Perros entre rosas marchitas - 9
—Ricardo, ¿debería ir por un cura? ¿O mejor vamos a la iglesia, confesamos nuestros pecados y rezamos: «Por mi culpa, por mi culpa»? ¿Quieres que entremos juntos al confesionario?
—¿Por qué diablos haría eso contigo?
—Entonces, ¿por qué me interrogas así? Te lo he dicho mil veces: esto no habría pasado si ellos no se me hubieran acercado primero. No es como si yo anduviera por ahí rogando atención, goteando miel, pidiéndoles que vengan. Vinieron a mí porque quisieron. Mira a las abejas y las mariposas: encuentran las flores aunque nadie las llame. Trabajan duro y, cuando el trabajo termina, mueren limpiamente. Es lo mismo. Russo solo tuvo la mala suerte de que su hora le llegó un poco antes.
—¿De qué demonios hablas? ¿Abejas y mariposas?
Ricardo se frotó la cara con cansancio, diciendo que ya había perdido la cuenta de cuántas veces se había quedado sin palabras, eso que ni siquiera pasaba de la hora del almuerzo del lunes.
—Si hubieras sido lo suficientemente estúpida como para dejarte engañar, te habría gritado por eso.
—¿Y cuándo no me has gritado, Ricardo? Actúas como si yo fuera el problema aquí.
—Eso es porque no crees que hayas hecho nada malo.
—No lo hice.
—Voy a perder la cabeza….
—¿No has leído las noticias últimamente? No es ilegal preparar el escenario para alguien que claramente tiene la intención de cometer un delito y luego esperar a que realmente lo haga. No es una trampa. Los tipos de la Oficina Federal hacen esa clase de jugadas todo el tiempo, ¿por qué yo no puedo?
—Debí haberte criado como investigadora.
—¿A mí? Ni en broma digas eso.
Incluso Erkin estaba calladamente horrorizado por los absurdos disparates de Berenice. Desde su lugar como espectador, solo podía suspirar para sus adentros. Si solo escucharla era así de agotador, no podía imaginar cómo se sentía Ricardo. Puro floro y nada de sentido, de verdad….
Mirando el artículo de la reurbanización y las fotos de Russo Gucci con un poco menos de interés y mucho más cansancio que antes, Ricardo eligió una de las tomas casi idénticas y se la quedó, devolviéndole el resto a Berenice.
—Parece que Russo todavía tuvo suficiente juicio para no llevarse más dinero de los cupos.
Mencionando el último reporte de Emilio Ramaro, el Underboss, Ricardo insinuó sutilmente que al menos eso era un pequeño alivio. Pero Berenice, frunciendo el ceño, le retrucó con dureza.
—¿Estás seguro de eso?
—¿A qué te refieres?
—Si tuviera un gramo de juicio, no habría hecho algo así para empezar. Su supuesto instinto claramente murió a mitad de la evolución.
Ricardo ni siquiera pudo discutir; ella tenía razón.
Entonces, de la nada, preguntó:
—¿Y qué hay del tal Bridgent?
—¿Brian? ¿Comparado con Russo? Bueno……
—Elige bien tus palabras, Berenice.
—….
—Piensa antes de hablar.
El tono de Ricardo llevaba una advertencia pesada. Berenice, que estaba a punto de responder con ligereza como de costumbre, se quedó helada de repente.
La mirada de Ricardo mientras preguntaba por la verdadera identidad y motivos de Brian —a quien ella había conocido incluso antes de terminar con Russo— era lo suficientemente fría como para dejar el aire seco. Hasta ahora, él había tolerado sus excusas vagas, pero esa paciencia claramente se había agotado.
Era la clase de expresión que decía que ya había aguantado las payasadas de su hermana menor por suficiente tiempo, que la siguiente palabra equivocada podría hacer que agarrara una escopeta y saliera disparado.
Berenice tragó saliva, sintiendo la tensión treparle por la espalda. Detrás de ella, Erkin se movió instintivamente como para protegerla, pero Berenice, recuperando la compostura, ofreció su explicación un momento más rápido.
