Registro de Campus - 41
Esta vez me quedé muda por otra razón. Me quedé mirando el cojín mientras le daba vueltas a lo que dijo Ryu Eun-seok.
Que solo era conmigo. Que con otras mujeres no se pasaba de la raya así.
Yo ya estaba metida hasta el cuello en el fango de las ilusiones, y ahora sentía que el agua me llegaba arriba de la cabeza. Pero lo peor es que ni quería salir de ahí; al contrario, agarré sus palabras y sus gestos como abono y me acomodé bien en mi sitio.
¿Estará bien que alucine tanto? Pero si él fue el que empezó. En mi cabeza había una mecha interna entre si debía morder el anzuelo o no.
Después de ver videos de pandas como por una hora, Ryu Eun-seok me trajo mi ropa ya seca. Entré sola a su vestidor y, mientras el roce de la tela sonaba suavecito, sentí como si estuviera haciendo algo malo.
Sentir el polo directo sobre mi piel, sin nada debajo, y el contacto de esa ropa interior nueva a la que no estaba acostumbrada, se sentía como una travesura media subida de tono, de esas que haces a escondidas cuando no hay adultos en casa.
Aunque, la verdad, lo único que hicimos fue comer y ver videos. Bueno, y tener esa conversación tan rara.
Mis zapatillas también estaban como nuevas. Ese olor que tanto me palteaba había desaparecido y solo quedaba ese calorcito rico después del secado.
Al abrir la puerta principal, vi un paisaje que no había notado antes. Había nubes grises bajitas y debajo se extendía un jardín verde tan intenso que me hizo entrecerrar los ojos; parecía el campo de una universidad. Todo, desde los pinos bien puestos hasta el estanque donde corría el agua, se notaba que tenía un cuidado de locos.
Apenas puse un pie afuera, la mano grandaza de Ryu Eun-seok me rodeó la muñeca.
—El piso está resbaloso.
Tenía razón, los escalones de mármol estaban húmedos. Pero no era para tanto como para tener que apoyarme en alguien. Bastaba con que me dijera «ten cuidado», pero él me agarró firme, como quien cuida a una niña chiquita.
Bajamos las escaleras y cruzamos el camino de piedra en el jardín, pero él no me soltó. Al contrario, bajó su mano y entrelazó sus dedos con los míos.
No fue el codo, ni la muñeca… fue mi mano, apretándola fuerte, encerrándola en la suya.
Miré de reojo al hombre que caminaba medio paso delante de mí. Me quedé viendo su nuca bien pulcra, su cuello clarito y sus hombros anchos. Bajé la mirada por su brazo, donde se notaban los músculos, hasta sus manos de dedos largos y marcados. Mi mano, atrapada ahí dentro, se sentía como si no fuera mía.
Pero lo más extraño era que yo ni siquiera hacía el intento de soltarme.
«Solo lo hago contigo». Seguía dándole vueltas a esa frase, analizándola por todos lados. ¿Será que el hecho de que me agarre la mano así también entra en eso de «solo conmigo»? Seguía rumiando una pregunta que ya tenía respuesta.
Recién cuando llegamos al portón y él me abrió la puerta del copiloto, me soltó. Después de haberle escaneado toda la espalda, no tuve el valor de mirarlo a la cara.
Me subí al carro controlando hasta mi forma de respirar. Mientras él daba la vuelta al auto, me puse el cinturón a la volada, toda nerviosa.
Mi mano derecha, la que él había tenido agarrada, todavía se sentía caliente y con un hormigueo. La abría y la cerraba, pero esa sensación de su fuerza apretándome no se iba así nomás.
Justo antes de que él abriera la puerta del conductor, me olí un poco el pelo. Ahí estaba ese aroma que me ponía el corazón a mil.
De tanto estar en su cuarto, se me había pegado ese olor suyo a pasto mojado.
Desde ese día, Ryu Eun-seok no paraba de escribirme a cada rato. Su nombre siempre estaba arriba en mi lista de chats, y si me distraía un segundo, el numerito rojo de mensajes crecía como pidiendo respuesta al toque.
Lo diferente a cuando estábamos en clases era que ahora no solo mandaba mensajes, sino que me llamaba.
Cada vez que pasaba, tenía que cerrar la puerta del cuarto para que mis papás no se dieran cuenta en la sala. Él me contaba hasta lo más mínimo por teléfono, y yo escuchaba atenta, pensando mil veces qué responder para no sonar tonta.
Esas llamadas pasaron de 3 minutos a 5, y de pronto ya hablábamos por 20 minutos.
Al final del día, echada en mi cama mirando el techo a oscuras, repasaba todo lo que él me había dicho como si fuera un té que dejas reposar. Pero a diferencia del té, que se pone rancio, esto mientras más lo repetía en mi cabeza, más me hacía sonreír como tonta. Al final terminaba tapándome la cara con la sábana por la vergüenza.
Nuestra siguiente cita oficial era en dos semanas para ir al albergue de perros, pero Ryu Eun-seok se aparecía por Cheongju cada dos días.
A veces nos veíamos en un café para estudiar, y otras veces nos encontrábamos tarde solo para comer un helado frente a un minimarket y despedirnos.
Lo que sí era fijo era que yo esperaba esos encuentros todos los días con ansias.
Incluso después de vernos, ya no me sentía agotada ni con ganas de tirarme a la cama. No me cansaba de salir diario. Paraba pegada al celular, y cuando veía su nombre en la pantalla, mi cara se relajaba por completo, igualito que cuando veo videos de pandas.
