Registro de Campus - 22
Un rostro bien parecido se reflejó en la ventana sombreada. Eun-seok se detuvo un momento para chequear sus facciones en el vidrio. Con cuidado, se acomodó el flequillo y cerró los ojos con fuerza antes de volver a abrirlos.
A pesar de su humor por los suelos, su belleza seguía intacta en el reflejo.
El espejo era algo que miraba con la misma frecuencia con la que le llegaban notificaciones al celular. Tenía la costumbre de revisar minuciosamente si se le había hinchado la cara, si sus labios estaban hidratados o si algún pelito de la ceja se había rebelado, pero últimamente lo hacía mucho más seguido.
—¡Hola, oppa!
Mientras retomaba el paso, un grupo de chicas de primer año lo saludó. Todas estaban muertas de risa y lo miraban con ojos brillantes. Incluso hubo una que se apuró en retocarse el labial con color.
“Y pensar que hay otra que me mira con total indiferencia”, pensó él.
—Hola.
Bastó ese saludo amable de Eun-seok para que soltaran una carcajada aguda.
—¿Ya almorzaron?
—¡Sí! ¿Y usted, oppa?
—¡Fuimos al restaurante de pastas que acaban de abrir frente a la u!
—¡Qué bueno!
Se notaba que morían por seguir la conversación, pero Eun-seok no se quedó a esperar como solía hacerlo, sino que dio media vuelta hacia el pabellón de Administración.
No estaba de ánimos para seguir siendo amable.
Esa paciencia que se le había agotado desde temprano no daba señales de recuperarse. Solo estaba sonriendo por inercia y fingiendo una voz dulce por compromiso.
Si no fuera porque sentía que desperdiciaba la plata de la pensión, probablemente se habría ido a dormir un rato a su carro con el aire acondicionado prendido. Cuando estaba en primer año, si algo lo fastidiaba mínimamente, agarraba su mochila y se iba a manejar por ahí. Parece que, ahora que su billetera está más flaca, le ha llegado la madurez a la fuerza.
A pesar de que ya había almorzado, el sabor dulce y barato del milkshake de fresa que tomó temprano seguía pegado en su boca. Le habían echado tanto almíbar que sintió un pinchazo en la lengua apenas lo probó; por eso, terminó almorzando sin sentirle el gusto a la comida.
Esa era la razón por la que Eun-seok sentía la mandíbula tensa.
Cerca de la entrada del pabellón, divisó a lo lejos al grupo liderado por Park Tae-hyun. Seguramente venían de fumar en la zona permitida. Antes, cuando andaban en mancha, Eun-seok siempre caminaba unos pasos alejado de ellos porque odiaba que se le pegara el olor a cigarro, pero ahora ya no tenía que preocuparse por eso.
A diferencia de las chicas de primero que le sonrieron hace un rato, Park Tae-hyun puso una cara de pocos amigos. Tenía el ceño tan fruncido que cualquiera pensaría que había pisado caca en medio de la calle.
Los demás del grupo no dejaban de mirar de reojo a Eun-seok y a Park Tae-hyun. Ahora que el que ponía más plata se había ido del grupo, era obvio quién llevaba el mando. Y como todos estaban pendientes del humor del nuevo «líder», ni se atrevieron a saludar a Eun-seok.
Quizás fue porque le robó unos sorbos a la bebida de Hong Sang-hee, pero no sintió ese sabor amargo en la boca al verlos. O tal vez era que estaba tan bajoneado por lo de la mañana que no tenía energía para que le importaran esos amigos que ya fueron.
Al entrar al salón de Contabilidad Financiera, Eun-seok saludó a los conocidos.
—Ah, hola.
—¿Qué tal, hyung?
Sin importar lo que rajaran a sus espaldas, la gente seguía siendo amable por fuera. Él simplemente ignoraba esas miradas de lástima o esas sonrisas de burla que captaba de vez en cuando.
