Registro de Campus - 17
Estiraba la mano hacia la lechuga cuando me soltó una respuesta tan simple que llegaba a ser indiferente. La mano de Ryu Eun-seok llegó primero a la canasta de las verduras.
—… ¿Dice que se siente cómodo?
—Sí. Porque escuchas todo lo que digo y conoces bien mi situación.
Ryu Eun-seok puso la canasta llena de vegetales verdes frente a mí. Luego, me miró y levantó una ceja de forma juguetona.
—¿Verdad?
En ese momento, pensé que menos mal ya me estaba tomando mi cervecita; si se me ponía la cara roja ahora, siempre podía echarle la culpa al alcohol.
—No me parece que sea así.
En lugar de agarrar la lechuga que él tan «amablemente» me había acercado, levanté mi vaso de cerveza. Song Hyuk-jun, que no quitaba el ojo de lo que pasaba, chocó su vaso con el mío al toque para brindar. Para andar llamándome «noona» así por así, al menos se portaba respetuoso tratándome como su superiora.
—Ah, entonces a Eun-seok hyung le gustan más las que saben escuchar que las que hablan por los codos. Kwon Ga-ram, ¿escuchaste?
Song Hyuk-jun le dio un toquecito a la chica que estaba a su lado para fregarla. Kwon Ga-ram arrugó la cara y murmuró entre dientes que no la estuviera tocando.
Mientras tanto, la mirada de Ryu Eun-seok iba de mi vaso al de Song Hyuk-jun. Con las manos empujaba la carne ya cocida hacia un lado, pero sus ojos, bajo el flequillo, se veían sumidos en sus pensamientos.
—Ya, coman de una vez, chicos. Se va a quemar la carne.
El hombre, volviendo a la realidad, soltó por primera vez las pinzas y las tijeras. En su lugar, agarró un vaso limpio que nadie había usado y lo puso junto al mío. Luego, inclinó la botella de cerveza llenando los dos vasos por turnos.
—Oiga, hyung, ¿va a tomar? Yo debería servirse.
Song Hyuk-jun se apuró en agarrar la base de la botella para mostrar respeto.
—Pero si hace un rato dijo que solo iba a comer e irse.
—Es que verlos tomar me dio un poco de ganas a mí también.
Ryu Eun-seok llenó mi vaso como hasta las dos terceras partes. Casualmente, me tocó un vaso que era pura espuma blanca. Aunque el suyo estaba perfecto, no puso ni la más mínima cara de arrepentimiento.
—Salud.
Chocó su vaso suavemente con el mío y se lo mandó de un solo rulo. Con el mentón bien definido hacia arriba y el sonido de su manzana de Adán al pasar el trago, parecía un modelo grabando un comercial de cerveza.
¿Fue un error o lo hizo por pesadez?
Me inclinaba por lo segundo porque era consciente de que hoy no le había seguido mucho la cuerda. En la olimpiada no lo animé para nada y aquí en la mesa me había portado indiferente todo el rato.
Pero tenía excusas de sobra. Incluso cuando éramos cachimbos y llevábamos clases juntos, casi ni cruzábamos palabra. A mí me pesaba estar entre la gente y él siempre andaba rodeado de una mancha, así que no había forma de que nos crucemos.
Si no hubiera sido por aquel encuentro bajo el árbol de acacia, probablemente Ryu Eun-seok ni se acordaría de mi nombre hasta la graduación.
Pero de pronto, este hombre que había creado una supuesta «conexión» conmigo, no dejaba de meterse en mi espacio personal. Eso de andar rozando piel caliente, o de andar luciendo nuestra «amistad» frente a los demás… nada de eso me resultaba familiar.
Ryu Eun-seok se veía tan experto en esto que hasta me hacía dudar si así era como se acercaba rápido a las chicas para luego distanciarse de golpe y dejarlas todas locas.
Por eso, como «outsider», tenía que estar en guardia. Si un encuentro pasajero rompía el equilibrio de mi rutina, la única que salía perdiendo era yo.
El solo hecho de haber corrido en la posta y estar aquí tomando en este restaurante de parrillada coreana ya significaba que había bajado varios de mis estándares.
Como dicen, cuando uno hace cosas que no acostumbra, siempre termina mal.
Kwon Ga-ram, que estaba calladita desde hace rato, apenas si picoteaba unos trozos de carne. En nuestra mesa, la conversación solo fluía entre Ryu Eun-seok y los de la facultad.
Si estuviéramos solos sería otra cosa, pero en una mesa llena de gente, yo tampoco hablo mucho. No hay necesidad. Además, si hablas de más por el alcohol, luego te pueden agarrar de punto con lo que dijiste.
—¡Habla, Eun-seok! Recibe un trago.
La gente ya empezaba a dar vueltas con sus vasos para cambiar de sitio. El blanco de casi todos era Ryu Eun-seok.
—Te pasaste hoy, compadre.
—Los de Economía se van a quedar calladitos un buen tiempo.
Los sitios donde estaban Song Hyuk-jun y los demás de la facultad ahora los ocupaban unos superiores de los que ni sabía el nombre. El vaso de Ryu Eun-seok estaba a punto de rebalsar con cerveza nueva.
—En verdad Sang-hee hizo toda la chamba. Yo solo puse el toque final.
Las miradas de todos los superiores se clavaron en mí al mismo tiempo. Me arrepentí al toque. El momento en que la gente empezó a rotar de asientos era el tiempo perfecto para irme piola. ¿Qué diablos hago todavía aquí sentada al lado de Ryu Eun-seok?