Yo sé que lo que tenemos Ryu Eun-seok y yo no es lo que se dice una «simple amistad».
Pero no me molestaba para nada.
Después de hacer el voluntariado en el centro, nos fuimos al centro de Cheongju. Como los dos estábamos sudando la gota gorda, no daba para ir a un sitio elegante. Y como tampoco era plan de ir otra vez a su casa a bañarme, terminamos en un spa/sauna (jjimjilbang). El plan era leer mangas bajo el aire acondicionado.
Ryu Eun-seok, incluso con ese uniforme de sauna color verde rancio que a cualquiera le queda hasta el perno, parecía un modelo. El polo, que seguro era la talla más grande, le quedaba apretadazo en los hombros. Y el short le quedaba bien arriba de las rodillas, dejando ver sus piernazas.
Unas señoras que estaban sentadas en círculo se quedaron chismeando al ver pasar a Ryu Eun-seok, y hasta una niñita que corría de un lado a otro como loquita se quedó plantada mirándolo con los ojos como platos.
—A ti hasta esa ropa te queda bien
solté sin pensar, dejando salir lo que sentía.
Ryu Eun-seok, que estaba mirando el menú para ver qué pedíamos, se volteó hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Recién te das cuenta?
Me dio un poco de cólera verlo tan sobrado, sacando pecho y levantando una ceja, pero no me quedó otra que darle la razón. Miré mis shorts naranjas que me daban por la rodilla con una cara de pocos amigos; de hecho, con ese color mi piel se debía ver recontra pálida.
Nos empujamos un platazo de sopa de algas hasta quedar satisfechos y nos acercamos al estante de los mangas. Él escogió uno de básquet de secundaria y yo uno de un niño detective que resuelve crímenes.
—Leamos allá.
dijo él, señalando unos nichos que parecían cuevas.
Era un espacio bien estrecho donde apenas entraba una persona, y encima estaba oscurito como para quedarse seco.
‘¿No será muy obvio esto?’
pensé entrecerrando los ojos. Para una pareja formal sería el lugar perfecto para estar «en arrurru», pero para nosotros, que tenemos esta relación tan ambigua, estar ahí metidos me ponía recontra nerviosa; ni iba a poder leer nada.
Ryu Eun-seok me miró de reojo como tanteando terreno, pero luego se hizo el que no sabía nada y caminó adelante. Dudé un toque, pero al final agarré mis mangas y lo seguí como un perrito.
Si de verdad me hubiera molestado, lo habría mandado a rodar y me habría ido a un sitio más abierto. Pero decidí aguantarme la tensión. Todo por mis ganas de estar con él. Últimamente, aunque lo veía diario, no me cansaba ni me aburría; al contrario, cada noche me dormía ilusionada.
Yo me metí primero al fondo y él se quedó en la entrada. Sus piernazas dobladas tapaban todo el paso. Aunque estaba atrapada entre la pared y él, lo primero que sentí fue una sensación de calidez, como si estuviera en mi zona segura.
Nos sentamos uno al lado del otro y nos pusimos a leer sin decir ni miau. Como los dormitorios estaban justo arriba, no era plan de estar haciendo bulla. De fondo, se escuchaban los ronquidos de la cueva del costado como si fuera música ambiental.
Al principio estaba sentada derechita, pero poco a poco me fui cansando. Miré con ganas una almohada que alguien había dejado por ahí. Estaba perfecto para echarse un motoso.
—¿Te quieres echar?
me preguntó él, dándose cuenta de a dónde miraba.
Por costumbre iba a decirle que no, que todo bien, pero cambié de opinión y asentí con sinceridad.
—Sí, tengo sueño.
—Ya pues, duerme tranquila.
Ryu Eun-seok movió su jugo de arroz (shikhye) para hacerme espacio. Yo me quedé ahí, jugueteando con las hojas del manga, chequeando sus reacciones.
Aunque ya teníamos confianza, no me sentía tan suelta como para tirarme a dormir frente a él así como así. Pero la almohada me estaba haciendo ojitos, rogándome que me echara.
—No te preocupes por mí, duerme nomás. Yo te aviso cuando sea hora de irnos.
Él ni me miraba, estaba concentradazo en su manga. Parecía que la historia estaba tan buena que yo ya ni le importaba. Pensé que no tendría el fetiche de quedarse viendo a alguien dormir, así que decidí relajarme de una vez.
Me apoyé despacito en la almohada. Si tan solo hubiera tenido una mantita me habría sentido menos palteada. Primero me puse boca arriba mirando el techo, pero luego me acomodé de costadito.
En medio de tanto movimiento para buscar mi sitio, la planta de mi pie rozó su pierna. Sentí su piel tan suave que hasta los dedos de mis pies se encogieron por la sorpresa.
Me quedé tiesa, aguantando la respiración y doblando las rodillas lentamente. Menos mal, parecía que a él no le había importado el roce.
‘Oye, pero este tipo no tiene ni un pelo’
Como siempre para bien producido, seguro que hasta se depila. Me quedé ahí echada sin moverme, pero en mi cabeza repetía una y otra vez la sensación de haber tocado su piel. Me sentí recontra enferma por pensar en esas cosas.
En eso, sentí que me jalaban el tobillo. De la nada, Ryu Eun-seok puso mi pie encima de su muslo.
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