Registro de Campus - 29
—Sang-hee.
Escuché que me llamaban desde atrás y me planté en seco en el descanso de la escalera. Era Joo Seung-jae que venía bajando. Me hice a un ladito para no estorbar a los demás y lo saludé.
—Hola, ¿qué tal?
—Ah, hola. Este… oye.
La luz que entraba por la ventana le daba de costado y se le notaba clarito que estaba recontra nervioso. ‘Ay, no, que no me vaya a salir con una tontería’, pensé. Miré de reojo a ver si alguien estaba de soplón escuchando nuestra conversación.
—Tú estás llevando Teoría de Inversiones con el profe Choi Kyung-young, ¿no?
—Sí.
—Ese profe viene tomando el mismo examen desde hace cinco años.
Ya lo sabía. El tipo estaba en total modo automático; se limitaba a leer el libro que él mismo había escrito para pasar la hora y no le gustaba que le preguntaran nada. El año pasado tomó exactamente las mismas preguntas de opción múltiple y ni siquiera tuvo la delicadeza de cambiarles el orden.
Así que, para los alumnos que lograban conseguirse el ‘banco de preguntas’ (el famoso fijo), ese curso era un regalo; te llevabas la nota fácil sin hacer nada.
—Tengo el banco de preguntas que me pasaron el año pasado. Pensé que de repente te servía.
La oferta era tentadora, no voy a mentir. Como yo no tenía conocidos que me pasaran esas fijas, me tocaba quemarme las pestañas memorizando todo el libro. Si aceptaba la ayuda de Seung-jae, podría relajarme un poco para este examen.
Pero nada en esta vida es gratis. Si dejaba que me cuide los lentes, que me invite bebidas y ahora que me pase el examen, era obvio que el chico iba a empezar a hacerse ilusiones.
—Si quieres, te lo paso.
Mi mente me gritaba ‘¡ya, acéptalo!’, pero no pude decir que sí. Sentía que si aceptaba, le iba a deber un favor demasiado grande a Seung-jae y eso me ponía un nudo en la garganta.
—No se preocupe, estoy bien así.
Apenas lo dije, me sentí una tonta. Estaba dejando pasar el camino fácil para irme por el más difícil. Mi cabeza estaba sacando tantas cuentas que sentía que me iba a salir humo.
—El profe no hace preguntas tan trancas, así que creo que puedo estudiar por mi cuenta.
Si Seung-jae fuera solo un compañero que me quiere dar una mano, le habría aceptado el favor al toque y le pagaba con un café. Pero como sé perfectamente que sus intenciones no son solo de amigos, no podía estirar la mano solo porque me convenía en el momento.
A Seung-jae se le vio la decepción en la cara. Me dio hasta miedo pensar qué me iba a decir con esos labios tan apretados, así que me despedí rápido con la cabeza.
—Bueno, me retiro.
—Oye, Sang-hee, espera.
No se rendía y me empezó a seguir.
—No te lo digo porque quiera algo a cambio, de verdad, solo quiero darte una mano.
Justo hoy el primer piso de la facultad de Administración estaba hecho un loquero y sus palabras se perdían entre tanta bulla. Yo solo quería que nos despidiéramos ahí, pero él no pensaba tirar la toalla.
—En serio, no es por nada. No espero que me invites ni un caramelo.
Estábamos llegando a la salida, esquivando las mochilas de la gente, cuando me di cuenta de por qué había tanto alboroto. Justo al frente del edificio, había una chica llorando como si se le acabara el mundo.
—¿Esa no es Yang Su-bin?
soltó Seung-jae.
Pero mis ojos no se fueron hacia ella, que estaba con los ojos rojos de tanto sollozar, sino hacia el chico que tenía al frente.
Ahí estaba Ryu Eun-seok, tirándose el cerquillo hacia atrás mientras la veía llorar. Tenía el ceño fruncido, la boca seria y esa mirada que iba de Su-bin al vacío… se notaba a leguas que estaba en un momento recontra incómodo.
Lo primero que cualquiera pensaría al ver eso es que era una pelea de pareja. Y como los dos son los más guapos y populares de la universidad Baek-san, parecían los protagonistas de un drama coreano.
—¡¿Cómo has podido hacerme esto?!
gritó Su-bin. Esa frase terminó de encender la imaginación de todos los curiosos.
De pronto, todo el mundo se quedó callado, como si nos hubieran echado un baldazo de agua fría. Todos aguantaron la respiración para no perderse ni un segundo del chisme en vivo.
—¡Yo estaba tan ilusionada! ¡¿Cómo es que no me mandaste ni un mísero mensaje…?!
Eun-seok soltó un suspiro pesado, de esos que demuestran que ya estás harto. Sus ojos, que siempre tenían una chispa amable, ahora estaban fríos y cargados de fastidio.
Cerró los ojos un momento y giró la cabeza. Cuando volvió a abrir los párpados, sus ojos negros buscaron entre la gente que estaba de sapa.
Y ahí nuestras miradas chocaron. Como no estábamos lejos, pude notar clarito cómo me clavó la vista, cómo se le movió la mandíbula por la tensión y cómo luego desvió la mirada como si estuviera de mal humor.
