Registro de Campus - 28
Mi cumple no había sido nada del otro mundo. Recibí la llamada de mis papás, me tomé un cafecito gratis con un cupón y el profe Kim Gi-jeong me felicitó porque mi informe estaba excelente.
Quitando el encuentro con Yang Su-bin, el día había salido tal cual lo planeé. Mi idea era quedarme estudiando en la biblioteca, que ya estaba a reventar de gente de la residencia, esperar a que dieran las doce para cerrar mi cumple de lo más normal y sin dramas.
Como no había ni un sitio libre, Ryu Eun-seok terminó sentándose justo en el escritorio al lado del mío. Parecía bien concentrado después de la cena, pero al cabo de una hora se levantó haciendo bulla con sus cosas y se fue.
Apenas salió de la biblioteca, me llegó un mensaje suyo. Empecé a escribir ‘¿Por qué?’, pero lo borré al toque. Ya me imaginaba para qué me estaba llamando. El día todavía no terminaba, era obvio que el chico que me había regalado un peluche de panda no iba a dejar que mi cumple pasara así nomás.
En vez de hacerme la que no sabía nada, le respondí que ya iba. No sé qué esperaba, pero mi corazón ya estaba latiendo a mil por hora. Las letras del libro ni las veía; solo me quedé mirando fijo cómo avanzaban los números del reloj.
A los diez minutos exactos, ya le estaba dando media vuelta al edificio de la residencia. Los árboles de la parte de atrás traían una brisa nocturna bien rica. Los postes de luz hacían que las sombras de la gente se vieran larguísimas. Las flores de acacia, ya cansadas por el calor, parecían listas para desaparecer.
Y ahí, bajo una luz amarilla y redonda, estaba la torta. Y con ella, Ryu Eun-seok.
—Apúrate, que se derrite la vela.
Eun-seok me hizo señas para que me acercara. Con la torta sobre las piernas, él era el único que brillaba como un faro en medio de la oscuridad de los árboles.
Mientras caminaba hacia él toda tímida, no podía dejar de pensar en lo fingida que era. O sea, desde que me dijo para vernos hace diez minutos ya me imaginaba esto, pero ahora que lo tenía al frente con la torta, me moría de la vergüenza. Qué tal contradicción.
—Cuidado, que ahí hay espiral para los mosquitos.
Tal como dijo, en las esquinas de la banca estaban los espirales botando su humito. El único problema de ese lugar tan caleta y secreto eran los bichos, pero él ya lo tenía todo fríamente calculado.
Me senté entre Eun-seok y el espiral. Solo de ver esa torta de crema con un montón de mandarinas se me hacía agua la boca. Con la luz de la velita, la fruta brillaba todavía más provocativa.
—Pide un deseo primero.
Eun-seok levantó la torta hasta la altura de su pecho. Yo me quedé mirándolo a él y a la vela, sin saber qué decir. Sé que lo normal es cerrar los ojos para pedir el deseo, pero los nervios me ganaban y solo me quedaba parpadeando como loca.
‘De deseo… bueno, primero quiero volver a sacar el primer puesto este ciclo para mantener la beca, conseguir una buena chamba antes de graduarme, que mis papás estén bien de salud, que los pandas sean felices y…’.
Miré de reojo a Eun-seok y agregué un deseo más en mi mente:
‘Que a Ryu Eun-seok le vaya súper bien de ahora en adelante’.
Era lo mínimo que podía pedir por alguien que se tomó la molestia de prepararme un peluche y una torta.
Tomé aire y soplé la vela. Los postes seguían prendidos, pero al apagarse la vela sentí que todo se oscureció de golpe. Eun-seok se quedó con la boca abierta.
—¿Qué fue? Ni siquiera te he cantado el ‘Hapy Birthday’ y ya la apagaste.
—¿Qué vas a cantar?
O sea, ¿sentarnos los dos solitos para que me cante él solo? Eso ya parece una técnica de tortura para hacerme morir de la vergüenza.
—Oye, qué mala, así desprecias mi esfuerzo.
soltó un suspiro como si estuviera indignado, pero igual me pasó una cucharita descartable. También me puso al lado un Ice Americano con su cañita.
—Es descafeinado, por si acaso.
Asu, ¿hasta eso había pensado? Me sentí un poco mal de recibir tanto y no haber traído nada; no podía ni mirarlo a la cara, así que me puse a mirar para cualquier otro lado.
—Gracias, lo voy a disfrutar.
La torta de mandarina estaba dulcecita y fresca. La combinación de la fruta, el bizcocho suavecito y la crema fresca era de otro mundo. Aunque el fin de semana ya había celebrado en mi casa con sopa de algas, torta y hasta mi buena propina, el hecho de celebrar con alguien que no era de mi familia hacía que se me escapara una sonrisita.
El olor fuerte del espiral, las hojas moviéndose sobre nuestras cabezas, la crema derritiéndose en mi boca y este chico que había preparado todo sin dárselas de importante…
Creo que en ese momento me dieron ganas de ser sincera porque sentí clarito todo el esfuerzo que él había puesto por mí. La oscuridad me tapaba la cara, el dulce de la torta me tenía en las nubes y la brisa de la noche me ponía romántica… aunque esas no eran las razones principales.
—Hace un rato, cuando fui al café, vi a esa chica.
—¿A quién?
—A Yang Su-bin.
La cuchara de Eun-seok se detuvo a mitad de camino. Tomó un sorbo de café antes de preguntar:
—¿Te dijo algo?
