Registro de Campus - 47
Eun-seok le mordió el labio inferior a Sang-hee y empezó a succionarlo despacito. Cuando sintió que él aspiraba su carne con una fuerza que parecía querer deshacerla, Sang-hee se aferró desesperada a su camisa.
Si sus pies le habían parecido suaves, sus labios eran como un malvavisco: esponjosos y delicaditos. Le daba miedo que, si los presionaba demasiado entre sus dientes, terminara haciéndola sangrar. Pero aun así, no podía controlar esas ganas locas de mordisquearla.
Él soltó el labio de abajo para atrapar el de arriba. El roce de las mucosas húmedas por dentro era algo que nunca había sentido; era como si viera chispazos blancos detrás de sus párpados.
Eun-seok abrió más la boca. Su saliva terminó mojando a Sang-hee desde el bozo hasta la barbilla. Tenía la cabeza llena de teoría, pero en la práctica era un desastre. No sabía bien qué hacer, así que solo atinaba a succionar y lamer como podía.
Eso sí, no se perdió el momento en que ella entreabrió los labios. Como si lo hubiera estado esperando toda la vida, Eun-seok metió la lengua y atrapó la de ella.
—Mmm…
Sang-hee soltó un gemido bajito, sorprendida. Era un sonido que él nunca le había escuchado. Se le pusieron las orejas en alerta y sintió que se le erizaba hasta el último pelito de la nuca.
Cuando sus lenguas empezaron a frotarse, una corriente eléctrica le recorrió toda la columna. Su ‘amigo’ ya estaba más que despierto, duro como una piedra. Si no hubiera tenido los jeans puestos, fijo que ya se habría metido la mano al pantalón para calmarse él mismo.
Sentía que, aunque le quedara toda una vida por delante, este sería el recuerdo más fuerte de todos. Si en ese momento hubiera un terremoto y el suelo se tragara todo, él se quedaría pegado a la lengua de Sang-hee hasta el último segundo.
Eun-seok movía la lengua con desesperación por toda la boca de ella. Le lamió las paredes de los cachetes, la parte de atrás de los dientes, el paladar… intentaba llegar lo más profundo posible.
—Ja… ah…
El aliento entrecortado de Sang-hee se mezclaba con el suyo sobre sus labios mojados. Su lengüita rozó la parte de atrás de la de él, Eun-seok sintió otra vez esa sensación de caída libre que le revolvía el estómago.
Abrió un poquito los ojos. Vio a Sang-hee con el ceño fruncido, concentrada totalmente en él mientras soltaba unos quejidos bajitos. Sus pestañas temblaban, pero ella mantenía los ojos cerrados a la fuerza. De tanto que él le había pegado la cara, sus lentes de montura dorada se habían resbalado hasta la punta de la nariz.
Él retiró un poco la lengua y estiró la mano hacia los lentes. En cuanto se los quitó, Sang-hee dejó de mover los labios y abrió los ojos. Esa mirada limpia, sin nada que la cubriera, se posó suavemente sobre él.
—Es para que no te estorben.
Su voz sonaba ronca, como si alguien le estuviera apretando la garganta. Era en parte por el beso, pero más que nada por la mirada de Sang-hee, que brillaba como canicas de vidrio. Tenerla mirándolo así, de frente, lo ponía tan nervioso que sentía que el cuello se le cerraba.
—No los vayas a romper…….
murmuró ella antes de volver a cerrar los ojos.
Al verla ahí, esperando mansamente su beso, Eun-seok casi rompe los lentes de la emoción con la que los sujetaba.
Dejó los lentes con cuidado sobre la madera del mirador y atrapó la carita de Sang-hee entre sus palmas. Ella cerró los ojos con fuerza, sabiendo lo que venía.
Ya no quedaba nada de la timidez del primer intento. Eun-seok solo quería devorársela. No tenía técnica ni sabía medir su fuerza; solo quería enredar sus lenguas, jalándola hacia él, hasta que terminó mordiéndole la lengua a Sang-hee y tragando saliva como un loco.
—¡Auch!
Sang-hee arrugó la cara; él estaba succionando tan fuerte que sentía que le dolía hasta la raíz de la lengua. Empezó a darle golpecitos en el pecho con sus puños cerrados. Pero a él no le importó nada y siguió prendido de sus labios.
El sonido de sus lenguas y la saliva mezclándose se volvió super explícito. El ruido de los carros pasando por el parque se sentía lejísimos; lo único que retumbaba en sus oídos era ese sonido húmedo y pegajoso.
De pronto, se escucharon unos pasos que se acercaban. Sang-hee fue la primera en darse cuenta.
Ella le quitó las manos de la cara a Eun-seok de un porrazo y bajó la cabeza volando. Él, que recién recuperaba el sentido un segundo después, se quedó parpadeando como un tonto antes de mirar hacia atrás.
Era un señor paseando a un perro enorme. El perro jadeaba fuertemente, Eun-seok no entendía cómo no lo habían escuchado antes. Por un pelito no los ampayaron en pleno chape.
—Ya vámonos, es tarde.
dijo Sang-hee levantándose de un salto en cuanto el señor y el perro pasaron de largo. Estaba tan apurada que se olvidó hasta de sus lentes.
—Sang-hee, tus lentes.
Eun-seok agarró los lentes e intentó pararse, pero se volvió a sentar de porrazo. Su cara se transformó en una mueca de dolor.
—Ay… espera un toque.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo?
