Registro de Campus - 44
Con ese solazo que quemaba vivo, sentía que se me iba a achicharrar la coronilla.
El parque de diversiones un viernes por la tarde era, literalmente, un loquerío. La cola para entrar no avanzaba nada, el aire estaba pesadazo por el calor y los bebés no paraban de llorar; de verdad, era un caos total.
Eun-seok se quedó mirando a Sang-hee, que estaba ahí parada a su lado. Su cabello castaño se veía tan finito bajo la luz del sol que, sin pensarlo, él levantó la mano. Estiró la palma para hacerle sombrita sobre su cabeza.
—¿Qué haces?
Al sentir la sombra de la nada, Sang-hee levantó la mirada por encima de sus lentes. Cada vez que lo miraba así, desde abajo, se le notaba clarito esa forma tan bonita y picuda que tienen sus ojos.
—Para que no te de un golpe de calor.
—Pero te vas a quemar la mano tú.
—Prefiero eso a que se te queme la cabeza a ti.
Sang-hee se le quedó mirando con la boca a medio abrir. Parecía que se había quedado con las ganas de decirle algo, pero como la cola empezó a avanzar, tuvo que voltear de una vez.
Eun-seok caminó sin bajar la mano. Se daba cuenta perfectamente de que ella movía los ojos de un lado a otro, toda inquieta porque sentía su mano siguiéndola como si fuera una sombrilla humana. Le pareció tan tierna que no pudo evitar que se le escapara una sonrisita.
Haber venido a ver pandas en pleno verano, encima justo el día de su cumpleaños, fue un gusto que él se dio solo por complacer a Sang-hee. La verdad sea dicha, Eun-seok prefería mil veces una montaña rusa que un oso panda, pero como su relación todavía estaba en ese punto ‘medio raro’, usó a los pandas como la excusa perfecta para pasar el día juntos.
Claro que el plan tenía sus ventajas.
Lo que más le gustaba era ver la cara de Sang-hee toda relajada y feliz; además, podía usar a la gente que empujaba como pretexto para pegarse bien a ella. Le encantaba pasar esas horas de espera hablando sonseras y escuchando su voz toda emocionada.
—Luego, cuando vayamos a la tienda de regalos, escoge lo que quieras.
le dijo Sang-hee en voz baja mientras entraban a la zona de los pandas.
—Te lo compro por tu cumple.
—Ya, bacán. Voy a llenar el carrito entonces.
Eun-seok ni siquiera intentó negarse por cortesía. A Sang-hee se le escapó una risita, como pensando ‘qué conchudo’, pero él ya se sentía servido con solo verla reír.
Ya adentro, Eun-seok se la pasó chequeando más a la gente que a los mismos pandas. Estaba con todos los sentidos alerta para que ningún chibolo emocionado la empujara, que nadie le estorbara con sus cámaras gigantes o que no le pisaran los pies con los coches de los bebés. Paraba volteando la cabeza a cada rato, como un guardaespaldas.
—¿Qué haces?
Sang-hee, que le estaba tomando fotos al panda papá con su celular, se dio cuenta de que él andaba todo inquieto y lo jaló del brazo.
—Ven aquí y mira de una vez.
Con una fuerza que él no le conocía, lo jaló hasta la primera fila y le hizo poner las manos sobre la baranda. O sea, que se dejara de mover y se agarrara bien de ahí para estar seguro.
A Eun-seok le dio risa y hasta le pareció lindo: siendo ella mucho más bajita y menuda, era ella la que cuidaba de él, que le sacaba como 26 centímetros de ventaja. No podía dejar de sonreír.
—¿Quieres ponerte aquí conmigo?
le preguntó Eun-seok, señalando con la barbilla el espacio que quedaba entre sus brazos apoyados en la baranda. Sang-hee cabía perfectamente en su pecho.
—¡Ay, no! Qué huachafo.
soltó ella arrugando la frente al toque.
—Cada vez que vengo, me terminan empujando parejas que se ponen así. Este sitio donde viven los pandas es sagrado, no es la sala de su casa. Es una falta de respeto para los demás visitantes.
Después de meterle su buen sermón, Sang-hee volvió a lo suyo con el celular. Mientras grababa al panda comiendo zanahoria, su cara se volvió a relajar y le volvió esa sonrisita dulce.
—Pucha, me falta un montón para alcanzarlos.
susurró Eun-seok quejándose bajito.
—¿Ah?
—Digo que a mí ni me sonríes así.
Suspiró al verse superado por un oso. Pero bueno, si esos animales eran lo que ella más amaba en el mundo, iba a estar difícil competir por el primer puesto así de rápido.
Sang-hee lo miró de reojo mientras seguía grabando. Él le preguntó ‘¿qué pasó?’ solo moviendo los labios, ella hizo un puchero antes de dejar de grabar y voltear hacia él.
—No digas esas cosas así por así.
—¿Qué cosas?
—Lo que acabas de decir.
Sang-hee se fue caminando hacia el otro lado del recinto, toda seria. Eun-seok le fue detrás al toque, pegadito a ella como si fuera su sombra.
