Registro de Campus - 42
—¿Qué te pasa?
Mi voz salió disparada, bien aguda. Al mismo tiempo, sentí que mi pie atrapado daba un brinco por el susto.
Pero Ryu Eun-seok solo se puso el dedo índice en los labios, pidiéndome que me calle. Los ronquidos potentes de la ‘cueva’ de al lado pararon en seco y se escuchó a alguien balbucear entre sueños.
Mi talón estaba hundido en su muslo, que se sentía duro como una piedra. Mi tobillo era acariciado por su palma calientita. Solo me tenía sujeta de un pie, pero sentí que todo el cuerpo se me congelaba.
—¿De verdad mides 1.62?
Ryu Eun-seok agarró mi pie con sus dos manos, como calculando el tamaño.
—¿Cuánto calzas? ¿Cómo puede ser más chico que mi mano?
—¿Qué estás haciendo? Suéltame.
No podía gritar más fuerte porque me palteaba que los vecinos de cuarto se quejaran. Apreté los dientes y retorcí la cintura para zafarme.
Hice un esfuerzo sobrehumano para sacar el tobillo, pero fue por las puras; Ryu Eun-seok aprovechó y ¡zácate!, me agarró el otro pie también. Y ahí se quedó, sobándome los dos pies como si fueran esos llaveritos de panda que tanto le gustan.
—Ay, ya, de verdad, ¿por qué eres así?
—Porque son lindos.
Esa frasecita me dolió más que el apretón en los tobillos. Me quedé sin aire y el cuerpo se me puso tieso como un poste. Lo miré con una cara de ‘no entiendo nada’.
—Si tienes los pies tan chiquitos, ¿cómo haces para correr y no sacarte la mugre? Qué loco.
Ryu Eun-seok agachó la cabeza y se puso a examinar mis pies como si fuera un científico con un microscopio. En su cara, que es perfecta por donde la mires, no había ni rastro de broma, solo una curiosidad total.
‘Menos mal que ayer me corté las uñas’
Fue lo único que atiné a pensar. Ni se me ocurrió insultarlo por lo que estaba haciendo, ni volví a intentar escaparme. Mi cerebro se había bloqueado.
Mi pose no podía ser más rara: la cara y el pecho pegados a la pared de la cueva, el cuerpo torcido como un tornillo, mis dos pies encima de los muslos de Ryu Eun-seok recibiendo sus masajitos.
Él mandó el manga a rodar y se concentró solo en mis pies. Aunque no lo miraba de frente, sentía clarito su calor y su mirada clavada en mí. Cada vez que movía sus dedos, sentía que me faltaba el aire.
—Dime pues, ¿cuánto calzas?
—… 36.
respondí en un susurro para que no se note que estaba jadeando.
Ya no podía ni mirarlo, así que me quedé viendo los ladrillos de la pared. Aunque tenía mis lentes puestos, veía todo borroso, como si me hubiera dado un ataque de astigmatismo.
—Tus plantas son bien suavecitas…
Cuando soltó ese comentario, sentí que me subía un calor desde el cuello hasta la frente, como si me hubieran metido a un horno. No aguanté más y cerré los ojos con fuerza.
—¿Todas las chicas son así? ¿O solo tú?
—No sé…
¿Por qué se portaba así? Debería decirle que me suelte de una vez, pero ahí estaba yo, tirada como un animalito sedado, tratando de respirar bajito para no hacer bulla. Me rendí por completo y le dejé mis pies como si fuera una ofrenda.
Siendo sincera, cuando me metí aquí al fondo, algo me esperaba. Desde ese día de la lluvia, cuando me agarró la mano cruzando el jardín, él siempre buscaba la forma de acortar la distancia. A veces me ponía su mano grandaza sobre la cabeza, o me acomodaba los lentes. Cuando nos sentábamos frente a frente, metía sus piernas largas entre las mías. Y hasta me agarraba la mano por un buen rato con la excusa de ‘protegerme’ de las motos que pasaban.
Así que, decir que no esperaba ningún contacto estando solos en este huequito… sería mentirme a mí misma con el descaro más grande del mundo.
Pero yo pensaba que sería un roce de brazos o agarrarnos la mano… esto de agarrarme los tobillos y masajearme las plantas de los pies superaba cualquier fantasía. No tenía tiempo ni de pensar si era algo cochino o no; solo me preocupaba que no se escuchara mi respiración acelerada.
Y si me preguntan si me molestaba… la verdad es que no. Yo quería tocarlo a él como sea.
Ryu Eun-seok, que no dejaba de hablarle a mis pies, de pronto se quedó callado. Pero su mirada seguía ahí, clavada, sus manos seguían presionando con fuerza.
Yo estaba con los ojos cerrados, pero todos mis sentidos estaban puestos en mis pies. Estaba alerta a cualquier movimiento suyo.
Y ahí fue.
Sentí algo diferente en mi talón. No era el músculo duro de su muslo, ni su palma suave.
Era algo… bultoso, duro, que sobresalía más arriba del muslo. Algo grueso, largo y que parecía tener su peso…
Abrí los ojos y vi la pared rugosa. No se escuchaba ni un alma. Solo sentía esa sensación en la planta de mi pie que nunca en mi vida había experimentado.
