Registro de Campus - 45
Sang-hee, que había estado escuchando con atención, parpadeó a mil por hora. En sus ojos temblorosos se reflejaba el brillo redondo de la luz amarilla. Se quedó ahí sentada, tiesa, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
Eun-seok se alejó despacito de su oreja y sopló la vela. La llama se apagó, pero las luces LED colorinches de la gente seguían bañándolos desde lejos.
—Ya pedí mi deseo.
Eun-seok le tiró la pelota a Sang-hee.
—Ahora depende de ti. Tú decides si me cumples el deseo o no.
Él se quedó mirando fijo el pabilo quemado de la vela, esperando la respuesta que vendría de al lado. Justo le había tocado una vela en forma de corazón rojo, eso lo ponía más nervioso.
‘Seguro había mil formas de velas, ¿por qué habrá elegido esta?’, se puso a darle vueltas al asunto. ¿Será que era una señal de Sang-hee? ¿Habrá puesto su sentimiento incluso en una vela que eligió sin pensar? ¿O simplemente le pareció la más bonita? Si se esforzó en elegir la más linda, eso también significaba que pensó en él, ¿no? Se hizo un mundo en la cabeza.
Mientras Eun-seok estaba en ese plan, con el cerebro a mil, Sang-hee se mantuvo en silencio. Pasaron los carros alegóricos con sus luces brillantes, los bailarines que movían los brazos como locos y los actores disfrazados de quién sabe qué… y Sang-hee seguía muda.
Hasta que terminó el desfile.
Pero Eun-seok no la apuró. Sentía que, si la presionaba para que le diera una respuesta ya mismo, Sang-hee saldría corriendo.
Ya lo había vivido antes, cuando ella pasó roche frente a todos por culpa de Yang Soo-bin. Esa vez se amargó con ella porque ni le preguntó cómo estaba, terminó sin verle la cara en toda la temporada de finales. Se la pasó metido en la biblioteca, esperando horas de horas solo para escuchar sus pasos.
Al final, recién pudo hablarle cuando terminaron los exámenes, pero la espera valió la pena. Ese día, frente al pesado de Park Tae-hyun, Sang-hee sacó cara por él y encima le regaló un llavero igual al suyo.
La gente que les tapaba el paso empezó a retirarse del parque de diversiones. Fue ahí cuando Sang-hee, que no le quitaba el ojo al cupcake, por fin levantó la mirada.
Sus labios, un poco pintados, se movieron. Eun-seok sentía que se le iba el aire, pero se aguantó y respiró hondo. Ya casi lo lograba. No podía malograr el momento por apurado.
—… Que sea secreto.
Fue una frase a medias, pero Eun-seok entendió al toque. Su corazón, que se había achicado de los nervios, empezó a latir con fuerza otra vez.
—Cuando empiecen las clases, no estés tan pegado a mí. Actúa como un compañero más. Me da roche porque tienes demasiada gente detrás de ti.
Puso mil condiciones, pero al final fue un ‘sí’. La promesa de ser su enamorada. El permiso para dejar de ser amigos y empezar a ser algo más.
—Ya, quedamos así.
A Eun-seok se le iluminó la cara. Trató de ponerse serio, pero se le escapaba la risa a cada rato. Con una sonrisa de oreja a oreja, soltó con su voz gruesa:
—Recibo el regalo con gusto.
Sang-hee se le quedó mirando sin decir nada. Aunque sus lentes tenían una medida fuerte, sus ojos detrás de los cristales eran grandes. Él sabía que, cuando se los quitaba, se le veían esos ojos rasgados y redonditos que eran una belleza.
Por eso, cada vez que ella se limpiaba los lentes con la camisa, él se ponía en alerta.
Porque su mirada era demasiado limpia. Porque cuando lo miraba de frente, sin nada que la tape, sentía que el corazón se le detenía.
Y sobre todo, porque le daba miedo que otros tipos se dieran cuenta y empezaran a gurrearla.
Él ya sabía que Lee Dong-ha se había templado de ella apenas la vio sin lentes, que Joo Seung-jae también le había echado el ojo en algún momento.
