Registro de Campus - 23
El desprecio en los ojos de Kim Do-wan era tan claro como el agua. Al ver que Eun-seok aceptaba el trato sin hacerse el difícil, una mueca entre desconcertada y satisfecha se le dibujó en la cara.
—Puta madre, qué asco das, qué muerto de hambre eres. Ya, suelta tu número de cuenta de una vez. ¿Con 100 wones te basta?
—En realidad debería cobrarle más, pero por ser usted, se lo dejo en 200.
—¿Qué? ¡¿200 wones?!
Eun-seok no se gastó en responder. Agarró el celular de Kim Do-wan, marcó su cuenta y se lo devolvió mientras se enderezaba, recuperando la postura.
A su alrededor, la gente que lo miraba de reojo disimuló al toque. Algunos hasta se pusieron a chatear con el de al lado por puro nervio, aunque lo tuvieran a medio metro. Eun-seok sabía que, en cuanto terminara la clase, el apodo de ‘misio’ o ‘muerto de hambre’ le iba a quedar pegado. Pero lo bueno de haberlo soltado así, de frente, era que ya no tenía que estar paranoico pensando en qué dirían a sus espaldas.
¿Ya se habrá enterado aquel? ¿Se estará burlando de mi situación? ¿Esa chica que ni conozco estará haciendo un drama de ‘ay, pobrecito’? ¿Me sonreirán por fuera mientras se sienten superiores por dentro?
Ya no tenía que romperse la cabeza con esas dudas. No iba a gastar energía tratando de leer qué había detrás de cada sonrisa. Total, igual me van a rajar, pensó. Si partía de esa base, vivía más tranquilo. Si alguien seguía siendo buena gente con él, bacán; y si no, pues se seguía de largo sin resentimientos.
Su pecho ya no era un lío de nervios; se sentía como un lago calmo. De esos donde tiras una piedra y apenas se forman unas ondas antes de volver a quedarse quietecito. Hace dos semanas, se había puesto a llorar frente a una chica que apenas conocía solo por los chismes, pero parecía que en estos quince días había madurado a la fuerza. Hasta sacó pecho sin darse cuenta.
Eun-seok se quedó mirando su celular un rato. Tenía unas ganas locas de contarle todo a Hong Sang-hee. Decirle que hizo lo que ella le aconsejó, que se sentía mucho más ligero y que ya estaba listo para que le resbale lo que dijeran los demás.
Todo gracias a ti.
Estaba pensando cómo escribirle cuando, de pronto, se desinfló. Puso una mueca de fastidio, de esas donde mandas la mandíbula hacia adelante. Se había quedado asado desde la mañana, cuando vio a Joo Seung-jae tirándole maicito a Sang-hee justo delante de él.
Seung-jae estaba usando la vieja confiable: ‘te invito a comer algo rico’. ¿Por qué no se iba a gilear a las de primero como siempre? ¿Qué hacía buscándole el lado a Sang-hee? Eun-seok, de puro picón, le había arrebatado la bebida a ella para que no pudiera ni usar el cañito.
Y para colmo, un tal Lee Dong-ha (o algo así), un tipo más pálido que una pared, mandó al delegado para pedirle el número a Sang-hee. Ver que ella le daba bola a esos intentos tan obvios le dio mucha curiosidad.
¿Ese será su tipo? A mí todavía me tiene ignorado en Instagram. Yo tuve que rogarle para que me diera su número, ¿y resulta que se lo da a cualquiera? ¿Entonces por qué conmigo se hizo la difícil?
Claro que Sang-hee era dueña de dar su número a quien le diera la gana. Eun-seok no tenía ningún derecho a reclamar. Es más, si se ponía espeso y se peleaban, el único que perdía era él. A Sang-hee le llega andar con gente, así que si él se alejaba, ella feliz; pero para Eun-seok, ella era su único salvavidas en esta vida de ermitaño a la que todavía no se acostumbraba.
Sabiendo todo eso, se pasó todo el almuerzo sin hablarle, a pesar de que ella no tenía la culpa de nada. Se sentó a tres sitios de distancia, como ella quería, y se puso a comer mirando fijo su bandeja con cara de ‘yo no rompo un plato’.
Pero ahora, querer contarle sus penas por mensaje le parecía algo súper infantil y de gente ‘apretada’. Parecía un chiquillo de inicial picado porque le quitaron a su mejor amigo. Juega conmigo, no con él. A él no lo invites. Dijimos que íbamos a jugar solitos.
Eun-seok sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos. Qué bueno que Sang-hee no podía leerle la mente, porque si no, seguro salía corriendo del asco.
En eso, el celular vibró. Lo revisó al toque con la esperanza de que fuera ella, pero obviamente no era.
[Ingreso de dinero: 100.00 wones. 21/05 12:59 Kim Do-wan]
Era la notificación del banco. El muy tacaño solo le mandó 100, ni a balas iba a soltar los 200. Si Eun-seok no hubiera aceptado calladito que era un ‘muerto de hambre’, seguro ni eso le mandaba. Un tipo miserable que, después de bañarlo en soju y querer hincarlo con un tenedor, no era capaz de pedir perdón.
