Registro de Campus - 25
Siempre había sido normal que miles de personas vieran lo que publicaba, pero ¿cómo podía ser que encontrar un usuario tan común le diera tanta alegría?
El alivio que sentía era, en primer lugar, porque ya estaba seguro de que Sang-hee no se había asado con él por su actitud de altibajos de hoy. Y lo que lo ponía más pilas era darse cuenta de que ella se había tomado la molestia de buscar su cuenta a propósito.
O sea, eso significaba que no le era indiferente para nada.
Esa pizca de curiosidad necesaria para escribir su nombre en el buscador… sea como sea, era obvio que Sang-hee la tenía guardada en el fondo de su corazón.
Eun-seok, sin pensarlo dos veces, le mandó un mensaje.
Para su sorpresa, el número ‘1’ al costado del globo de texto desapareció al toque. Mientras él tomaba aire profundamente, llegó una respuesta cortita.
Eun-seok no lo dudó y salió disparado del gimnasio. La sala de estar no estaba lejos, así que pudo encontrar al instante a Sang-hee, que estaba eligiendo algo frente a la máquina expendedora de dulces.
Al ver a Eun-seok acercarse tratando de recuperar el aliento, Sang-hee abrió los ojos de par en par. Su cara, medio tapada por los lentes, se veía particularmente limpia y fresca. En la penumbra de la sala, la luz pálida de la máquina mostraba que hasta las puntas de su cabello estaban un poquito húmedas.
Parece que recién bajaba de bañarse. Ese aroma suave que había sentido todo el día en el polo verde de la facultad, ahora se sentía mucho más intenso en ella.
De pronto, sintió un nudo en la garganta. Había venido con algo fijo para decirle, pero de la nada no le salía la voz. Así que, sin querer, se quedó parado como un sonso un buen rato.
—¿Tienes algo que decirme?
Esa mirada directa que le lanzó lo puso más nervioso todavía.
En eso, la máquina soltó una caja de Pepero que cayó con un golpe seco en la bandeja. Sang-hee se agachó para recogerla. Eun-seok pasó saliva mientras miraba su nuca.
—¿Por qué ves mis Stories?
Ante la pregunta de Eun-seok, la caja roja se le resbaló de las manos a Sang-hee. Sus manos torpes tratando de recoger el dulce de nuevo delataban que estaba totalmente palteada.
La mano de Eun-seok llegó primero al dulce. Sang-hee estiró la mano para que se lo diera, pero él escondió la caja roja detrás de su espalda. No pensaba devolvérsela hasta que le diera una respuesta de verdad.
—Te he preguntado por qué las ves.
—¿Cómo sabes que las vi? Ya, dámelo.
Sang-hee seguía con la mano estirada y el entrecejo fruncido, bien fastidiada. Eun-seok, en lugar del dulce, le puso su celular en la cara. En la pantalla se veía clarito el usuario de ella.
—Esta eres tú, ¿no?
Como la luz blanca de la máquina le daba de lleno en la cara, se notaba clarito cómo sus ojos vacilaban detrás de los lentes. En su carita, que lo miraba con molestia, se podía ver una tensión bastante incómoda.
—¿Te memorizaste mi usuario?
—¿Cómo no me lo voy a saber?
Eun-seok fingió una actitud de ‘me da igual’. Era raro: frente a otros siempre paraba sonriendo como un tonto, pero por alguna razón, frente a Sang-hee sus músculos faciales siempre se le rebelaban y no los podía controlar.
—Si paro chequeando a cada rato a ver cuándo me aceptas la solicitud, es lógico que me lo aprenda de memoria.
Sang-hee se mordió el labio inferior. No podía quejarse; era una situación vergonzosa, pero tanto el ver la foto de la flor como el no haberlo aceptado todavía eran decisiones netamente suyas.
—Lo vi por curiosidad.
soltó ella al fin, rindiéndose con lo del dulce y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
—Quería ver qué clase de fotos subes para ser tan popular.
Eun-seok parpadeó sorprendido ante esa respuesta tan honesta que salió más fácil de lo que pensaba.
—Y también quería ver si seguías de mal humor o si te hacías el interesante por ahí.
Al final consiguió la respuesta que quería, pero no pudo decir ni pío. Quizá fue porque la voz de Sang-hee sonó demasiado sincera, o porque en el fondo él esperaba otra razón.
Vio cómo los dedos de ella se movían inquietos dentro de sus bolsillos. Sus miradas se cruzaron un segundo en el aire y se desviaron al instante.
—¿Ya está? Ahora dame mi dulce. Me quiero ir a mi cuarto.
Sang-hee movió los dedos apurándolo para romper el silencio incómodo.
—Espera un toque.
Eun-seok se volteó hacia la máquina y sacó otro Pepero, uno de esos que tienen almendras. Se lo entregó junto con la caja que le había quitado.
—Comer uno solo es aburrido.
Sang-hee, toda indecisa, agarró la caja roja y la verde. Al ver sus manos pequeñas llenas de dulces, él sintió un orgullo medio raro en el pecho.
—Gracias.
Tras despedirse de Sang-hee, Eun-seok volvió al gimnasio. Recién ahora le daban ganas de entrenar, pero justo cuando se sentaba en la máquina de pecho, el celular vibró dos veces.
Al mirar la pantalla, se quedó tieso; ni parpadeaba ni respiraba. Sus ojos se clavaron en la notificación que acababa de llegar:
[@ntfrme23 aceptó tu solicitud de seguimiento.] [@ntfrme23 comenzó a seguirte.]
