Registro de Campus - 18
—Por estas cosas es que dicen que eres un pandillero.
Ryu Eun-seok jaló la caja de pañuelos descartables de un solo porrazo. Sacaba los papeles con una violencia que asustaba.
El tipo agarró un montón de pañuelos y empezó a fregarme el dorso de la mano con fuerza. Intenté zafarme, pero el desgraciado me tenía sujeta de la muñeca con una fuerza de locos.
—No, qué pandillero ni qué nada. Ni un mal parido de la peor calaña se portaría así de porquería.
Al escuchar las lisuras tan pesadas que soltaba Ryu Eun-seok, ni se me ocurrió volver a intentar soltarme. Me quedé quietecita, dejando que me agarrara, viendo cómo los pañuelos se empapaban de forma lamentable.
—¿Ya estás contento? ¿Te dieron ganas de arreglar las cosas con ella solo porque te empujaste todo el soju?
Incluso después de secarme toda la mano, Ryu Eun-seok seguía sujetándome la muñeca. Ya no apretaba fuerte, pero yo seguía ahí, en su mano. Más allá de que él pudiera sentirse incómodo, la verdad era que yo no quería soltarlo.
—Entonces tómate esa vaina y lárgate de una vez.
Ryu Eun-seok señaló con la barbilla el trago que yo había servido. Lo escuché masticar una mentada de madre entre dientes.
—¿Qué has dicho, tú?
A Kim Do-wan se le pusieron los ojos rojos y saltados. Se notaba a leguas que no estaba en sus cabales. Por debajo de la mesa, el tipo tenía los puños cerrados y le temblaban de la rabia.
La verdad, Kim Do-wan me daba miedo. Yo sabía muy bien que ese tipo era un cobarde y un tipo insignificante por naturaleza, pero cada vez que lo tenía al frente, sentía esa diferencia de fuerza por ser hombre. Era normal que se me revolviera el estómago.
La vez pasada todo quedó en escupitajos y patadas al casillero, pero mi instinto me decía que la próxima vez iba a ser peor. Por eso, cuando hoy me tiró el trago encima como un chiquillo, hasta sentí alivio.
«No es tan valiente como para meter golpe frente a todos», pensé. Por eso no me achiqué, le hablé de la lavandería y se la cobré.
Si me puse así de respondona fue en parte por Ryu Eun-seok, que estaba sentado a mi lado. Pensé que, si me caía un golpe, al menos ya tenía a un testigo para ir a la comisaría. Y si se ponía de mi parte como cuando eligieron a los corredores en la posta, mejor todavía.
Con esa confianza tonta le solté la lengua a Kim Do-wan y dejé que Ryu Eun-seok se metiera con palabras gruesas.
—Ustedes dos se han vuelto locos, ¿no?
Pero cuando la silla de Kim Do-wan se fue para atrás y el tipo se paró de un salto, tuve que aceptar que la había fregado feo.
—¿Por qué me voy a largar yo? ¡La que se tiene que largar es Hong Sang-hee!
A Kim Do-wan se le marcaron las venas del cuello y empezó a salpicar saliva por todos lados. Con los ojos desencajados, empujó con fuerza a los que intentaban calmarlo.
—Ryu Eun-seok, ¿tú también te has rayado como ella? ¿Te vas a aliar con esta malcriada para faltarme el respeto a mí, que soy tu superior? ¿Tanto quieres que te saquen la mugre?
No solo los estudiantes que llenaban las mesas, sino hasta los mozos del restaurante nos miraban con cara de preocupación.
—Par de mocosos, se han puesto de acuerdo para hundirme, carajo. Y eso que les rogué como un miserable porque estoy repitiendo el curso. Ganaron por mí y así me tratan estos perros, como si fuera basura. Como la gente les revienta cohetes, ya se creen la gran cosa…
El tipo seguía rumiando su rabia y a su alrededor había un montón de cosas peligrosas. La parrilla llena de grasa de chancho, las botellas de cerveza en cada mesa, la caja de pañuelos con sus esquinas puntigudas, los platos con restos de comida.
Cualquier cosa podía volverse un arma.
Me puse alerta al escuchar la respiración agitada de Kim Do-wan y no le quité la vista de las manos.
Ryu Eun-seok debió sentir lo mismo.
Por eso, cuando Kim Do-wan levantó los palitos que brillaban por la grasa, mi mano y la de Ryu Eun-seok se movieron al mismo tiempo.
La diferencia fue que yo estiré la palma para bloquear el ataque, mientras que Ryu Eun-seok me rodeó la cabeza con su brazo y me jaló hacia su pecho.
—¡Aaaah!
—¡Oye, estás loco!
Se escucharon gritos de horror por todos lados. Mientras yo me quedaba con la cara hundida en su polo blanco, pestañeando sin entender nada, el restaurante que estaba en silencio se volvió un loquerío.
Moví los ojos un poquito y vi que varios chicos se le fueron encima a Kim Do-wan para sacarlo a rastras. Entre ellos, Song Hyuk-jun, el delegado, agarraba al tipo del cuello de la camisa con desesperación. Era un evento deportivo de la facultad y si pasaba una desgracia, todos iban a estar en problemas.
—¡Suéltenme! ¡Suéltenme, carajo!
—¿Qué te vamos a soltar? Si vas a tomar, te vas tranquilo a tu casa, mierda.