Claro que Eun-seok, que ya era un manganzón pero seguía con la idea de querer exclusividad con su amiga, no estaba en posición de reclamarle nada a nadie.
Antes de que empezara la clase, tocó una vez más la camiseta verde que tenía en la mochila y luego la soltó. Al terminar, lo llamó su hermano mayor, Jin-young. Su hermano trabajaba como jefe de ventas en la empresa de su papá y, desde el invierno pasado, andaba con unas ojeras que daban miedo.
—¿Cómo van las clases?
—Bien. Ya acabé por hoy.
Eun-seok trató de que su voz sonara normal y caminó hacia una banca bajo la sombra. Miró a todos lados con cuidado para asegurarse de que nadie lo estuviera escuchando.
—Ya apagamos el incendio más bravo; parece que para primavera todo va a volver a la normalidad.
—¿No se han metido con usureros, no?
Al preguntar eso, Eun-seok bajó la voz hasta que fue casi un susurro.
—No es para tanto, oye. Si estuviéramos en esas, ya te hubiera dicho que congeles el ciclo.
Tuvieron que rematar varias propiedades, incluido el departamento donde vivía Eun-seok, pero al menos pudieron pagarle puntual a los empleados. Aunque él mismo se acababa de llamar ‘misio’ frente a todos, la verdad era que todavía no estaban para dormir en la calle.
—Hae-seong ya se puso las pilas y volvió a la oficina.
Todo el chongo empezó cuando un investigador del equipo de su hermano mayor, Hae-seong, se abrió. El tipo había visto paso a paso cómo Hae-seong lograba fabricar tecnología nacional para gas licuado y, sin asco, se vendió a los chinos. Los chinos sacaron lo mismo más barato y los clientes de su papá se pasaron al toque con ellos. Ahí fue donde se cortó el flujo de plata.
—Quédate en la residencia este año. Papá dice que el próximo ya te alquila un cuarto otra vez.
Entre consolar al hermano mayor que estaba en shock por la traición, aguantar los berrinches del menor que no sabía vivir con poco y corretear a los clientes para convencerlos, al hermano del medio no le daban las manos.
—Perdón por ser tan quejón.
dijo Eun-seok, sintiéndose un poco avergonzado.
—Yo estoy acá tranquilo estudiando, así que no se preocupen por mí. Cuídate tú también.
—Míralo, ya creciste, ¿no? Ya hablas como gente grande.
Eun-seok sacó pecho con el cumplido. ¿Ves? Ya estoy madurando. Para haber sido el engreído de la casa toda su vida, este nuevo Ryu Eun-seok era prácticamente otra persona.
—¿Te queda propina? Me dijeron que ya ni sales con tus amigos. ¿Quieres que te mande algo?
—No, tengo suficiente. Además, ya vienen los finales y voy a estar encerrado estudiando, así que ni tiempo para salir tengo.
De pronto, pensó en Hong Sang-hee. Ella, que siempre comía solita, que estudiaba siguiendo su propio plan, que se relajaba viendo videos de pandas y que siempre andaba con la guardia en alto para que nadie se le acercara.
En realidad, decir que ‘pensó en ella de pronto’ era mentira. Últimamente, la tenía en la cabeza todo el día. Incluso cuando hablaba con otros, el nombre de Hong Sang-hee seguía flotando en su mente.
Al colgar, Eun-seok fue hacia los casilleros. Al girar la combinación, se quedó mirando los números alineados: 0528.
Faltaba solo una semana para el cumple de Sang-hee. ¿Qué irá a hacer? No creo que falte a clases por su cumple, ella no es así. ¿Se irá a su casa? Por cierto, ¿de dónde será ella?
Pensaba que ya eran ‘patas’, pero todavía le faltaba conocer un montón de ella.
Lo único que sabía fijo era su nombre y su edad. Bueno, y que ama a los pandas, que le llega andar en grupo, que se lleva súper bien con su mamá y que, aunque a veces es bien cortante, en el fondo no le gusta hacer sentir mal a nadie.
¿Qué le puedo regalar? ¿Algo de pandas será lo mejor? ¿Y si le digo para ir a cenar? No creo que ya tenga planes con otro…
Subió a la residencia dándole vueltas al asunto. Ni él mismo se daba cuenta de por qué se rayaba tanto pensando en ella. Solo quería saber qué le gustaba.
Caminando en piloto automático, terminó en un lugar conocido. En vez de entrar al gimnasio, abrió despacito la puerta de la sala de estudios.
Ahí estaba, en el sitio de siempre, junto a la ventana. Se acercó sin hacer ruido y vio su cabecita apoyada en la mesa, durmiendo sobre su laptop. Tenía los lentes a un ladito, las pestañas largas descansando y los labios un poquito abiertos.
Eun-seok se quedó embobado mirándola y, por distraído, se tropezó con sus propios pies. Su mochila golpeó el respaldo de la silla con un ruido seco y, al tratar de no caerse, se agarró del cubículo haciendo todo un chongo.
Sang-hee arrugó la frente y abrió los ojos. Al toque, le lanzó una mirada de pocos amigos que lo dejó frío.
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