Ahora Eun-seok estaba mirando a quien estaba a mi lado. Su cara, que parecía una máscara de porcelana por lo rígida que estaba, se movió hacia donde estaba Seung-jae. Al toque, vi cómo a mi compañero le temblaron los hombros del susto. No sé qué habrá visto en los ojos de Eun-seok, pero casi se le cae el celular de la mano.
—Asu, caracho.
A Seung-jae casi se le escapa el celular, pero logró chaparlo en el aire soltando un grito de asombro. Justo después, la cara de Ryu Eun-seok se puso más rígida que nunca. Su semblante ahora parecía una mezcla de cemento fresco: gris y pesado.
Eun-seok volvió a mirar a Yang Su-bin y la agarró suavemente de la muñeca. Parecía que quería llevarla a otro lado para conversar, pero ella le zafó la mano con fuerza, como diciendo que no se iba a dejar llevar tan fácil.
—Suéltame. No necesito que me estés consolando ahorita.
Vi cómo la mandíbula de Eun-seok se tensaba por un segundo antes de volver a la normalidad.
—Si quieres hablar conmigo, sígueme.
No intentó jalarla de nuevo. En vez de eso, le tiró la pelota a ella y empezó a caminar primero. Su espalda desapareció al darle la vuelta al edificio de la facultad.
Su-bin tardó un poco, pero al final fue tras él. Aunque sentía todas las miradas encima, no se tapó la cara manchada por las lágrimas. Al contrario, puso el cuello bien tieso y caminó con la frente en alto, como si mostrar sus ojos rojos fuera la única forma de mantener un poquito de orgullo.
Apenas Eun-seok y Su-bin se fueron, la facultad se volvió un mercado. Que si era una pelea de amantes, que si Eun-seok en el fondo era un ‘bad boy’, que si Su-bin se veía hermosa hasta llorando… todo ese chisme me rebotaba en los oídos y me ponía de un humor de perros.
—Sang-hee, mira, si te da mucha palta, mejor lo subo al grupo de WhatsApp de la carrera y ya.
soltó Seung-jae con esa propuesta tan de la nada que me hizo reaccionar.
Aparté la vista de por donde se había ido Eun-seok y miré al mayor.
—Chequéalo cuando quieras, ahí va a estar para todos.
Ya que le había dicho que no quería el archivo para mí sola, no tenía ninguna excusa para prohibirle que lo compartiera con todo el mundo.
—Gracias
le dije.
Me despedí educadamente para cortar la conversación. Sentía un bajón tan grande que me pesaba hasta la coronilla; no tenía fuerzas ni para fingir una sonrisa.
Salí de la facultad caminando como alma en pena, arrastrando los pies. Hace un rato, cuando terminó la clase, tenía un hambre voraz, pero en cuestión de minutos se me revolvió el estómago como si estuviera en un bote en medio del mar. Se me quitó el hambre al toque. En el reflejo de la puerta de vidrio, vi que mi cara estaba pálida, como si hubiera visto un muerto.
Mi cuerpo estaba reaccionando así de fuerte porque, por dentro, estaba hecha un nudo.
Normalmente, mis emociones siempre se mantienen en una línea recta. No soy de las que se ríen a carcajadas por alguien, pero tampoco soy de las que se pican o se rayan por culpa de los demás. Si algo me ponía triste, se lo contaba a mi mamá (que es mi confidente total) y, si eso no funcionaba, me iba a llorar bajo el árbol de acacia y listo, lo soltaba.
Siempre creí que yo era la dueña de mis sentimientos. Pero ahora no. Mi tranquilidad se fue al tacho en un segundo.
Y todo por lo que acababa de ver entre Eun-seok y Su-bin.
Ellos solo estaban discutiendo, no tenían nada que ver conmigo. Ni siquiera sabía por qué se peleaban, así que no tenía ninguna razón lógica para sentirme así de mal. Y sin embargo, ahí estaba yo, tirándome solita al barro y revolcándome en el fango por pura voluntad.
Mientras subía el camino hacia la residencia, miré hacia la parte de atrás de la facultad. Se veía la banca bajo la enredadera cubierta de flores lilas, ahí abajo se distinguían las sombras de dos personas sentadas.
Volteé la cara rápido para mirar al frente, pero la imagen se me quedó grabada en los ojos, nublándome la vista.
Supongo que así se debe sentir uno cuando recibe una libreta de notas llena de puros rojos. Solté un suspiro largo, pero sentía que el aire no salía, sino que se me acumulaba en la boca, amargo.
Sé perfectamente que estoy dolida. Pero no quería aceptar el porqué.
Como Eun-seok se acordó de mi cumple, juraba que éramos algo especial. Como se quejaba conmigo de que le costaba andar solo en la universidad, sentí una conexión con él que no tenía pies ni cabeza.
Pero no soy la única que piensa así. Así como fue amable conmigo, seguro ahorita está consolando con toda su paciencia a la pobre Su-bin. Porque así es él: tierno con todo el mundo.
Me burlaba de las chicas que le mandaban dulces y cremas cuando estaba en el cuartel, pero al final, ¿qué diferencia hay entre ellas y yo? Pensé que lo conocía mejor que Kwon Ga-ram o Yang Su-bin, pero la verdad es que todas pensamos lo mismo.
Yo también caí en el error de creer que conmigo era diferente.
Me dio tanta rabia conmigo misma por haber sido tan tonta.
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