—Sang-hee alcanzó hasta al que iba segundo. Si yo no lo pasaba después de eso, no merecía ser el último corredor.
—¿Ves? Te lo dije, yo tenía razón.
Una voz fanfarrona se acercó por detrás. Kim Do-wan, con una botella de soju en la mano, arrastró otra silla y la puso justo a mi lado. Por su culpa, tuve que sentarme tan pegada a Ryu Eun-seok que nuestros antebrazos quedaron pegados.
—Yo decía para que ella corra y tú ahí de pesada, dándotela de líder. ¡Carajo! Oye, ¿qué hubiera pasado si Hong Sang-hee no corría?
Sentía que la cabeza me iba a reventar. A mi izquierda tenía a Kim Do-wan, soltando estupideces como una bomba de tiempo, y a mi derecha a Ryu Eun-seok, compartiéndome su calor corporal. Por si fuera poco, los otros superiores me miraban como si yo fuera un bicho raro; estaba a punto de perder los papeles.
—Recibe este trago y ya quédate tranquila.
Kim Do-wan agarró un vasito de soju que andaba rodando por la mesa y lo plantó frente a mí con un golpe seco. No sé quién lo habría usado antes, pero el borde estaba todo grasoso por la carne.
—Tú también debes estar con la espina clavada. Aprovechando que hoy salió todo bien, hay que llevar la fiesta en paz. Nos tomamos un vasito cada uno y nos olvidamos de todo, ¿ya?
Si un superior te lo dice así de frente, no te queda otra que aceptar por puro compromiso. Traté de mantener la cara seria y estiré la mano hacia donde estaban los vasos limpios. Como era de esperarse, Ryu Eun-seok se me adelantó de nuevo y me alcanzó un vasito de soju impecable.
—¿Y tú desde cuándo te volviste el lacaio de Hong Sang-hee?
Kim Do-wan giró la tapa del soju mientras me miraba de reojo con los ojos bien abiertos. Ya tenía hasta la parte blanca toda roja.
—Hace un rato también la defendías como un loco; parece que su vocero no soy yo, sino tú, Ryu Eun-seok. Y encima me jodes a mí, ¡carajo!
Normalmente ya era de temperamento fuerte, pero con el alcohol, Kim Do-wan se estaba transformando en un animal.
Si te metes con un borracho, la que sale perdiendo soy yo.
Con la idea de recibir el trago y botarlo rápido, hice fuerza con el antebrazo que tenía pegado al de Ryu Eun-seok. Era una señal para que se quedara tranquilo. Sentí su mirada afilada pegada a mi mejilla derecha.
—Ya, está bien. Con esto quedamos en paz.
Sostuve el vaso nuevo con las dos manos de forma educada y se lo alcancé a Kim Do-wan. Al parecer, ese gesto le gustó porque soltó una risita burlona. El cuello de la botella verde se apoyó con pesadez en el borde de mi vaso. Si no hubiera estado haciendo fuerza con el brazo contra Eun-seok, se me habría doblado la muñeca por el peso.
El alcohol empezó a caer a chorros desde la botella inclinada, como si quisiera atravesar el fondo del vaso. Tal como me lo temía, el licor se desbordó al toque, empapándome la mano y hasta el pantalón de buzo.
El escándalo de alrededor se apagó en un segundo. En las otras mesas notaron el silencio extraño y también se callaron para mirar.
En el restaurante, que hace un rato era un loquerío, ahora solo se escuchaba el sonido de la carne cociéndose en la plancha.
—¡Uy!
De la boca de Kim Do-wan salió una exclamación reconociendo su «error». Pero la botella, que estaba casi vertical, no hizo el menor intento de regresar a su sitio hasta que me echó encima hasta la última gota.
Pantalón gris y líquido transparente. Por donde se mirara, parecía que me había orinado.
—Oye, qué piña. Parece que ya se me subieron los tragos. Perdóname, ¿sí? Ay, ay, ay… qué manos tan traviesas tengo.
Kim Do-wan se dio un palmazo en su propia mano mientras soltaba un monólogo que no daba ni pizca de gracia. Con su cerebro frito por el alcohol, se las había ingeniado para armar todo ese teatrito.
Sin limpiarme la mano, me mandé el poquito de soju que quedaba en el vaso. Como se había derramado casi todo, no quedaba casi nada de alcohol adentro.
—Ya fue. Se lava y listo.
Dejé el vaso vacío y abrí una botella nueva de soju.
—La ropa se lava y queda limpia, pero su personalidad… ni metiéndola a la lavadora en ciclo fuerte se le quita lo manchado, superior.
Mis labios perdieron el miedo por un momento y soltaron lo primero que se me vino a la mente.
—¿Tendré que echarle lejía? Quizás así se le quite ese olorcito a rancio.
Llené mi vaso con una cantidad moderada de soju y se lo puse en frente a Kim Do-wan.
—¿No me va a recibir el trago?
No pensaba devolvérsela de la misma forma. No quería rebajarme al nivel de Kim Do-wan. Él solito ya se había encargado de quedar como un superior mezquino y cobarde; no había necesidad de que yo me hundiera con él.
—¡Carajo! Oye, ¿qué te pasa? A un superior no se le habla.
En ese momento, Ryu Eun-seok, de la nada, cruzó los brazos en «X» y se quitó el polo de un tirón. El polo de la facultad voló frente a mis ojos tapándome la vista.
Dudé por un segundo si debía cerrar los ojos, pero por suerte llevaba un polo blanco de manga corta debajo.
Antes de darme cuenta, el polo verde de Ryu Eun-seok ya estaba cubriéndome los muslos como si fuera una manta.
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