‘Cuando empiecen las clases, voy a tener que espantar a todos esos pesados primero’, pensó. ¿Cómo iba a marcar territorio si iban a estar en secreto? Lee Dong-ha era mosca, así que con un par de cuadradas seguro se alejaba, pero Joo Seung-jae se veía más difícil. Ya estaba preocupado desde antes de empezar.
Sang-hee dejó de mirarlo y se levantó. Eun-seok agarró el cupcake que ni siquiera había probado y se puso al lado de ella. Le quitó la bolsa de compras de su mano pequeña y, en su lugar, le entrelazó la mano con la suya.
Sang-hee se asustó un poco por el contacto repentino y sus hombros saltaron. Trató de soltarse por puro reflejo, pero Eun-seok levantó una ceja y puso cara de pocos amigos.
—Aquí no es la universidad.
Estaban lejos de la facultad y, como ya iban a cerrar, no había casi nadie. Si no podían actuar como pareja ahí, ¿entonces dónde?
—Falta poco para que se acaben las vacaciones, tengo que aprovechar en agarrarte la mano todo lo que pueda.
—Ya, ya… quién dice que no.
Sang-hee no se resistió más y se quedó ahí, bien agarradita. Movió un poco los dedos y luego apretó su mano con fuerza.
Él ya le había agarrado la mano antes con cualquier pretexto, pero ahora que ya eran enamorados oficialmente, hasta el calor se sentía distinto. Sentía que toda su sangre se le subía a la mano por los latidos de su corazón. Aunque le sudaran las manos, sentía que podía estar así todo el día.
Eun-seok solo la soltó un ratito para que ella subiera al carro. Pero apenas él se sentó en el asiento del conductor, le chapó la mano de nuevo.
—Suéltame. Tienes que manejar.
Sang-hee, toda confundida, sacudió la mano que él tenía atrapada.
—Puedo hacerlo con una sola mano.
Eun-seok arrancó el motor y se puso el cinturón con mucha destreza usando solo la mano izquierda.
—Mi hermano mediano me enseñó a propósito a manejar con una sola mano.
Apenas terminó el examen de admisión a la universidad, su hermano Jin-young se la pasó dándole mil sermones mientras le enseñaba a manejar a la fuerza.
—¿Por qué?
—Para que con la derecha pueda agarrarle la mano a mi enamorada. Dice que mi hermano mayor también le enseñó así.
Hace tres años, Eun-seok se moría de la cólera con su hermano, que se portaba como un profe recontra estricto, pero ahora que estaba en esta situación, sentía una gratitud enorme. ‘Definitivamente mi hermano es un genio, todo lo tenía fríamente calculado’, pensó. Hasta le dieron ganas de prepararle un ramen cuando llegara de la chamba.
—Si ves que es un poquito peligroso, me sueltas al toque, ¿ya?
le dijo Sang-hee muy preocupada.
Como ella no tenía idea de lo difícil que fue ese ‘entrenamiento’ para Eun-seok, lo miraba con desconfianza. Aunque él le daba vueltas al timón con una tranquilidad total usando una sola mano, desde el asiento del copiloto ella no dejaba de chequearlo.
—¿Te han estado hablando algunos chicos ahora en vacaciones?
preguntó Eun-seok como quien no quiere la cosa, mientras avanzaba por la carretera despejada.
—Digo, como en la fiesta de fin de ciclo varios intercambiaron números…
—Casi nadie.
‘O sea que sí hubo alguien’
Al toque se le borró la sonrisa de la cara porque ya se imaginaba quiénes eran.
—¿Quiénes? ¿Dong-ha?
—Sí.
‘Lo sabía’
Si no se estuviera controlando, Eun-seok habría soltado una risa de puro nervio. Empezó a apretar la mano de Sang-hee como si fuera una pelotita antiestrés para calmarse.
—¿Y qué te dijo?
—Nada, solo me preguntó qué estaba haciendo. Me contó que se iba a ir a vivir un mes a la isla de Jeju.