—No me puedo levantar…
Se agarró el bajo vientre y se encogió. En verdad, lo que le dolía era un poco más abajo. Tenía la zona de la entrepierna tan caliente y cargada que el dolor no lo dejaba ponerse de pie. Era una presión pesada que le impedía moverse.
—¿Pero qué tienes? ¿Qué te pasó?
Sang-hee lo miraba de un lado a otro tratando de entender qué le pasaba. Pero como Eun-seok estaba ocultando su ‘problema’ a toda costa, ella, como chica, no tenía ni idea de lo que estaba pasando.
—¿Te duele la panza? ¿Quieres ir al baño? ¿Quieres que le pregunte al de seguridad?
Al final, la conclusión a la que llegó Sang-hee fue que él tenía un dolor de barriga. ¿Acaso pensaba que era el tipo de hombre al que se le tuercen los intestinos por un beso? Eun-seok se sentía morir de la vergüenza y el dolor, pero no pudo evitar que se le escapara una risa. Tenía el ceño fruncido, pero los hombros le temblaban de risa.
—Ay, ya, no me hagas reír… de verdad la estoy pasando mal.
—¿Pero qué te he hecho? ¿Dónde te duele y cómo? ¿Hay que ir al hospital? Habla de una vez.
Eun-seok respiró hondo para calmarse y enderezó la espalda. Su ‘amigo’, que estaba con todas las pilas, terminó levantando la tela gruesa de sus jeans como si fuera una carpa de campamento. La mirada de Sang-hee se clavó exactamente en ese punto.
—Ah, era eso. Haber dicho, pues.
Sang-hee se mordió los labios, le arranchó sus lentes de la mano y se dio media vuelta cruzándose de brazos. Como no se fue de frente, parecía que iba a esperar a que a él se le bajara la nota.
Su nuca redondita, su cabello un poco alborotado y esa espalda firme plantada ahí como un guardia de seguridad… todo en ella hacía que a Eun-seok se le subiera la comisura de los labios.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Eun-seok se puso de pie, le agarró la mano y empezó a caminar como un pingüino. Sang-hee, que estaba claramente preocupada (o curiosa), no dejaba de mirar de reojo hacia sus pantalones.
—No te quedes mirando.
susurró Eun-seok, dándole un empujoncito suave en el hombro con su brazo firme.
—Si me sigues mirando así, no se me va a bajar nunca.
—¿Y entonces qué hacemos?
—¿Cómo que qué hacemos? Por mí, te retengo aquí y no te dejo volver a tu casa hoy día.
Sang-hee lo miró con los ojos como platos, totalmente horrorizada. Sus labios se movían sin emitir sonido, como preguntándole cómo se atrevía a decir semejante barbaridad.
Él se sintió como el más sinvergüenza del mundo, pero a la vez estaba orgulloso de poder sacarle tantas expresiones distintas. Le daban ganas de agarrar a todo el mundo y presumirles que él era el único capaz de romper esa máscara de indiferencia que ella siempre llevaba puesta.
Eun-seok se detuvo y le dio un ‘pico’ sonoro en los labios. Mientras Sang-hee se quedaba tiesa por la sorpresa, él mandó su paciencia al desvío y le plantó unos cuantos besos más, ya más intensos.
—¡Oye!
exclamó ella abriendo grandes los ojos para reñirlo. Empezó a mirar a todos lados como una suricata asustada por si alguien los veía.
—Nadie te va a decir nada por un beso.
—Eso es lo que tú crees.
Sang-hee le respondió con un tono picado y volvió a caminar. Él se quedó pensando si se habría molestado, pero al sentir que ella todavía le apretaba la mano con fuerza, se tranquilizó. Eun-seok caminó hasta el edificio de ella con una sonrisa de bobo en la cara.
—Ya, ándate de una vez.
—Voy a esperar a que entres.
—Pero si ya estoy en mi casa. Súbete al carro rápido.
—Déjame hacerme el interesante un rato más, pues.
Se quedaron ahí, frente a la entrada del edificio, discutiendo sobre quién se iba primero. El hecho de estar encaprichados con una tontería así le hizo sentir que por fin eran una pareja de verdad. No podía dejar de sonreír como un tonto.
Al final, Sang-hee se rindió y dio media vuelta. La luz redonda de la entrada iluminó su figura mientras marcaba la clave. Cuando la puerta se abrió, dudó un milisegundo, pero al final entró sin mirar atrás.
‘Qué fría que es’, pensó Eun-seok con una risa resignada mientras bajaba las escaleras. Se subió a su carro, que estaba estacionado ahí mismito, prendió el motor sintiéndose todo lacio. No era por el calor, sino por la nostalgia de esa humedad que todavía sentía en los labios.
Ya se sabía el camino de su casa a ese edificio de memoria, sin necesidad de GPS. Prendió la música por Bluetooth y pisó el acelerador suavecito, pero justo en ese momento, la puerta del edificio se volvió a abrir.
Y Sang-hee salió disparada.
‘¿Se habrá olvidado algo?’, pensó Eun-seok frenando en seco. De pronto, vio la mano de Sang-hee tocando la ventana del copiloto. Apenas apretó el botón para abrirla, ella se subió al carro jadeando.
—¿Qué pa…..?
Eun-seok no pudo terminar la pregunta. Sang-hee, con los cachetes encendidos, estiró los brazos y le rodeó el cuello. Sus labios, todavía un poco hinchados, se volvieron a juntar y sus lenguas se mezclaron con todo.
Ese beso que se había cortado con las ganas, por fin continuó.
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