Eun-seok se pasó la mano por toda la cara. Entre sus dedos se notaba cómo se le escapaba una sonrisa de oreja a oreja. Esa cara que había estado tensa todo el día, por fin se relajó por completo.
La cuenta privada de Sang-hee era bien simple: 0 publicaciones, 1 seguidor, 1 seguido. El primero en infiltrarse ahí no era otro que Ryu Eun-seok, él mismo.
Le mandó un DM preguntándole si sabía cómo se llamaba el árbol de la foto. Ella le respondió al toque que era una acacia.
En el espejo del frente, su reflejo se veía demasiado bobo. Tenía los pómulos hinchadazos de tanto sonreír, la boca estirada y los ojos achinados de la felicidad.
Por primera vez, le encantaba vivir en la residencia.
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Eun-seok estaba convencido de que su situación estaba mejorando poco a poco.
Y no tenía por qué ser de otra manera. Primero, la noticia de que la empresa de su hermano mayor se estaba recuperando fue lo que más lo alivió.
Además, desde que empezó a andar por su cuenta, ya no perdía el tiempo en charlas sonsas o risas por compromiso; ahora se concentraba más en sí mismo. Estaba preparándose con tiempo para los finales en la sala de lectura y entrenaba en el gimnasio sin distracciones. Cada noche, antes de dormir, se sentía orgulloso de ver que podía valerse por sí solo.
Incluso después de que él mismo soltara a los cuatro vientos que estaba ‘misionero’, esos que se acercaban solo para ver si el chisme era cierto desaparecieron por completo. A veces sentía miradas de lástima o de superioridad, pero, para su sorpresa, su orgullo no se veía tan afectado. En realidad, no tenía tiempo para andar descifrando lo que otros sentían, porque últimamente toda su atención estaba puesta en otra parte.
Por ejemplo, en ver si el nombre de Hong Sang-hee aparecía en la pantalla de su celular, o si se cruzaba con esos ojos serios detrás de los lentes de marco dorado en los pasillos de la facultad o en la sala de lectura de la residencia.
El viernes, al terminar las clases, Eun-seok subió a la residencia y fue directo a la recepción. De todos los paquetes amontonados, el más grande era el suyo.
Guardó esa caja enorme —que casi le tapaba el pecho— en su cuarto. Lo que había adentro vería la luz recién en tres días.
Antes de salir de nuevo, Eun-seok se miró al espejo y se acomodó el cabello con mucho cuidado. Se echó bálsamo porque sentía los labios secos y hasta levantó la barbilla para chequear que todo estuviera en orden.
Si alguien le preguntaba por qué se arreglaba tanto si no iba a salir a ningún lado, no sabría qué responder. Decir que era por costumbre era un floro, porque arreglarse así solo para bajar un piso a estudiar ya era demasiado.
Y más cuando en esa sala de lectura solo paraba una persona.
Al pensar en ella, le entró la prisa. Eun-seok se sacudió los pantalones para quitarse cualquier rastro de polvo y bajó al primer piso.
Pero, a diferencia de lo que esperaba, la sala de lectura estaba vacía.
El sitio de la ventana donde siempre se sentaba Sang-hee estaba impecable, sin rastro de un solo lapicero. ‘¿Todavía no acaba sus clases?’, pensó. Le fastidiaba no saber su horario exacto para cruzarse con ella. ‘Cuando la vea, le voy a preguntar como quien no quiere la cosa’, se dijo.
Eun-seok se sentó con una postura derechita y se puso a estudiar, pendiente de que Sang-hee llegara en cualquier momento.
Tal como pensó, la puerta se abrió al poco rato. Imaginando cómo se vería él desde la entrada, Eun-seok levantó la cabeza sutilmente. Trató de fingir que estaba concentradazo y, de reojo, chequeó quién acababa de entrar.
Pero la persona que entró arrastrando las sandalias era un pata.
Desde el ruido de sus pasos se notaba que era un pesado; soltó su mochila y su tomatodo con un golpe seco, haciendo un ruido molesto. Mientras Eun-seok fruncía el entrecejo, entraron dos estudiantes más y ocuparon sus sitios.
‘Verdad, ya empezaron los finales’.
Esa sala de lectura ya no podía considerarse el refugio secreto de él y Sang-hee. Es más, desde la otra semana seguro hasta le ganaban su sitio de siempre.
A Eun-seok se le cayeron los hombros y puso una mueca de fastidio. Todo le estorbaba: los cuchicheos de los demás, el sonido de la silla vibrando porque alguien movía la pierna por los nervios, el ruido del sorbete chocando con los hielos… todo.
‘¿A Sang-hee también le molestará cuando venga? Si todavía viviera en mi departamento, le diría para ir allá a estudiar tranquilos y sin bulla’.
Ese pensamiento inútil empezó a crecer en su cabeza. Eun-seok sacudió la cabeza para no irse por las ramas. Tenía que demostrar que, a diferencia de los demás, él era un estudiante aplicado.
¿Y a quién quería demostrárselo? A Sang-hee.
¿Y por qué? Bueno… eso era algo que aún no podía asegurar.
Sin embargo, a pesar de todo su esfuerzo, Sang-hee no apareció por la sala de lectura en todo el rato, ni siquiera cuando ya estaba por acabar la hora de la cena.
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