—Brian no es así. Lo juro. Y no lo digo porque parezca que vas a volarle la cabeza, sino porque es verdad. Russo planeaba usarme y dejarme seca, pero Brian fue diferente. Al menos con él fue mutuo. Ambos sacamos algo. Así que relaja la cara.
—¿Mutuo? ¿En qué sentido?
La expresión de Ricardo se oscureció peligrosamente, Berenice, dándose cuenta de su metida de pata, se giró hacia Erkin buscando ayuda.
Dada la situación, ella claramente pensaba que él era su único aliado posible, pero desafortunadamente, frente a Ricardo, Erkin no era muy diferente a ella. La única ventaja que Berenice tenía era que era su hermana. Erkin ni siquiera era de su sangre.
—Entonces, Lockwood también intentó usarte.
—Bueno… es complicado. Técnicamente, él dio el primer paso, pero yo fui la que sacó la mejor parte. La información de la reurbanización vino de Brian.
—¿Te lo dijo por voluntad propia?
—Bueno, no exactamente. Solo resultó que me enteré. Por casualidad.
—¿Por casualidad?
—Por casualidad. Conversando.
Seamos honestos: los únicos involucrados en esa conversación fueron los hermanos Lockwood. La pregunta afilada de Ricardo no tardó en llegar, pero Berenice no respondió. No tenía problemas en jactarse de poner micrófonos frente a Erkin, pero no se atrevía a decir lo mismo frente a Ricardo.
Al notar sus labios apretados con firmeza, Erkin decidió confesar por ella. El derecho a guardar silencio solo servía frente a los investigadores, quedarse callado aquí no iba a solucionar nada.
—La señorita escuchó a escondidas la conversación de los hermanos Lockwood.
—¡Oye, tú…..!
Sobresaltada, Berenice se levantó de su asiento de golpe, completamente descolocada por la confesión de Erkin. Su cuerpo se tambaleó peligrosamente y, justo cuando sus tacones aguja —zapatos que casi nunca usaba— fallaron al soportar su peso y perdió el equilibrio, Erkin la sujetó del brazo y la cintura, levantándola sin el menor esfuerzo.
Fue por un pelo.
Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos, aunque la sorpresa duró solo un segundo, Erkin se quedó congelado otra vez, impactado por el rostro de Berenice llenando por completo su campo de visión.
Era una mujer a la que siempre había visto a medias: sus ojos bajos revelaban poco más que fragmentos de su expresión.
Estaba acostumbrado a quedarse en un punto donde la mirada de ella no llegaba, observando en silencio la coronilla de su cabeza o el rabillo de sus ojos desde lejos. Y cuando sus miradas se cruzaban por casualidad, él siempre desviaba la vista primero, fingiendo que no se había dado cuenta, temeroso de lo que podría pasar si lo hacía.
Incluso hubo veces en que ella le sonrió —brillante, casual— y él le dio la espalda como si se hubiera quemado, ignorándola.
Había sido igual desde que se reencontraron. Ayer en el almuerzo, o luego en el penthouse cuando ella lo llamó. Se habían cruzado miradas incontables veces desde que se convirtió oficialmente en su guardaespaldas, pero ni una sola vez la había mirado de verdad.
Se decía a sí mismo que era un reflejo instintivo, la evitación natural de un hombre cargado de secretos. Era más fácil creer eso que preguntarse el porqué.
Sin embargo….
Encontrarse de pronto cara a cara con ella, incapaz de apartar la vista, lo dejó extrañamente aturdido. Hacía mucho tiempo que nada lo sorprendía así.
En fin. Aliviado de que Berenice no se hubiera torcido el tobillo, la respiración de Erkin se fue calmando hasta volverse un susurro. No quería ser consciente de ello, pero era la primera vez que se enfrentaban de forma tan abrupta, estaban demasiado cerca.
Demasiado cerca.