Justo después de que se corrió el rumor, pensó en elegir a gente nueva de entre ellos que valiera la pena, pero desistió rápido. De todos modos, lo iban a estar chequeando, así que pensó que no estaba mal ir por su cuenta, en plan «fresh».
Aunque, claro, no era tan fácil como parecía.
La mirada de Eun-seok se detuvo en Kim Do-wan, que estaba sentado en un rincón con la gorra bien puesta. El tipo, que la había regado feo por borracho, estaba ahí metido como una sombra, como si supiera que estaba pagando su culpa.
Eun-seok iba a sentarse más atrás, pero cambió de opinión y se sentó dejando un asiento de espacio con Kim Do-wan. El tipo dio un brinco del susto. Por debajo de la visera de la gorra, le lanzó una mirada fulminante.
Kim Do-wan torció el labio superior. Por el movimiento, era obvio que lo estaba puteando en silencio. Eun-seok no le dio importancia y abrió su mochila.
Cuando iba a sacar su tablet, vio una camiseta verde arrugada al fondo. La sacó rápido y la sacudió en el aire. El olor suave a suavizante que usaba Hong Sang-hee le rozó la nariz.
En lugar de doblarla bien, Eun-seok apretó la tela ligeramente. Como sus nervios estaban de punta y se sentía vacío por dentro, necesitaba aferrarse a algo.
El peluche de panda tenía mejor tacto, pero esta ropa que olía a un aroma desconocido no estaba mal para usarla como una «pelota antiestrés». Al pensar que la persona que se la prestó la había lavado ella misma, su mente, que estaba llena de espinas, se calmó un poco.
—Si tienes algo que decir, suéltalo de una vez.
En ese momento, una voz tosca interrumpió sus pensamientos. Era Kim Do-wan, que lo miraba con una expresión agresiva.
—No creas que te has sentado aquí para decirme algo, ¿no?
—La verdad, no se me había pasado por la cabeza.
—¡Entonces por qué te sientas acá!
‘Verdad, ¿no? ¿Por qué elegí el sitio al lado de Kim Do-wan?’
pensó Eun-seok mientras acariciaba la suave tela con el pulgar.
—Has venido a joder por lo de Hong Sang-hee, ¿verdad?
La mirada fría de Eun-seok se clavó en la cara de Kim Do-wan. Su interlocutor acababa de sacar a la luz, sin querer, la verdadera razón de su comportamiento, algo que ni él mismo había terminado de procesar.
La razón por la que le pidió perdón a Hong Sang-hee frente a esa fila de bares el viernes pasado por la noche. La razón por la que se pasó todo el fin de semana pendiente de la vibración de su celular, aliviándose recién cuando aparecía el nombre de ella en la pantalla. Y la razón por la que su ánimo, que ya estaba por los suelos desde la mañana, se hundió aún más al entrar a este salón.
Él había obligado a Hong Sang-hee a ir a la parrillada a pesar de que ella no quería. Y al final, la chica no solo no recibió ni un «gracias» por su esfuerzo, sino que terminó bañada en soju y casi hincada por un palillo.
‘No es que me hayan obligado a ir’
Y luego, ella tuvo el descaro de confesarle que solo había dicho eso para hacerse la viva. En realidad, solo se hacía la fuerte porque no quería cargarle la mano a la persona que le estaba pidiendo disculpas. El error fundamental lo cometió Eun-seok, y la culpa secundaria era de Kim Do-wan. Así que, para poder estar tranquilo conmigo mismo, no me quedaba de otra que lanzar mis dardos hacia el otro lado.
—Bueno, ya que tanto insistes en que te diga algo, te lo diré.
Eun-seok agarró las mangas de la camiseta, marcó bien los bordes y la dobló con cuidado.
—Estaba pensando en cobrarte los gastos de la lavandería, hyung.
—¡¿Qué?!
Kim Do-wan soltó una carcajada, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Su burla fue tan ruidosa que los estudiantes de adelante voltearon a mirarlos de reojo.
