Registro de Campus - 24
—Perdón.
Eun-seok se disculpó al toque. Por suerte, parece que lo hizo en el momento justo, porque Hong Sang-hee no se quejó y se puso los lentes.
En cuanto los lentes de marco dorado cubrieron la mirada de pocos amigos de Sang-hee, la respiración de Eun-seok, que estaba toda entrecortada, volvió a la normalidad. Su corazón, que latía de forma sospechosa, también recuperó su ritmo.
Eun-seok se sentó lejos, con el pasadizo de por medio. Como eran los únicos dos usando esa sala de lectura, no tenía ninguna excusa válida para sentarse pegado a ella.
Por el rabillo del ojo, veía a Sang-hee pasando las hojas de su libro sin hacer ni un ruido. Eun-seok sacó sus cosas de la mochila con cuidado, pero toda su atención estaba puesta al otro lado del pasadizo.
En cuanto sintió que Sang-hee se quitaba los lentes otra vez para limpiarlos con su ropa, casi voltea la cara por puro impulso. Tenía tantas ganas de verle el rostro sin lentes una vez más que movió solo los ojos, sin hacer ruido.
Seguro era porque la imagen de ella durante la carrera de postas se le había quedado grabada en la cabeza.
Esas mejillas rojas como el fuego, la mandíbula apretada por el esfuerzo y esos ojos que lo miraban fijamente solo a él, su objetivo. Su cabello amarrado en una cola se sacudía con fuerza frente a sus ojos, y en la mano que le entregaba el testimonio se sentía un agarre lleno de desesperación.
Si recordaba el día de las olimpiadas escolares, la cara lavada de Hong Sang-hee aparecía en su mente mucho antes que los problemas que causó Kim Do-wan; con eso ya estaba dicho todo.
Hong Sang-hee de verdad no se movía para nada, solo estudiaba. El separador que le tapaba la cara y los audífonos que le bloqueaban los oídos eran como una fortaleza inexpugnable.
Él había venido con la idea de seguir su ejemplo y prepararse temprano para los finales, pero después de una hora, Eun-seok ya sentía que el cuerpo le picaba, se moría de aburrimiento. Y ni siquiera podía estirarse a gusto por miedo a interrumpirla de nuevo.
Cuando estudiaba en la biblioteca central por los exámenes, siempre pasaba alguien a dejarle un café, a saludarlo con la mirada o a pedirle su número; era un montón de distracciones molestas. Pero aquí, ni una sola mirada se cruzaba en su camino. Se sintió un poco palteado al darse cuenta de que, aunque decía que esas cosas le aburrían, en el fondo parece que las disfrutaba.
Sang-hee se levantó a las 6:48 de la tarde, justo cuando el horario de la cena en la residencia estaba por terminar. Eun-seok, que se había quedado mirando su tablet como un tonto, levantó la cabeza de golpe.
Sus miradas chocaron de inmediato. Sang-hee desvió la vista un momento como quien no quiere la cosa, pero luego volvió a mirar a Eun-seok.
—¿No vas a comer?
Ella no tenía idea de lo feliz que lo hizo esa pregunta tan simple. Eun-seok se paró de un salto, como si hubiera estado esperando exactamente eso.
—Claro que sí.
Había medio paso de distancia entre ellos mientras caminaban hacia el comedor. Eun-seok caminaba un poquito más atrás, fijándose si Sang-hee estaba de buen humor.
Se sentía un poco avergonzado y con roche por lo de la mañana: le había quitado su bebida, impidió que intercambiara números con los de ciclos menores y se portó como un pesado por puro capricho.
Y eso que Sang-hee no había hecho nada malo. Él se había desquitado con la pobre chica solo porque le reventaba ver a otros tipos afanándola de forma tan ridícula.
‘Pero… ¿por qué me dio tanta cólera?’.
Se sentía perdido, como si estuviera frente a una pregunta de desarrollo de un tema que nunca le enseñaron.
Si esto fuera un examen de verdad, simplemente trataría de chamullar algo juntando un par de teorías que recordara, escribiría un testamento y aceptaría la nota que le toque. Después de todo, si sale jalado no es que se vaya a morir de hambre.
Pero decidir cómo tratar a Hong Sang-hee no era algo que pudiera tomarse tan a la ligera.
Para empezar, ella era una compañera de facultad a la que tenía que verle la cara todos los días, además era una buena chica que se compadecía de su situación, y también…
Eun-seok se sirvió la comida en la bandeja y se sentó frente a ella. Pensó que si Sang-hee le decía algo, se haría el loco. Total, en la residencia no le habían dicho que también tenía que sentarse a tres sitios de distancia.
Pero ella ni lo miró y empezó a comer. Como siempre, puso su celular apoyado en la cajita de pañuelos para ver videos de pandas.
A través de los lentes dorados, sus ojos de esclerótica limpia se cruzaron con los de él. Sang-hee, mientras masticaba su comida, giró la caja de pañuelos unos 45 grados y la alejó un poquito.
Ahora Eun-seok también podía ver bien lo que salía en el celular. En la pantalla de seis pulgadas se reproducía un video de unos pandas gemelos jugando a las escondidas con su cuidador.
—¿Yo también puedo ver?
Aunque sabía perfectamente que ella lo había acomodado para que lo vieran juntos, Eun-seok soltó la pregunta más obvia del mundo.
—Mira si quieres.
respondió ella con total indiferencia.
