Registro de Campus - 33
Claro, no eran exactamente iguales. El grosor de las rayas y el tono del celeste variaban un poco, pero a primera vista, cualquiera juraría que nos habíamos puesto de acuerdo para ir combinados.
Ryu Eun-seok, que esperaba de pie mirando hacia el pabellón de chicas, pensó lo mismo. Conforme me acercaba, la sonrisa en su rostro se hacía cada vez más ancha. Me detuve a unos cinco pasos de él.
—Oye, espérame un toque. Me voy a cambiar de ropa.
No podía salir así con él, ni hablar. Si nos hubiéramos encontrado directamente en el bar, bueno, ya qué importa. Pero entrar a la fiesta de fin de ciclo caminando juntos y vestidos casi igual… eso no lo hacían ni los que ya tenían su relación oficial confirmada.
—¿Qué tiene de malo?
soltó Eun-seok con total indiferencia.
—Mejor vámonos ya para agarrar sitio al fondo. Así ni nos van a notar.
La verdad es que, aunque subiera a mi cuarto, no tenía muchas opciones. O me ponía el polo arrugado de la tarde o me ponía a rebuscar en la maleta que ya tenía lista. Mientras yo dudaba, él me hizo un gesto con el mentón para que caminara.
—Ya, vamos. A ti te gustan los rincones, ¿no? Hay que llegar antes para asegurar el sitio.
Pensándolo bien, con el calor que hacía, ponerme a hacer un chongo por la ropa quizás no era lo más inteligente. Además, en un bar con las luces bajas, todas las camisas se ven iguales.
—Si nos sentamos separados, supongo que todo bien.
murmuré para mis adentros mientras lo seguía con dudas.
—¿Cómo que separados?
—Eun-seok se detuvo y me miró con firmeza.
—Estás viniendo conmigo porque aceptaste cenar juntos. ¿Qué es eso de sentarse separados? No digas tonterías.
Yo solo dije una frase y él ya me estaba soltando todo un discurso de reproches. Por si fuera poco, puso su manaza en mi espalda y me empujó suavemente para que apurara el paso.
Donde su palma tocaba, sentía un calorcito intenso. Con el bochorno que hacía, sentir el calor de otra persona fue como prender una mecha; sentía que iba a empezar a sudar en cualquier momento. Me retorcí un poco para zafarme, temerosa de que sintiera mi piel pegajosa.
—Ya, suéltame. Yo puedo caminar solo.
Eun-seok ajustó sus largas piernas a mi paso corto.
—¿Mañana te vas a tu tierra?
—Sí.
—¿Cómo te vas?
—Mis papás van a venir por mí.
—¿Ah, sí? Bueno, si están muy ocupados, yo te puedo llevar. No hay problema.
Me quedé mirándolo de reojo. Conversando así, parecía que nunca hubiera existido ese distanciamiento de todas las semanas de finales. ¿Así de fácil se recupera la confianza? Me preguntaba cómo harían los demás para volver a ser amigos después de haberse alejado.
—¿Qué? Si mi ciudad queda cerca de la tuya.
dijo él, interpretando mi mirada a su manera.
—¿Cerca? Si queda a una hora.
le reclamé. Una vez busqué en el mapa la distancia desde Cheonan, de donde él venía a recogerne, eran mínimo 45 minutos. No sé de dónde sacaba que eran 30.
—Ah, así que lo buscaste. Me hubieras seguido la corriente nomás.
Efectivamente, me había estado floreando.
—Fue un gesto de cortesía de mi parte, pero si vas a estar fijándote en cada detalle, la próxima te lo voy a echar en cara, ¿ah?
—Ya, mejor échamelo en cara.
‘Así no aceptaré tus favores tan a la ligera’, pensé.
—La verdad, eres medio ‘lorna’.
—¿Yo, lorna?
—Eun-seok se señaló el pecho y preguntó casi gritando.
—Es la primera vez en mi vida que alguien me dice eso.
—Si tú mismo dijiste que los demás te ven como un ‘llaverito’ que los acompaña a todo lado. Ser un llavero o ser un lorna es casi lo mismo.
Mi comentario lo dejó helado por un segundo.
—Oye, yo siempre he cobrado mi ‘tarifa’ por ser llavero, solo que tú no lo sabes.
respondió, sin dar su brazo a torcer por puro orgullo. Luego, bajó la voz hasta que casi fue un susurro mientras bajábamos la colina:
—Bueno… ser el lorna de una sola persona es otra cosa.
Logré zafarme de su mano en mi espalda, pero ahora su brazo firme chocaba con el mío al caminar. A veces era un roce suave, otras veces era un contacto más largo antes de separarnos.
Me sentía un poco incómodo, pero no me alejé. Me puse la excusa de que, como no era piel con piel, no pasaba nada, pero en el fondo sabía que eso era solo el empaque del regalo. La verdad era que dejaba que pasara porque sentía que ese contacto era la prueba de que ya estábamos bien de nuevo.
Me había mentido a mí mismo diciendo que no necesitaba reconciliarme con él, pero lo que más había extrañado era justamente esto: las conversaciones tontas. Extrañaba cómo él, en lugar de aburrirse cuando yo empezaba a hablar como loco de mis pandas, me hacía preguntas y mostraba interés. Y también me gustaba cuando él se quejaba de no saber estar solo y yo podía darle consejos haciéndome el maduro.