Las manos de Ryu Eun-seok, que me estaban apretando los pies como si fueran pelotas antiestrés, se detuvieron. Pero el calor que envolvía mis pies seguía ahí, más fuerte que nunca.
Me quedé con los ojos de aquí para allá y bajé la mirada despacito. Ryu Eun-seok seguía con los ojos clavados en mi pie. Su perfil, que siempre es perfecto, se veía todo preocupado, sus orejas estaban rojas como un tomate, irradiando un calor que se sentía hasta aquí.
Se armó un silencio que me quitaba el aire. A pesar de que el aire acondicionado soplaba bajito, yo sentía que toda la piel me quemaba como si estuviera echada en una piedra caliente.
Al final, mis dedos del pie se encogieron por los nervios. Ryu Eun-seok dio un brinco y me miró. En su cara se notaba a leguas que estaba asado de la vergüenza y recontra confundido.
Después de haberme tenido bien sujeta todo este rato, me soltó los pies al toque. Me soltó con tanta facilidad que hasta sentí un poquito de decepción, qué gracioso.
No me lo pensé dos veces y me senté de un porrazo. Y ahí fue cuando entendí por qué Ryu Eun-seok tenía esa cara de ‘trágame tierra’.
Un lado de su short verde estaba recontra bultoso. Si alguien lo viera de lejos, pensaría que se había metido una botella de agua ahí dentro. Yo, que nunca en mi vida le había prestado atención a esas cosas, me di cuenta al instante: la forma y el grosor eran demasiado obvios.
Ryu Eun-seok, de tanto tocarme los pies, se había puesto al palo.
Él se dio cuenta de que yo estaba mirando ‘allí’ y dobló las rodillas rápido, encogiéndose para taparse. Sus pestañas temblaban de los nervios; el pobre no sabía dónde meterse.
—Oye, Sang-hee. Esto… lo que pasa es que…
Ryu Eun-seok intentó darme una explicación, pero las palabras se le trababan en la garganta.
—Es que, o sea, esto es… yo… este…
En vez de quedarme esperando a que me floreara, le alcancé la almohada. Quería decirle: ‘tápate con esto nomás’.
Él estiró las piernas otra vez y me hizo caso: se puso la almohada encima de los muslos donde estaba todo el bulto. Pero la almohada era muy chiquita para tapar semejante ‘problema’ y, para colmo, se resbaló y se cayó al suelo.
Todo nervioso, él abrió su manga de par en par y se tapó el muslo izquierdo. Pero con un solo libro no alcanzaba para esconder todo. Así que yo también abrí mi manga de detectives y se lo pasé para que termine de taparse.
Y ahí nos quedamos, sentados uno al lado del otro sin decir ni miau, igualito que al principio. Solo que ahora, en vez de leer, nos quedamos mirando la pared del frente como si fuera lo más interesante del mundo. Los ronquidos de la cueva del costado eran lo único que rompía ese silencio sepulcral.
—Ay, carajo.
susurró él, cubriéndose la cara con las manos y tragándose un insulto. Sus orejas seguían ardiendo.
—Qué roche, de verdad. Van a pensar que soy un enfermo…
Su voz salió toda apagada por sus manos. Sus hombros anchos subían y bajaban como si estuviera tomando aire bien profundo. ¿No se irá a poner a llorar, no? Quería verle la cara, pero se la tapaba con sus manazas.
—¿Por qué vas a tener roche?
Traté de sonar ruda, pero en verdad estaba haciendo mi mejor esfuerzo por calmarlo.
—Por algo existe la frase ‘hormonas a mil’, ¿no? No voy a pensar nada raro, así que no te paltees. No le voy a contar a nadie.
Si el chisme de que su familia se fue a la quiebra fue fuerte, el de que se puso así por sobarle los pies a alguien sería el boom. Pero como ya le había dicho hace dos meses, yo no tenía amigos a quienes contarles, ni tampoco las ganas de andar rajando de él.
—Dicen que a los chicos les pasa a cada rato cuando son jóvenes. No te voy a decir nada, así que no te hagas paltas.
Me pregunté si de verdad mis palabras lo estaban ayudando. Sentía que yo estaba dando las excusas que él debería estar dándome a mí.
—No es que me pase a cada rato.
Ryu Eun-seok se quitó las manos de la cara y me miró fijo. Sus ojos estaban tan rojos como sus orejas y me miraban con intensidad. Yo tratando de consolarlo y él me sale con un reclamo.
—Ya te dije. Solo me pasa contigo.
Su cara estaba tan roja que parecía que iba a explotar en cualquier momento. Me miraba de frente, aunque se moría de la vergüenza.
—Es porque eres tú.
Estoy segura de que si me miraba al espejo, mi cara estaba del mismo color que la suya. No nos quitábamos la mirada de encima. El aire se nos quedaba atrapado en la boca y la temperatura seguía subiendo.
Por un segundo pensé que, si esta cueva hubiera estado cerrada del todo, habríamos terminado haciendo otra cosa. Fue la primera vez que sentí una alerta de peligro estando con él.
Y lo peor no era el estado de él, sino que mi corazón, que se moría por volver a poner mis pies en su falda, era el que me ponía en más riesgo.
Esperamos un buen rato a que ‘el asunto’ de Ryu Eun-seok se calmara, recién ahí salimos de la cueva.
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