Solo con eso, él se tranquilizó y se le escapó una sonrisita. Se había pasado todo el rato pendiente de si ella estaba molesta por su actitud de hoy, pero Hong Sang-hee definitivamente tenía un corazón grande.
—¿Ya te vas a tu cuarto después de esto?
preguntó Eun-seok, aprovechando el cambio de escena en el video.
—Sí. Por hoy ya fue suficiente.
Sang-hee, que no había dejado de mirar el celular, le lanzó una mirada rápida.
—¿Y tú?
—Yo también voy a parar ya, me toca hacer ejercicio.
Sin darse cuenta, hoy había cumplido con un horario súper responsable. Fue a clases juicioso, y aunque en la sala de lectura no estudió ni un rastro, al menos estuvo ahí sentado; luego cenó y ahora le tocaba hacer ejercicio. Sentía que por querer seguirle el ritmo a ella, se iba a terminar rompiendo el lomo.
—Tienes buena resistencia.
Hong Sang-hee soltó ese comentario así, sin más, con su tono plano de siempre. Ante esa frase corta que difícilmente podía llamarse un cumplido, las comisuras de los labios de Eun-seok se estiraron en una sonrisa tonta.
—Sí, pues, tengo físico. Ya me viste cómo me lucí en las olimpiadas.
—Verdad, no lo hiciste nada mal.
—Es que hago ejercicio todos los días. Ese mismo día, después de la reunión, regresé y le di una hora al entrenamiento.
—Qué asu, qué bárbaro.
Él sabía que Sang-hee solo le estaba respondiendo por compromiso, por pura educación. Pero aun así, ese pequeño reconocimiento lo emocionó tanto que hasta sentía los cubiertos más ligeros.
Al terminar de comer, Sang-hee devolvió su bandeja y, justo cuando iba a girar hacia las escaleras del lado este, se detuvo y volteó a verlo. Sus labios rojos se movieron un poco, como si estuviera dudando en decir algo.
—¿Ya te sientes mejor?
La pregunta que soltó Sang-hee un momento después lo tomó totalmente por sorpresa.
—…… ¿Ah?
—Es que desde la mañana parecía que no estabas de buen humor.
—Ah, ya… sí, sí. Ya estoy bien.
Después de responderle a la volada, sintió que los cachetes le quemaban. ‘Qué rochoso he sido para que se note tanto’, pensó. Para que una chica tan cortante como ella le preguntara si ya estaba bien, era porque se le había notado clarito.
—Sang-hee.
Eun-seok la detuvo justo cuando ella iba a empezar a subir las escaleras.
—¿Te preocupaste por mí?
Sin querer, su voz sonó con una chispa de esperanza.
—Un poco.
La voz de Sang-hee fue tan bajita que casi se pierde entre el ruido de los platos que lavaban en la cocina. Ella no esperó a que él dijera nada más y se dio la vuelta rápido.
Eun-seok, en lugar de despedirse, se quedó mirando fijo sus zapatillas mientras ella desaparecía tras el descanso de la escalera.
Se cambió de ropa y bajó al gimnasio del primer piso, pero no tenía ni una gota de fuerza. Se sentó en la bicicleta estacionaria y empezó a pedalear sin ganas, mientras la luz de los postes de afuera se filtraba por la ventana y le jalaba la mirada.
Se bajó de la bicicleta y abrió la ventana del gimnasio. Los árboles que rodeaban la parte trasera de la residencia, como si fueran una muralla, dejaron entrar una brisa fresca.
Lo primero que vio fue aquel árbol bajo el cual se había puesto a llorar como un niño hace poco. Debajo de ese árbol lleno de flores blancas, donde lloró con tanta pena que ni siquiera pudo sentir su aroma dulce.
Y fue ahí donde tuvo su primera conversación de verdad con Hong Sang-hee.
En ese entonces, vivía con el miedo de que ella hubiera escuchado todo con mala intención y que pronto el chisme correría por toda la universidad. De hecho, cuando unos días después algunos le preguntaron: ‘¿Es verdad?’, solo pudo pensar que ya le había caído la quincha.
Pero ahora ya lo sabía. Probablemente, aunque hubiera sido Kim Do-wan el que estuviera llorando ahí, Sang-hee no habría soltado ni media palabra.
Eun-seok sacó su celular y enfocó la cámara. Esa flor de nombre desconocido, floreciendo bajo la luz blanca del poste, encajaba perfecto con su lado más sentimental.
Quedó satisfecho con la foto después de mirarla por todos los ángulos y decidió subirla a su Instagram. De paso, quería comprobar algo.
Subió la foto de la flor a sus Stories, de esas que desaparecen en 24 horas.
No escribió nada. No había nada que malograra más el ambiente que ponerse a escribir frases profundas creyéndose el interesante solo por el aire de la noche. En estos casos, subir solo la foto era lo que le daba el toque con estilo.
Eun-seok empezó a tamborilear los dedos sobre el marco de la ventana. Le llegaban mensajes directos de gente que veía que estaba conectado, pero no tenía tiempo para hacerles caso.
Entraba una y otra vez a la lista de ‘Visto por…’ y revisaba cada usuario con lupa. Como no podía quedarse quieto, caminaba de un lado a otro por el gimnasio todo ansioso. Sin darse cuenta, se estaba mordiendo el labio inferior.
Después de estar así, dándole a ‘actualizar’ por unos 20 minutos, el usuario que tanto estaba esperando asomó la cabeza entre la lista de personas que habían visto la foto.
—Te encontré.
[ntfrme23]
Era el usuario de Hong Sang-hee.
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