritiera el corazón. En cuanto él se fue, mi mamá empezó a darle palmaditas en el brazo a mi papá mientras esperábamos el ascensor.
—¡Oye, la mamá de ese chico debe estar orgullosísima! ¿Viste qué guapo?
—Es demasiado para ser «solo un amigo», ¿no crees? ¿Eun-seok tendrá enamorada?
—¡Obvio que debe tener! Las chicas no lo deben dejar ni respirar.
Mis papás seguían con el chisme, pero yo no me metí. Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Si abría los labios en ese momento, era capaz de gritar: «¡Esa enamorada soy yo!».
Me asustó que apareciera así de la nada, pero la verdad es que no me molestó. Me gustó verlo tan caballeroso y me alivió que a mis papás les cayera bien. Además, verlo esforzándose por dar una buena impresión me hizo sentir algo especial… como si fuera la prueba de que lo nuestro va en serio.
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