Registro de Campus - 26
Cenó a la volada y regresó a la sala de estudios, pero el asiento donde siempre se sentaba Hong Sang-hee ya estaba ocupado por otra chica. Mientras hacía ejercicio, no quitó la vista de la puerta de la sala, pero Sang-hee no asomó ni su sombra.
Eun-seok agarró su celular.
La respuesta no llegaba. Ni siquiera aparecía la señal de que ella hubiera leído el mensaje. Mientras se quedaba mirando fijamente ese número ‘1’ que no tenía intenciones de desaparecer, sintió que se le bajaban los ánimos.
Le dio flojera seguir entrenando o estudiar, así que subió a su cuarto, se bañó y se echó. Quizás se le pasó la mano siendo tan aplicado estos últimos días y ya se había hartado. Como no estaba la persona por la que hacía todo eso, el interés se le fue al piso.
Con cara de nada, se quedó pegado al celular vagando por las redes sociales; repitió eso de volver a la ventana de chat con Hong Sang-hee unas veinte veces, hasta que por fin apareció la burbuja de texto que tanto esperaba.
Eun-seok se sentó de un salto. Finalmente, la ubicación de Sang-hee se había actualizado. Estaba tan emocionado que sus dedos empezaron a teclear sobre la pantalla a toda velocidad.
Mientras esperaba la respuesta, sintió un poco de resentimiento. ‘¿Por qué se va sin decir nada? Ayer también cenamos juntos, no le costaba nada habérmelo dicho ahí’.
Pero pronto se dio cuenta de que ella no tenía ninguna obligación de hacerlo. En una relación que todavía era ambigua como para llamarse ‘amigos’, ella no tenía por qué reportarle cada detalle de a dónde iría el fin de semana.
Aun así, no pudo evitar sentirse vacío, por lo que terminó echado abrazando su almohada con fuerza. En eso, llegó una respuesta más larga que la anterior.
Cheongju no quedaba lejos de Cheonan, donde estaba la casa de sus padres. Si se lo hubiera dicho antes, se habrían ido juntos en el carro. De paso él habría visto a sus papás y hecho sus gracias como el hijo menor de la casa; así mucha gente habría terminado feliz.
Eun-seok lanzó una mirada de reojo hacia su escritorio. Ahí estaba esa caja grandaza, todavía con la cinta de embalaje intacta.
Como su cumple era el próximo lunes, parecía que ella quería pasar el fin de semana con su familia. Entonces, ¿no tendría planes para el mismo día central? ¿Se sentirá presionada si le digo para invitarle a comer?
Eun-seok deslizó la pantalla para revisar de nuevo el chat. Y ahí notó algo que le dio una sensación extraña.
Un montón de signos de interrogación por un lado, respuestas cortas por el otro; una conversación que no fluía de ida y vuelta, sino que se cortaba por largos ratos; un diálogo que solo empezaba si uno de los dos hablaba primero.
Era una situación que él ya conocía de sobra.
Normalmente, la gente se esforzaba por inventar cualquier excusa para hablarle, Eun-seok les seguía la corriente lo justo necesario para no manchar su reputación. Pocos notaban su indiferencia detrás de sus buenos modales. La mayoría más bien se alucinaba que recibía un trato especial de su parte.
¡Y miren que eso le resultaba bien cargoso!
Pero ahora, la situación de Eun-seok era todo lo contrario.
Estaba repitiendo el mismo patrón de la gente que lo fastidiaba a él, interrumpiendo el tiempo de Hong Sang-hee. Resintiéndose solo porque ella no le compartía su agenda como si fueran algo, muriéndose de nervios por saber cuándo le respondería y siguiendo la charla sin tener nada de tino.
Esto, por donde se viera, era…
—Ja.
Soltó una risa seca. Eun-seok aguantó las ganas de estar llamando a Sang-hee por las puras y dejó el celular a un lado.
‘Ya basta de pensar, mejor a dormir’. Si te clavas mucho en tus alucinadas a estas horas de la noche, lo más probable es que termines creando una historia de la que te vas a arrepentir mañana.
Él mismo había visto a más de una chica mandarse por impulso, embriagada por el aire de la noche. Tenía que aprender de la lección de esas chicas, que al día siguiente no podían ni sostenerle la mirada.
Cerró los ojos, pero Sang-hee no daba señales de querer salir de su cabeza. Se sentía sofocado, así que pateó las colchas, se dio la vuelta contra la pared e intentó de todo, pero no podía quitarse esa sensación de tener al frente un examen donde solo aparecía el nombre de Hong Sang-hee escrito cientos de veces.
—Ay, caracho, ya pues.
Eun-seok salió de la cama de un tirón. Hizo tanto ruido que su compañero de cuarto, que estaba con los audífonos puestos jugando, se volteó asustado.
—Me voy a mi casa el fin de semana, regreso luego.
Eun-seok le soltó el aviso a su ‘roommate’ y agarró la caja grande que estaba sobre el escritorio. Con las zapatillas puestas a la fuerza, bajó las escaleras disparado.
A las 10:58 p. m., justo antes de que empezara el toque de queda de la residencia, Eun-seok entregó su permiso de salida a las justas y encendió el motor de su carro.
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—¿Te pasa algo?
Jin-young, su hermano mediano, asomó la cabeza por la puerta principal con cara de no entender nada. Mientras el sol caía con fuerza, una manguera verde esparcía gotas brillantes de agua por todos lados.
—¿Qué te ha dado por estar tan inquieto desde ayer?
Era normal que le pareciera raro. Su hermano menor, que había bajado de Seúl a la casa familiar de madrugada y sin previo aviso, se había pasado el día anterior lavando a mano un peluche gigante y hoy, desde tempranito, estaba dejando el patio hecho un charco con la excusa de lavar el carro.
