Registro de Campus - 14
—¿Hong… quién?
Como era de esperarse, el delegado de la facultad no tenía ni idea de quién era Hong Sang-hee. Para «ayudarlo», Kim Do-wan se tomó la molestia de levantarse y señalarme con el dedo.
—Esa chica de lentes.
—Ah, ¿es cachimba?
Song Hyuk-jun se me acercó con cara de duda. No tenía la más mínima idea de que yo era una superior que ya iba por su cuarto año en la universidad, contando el tiempo que estuve fuera por el intercambio de idiomas.
—¿Alguna vez has corrido en postas?
Hasta que terminé la secundaria, el último tramo siempre me tocaba a mí. Pero Kim Do-wan no me recomendó porque supiera eso; lo hizo simplemente para fregarme, para ponerme en una situación incómoda por pura piconería.
Yo solo negué con la cabeza sin decir nada. Song Hyuk-jun, sudando frío, volteó a ver a Kim Do-wan con una mirada de reproche, como diciendo: «¿Por qué sales con estas bromas cuando necesito conseguir a alguien urgente?».
—¿Tú no sabes lo rápida que es ella?
Pero parecía que Kim Do-wan no pensaba dar su brazo a torcer.
—Me sacó de la lista de la exposición y se largó apenas terminó la clase. Oye, tuve que correr como un loco para alcanzarla. Tú me viste, ¿no? ¿Viste cómo bajé las escaleras a toda m…?
El rencor de ese tipo era increíble. Estaba tan cegado con su venganza que era capaz de soltar semejantes mentiras con una concha impresionante.
—Hong Sang-hee es el primer puesto de nuestra facultad. Ya regresó de su intercambio, así que, Min-ho, prepárate para decirle adiós a tu beca este año.
Me pregunto si Kim Do-wan se dará cuenta de que ahorita mismo se ve como el típico villano de relleno, todo patético.
—Por eso, recomiendo a Hong Sang-hee, que es buena tanto en el estudio como en el deporte.
El tipo levantó el puño de repente y puso una voz solemne fingida. En lugar de hacer eso, mejor debería controlar la comisura de sus labios, que no dejaba de temblar por las ganas de reírse.
El ambiente dentro de la carpa se puso pesado. Cualquiera con dos dedos de frente se daba cuenta de que Kim Do-wan me estaba lanzando a los leones con mala intención.
Sin embargo, nadie aquí iba a sacar cara por mí ni a señalar lo que estaba pasando. No era como en los trabajos grupales, donde los que buscan sacarse un 20 me llaman desesperados por mi nombre.
Así que tenía que salir de este lío por mi cuenta.
Tenía que decidir: o le paraba el macho a Kim Do-wan mandando el ambiente al diablo, o me tragaba la burla y salía huyendo de ahí.
El corazón me latía a mil. Sentía que el calor me subía por el cuello. Mis ojos, sin un punto fijo, vagaban por el aire. Seguramente en unos segundos mi cara se iba a poner roja como un tomate.
—¿Qué pasa?
Pero antes de que pudiera abrir la boca, una voz grave y conocida se escuchó detrás de Kim Do-wan. Los atletas que llevaban chalecos verdes regresaron a la carpa, parece que ya habían terminado de armar su estrategia.
—¿Pasó algo?
Ryu Eun-seok miró a su alrededor, notando la vibra extraña que había en la carpa. Su mirada se detuvo en Hong Sang-hee, que estaba ahí sentada sin saber qué hacer. El entrecejo se le frunció ligeramente.
—Ah, es que la delegada Yeeun se siente mal y estamos buscando a alguien que la reemplace en las postas.
Alguien le explicó la situación a Ryu Eun-seok.
—¿Y?
—Es que Do-wan recomendó a esa… chica.
La mirada de Ryu Eun-seok volvió a caer sobre mí. Como es un tipo pilas, seguro se dio cuenta de la jugada al toque. Después de haber visto a Kim Do-wan escupiendo y pateando casilleros, era imposible que no lo supiera.
Por eso, no quería ni imaginar qué estaría pensando él. No quería ver en sus ojos ni lástima, ni ganas de reírse, ni incomodidad. No quería ver nada.
Evité mirarlo a los ojos y me quedé viendo el césped sintético que brillaba con un verde intenso afuera de la carpa. Mientras pensaba intensamente en cómo devolverle la jugada a Kim Do-wan, me mordí el labio inferior con nerviosismo.
—Entonces, ¿todos están presionando a Sang-hee?
En medio del silencio, la voz de Ryu Eun-seok resaltó.
—¿Ella dijo primero que quería hacerlo? ¿O es que Sang-hee se volvió deportista calificada y yo no me enteré?
Ryu Eun-seok miraba fijamente a Kim Do-wan. Tenía esa sonrisa ligera de siempre, pero su mirada era tan afilada que no transmitía ni un poquito de calidez.
—¿Desde cuándo te volviste el vocero de Sang-hee, Do-wan?
—No, no es eso. Si no quiere, no tiene que hacerlo. No es obligación. La idea es que todos nos divirtamos en las Olimpiadas.
dijo Song Hyuk-jun, tratando de calmar las aguas al sentir el ambiente tan gélido.
—¿Y ustedes dos desde cuándo son tan amigos?
Pero parece que Kim Do-wan no tenía la más mínima intención de calmar las aguas.
—Oye, por ahí corre el chisme de que te peleaste con Tae-hyun, ¿y ahora paras de arriba abajo con Hong Sang-hee? No me digas que están saliendo, ¿no?
La risa de sobrado que soltó Kim Do-wan era totalmente distinta a la actitud de chivato que puso hace diez días frente al casillero. Seguro era por lo mismo que el grupo de Park Tae-hyun ahora miraba por encima del hombro a Ryu Eun-seok.
