Registro de Campus - 38
Ryu Eun-seok me jaló y echamos a correr bajo la lluvia. No tuve ni tiempo de tambalearme. Como su mano me sujetaba con una fuerza increíble, solo me quedaba estirar las piernas y seguirle el ritmo para no sacarme el ancho.
Era difícil hasta abrir los ojos; sentía como si alguien me estuviera tirando baldes de agua desde arriba. Como corríamos al lado del río, el sonido de la lluvia al caer era todavía más escandaloso.
Era la primera vez que corría así desde las olimpiadas del colegio. Ni siquiera sentía cansancio. Solo me quedaba el instinto de supervivencia de correr lo más rápido posible.
Parece que Ryu Eun-seok decidió que, en vez de perder tiempo buscando dónde escampar, era mejor ganar terreno y llegar a casa de una vez. Por eso me jalaba con esa fuerza bruta.
¿Habrá sido por lo ridículo de vernos ahí, compitiendo contra el clima de la nada?
En un momento me empezó a ganar la risita. Primero fue una risa nerviosa, pero luego terminé matándome de risa como si estuviera loca. Entre risa y risa, se me escapaba uno que otro grito.
Ryu Eun-seok, todo empapado, también me miró y se soltó una risita. Ver la lluvia resbalando por su cara de galán no parecía real, sino una escena de película. Seguro que con ese aguacero tipo selva, perdí la noción de la realidad.
Como era un barrio donde nunca había estado, no sabía ni dónde estaba parada. Recién cuando Ryu Eun-seok dejó de correr y se plantó frente a un portón inmenso, me di cuenta de que por fin estábamos a salvo. El muro de ladrillos era larguísimo, parecía la muralla de una fortaleza.
—Llegamos.
Tal como dijo él, que su casa medía tres mil metros, tuvimos que caminar un buen tramo desde el portón hasta la entrada principal. Con la lluvia dándonos de alma, todo se veía borroso y no pude ver bien los detalles. Solo me quedé con la idea de que había un montón de áreas verdes por todos lados.
El problema empezó cuando cruzamos la puerta principal.
Mis zapatillas estaban inundadas y la ropa, que se me había pegado al cuerpo, chorreaba agua por todos lados. Entrar así a una casa ajena era una vergüenza total, el colmo de la falta de respeto.
—Oye, creo que esto no está bien.
Moví los dedos dentro de mis zapatillas empapadas y negué con la cabeza.
—No pasa nada. Yo limpio si.
Ryu Eun-seok, que estaba chequeando si había alguien adentro, se dio la vuelta para mirarme. Se quedó a medias y su voz se apagó. En su lugar, se me quedó mirando fijo, como examinándome la cara.
Su mirada bajó hasta mi cuello. Hace un rato, por el frío de la lluvia, él estaba pálido, pero de pronto se le empezaron a poner las orejas rojas como si le hubiera dado fiebre.
—Voy por toallas. Espérame.
Ryu Eun-seok entró a la casa a grandes zancadas, dejando la marca de sus pies mojados. Se fue tan rápido que hasta sentí el vientecito que dejó al pasar.
Me encogí de hombros al sentir el frío. Me daba miedo que alguien de su familia me encontrara ahí, parada como una loca y ensuciando toda la entrada. ‘Para qué habré venido’, pensé. Si me hubiera ido directo a mi casa, no estaría pasando por este roche.
Toda nerviosa, miré hacia atrás para ver si venía alguien. Y ahí casi me muero. Vi mi silueta reflejada en el vidrio de la puerta principal.
Esa camiseta que estaba suelta cuando hacíamos el voluntariado, ahora estaba empapada y se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Por eso, la forma de mis pechos y hasta del brasier se notaban clarito. Era tan obvio y vergonzoso que me quedé con la boca abierta.
Por eso dijo que iba a traer toallas. Me apuré en cruzar los brazos para taparme el pecho. Menos mal que mi ropa era oscura. Si hubiera sido blanca, ni me quiero imaginar el espectáculo que habría dado.
Ryu Eun-seok regresó al toque con varias toallas grandes y gruesas. Él, que siempre te mira directo a los ojos, ahora miraba hacia un costado, apuntando al piso.
—No te preocupes por el suelo y entra nomás. Yo lo limpio luego.
Me puse la toalla en los hombros al toque y lo seguí. Prefería mil veces meterme a su cuarto, aunque fuera una falta de respeto, antes que cruzarme con un extraño en ese estado.
Ryu Eun-seok caminó por el pasillo largo y subió las escaleras. Aunque mis lentes estaban borrosos porque no los había limpiado, se notaba a leguas que la casa era puro lujo.
Me pareció ver algo que parecía la puerta de un ascensor al costado de la escalera, pero no estaba segura. Lo que sí era un hecho es que, a diferencia de cuando lloraba todo triste bajo el árbol de acacia, su riqueza se veía sólida y bien firme.
Al entrar a su cuarto en el segundo piso, por fin entendí por qué se quejaba tanto de vivir en el internado.
—¿Esto es tu cuarto?
—Sí, mi cuarto.
El dormitorio de Ryu Eun-seok no era un ‘cuarto’, era más bien una ‘casa entera’. De hecho, si tratara de meter mi casa de Cheongju ahí adentro, sobraría espacio.