Encerrado en mi cuarto durante los finales, con los ojos pegados a los libros, me di cuenta de que, por primera vez desde que entré a la universidad, me sentía realmente solo.
En mi celular ya no aparecían esas notificaciones de ‘Sang-hi-hi-hi’ llamándome, aunque viera fotos de pandas lindos, no tenía a quién mostrárselas. A veces me sentaba bajo la acacia para tomar aire, pero me descubría con el oído atento, esperando escuchar esos pasos familiares que nunca llegaban.
Al entrar al comedor de la residencia, mis ojos se movían de un lado a otro. No sabía si era para evitar a alguien o para buscarlo; mi propósito era confuso. Dicen que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde, el espacio que Ryu Eun-seok dejó al marcharse se sentía como un vacío donde soplaba un viento helado que me distraía a cada rato. Perdía el tiempo mirando su nombre en mi lista de contactos o revisando si había subido fotos nuevas a sus redes como un tonto espía.
Por eso, me sentía bien caminando a su lado ahora. Me gustaba ir con él a la fiesta de fin de ciclo y agradecía su delicadeza de hablarme como si nada hubiera pasado entre nosotros.
Nuestro destino era un bar cerca de la puerta trasera, famoso por sus piqueos. Gracias a que llegamos temprano, como dijo Eun-seok, pudimos separar una mesa al fondo.
En cuanto nos sentamos frente a frente, los estudiantes que ya estaban ahí empezaron a mirarnos de reojo. Bueno, en realidad lo miraban a él. Eun-seok, acostumbrado a que lo sigan con la vista a donde vaya, no se hizo paltas y sirvió agua helada en dos vasos.
Yo me pegué al respaldo de la silla para no estorbar en el campo de visión de los curiosos. De nada sirvió que Eun-seok eligiera un rincón; donde sea que este tipo ponga el trasero, siempre parece que le cae un reflector encima.
Pero a estas alturas, pedirle sentarme en otro lado era una tontería porque yo era el interesado. En un lugar lleno de gente, Eun-seok era mi único refugio. Solo de imaginarme sentado entre desconocidos de otras bases, ya sentía que me salían ronchas de los nervios.
Vine con la intención de hacer más amigos, pero ya me sentía encogido, sin fuerzas. Parecía un soldado novato y atolondrado lanzado en medio de territorio enemigo. Definitivamente, cada uno tiene su lugar y este no parecía ser el mío.
—¡Vaya, Sang-hee nuna!
Poco después, Song Hyuk-jun entró al bar y, en cuanto me vio, hizo gala de sus potentes pulmones. En ese momento me cuestioné seriamente por qué había aceptado venir.
—Dong-ha me dijo que nuna vendría y le dije que no hablara piedras. De verdad estoy conmovido, nuna. Hoy me encargaré personalmente de que no pase ningún incidente, así que por favor quédese hasta el final.
El delegado del curso eligió sentarse al lado de Eun-seok en lugar de irse a las mesas del centro. Para mí fue un alivio. Hyuk-jun, quitando que grita demasiado, es un buen tipo y me serviría de escudo.
—¿Pero ustedes dos están en ‘couple look’?
Hyuk-jun agarró la carta y entrecerró los ojos mirándonos a Eun-seok y a mí por turnos.
—Tienen la misma ropa. Ah, no, es un poco diferente. Pero cuando los vi desde la entrada, juré que era una pareja sentada y…
—No digas cosas raras y pide de una vez. Tengo hambre.
Menos mal que Eun-seok cortó el tema del ‘look de pareja’. Con eso, el delegado volvió a su labor de ir mesa por mesa anotando qué querían tomar los demás. Mientras tanto, yo me puse a doblar las mangas de mi camisa como loco, intentando marcar alguna diferencia con la de Eun-seok.
—¿No te estás rayando mucho?
—Eun-seok puso una servilleta frente a mí con una media sonrisa.
—Que nos confundan un poco no es el fin del mundo.
—Odio que me confundan, punto.
Mi respuesta salió más tosca de lo que esperaba. Antes de terminar la frase, me di cuenta de que sonó muy malcriado. Para ocultar la palta, agarré rápido los cubiertos que él me había sacado.
—No pongas esa cara de asco. Haces sentir mal al que está siendo ‘confundido’ contigo.
Eun-seok hizo un pequeño puchero. Yo me quedé mirando la servilleta, jugueteando con ella y bajando la mirada. Si hubiera habido comida, me habría atragantado solo para no hablar.
—Hola.
En ese momento, un saludo rompió el silencio incómodo de la mesa. Lee Dong-ha estaba ahí parado, respirando agitado.
—Este sitio está libre, ¿no?
Sin esperar respuesta, Dong-ha se sentó a mi lado. Al acercarse, un olor fuerte a perfume me picó la nariz. No olía tanto así en el almuerzo. Seguro trató de ocultar su facha de ‘recién salido de finales’ con medio frasco de colonia.
Aunque bueno, yo no era quién para juzgar. Yo también me había bañado dos veces para venir aquí.
Mis dedos, que hacían bolitas con la servilleta, se detuvieron en seco. Pensándolo bien… ¿por qué yo también me puse maquillaje? ¿Qué tiene de especial una fiesta de fin de ciclo para haberme lavado hasta el pelo otra vez? Al hacerme esa pregunta, sentí que las mejillas me ardían.
—Dong-ha.
llamó Eun-seok a su menor con una voz grave y pausada desde el frente.
—¿No te has bañado?
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