Él sabía perfectamente por qué ella estaba así, pero se hacía el loco. Igual que ella se hacía la loca con sus indirectas. Eun-seok era consciente de que se la pasaba pisando la línea, tanteando el terreno entre los dos.
Nunca le había dicho de frente ‘me gustas’, pero tampoco hacía nada por ocultar que se moría por ella. Se veían como cuatro o cinco veces a la semana, a veces le agarraba la mano un ratito antes de soltarla, o en los días de calor, aprovechaba para rozar su brazo con el de ella.
Y eso era todo por ahora.
Si tan solo me diera una señal más clara. Si me regalara esas sonrisas de alegría que les da a los pandas, ya me le habría mandado con todo para que estemos.
El futuro donde ella acepta mi declaración y el futuro donde me chotea feo estaban ahí, equilibrados como un sube y baja. Ahorita nos llevamos de maravilla, me da un miedo constante ser yo el que rompa esa armonía por apurado.
Pero, ¿y hoy? Hoy es mi cumpleaños, pues. ¿Acaso Sang-hee no querría cumplirle aunque sea un deseo al cumpleañero?
Después de entrar a ver a los pandas por tercera vez, lo que Eun-seok escogió en la tienda de regalos fue una polera de manga corta. Tenía un dibujo de un panda bronceándose en la playa.
—¿Es en serio?
Sang-hee miró la polera con una cara de duda total. No podía creer que un tipo que solo usa ropa de marca hubiera escogido algo así.
—No creo que uses eso ni para dormir. Escoge otra cosa.
—¿Por qué? Me la voy a poner con unos jeans.
—No mientas. Ni yo me pondría algo así para salir a la calle.
Ahora que lo pensaba, a pesar de que a ella le encantaban los pandas, no tenía ni un solo accesorio que lo demostrara. El llavero que él le regaló fue lo primero. ¿Así de perfil bajo son los fans de verdad?
—Cómprate una tú también. La próxima vez que vengamos nos las ponemos en plan ‘parejita’.
—¿Qué parejita ni qué ocho cuartos?
Sang-hee se puso seria al toque y le clavó la mirada.
—Te he dicho que no estés diciendo esas cosas.
Dicho esto, tiró la polera que Eun-seok había escogido al carrito y se dio media vuelta. Él no la siguió esta vez, solo se quedó mirándola de lejos. Ella se puso a ver unos peluches de pandas con su fotocheck de empleado, pero su perfil se veía algo decaído, como si estuviera achicopalada.
Sang-hee se escondía detrás de ese tono frío, pero en el fondo su corazón era como un caqui demasiado maduro: se deshacía a la primera.
Por eso aceptó almorzar con él, se puso de su lado cuando le llovían las críticas y, cuando llegaron las vacaciones y les tocó despedirse, le dio ese llavero igualito al suyo.
Eun-seok aprovechó que ella estaba distraída y se acercó a la caja. Al final, se salió con la suya y compró otra polera igual pero en talla chica. No pudo aguantarse las ganas de imaginársela usándola así sea relajada en su casa con un pantalón de pijama.
Sang-hee, sin sospechar nada, pagó la polera de Eun-seok y un par de cintas decorativas. Él escondió la otra polera en su mochila y, con su cara de ‘yo no fui’, recibió su regalo.
—Gracias. Me la voy a poner siempre.
Sang-hee seguía con cara de que el regalo no era suficiente.
Cenaron en un restaurante dentro del parque y luego se fueron a ver el desfile nocturno. En la plaza ya estaba oscuro, pero todavía se sentía ese calorcito pesado del mediodía. Se acomodaron detrás de la gente que ya estaba haciendo fila, pero Sang-hee ni le prestaba atención porque estaba rebuscando algo en su bolsa.
—¿Qué buscas?
—Ah, espera un ratito.
Lo que Sang-hee sacó con cuidado fue un quequito de zanahoria de los que vendían en la cafetería frente al mundo de los pandas. En la otra mano tenía una velita roja en forma de corazón.
—Es solo para… para que haya ambiente…….
explicó ella toda tímida al ver que Eun-seok no le quitaba la vista al quequito, que no era más grande que su puño. —Tú también hiciste algo así para mí.
Eun-seok le recibió la vela y el quequito y se sentó en un muro de ladrillos que servía de macetero. Aunque la gente le tapaba la vista, el desfile no era lo importante en ese momento.
Prendió un fósforo y encendió la vela de corazón. En vez de los postes de luz, que habían apagado por el festival, la luz amarilla de la vela iluminó la cara de Sang-hee.
—Feliz cumpleaños.
murmuró ella tan bajito que casi ni se escuchó. Obviamente no hubo canción, solo se quedó esperando a que él soplara la vela.
A lo lejos empezaron a sonar los tambores —bum, bum— anunciando que el desfile estaba por empezar. Eun-seok se quedó mirando la mecha que se consumía al rojo vivo y soltó su deseo en voz alta.
—Aparte de la polera, hay otra cosa que quiero.
—¿Qué cosa?
De pronto, la música estalló por todos lados. La gente empezó a gritar de la emoción. Eun-seok se inclinó para escapar del ruido que le retumbaba en los oídos y acercó sus labios justo al oído de Sang-hee.
—Sé mi enamorada.
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