Había entrado por una puerta, pero adentro había tres puertas más. Tenía una sala con tele y sofá, hasta una barra para comer.
Viviendo en un sitio así, con razón lloró cuando le dijeron que tenía que vivir un año en el internado. A los diez segundos de entrar, ya sentía pura empatía por él.
—Esto…….
Ryu Eun-seok me llevó hacia el tocador y habló todo dudoso.
—¿Te has mojado hasta la ropa interior, no?
Él abrió otra puerta y me miró de reojo. Yo me ajusté más la toalla y solo asentí con la cabeza. Tal como le pasó a Ryu Eun-seok hace un rato, esta vez sentí que las orejas me quemaban.
—Báñate tranquila.
Ryu Eun-seok abrió la puerta y apareció un baño tan impecable que hasta me daba roche entrar en ese estado.
—Voy a sacar ropa limpia y la dejo aquí afuera.
Esto sí no había forma de rechazarlo. Había sudado la gota gorda paseando a los perros y encima me había empapado con la lluvia; si me quedaba así, iba a oler a rancio en un toque. En ese plan no podía ni pedirle comida, ni subirme al bus para volver a mi casa.
—Gracias.
Acepté balbuceando y pisé el piso limpiecito del baño. Incluso después de que Ryu Eun-seok cerró la puerta y se fue, seguía aferrada a la toalla que tenía en los hombros.
En el espejo, mi facha era un poema. Tenía el pelo chorreado como fideo, los labios pálidos y los pómulos rojos; parecía que me habían maquillado para dar risa. Mis lentes, que me tapaban media cara, estaban todos manchados de agua y me hacían ver como una tonta completa.
Para colmo, hasta el celular que llevaba en el bolsillo estaba dando problemas. Me salió un aviso de que se había detectado humedad en el puerto de carga y que ni lo toque hasta que esté bien seco.
La ropa se me había pegado tanto que era difícil de sacar, parecía un ropón de natación. Tal como él me preguntó con cuidado, mi ropa interior también estaba para el gato. Aunque me prestara ropa de calle, iba a tener que aguantarme la sensación pegajosa por dentro.
Me puse bajo la ducha y, en cuanto sentí el agua calientita, empecé a temblar. También me vinieron unos bostezos de aquellos. Después de ocho paseos y de haber corrido como loca al final, era obvio que estaba muerta.
No podía creer que estuviera calata bañándome en la casa de Ryu Eun-seok; me daban ganas de suspirar de pura frustración. No tenía ni idea de cómo le iba a dar la cara cuando saliera.
Cubriéndome el cuerpo con una toalla grandaza, abrí un poquito la puerta del baño y me quedé tiesa al ver un montón de ropa en el suelo.
Aunque veía todo borroso por no tener los lentes puestos, distinguí clarito la forma de una ropa interior encima del polo y el short.
Era un calzón nuevo, todavía en su empaque. Parece que mientras me bañaba, se fue volando a una bodega o farmacia cercana.
Agarré la ropa que el dueño del cuarto me dejó y me encerré de nuevo en el baño. Mi cara en el espejo estaba tan roja que parecía que iba a reventar en cualquier momento.
Menos mal que Ryu Eun-seok no se pasó de revoluciones y no compró sostén. Si hubiera hecho eso, me moría de la vergüenza ahí mismo. Le agradecí de todo corazón que no llegara a ese nivel de ‘detalle’.
El polo negro que me prestó era grueso y bien ancho. Decidí no ponerme el brasier mojado por nada del mundo. Me di unas vueltas frente al espejo para chequear y parecía que no se notaba nada.
Salí del baño con pasos dudosos y crucé miradas con él, que estaba sentado en el sofá.
Gracias a que la tele estaba prendida, el ruido alegre de los comerciales se comía el silencio incómodo.
Ryu Eun-seok me miró un rato y luego se levantó. Parece que se había bañado en otro lado porque ya tenía el pelo bien seco. Al acercarse, sentí otra vez ese olor suave como a pasto recién cortado.
—Dame tu ropa.
Él estiró la mano hacia la ropa mojada que yo sostenía toda palteada.
—Para lavarla y meterla a la secadora. Tus zapatillas también se están secando.
—Eh, es que…
No se la di al toque; más bien me puse de costado como defendiéndome. Si fuera solo la ropa de afuera se la pasaba rápido, pero entre el pantalón arrugado estaba mi ropa interior hecha una bola.
—Ya sé. No voy a mirar.
Ryu Eun-seok era bien pilas y sabía perfectamente por qué yo estaba con roche. En cuanto se llevó la ropa, solo me quedó la humedad en las manos.
—Mira la tele nomás. Voy a traer la comida.
Él estaba siendo demasiado amable. Me prestó su baño, me lavó la ropa y encima me iba a cocinar. Él siempre era atento, pero como anfitrión estaba siendo tan generoso que ya no sabía ni cómo reaccionar.
Me quedé ahí, parada como un poste en medio de su cuarto, al final me senté en el sofá con cuidado. Como no podía estar tranquila, agarré un cojín, lo abracé y me quedé mirando los comerciales como una zonza.
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