Registro de Campus - 10
Celular cargado al cien por ciento, audífonos, un poncho impermeable que me cubría hasta las pantorrillas, botas de lluvia, barras energéticas para no cansarme y, por si las moscas, mi cargador portátil. Mi plan para irme directo a Yongin después de mis clases de la mañana estaba perfecto.
Fui la primera en salir del salón y caminé rápido, esquivando a la gente. Todo iba viento en popa, hasta que alguien me agarró del codo en la entrada de la facultad de administración.
—¿A dónde vas?
Ryu Eun-seok se me plantó al frente. Estaba solo. Hace un rato vi pasar a la mancha de Park Tae-hyun, así que parece que de verdad están llevando cursos distintos.
—A Everland.
respondí cortante mientras zafaba mi codo de su agarre.
—¿Ahorita? Pero si está lloviendo fuerte.
—Días así es cuando hay menos gente.
—¿Vas sola? ¿Crees que funcionen los juegos con este clima?
—No voy por los juegos.
Traté de seguir mi camino, dejando ahí a Eun-seok con su cara de duda.
—Ah, ya sé. Ahí viven los pandas, ¿no? A ti te encantan.
Eun-seok dio con la respuesta más rápido de lo que pensé. Me sorprendió que se diera cuenta tan rápido, así que me detuve sin querer y lo miré fijo. Hacía tiempo que nadie notaba mis gustos sin que yo tuviera que decir nada.
—¿Puedo ir yo también?
—Haz lo que quieras.
Si quería ir, era su rollo; yo no soy la dueña del parque para decirle quién entra y quién no.
—Entonces vamos en mi carro.
—¿Quieres que vayamos juntos?
En un día de lluvia, no hay mejor opción que ir en auto. Pero me daba una flojera enorme tener que ir de copiloto y verme obligada a darle conversación todo el camino hasta Yongin.
—Sí. Yo también quiero ver a los pandas.
Eun-seok sonrió de esa forma tan bonita que tiene, achinando los ojos. Su cara se veía tan inocente, sin ni una gota de malicia, que por un momento entendí por qué tanta gente siempre termina cediendo con él.
Ese desprecio con el que lo traté hace dos días se escondió bien al fondo, sin dejar ni rastro. Después de lo que pasó, lo normal sería que estuviéramos en un plan incómodo, pero como él se acercó como si nada, no me dio tiempo de hacerme la difícil.
—¿Y tu clase?
—No tengo.
mintió descaradamente. Qué cínico, si acaba de venir a la facultad de administración para su clase. Su curso empezaba en tres minutos, pero él estaba ahí, lo más fresco, como si no tuviera nada que hacer.
Si fuera mi amigo, le diría: ‘A ver, enséñame tu horario’, pero como es alguien que está fuera de mi círculo, no tengo derecho a reclamarle nada. Es su nota, él verá lo que hace. Además, él mismo dijo que puede seguir en la universidad, así que no creo que le urja una beca.
—Tú ya has ido antes a ver a los pandas, ¿no? Entonces guíame, que yo soy nuevo en esto.
Eun-seok me pidió que fuera su guía con toda la concha del mundo.
—Anda tranquila en el carro. Si quieres te vas durmiendo atrás y no te digo nada, de verdad.
Eso me tentó. Si era así, podía irme todo el viaje sin decir ni ‘miau’ y no quedaría como una maleducada. Total, él ya sabe de sobra que yo no soy la persona más amable del mundo.
¿Irme con un compañero medio incómodo estirando las piernas, o irme apretada entre la gente en un bus por dos horas, haciendo trasbordos bajo la lluvia?
Si elegía lo primero, llegaba más rápido a ver a los pandas.
—Ya, está bien.
Después de pensarlo mucho, solté esa respuesta corta. Eun-seok sonrió de oreja a oreja y, como si hubiera estado esperando el momento exacto, abrió su paraguas con fuerza. Las gotas de agua salieron volando del plástico negro. Luego, estiró su brazo hacia mí.
—Vamos.
Yo abrí mi propio paraguas de tres tiempos. La tela celeste se abrió, dejando apenas el espacio justo para que pasara una persona.
—Ah, tenías paraguas.
Eun-seok salió de la facultad un poco palteado. Yo lo seguí, clavando la mirada en la parte de atrás de sus zapatillas, que se notaba que eran carísimas. Entre que el chico vive en la residencia pero tiene carro, que siempre anda vestido con ropa que huele a plata, no había ni una prueba de que su familia estuviera en quiebra.
Su famoso carro alemán estaba cuadrado en el estacionamiento que queda entre la facultad y el pabellón de alumnos. Caminar desde la residencia toma menos tiempo que buscar sitio para parquear, pero se nota que Eun-seok no piensa soltar ese carro por nada.
Bueno, gracias a eso hoy me voy cómoda hasta Yongin, así que no lo voy a juzgar.
Cuando nos acercamos, el carro hizo pi-pbi y se destrabó. Él no fue directo al asiento del conductor, sino que primero me abrió la puerta del copiloto. Ante tanta caballerosidad, hasta me dio cosa subirme con mi paraguas todo chorreando.
—Gracias.