—Ese Kim Do-wan… se ha vuelto loco de remate.
Ese grupo de hombres, que parecía una sola masa de gente, salió del restaurante a empujones. Como si se hubieran llevado todo el ruido en un saco, los que nos quedamos ahí estábamos pasmados, con la boca abierta.
Antes de que todos volvieran a clavar la mirada en nosotros, me separé rápido del pecho de Ryu Eun-seok. Tenía el pelo todo alborotado y los lentes me colgaban chuecos en la nariz. El cristal izquierdo estaba empañado, pero no estaba como para darme el lujo de quitármelos y limpiarlos con la ropa.
—¿Estás bien?
Una pregunta silenciosa llegó desde mi costado. No pude mirar a Ryu Eun-seok a la cara, así que solo asentí.
—Estás pálida.
No necesitaba un espejo para saber que mi cara estaba blanca como un papel. Era por el susto. Ya me esperaba que Kim Do-wan reaccionara con violencia, pero que Ryu Eun-seok me rodeara con sus manos así de grandes era algo que no me cruzó por la mente ni de vaina.
—¿Quieres ir a la residencia?
Justo estaba buscando cualquier hueco para quitarme de ahí, así que su propuesta me cayó del cielo. Asentí al toque y me levanté. Al despegar el trasero de la silla, sentí clarito que hasta mi ropa interior estaba empapada. Casi se me sale una lisura.
—Oye, ¿ya se van?
Kwon Ga-ram preguntó mientras agarraba a Ryu Eun-seok de la basta del polo. Tenía los ojos redondos y brillosos, como si estuviera bien asustada por todo el chongo de hace un rato.
—Sí. Tú quédate a terminar de comer.
Ryu Eun-seok seguía hablando con amabilidad, pero como tenía la voz más grave de lo normal, sonó medio frío. Ga-ram debió sentir lo mismo, porque puso su cara de queja pero lo soltó de inmediato.
Ryu Eun-seok empezó a caminar adelante. Yo me tapé los muslos mojados con su polo verde y traté de ignorar las miradas que nos caían de todas las mesas.
—Ay, caracho, ya se malogró todo el ambiente.
Se escuchó una queja pesada a mis espaldas, sin nada de filtro.
—Ni que fueran los únicos que están comiendo. Se ponen a mecharse y le quitan el hambre a cualquiera.
Miré de reojo y vi a Park Tae-hyun con una cara de pocos amigos, fulminándonos con la mirada. Seguro lo dijo para que Ryu Eun-seok lo escuchara, pero él ni se inmutó y cruzó la puerta del local sin voltear.
Cuando salí detrás de él, se escuchaba un raleo de voces no muy lejos. Entre dos locales, en un rincón oscuro, se veía el humo de cigarrillos; parece que ahí los otros chicos estaban tratando de calmar a Kim Do-wan.
Ryu Eun-seok también miró hacia allá un segundo y luego empezó a caminar hacia la universidad. Como yo iba lenta por culpa de los pantalones y la ropa interior pegajosa, él también acortó el paso para ir a mi ritmo.
Afuera ya no se sentía el calor de la tarde, había caído una oscuridad bien fresca. Como era viernes por la noche, los alrededores de la facultad estaban llenos de risas y bulla. Se veían grupos de otras carreras con sus polos de colores, todos en plena salida.
Con el vientito de la noche, el olor a carne y a trago que traía encima se sentía más fuerte. Arrugué la cara y me alejé un paso de Ryu Eun-seok.
—¿Qué pasa?
Él no esperó respuesta y se me pegó más. Como estábamos más cerca que antes, mi hombro rozaba con su brazo.
—Huelo feo.
Al toque, Ryu Eun-seok se jaló el cuello de su propio polo y se empezó a oler. Luego se hizo a un lado. Había pensado que hablaba de él, pero yo me refería a mí misma.
—No, tú no. Yo
lo corregí desanimada.
Él regresó a mi lado de inmediato. Esta vez su brazo se pegó al mío de forma más constante. Como yo estaba usando las manos para taparme los muslos con su polo, no podía moverme y sentía clarito el contacto de su piel con la mía.
—No hueles a nada.
—Qué mentiroso eres.
Ryu Eun-seok soltó una especie de risita por la nariz.
—Perdón.
Y después de esa risita corta, soltó algo de la nada. Pensé que me pedía disculpas por haberse reído.
—Debimos ir de frente a la residencia. Por mi culpa viniste obligada y terminaste pasando un mal rato.
Pero su disculpa no era tan simple.
—Solo pensé en lo que yo quería, en lo que me era cómodo. Fui un tonto. Seguro tenías tus razones para no querer venir.
Aceptar que uno se equivoca es difícil. Es más fácil hacerse el loco o buscar excusas; por algo existe la teoría de la disonancia cognitiva. Pero Ryu Eun-seok aceptó con frescura que podía haber metido la pata.
—Ya bueno, ya te diste cuenta.
Mi respuesta sonó más fría de lo que quería. No era forma de tratar a alguien que te está pidiendo perdón. Aun así, él no me reclamó nada, solo se quedó mirándome el perfil mientras caminábamos.
—No fui obligada.
añadí bajito, aguantando un suspiro.
—Yo también tenía curiosidad por saber de qué hablan y cómo se divierten los demás.
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