—Oye.
Un sonido como un suspiro burlón escapó de los labios de Ryu Eun-seok. Por la forma en que torció la boca, era una risa de puro desprecio.
—Ya tienes veintisiete años, ¿y sigues jugando al «bacán» de la universidad?
—¿Qué dijiste?
Kim Do-wan se paró de su silla y se fue encima de Ryu Eun-seok.
—Oye, tú, a un superior no se le habla con esa concha…
—Yo lo haré.
Saqué valor y hablé. Pero mi voz no llegó ni a Ryu Eun-seok ni a Kim Do-wan. Solo el delegado, que estaba parado justo al frente mío, logró escucharme.
—¿Eh? ¿Sang-hee, tú lo vas a hacer?
Menos mal que Song Hyuk-jun tenía una voz potente, de esas que se necesitan para liderar un grupo. Su grito hizo que todas las miradas, que estaban concentradas en esos dos tipos, giraran hacia mí.
—Ah, ya, genial entonces. Te anoto como la tercera posta. Oye, en serio, gracias. No me voy a olvidar de este favorazo.
El delegado salió disparado hacia la mesa de control antes de que me arrepintiera. Solo entonces, el silencio de la carpa empezó a llenarse otra vez con el murmullo de la gente.
—Vaya, Sang-hee, qué valiente. Ya quiero ver qué tal lo haces.
dijo Kim Do-wan, que hace un segundo estaba a punto de agarrar a Ryu Eun-seok de la camisa y ahora aplaudía lentamente, recuperando su aire de sobrado.
Yo me puse mi máscara de indiferencia y me puse a ver el celular. No hay nada mejor que ver fotos de pandas para calmar los nervios.
Ryu Eun-seok se sentó a mi lado, pero yo no levanté la cabeza.
Sabía que él había intentado ayudarme. Apenas olió que me estaban acorralando, sacó cara por mí sin importarle quién lo miraba. Se arriesgó a malograr más su relación con los otros, además de lo que ya tenía con Park Tae-hyun.
De solo imaginarme lo tonta que debió verse mi cara desde donde él estaba, me moría de la vergüenza. Quería que me tragara la tierra. Quería alejarme de él y estar sola un rato.
Además, me arrepentía de haberme ofrecido para las postas. Si me hubiera quedado callada, Ryu Eun-seok me habría sacado del apuro. Me sentía una tonta por no haber aguantado la piconería del momento y haber caído redondita en la trampa de Kim Do-wan, desperdiciando la mano que él me tendió.
Y… también estaba agradecida.
Tenía ganas de cerrarle el pico a Kim Do-wan, pero también lo hice porque no quería que Ryu Eun-seok se metiera en más problemas por mi culpa. No quería que sus amistades se arruinaran por mí.
Él es de los que odian comer solos. Aunque tener un par de enemigos más no iba a tumbar su popularidad, después de haberlo visto tan feliz rodeado de amigos, no podía dejar que se metiera en broncas por mí.
—Si no quieres, dilo ahorita.
la voz baja de Ryu Eun-seok me llegó al oído. Mi dedo, que estaba pasando fotos de pandas, se quedó tieso.
—Yo hablo con Hyuk-jun. No es difícil conseguir a otra persona.
Aunque nadie se ofreció por los premios que el delegado prometió, si Ryu Eun-seok soltaba una de sus sonrisas, le lloverían chicas dispuestas a correr. Podría haberme hecho la loca y dejarle todo el muerto a él.
Pero la bronca con Kim Do-wan era mía. Yo misma decidí aguantar su mala leche desde el momento en que, antes de la exposición, borré su nombre de la primera diapositiva del PPT.
Tengo que verle la cara a ese pesado todo este año, así que no podía dejar que otros resolvieran mis problemas.
—Oye, yo sí corro.
Aunque no parezca, en la primaria hasta me quisieron jalar para el equipo de atletismo. En el colegio nunca tuve que preocuparme por mis notas en educación física.
—¿Tú eres la cuarta posta?
le pregunté. Él asintió en silencio.
—Tú solo recibe bien el testimonio que te voy a dar. No te preocupes por nada.
Lo miré con un poco de recelo y luego volví a bajar la vista al panda de mi pantalla.
Sentía su mirada clavada en mí desde el costado. De pronto, sentí como si me hubiera dado alergia; la piel me picaba y la nariz me hincaba. Tenía unas ganas locas de estornudar. Ese calor rojo que debió salirme cuando todos me miraban hace un rato, recién ahora se me estaba subiendo a los pómulos.
Después de las finales de básquet y fútbol, hasta del juego de jalar la soga, por fin llegó el momento de las postas. Administración y Economía estaban empatados en el primer puesto, y los alumnos, ya con la sangre en el ojo por ganar, hasta habían tenido algunos roces fuera de la cancha.
Cuando me dieron el chaleco verde y pisé la pista roja, sentí que la garganta se me cerraba. Como era la última competencia, todos salieron de las carpas y se sentaron en el pasto sintético para gritar y alentar a todo pulmón.
Sentía miradas de curiosidad por todos lados. Estaba tan nerviosa que hasta me costó amarrarme bien el pelo; mis manos no me hacían caso.
«Ay, m…, ¿para qué me metí en esto?». Los ánimos que tenía al principio se esfumaron. En ese momento, solo quería salir corriendo a mi cuarto en la residencia.
—Primera y tercera posta aquí; segunda y cuarta esperen allá.
indicó el animador.
Ryu Eun-seok parecía querer decirme algo, no me quitaba la vista de encima, pero al final dio media vuelta un poco tarde. Vi su espalda ancha cruzar el campo mientras recibía los ánimos de la gente.
Con la mano temblando, me quité los lentes.
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