Murmuré el agradecimiento y cerré mi paraguas con cuidado. En ese ratito, unas gotas me cayeron en la cabeza, pero al toque sentí que el paraguas negro de él me cubría.
A Ryu Eun-seok no parecía importarle si se le mojaba la mochila; se quedó ahí cubriéndome hasta que me metí por completo al carro. Recién cuando me acomodé en el asiento y me saqué la mochila, él cerró la puerta.
Me quedé mirándolo mientras daba la vuelta al carro. Ahora entiendo que no era solo porque fuera ‘guapo’ que todas las chicas andaban suspirando por él cuando estaba en el servicio militar. Con esa caballerosidad que se maneja, es obvio que cualquier otro chico les va a parecer poca cosa.
Él subió al carro y tiró su mochila al asiento de atrás. Su brazo, que se veía bien firme, pasó justo por el medio de los dos asientos. En ese momento, sentí un olor que nunca antes había notado. Era un perfume suave, mezclado con ese olor a tierra mojada de la lluvia.
—Dame tu mochila también.
Eun-seok intentó agarrar mi mochila que tenía en las piernas, pero yo la sujeté con fuerza.
—No, tranqui. Estoy bien.
Cuando estoy en una situación que no conozco, necesito tener algo encima de las piernas para sentirme segura. Sobre todo para esconder mis manos, que siempre están inquietas; para eso, nada mejor que la mochila.
Él no insistió y se puso a marcar la ruta en el GPS. No pude evitar fijarme en su muñeca ancha y en sus dedos largos que resaltaban bajo la manga de la camisa. Me quedé mirando sus venas marcadas y, por debajo de mi mochila, me froté mis propias manos. Las mías estaban liasitas, no se sentía nada.
—Hace un siglo que no voy por allá.
Seguía embobada mirando cómo movía el timón hacia la izquierda.
—La última vez fue con mis amigos cuando terminamos la secundaria. Estábamos tan pilas que ni sentimos el frío.
Tenía la mano izquierda en el timón y el codo derecho apoyado en la consola, entre los asientos. Se le veía tan relajado manejando que me dio confianza de que no íbamos a tener problemas con la lluvia.
—¿Y tú qué hiciste cuando terminaste el colegio?
Recién ahí levanté la mirada hacia su cara. El carro ya estaba saliendo de la zona de la universidad, metiéndose con maña entre el tráfico de la avenida.
—Me fui a un buffet.
—¿Con quién?
—Con mis papás.
Cuando me miró de reojo, traté de buscarle alguna señal de lástima en los ojos. Estaba lista para saltarle al cuello si se le ocurría soltar algún comentario tipo: ‘Ala, ¿no saliste con amigos ese día?’.
—Qué rico, de ley comiste bien.
Pero Eun-seok solo soltó una sonrisita. Volvió a mirar al frente y en su perfil no había ni rastro de burla o de que me estuviera mirando por encima del hombro.
Fue ahí que me choqué con mi propio complejo de inferioridad.
Le tengo envidia a Ryu Eun-seok.
Me da envidia que naciera con todas las armas para que la vida le sea fácil, que tenga esa seguridad para ser amable con todo el mundo sin distinciones, que no tenga que andar dándole mil explicaciones a la gente para convencerse de que ‘estar solo es mejor’.
‘¿Nunca te sentiste mal por no tener amigos?’
A él se lo negué, pero la verdad es que estar sola sí es una vaina a veces.
Me enteré de que estaban repartiendo los casilleros en la facultad cuando ya se había pasado la fecha. Nunca en mi vida he visto un balotario o los exámenes pasados que se rotan entre patas.
Me sentía incómoda cuando me cruzaba con la gente con la que paraba en primer ciclo y luego me distancié. Y cuando veía a los que se habían hecho íntimos después de un viaje de la facultad, me ponía los audífonos y le subía todo el volumen para no escuchar sus risas.
Cada vez que me resfriaba por el cambio de clima y me quedaba sola en la cama de la residencia, me sentía recontra triste. A mi mamá le decía por teléfono que estaba bien, que ya había ido al médico, pero por dentro me moría de ganas de estar en mi casa y que me consientan un poco.
‘Enséñame cómo andar solo en la universidad’.
Por eso, cuando él me pidió ese favor casi llorando, sentí una superioridad tonta.
‘Ya ves, al final la vida se camina solo. Hasta el gran Ryu Eun-seok se quedó solo. Yo tenía razón’.
Yo me mataba tratando de demostrar que estaba bien así, pero Eun-seok no necesitaba demostrar nada. Él simplemente no entendía lo que era ser un ‘marginado’, pero no por eso te miraba menos.
Incluso esa respuesta tan natural, sin segundas intenciones, demostraba lo seguro que se siente. Y eso me daba envidia.
—¡Oye, no hay nada de tráfico! Ojalá no haya mucha gente para que veas a tus pandas tranquila.
Eun-seok movió los dedos con ritmo mientras entrábamos a la autopista. Se le veía feliz de haberse tirado la pera para irse a un parque de diversiones en un día de lluvia. Al verle esa cara de emoción que no podía ocultar, a mí también se me escapó una media sonrisa.
Decidí ser honesta conmigo misma: no me sentía incómoda en este carro. Ir con Ryu Eun-seok no estaba nada mal.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com