—¿Te lo pidió Hong Sang-hee? ¡¿Que me cobres la lavandería?!
—Ay, por favor… Sang-hee no diría algo así jamás.
Eun-seok entrecerró un ojo, defendiendo a la persona que no estaba presente.
—Ella no es tan tacaña como yo.
El labio superior de Kim Do-wan volvió a crisparse.
—En ese momento no me di cuenta, pero al llegar a la residencia vi que mi pantalón también se había mojado un poco.
La mirada de Do-wan bajó hacia el muslo de Eun-seok. Obviamente no era el mismo pantalón que llevaba ese día, pero el precio era similar.
—¡¿Me estás amenazando en pleno salón solo porque se te mojó un simple buzo?!
—Técnicamente, yo también llevo este curso, así que no es que te haya perseguido para amenazarte.
refutó Eun-seok en voz baja, mientras guardaba la camiseta con delicadeza en su mochila para que no se arrugara.
—Y no es un «simple buzo», es una edición limitada de Gucci.
Las pupilas de Kim Do-wan temblaron. De seguro estaba pensando que ya la había fregado. Y probablemente ni siquiera tenía la decencia de arrepentirse por haber cruzado la línea.
Aunque la empresa de su familia estaba en plena austeridad, por suerte su papá no le había cortado el presupuesto para su comida y ropa. A veces se deprimía al ver esas prendas carísimas que no encajaban en el ropero barato de la residencia, pero ahora que podía usarlas como excusa para presionar a Kim Do-wan, agradecía no haber tenido que venderlas todavía.
—¡¿Y para qué diablos te pones esa vaina en unas olimpiadas universitarias?!
—Es que toda mi ropa es de esa «vaina», ¿qué quieres que haga?
—¡Ah, carajo, de verdad contigo…!
Como Eun-seok no retrocedía ni un milímetro, Kim Do-wan, ya fuera de sí, se arrancó la gorra y la tiró. Su cabello todo aplastado quedó a la vista, viéndose fatal. Los estudiantes, que estaban medio dormidos tras el almuerzo, se pusieron alerta de inmediato, disfrutando del espectáculo.
—¿O sea que cuando comprabas tus ediciones limitadas no pensabas en la lavandería? Ahora que tu casa está en la quiebra, ¿te falta hasta el último sol, no? Si no puedes mantener tu ropa cara, véndela como de segunda, carajo. Y si no tienes plata, búscate un cachuelo, ¡mísero muerto de hambre!
Alguien que espectaba la pelea soltó un jadeo. Para cualquiera, el insulto de «muerto de hambre» era mucho más impactante que cualquier otra lisura fuerte. Especialmente para Ryu Eun-seok, que toda su vida había sido tratado como un príncipe rico y guapo, fue como si le hubieran tirado un balde de basura en la cabeza.
Todo se le puso negro y sintió su orgullo rodando por el suelo. De esa sonrisa que siempre llevaba por costumbre no quedaba ni el rastro. Eun-seok apretó los dientes. Si se ponía a gritar y hacer un escándalo ahí mismo, solo les daría más circo a los demás. Se repitió desesperadamente que debía mantener la calma.
“Entonces acéptalo”.
De pronto, la voz fría de Hong Sang-hee resonó en sus oídos.
“¿En qué te ayuda esa gente en tu vida?”.
En nada. Justo ahora, todos están ahí sentados mirando sin hacer nada. No tengo por qué rebajarme al nivel de Kim Do-wan. Así como cuando hice que Park Tae-hyun cerrara el pico en el café, o cuando puse en su sitio al sunbae que quería propasarse con Hong Sang-hee… solo tengo que aceptarlo y ya. Lo que sigue es ignorar y cortar por lo sano. Tal como me enseñó ella.
—Sí. Como soy un muerto de hambre, me hace falta hasta el último sol.
La línea de su mandíbula, que estaba tensa y marcada, recuperó su ángulo suave y fluido.
—Entonces, ¿le paso mi número de cuenta de una vez?
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