—¿Y aparte de Dong-ha, no hubo nadie más?
El asiento del copiloto se quedó en silencio. Eun-seok miró de reojo y vio que Sang-hee lo miraba con los ojos achinados detrás de sus lentes.
—¿Por qué eres tan preguntón?
—Oye, ahora tengo derecho a preguntar, ¿no?
Eun-seok, bien conchudo, levantó sus manos que seguían entrelazadas como si fueran una sola. Sang-hee se quedó sin palabras y solo soltó un suspiro.
—Entonces yo también te voy a preguntar cosas.
—Pregunta lo que quieras.
respondió él muy seguro de sí mismo. Para poder interrogar a alguien, uno tiene que tener la conciencia limpia.
—Es más, toma mi celular. Míralo todo lo que quieras. Espera, déjame desbloquearlo.
—Ay, ya, deja ahí. No es para tanto.
dijo Sang-hee, toda palteada.
Parece que su táctica de ‘atacar primero’ funcionó, porque en todo el camino hacia Cheongju, Eun-seok logró sacarle varios datos interesantes a Sang-hee.
Se enteró de que Joo Seung-jae, quién sabe cómo, consiguió el número de Sang-hee y no dejaba de escribirle. Incluso si ella, por pura flojera, se demoraba un día entero en contestar, el tipo le respondía al toque. Por eso, Sang-hee sentía que Seung-jae era mucho más cargoso que Lee Dong-ha.
Eun-seok empezó a tamborilear el timón con los dedos. Su corazón, que hasta hace un rato estaba inflado de felicidad como un globo en el parque de diversiones, de pronto sintió el pinchazo de la envidia por culpa de Joo Seung-jae. Mientras le daba vueltas a lo que Sang-hee le había contado, apretaba los dientes sin darse cuenta.
Casi era medianoche cuando por fin llegaron a Cheongju. Durante el camino por la autopista, Sang-hee se aguantaba los bostezos; se le inflaban los cachetes y la mandíbula cada vez que intentaba no abrir la boca. Aunque él le dijo que podía dormir tranquila, ella se esforzaba por mantener los ojos bien abiertos.
—Toma, llévate esto.
Eun-seok estacionó frente al edificio de Sang-hee y sacó del asiento de atrás un polo de panda que había comprado a escondidas. A ella se le abrieron los ojos de par en par al ver que era igualito al polo que ella le había regalado a él.
—¿Qué? ¿A qué hora compraste esto?
—Te dije que quería que estuviéramos combinados.
respondió él, haciendo un pequeño pucherito al recordar que ella lo había choteado hace un rato.
—¿Ahora que ya somos enamorados de verdad, sí puedo decirte estas cosas, no?
La luz del poste de la calle entraba de costado por la ventana del carro, iluminando los cachetes de Sang-hee que se ponían rojos como un tomate.
Ella lo miró de reojo, medio ‘sobrada’, pero no le rechazó el regalo. Al ver cómo guardaba el polo con cuidadito en su bolsa, a Eun-seok se le volvió a inflar el pecho de alegría, olvidándose por completo del tal Joo Seung-jae.
—Chau, cuídate.
Sang-hee bajó del carro y se agachó para mirarlo a través de la ventana.
—… Feliz cumple.
Soltó ese saludo bajito y se dio media vuelta al toque. Caminaba tan rápido que su cabello castaño se agitaba con el viento. Eun-seok se quedó ahí estacionado unos minutos más, incluso después de que ella desapareciera de vista.
Apenas llegó a su casa y se bañó, lo primero que hizo fue agarrar el celular. Se quedó hablando más de una hora con Sang-hee, quien hablaba casi susurrando para que sus papás no la ampayaran. En el espejo se veía su reflejo: estaba ahí, parado, sonriendo como un tonto.
Después de colgar, se comió el cupcake de zanahoria que ella le había comprado. El pastelito, que trajo con todo el cariño del mundo desde Yongin, estaba tan dulce que hasta le hizo cosquillas en la lengua.
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