Erkin miró hipnotizado los ojos de Berenice, ahora tan próximos que podía ver cada detalle, desde las pupilas dilatadas hasta el aleteo de sus espesas pestañas.
Siempre supo que sus ojos eran de un verde profundo, pero de cerca, llamarlos simplemente ‘verdes’ se sentía insuficiente. Solo verlos no bastaba. Buscando la descripción adecuada, sus ojos se entrecerraron ligeramente.
Era como el color de la hierba madura en su punto máximo. O el verdor empapado después de una noche de lluvia intensa.
Ese tono le recordaba a las rosas marchitas y a la exuberancia del inicio del verano, todo mezclándose para mantener su mirada cautiva. El tenue y dulce aroma que rozaba su nariz despertó algo inquieto en su interior, cuando su garganta se movió con un trago seco, Berenice se sobresaltó. Se tapó la boca con la mano y le dio hipo.
Un hipo pequeño, casi tonto, escapó de sus labios, mientras ella se removía ligeramente en sus brazos, Erkin finalmente se dio cuenta de que todavía la estaba sosteniendo. La bajó con cuidado, como si no hubiera pasado nada.
Una vez que sus tacones tocaron el suelo, se aseguró de que estuviera firme antes de soltar lentamente su cintura. Pero antes de que pudiera dar un paso atrás, una voz seca y nada impresionada intervino desde un lado.
—Ustedes dos se ven bien íntimos. ¿Quieren que les dé su espacio?
Ricardo, con la barbilla apoyada en la mano, los miraba con una expresión que decía: ‘¿Qué diablos están haciendo ustedes dos?’. Arreglándose la ropa a toda prisa, Berenice respondió de inmediato.
—¿Íntimos? Qué hablas. ¿Estás loco?
—Cuida tu boca. ¿Quién te mandó a usar tacones tan altos? Supe que serían un problema desde que entraste. Ahora siéntate y deja de hacer el ridículo.
Tratando de ocultar su vergüenza, Berenice apretó los labios y se volvió a sentar frente a Ricardo.
—Entonces, ¿me estás diciendo que escuchaste a escondidas?
¿Y de la conversación de los hermanos Lockwood, nada menos? La mirada penetrante de Ricardo preguntaba qué demonios estaba pensando, por qué había llegado al extremo de meterse no solo con un abogado, sino con un senador reelecto. Bajo esa mirada gélida, Berenice bajó la vista.
—No fue a propósito. De verdad no pensé que pescaría algo así. Solo quería averiguar por qué Brian se me había acercado en primer lugar.
—¿Y? ¿Qué sacaba él de todo esto?
—… Quién sabe. Honestamente, ni yo estoy segura. Dijo que su hermano le dijo que me conociera, pero que resultó que yo era más interesante de lo que esperaba.
Berenice se rascó la barbilla, resumiendo la conversación que había escuchado de la forma más concisa posible, aunque ni ella misma la entendía del todo. Ricardo frunció el ceño ligeramente, imitando la expresión de su hermana.
—¿Dijo que eres interesante? ¿Cómo así?
—Exacto. ¿Acaso solo mirarme la cara ya es ‘interesante’?
—….
Ricardo soltó un suspiro profundo desde el pecho, de esos que queman como el humo. Luego miró de reojo a Erkin con una cara de: ‘¿Tú le encuentras sentido a esto?’.
Antes de que la mirada de Ricardo aterrizara, Erkin bajó la vista rápidamente, fingiendo estar ocupado con otra cosa. ¿Por qué el jefe siempre tenía que mirarlo en momentos así, haciendo las cosas más incómodas?
Berenice, acariciando su ‘cara interesante’, finalmente soltó la duda que la carcomía.
—Yo también tengo curiosidad, pero ¿cómo voy a saberlo? Sí, me invitó a salir con algún motivo, pero sigo sin captar cuál era. Pensé que quizás quería un asiento en la mesa con el Senador Lockwood y los ejecutivos de la Familia, pero no parece ser eso tampoco.
—Probablemente no.
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