—Solo estoy sudando un poco la gota gorda.
La espuma que cubría el sedán blanco de Eun-seok desapareció bajo el potente chorro de agua. Al ver su carro brillando como nuevo bajo el sol, sintió como si hubiera recuperado todas sus fuerzas.
—Qué energía la tuya. ¿Y este oso de qué es?
Jin-young preguntó mientras examinaba el peluche de panda que ocupaba el tendedero. El peluche nuevo, que ayer lavó bien y dejó secar al sol todo el día, ya estaba seco y con los pelos esponjosos, como si hubiera cobrado vida.
—No es un oso, es un panda.
—¿Para una chica?
Al escuchar la palabra ‘chica’, Eun-seok apretó con fuerza la manguera. No sentía calor porque el agua salía fresca, pero de pronto sintió un sofocón que le subió por todo el cuello.
—Es el regalo de cumple de un amigo.
—Ya, pues, ese amigo debe ser mujer.
Eun-seok no respondió más. En su lugar, sacó un ambientador nuevo y lo colocó entre el asiento del conductor y el del copiloto.
—¿Es tu enamorada o tu ‘agarre’?
—No es ninguna de las dos cosas.
Decir que era solo amigo de Hong Sang-hee se sentía como si faltara algo. Sea como sea, ella era una mujer, tal como decía su hermano. Eun-seok se había aparecido en la casa de sus padres de la nada solo para verle la cara aunque sea un ratito, para tener una excusa creíble, se puso a restregar y lavar ese peluche de panda.
Para ser solo una muestra de cortesía porque quería ser su amigo, se le había pasado la mano por mucho.
Eun-seok sabía perfectamente que su corazón estaba ahí, dudando justo en la raya que divide la amistad de algo más. Como estaba acostumbrado a que la gente siempre se le acercara sola, le resultaba extraño dar el primer paso.
Aun así, decidió dejarse llevar por lo que sentía. Si tenía ganas de cruzar un par de palabras, manejaba dos horas de madrugada; y si quería verla sonreír, se iba a recogerla con un peluche esponjoso bajo el brazo.
En vez de darle explicaciones flojas a Jin-young, Eun-seok entró a la casa para bañarse y quitarse el sudor.
—No lo toques.
Y no se olvidó de lanzarle una mirada de pocos amigos a su hermano, que andaba merodeando cerca del panda tamaño extra grande.
Cuando Hong Sang-hee recibió la llamada de Eun-seok, se le notaba totalmente sorprendida.
—¿Vas a venir a recogerme?
—Sí. Estoy en mi casa ahorita… bueno, mi casa queda en Cheonan. De aquí a Cheongju son solo 30 minutos. Igual yo también tengo que volver a Seúl, así que vámonos juntos.
—¿Ah, sí?
En verdad se tardaba una hora, pero si se lo decía tal cual, pensó que ella se sentiría presionada y le diría que no. Esa diferencia de tiempo no importaba si él salía más temprano y ya.
—Entonces, genial, te lo agradezco.
Sang-hee aceptó la propuesta sin hacerse de rogar. Apenas recibió la respuesta afirmativa, Eun-seok no pudo evitar una sonrisa de oreja a oreja. Antes de salir de casa, se vio de reojo en el espejo y ahí estaba otra vez: la versión tonta de Ryu Eun-seok.
Eun-seok sentó en el sitio del copiloto al panda, que olía a sol y estaba bien sequito. Mientras le ponía el cinturón de seguridad al peluche, empezó a tararear una canción. Tenía tanta curiosidad por ver cómo reaccionaría Sang-hee al abrir la puerta que quería pisar el acelerador de una vez.
El punto de encuentro era frente al terminal de buses interprovinciales.
Estaba estacionado en el bloque esperando, cuando un SUV azul oscuro se cuadró justo detrás de su carro. Y de ese vehículo bajó Hong Sang-hee.
Eun-seok se quedó mirándola fijamente a través del espejo lateral.
Sang-hee estaba diciéndole algo a alguien por la ventana del copiloto del otro carro. Al parecer, eran sus papás. En su rostro, que siempre solía ser serio, había una sonrisa más natural que nunca.
El sol de la tarde bañaba su cara pequeña, medio cubierta por los lentes. Esa luz cálida se posaba en sus pómulos redondeados y en las comisuras de sus labios bien estirados.
Era una sonrisa que jamás había visto en la universidad.
Eun-seok bajó la luna del copiloto para verla mejor. En ese preciso momento, Sang-hee levantó ambos brazos sobre su cabeza y formó un corazón.
‘Te amo’, eso fue lo que dijeron claramente sus labios.
Eun-seok se quedó mirándola sin pestañear. Aun así, no podía creer lo que acababa de ver y repetía la misma escena en su cabeza una y otra vez.
Una Sang-hee sonriendo radiante. Una Sang-hee diciendo que amaba a alguien. Todo eso estaba tan lejos de la imagen que él tenía de ella que no se sentía real.
Parecía que allá afuera era una pantalla de cine donde ella era la protagonista, el interior de su carro era como una butaca alejada de todo. Él era un espectador que no podía intervenir, que solo podía mirar con la boca abierta y sin soltar palabra.
De pronto, su corazón empezó a ir a mil por hora. Sus piernas temblaban como si quisiera bajarse del carro en ese mismo instante. Apretó el timón con fuerza y sintió la boca seca, como si hubiera pasado por una sequía.
Poco después, el SUV azul puso la luz de giro y salió del bloque. Solo entonces Eun-seok pudo soltar un suspiro débil, cargado de una curiosidad profunda.
Se preguntaba si algún día ella le mostraría esa misma cara a él.
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