—No, nada de eso. Estaba celebrando su cumple. Se ve que también cumple años hoy.
Eun-seok solo asintió sin decir mucho. Por un segundo me pregunté si a ella también le habría dado un regalo como a mí, pero no era el momento para preguntar esas cosas.
—Sus amigos le trajeron torta, le cantaron y estaban grabando un vlog… la verdad, cuando vi eso…
metí un bocado grande de torta a propósito.
—Me dio un poco de envidia.
Masticaba mi confesión junto con la torta, sintiéndome un poco mal por ser tan sincera.
—No es que me sienta triste por mi situación ni nada de eso, es envidia sana, de verdad.
Sentía que su mirada me iba a perforar el cachete, pero yo seguía concentrada en mi torta. En la vida todo es dar y recibir. Su-bin siempre está pendiente de sus amigos, por eso la celebran así. En cambio yo, que me da flojera hasta hablar con la gente o quedar para almorzar, no puedo pedir milagros. Nadie te da todo a cambio de nada, a menos que sean tus papás.
—Me gusta andar sola y estoy tranquila así, pero como soy humana, a veces me siento un poco vacía.
Me puse roja de solo decir estas cosas sin haber tomado ni una gota de alcohol. Pero si se lo contaba, era porque sentía que mi confesión podía ayudarlo a él. Así, tal vez el último deseo que pedí antes de soplar la vela se cumpliría más rápido.
—Esa vez que me preguntaste cómo hacer para andar solo en la universidad…
Me quedé mirando la mano de Ryu Eun-seok, que no se había movido desde hace un buen rato.
—La verdad es que me he estado haciendo la fuerte. A veces también me las veo negras.
Si he logrado sobrevivir en la facultad de Administración, donde te llueven los trabajos grupales, ha sido solo porque tengo buenas notas. Si no fuera por eso, hace tiempo me habrían dejado de lado y quizás estaría llorando todos los días aquí bajo este árbol.
—Así que, si alguna vez te sientes un poco bajoneado o sientes que la gente te queda mirando, recuerda que a todos nos pasa lo mismo.
En el fondo, estaba agradecida con él. Por traerme esa torta tan rica. Por regalarme el peluche de panda que tanto quería. Pero mi forma de decirle ‘gracias’ fue soltándole todo ese floro mareador.
Cuando terminé mi discurso, se armó un silencio total en la banca. Yo seguía sin atreverme a mirarlo, así que me puse a tomar mi café descafeinado como loca. Quería romper ese silencio incómodo, pero el sonido del sorbete revolviendo los hielos hizo que el vacío se sintiera todavía más fuerte.
‘Asu, ¿para qué hablé?’, pensé. Se lo dije para que no se desanime, para que vea que hasta yo, que parezco tan independiente, tengo mis momentos; pero ahora sentía que solo había expuesto mis debilidades y me moría de la vergüenza.
Mientras masticaba una mandarina con furia y me quejaba por lo bajo, escuché que alguien sorbía los mocos a mi costado.
Volteé la cabeza al toque. Vi a Ryu Eun-seok de frente y sus ojos estaban brillando, llenos de lágrimas. Ya no había velas prendidas, así que no era un efecto de la luz.
—Tú otra vez…
—No estoy llorando.
Eun-seok pestañeó rapidito, pero esa voz entrecortada lo delataba todito.
—¿Oye, tú siempre eres así de llorón?
—No soy llorón.
—Pero ya es la tercera vez que te veo así.
—¿Qué hablas? ¿Cuál tercera vez? Aquí solo he llorado una vez, no seas exagerada.
Eun-seok se picó y respiró profundo. Cada vez que lo hacía, sus hombros anchos subían y bajaban; se notaba que estaba tratando de calmarse a su manera.
—Ya no se te puede decir nada.
Él soltó una risita tonta.
—O sea, me sueltas todo ese floro para conmoverme y ahora me sales con que soy un llorón.
Aunque me lo decía en tono fastidiado, se notaba a leguas que estaba bien palteado.
—¿Qué conmover ni qué nada? Tú no exageres.
—Es que con un ‘gracias’ era suficiente, pero encima me das ánimos… por eso me puse así.
Cuando dijo eso de ‘dar ánimos’, la que se puso palteada fui yo. No es que hubiera sido la gran cosa. Simplemente me dio envidia ver cómo celebraban a Yang Su-bin, pero como yo también terminé recibiendo una torta, me puse feliz y empecé a hablar de más.
Y que haya sido Ryu Eun-seok quien preparó todo, me hacía sentir mucho mejor.
Apenas pensé en eso, le di un sorbo largo al café. Últimamente, está claro que me estoy haciendo muchas ilusiones con él. Me llevó a ver a los pandas, me vino a recoger, me trajo el peluche y ahora la torta… ya siento que me estoy pasando de conchuda.
Como él dice, con darle las gracias debería bastar.
Pero mi corazón ya quería otra cosa: quería que él solo hiciera estas cosas por mí, quería ocupar un lugar especial en su vida, diferente al de los demás. Estaba empezando a ambicionar cosas que no tenían ni pies ni cabeza.
Me dio un poco de miedo ver lo fresca que me estaba volviendo.
—Ya, come rápido la torta. Tenemos que regresar a estudiar.
Le di un toquecito en el brazo para apurarlo. Recién ahí él movió la cuchara, sacó un buen pedazo y se lo metió a la boca todavía haciendo puchero.
Definitivamente, el olor de las flores de acacia me pone demasiado sincera. Mejor de ahora en adelante solo hablo de puras tonterías.
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