Perros entre rosas marchitas - 8
—¿Lo sabías y aun así les pusiste micros?
—Otra vez. Cuida tu tono.
Su respuesta fue rápida, pero a diferencia de ayer, no sonaba del todo seria. Quizás sentía un poquito de culpa por haber grabado a un senador y a su hermano abogado sin pizca de miedo ni pensamiento en las consecuencias.
Mientras Erkin se lamentaba internamente por no poder grabar esta confesión involuntaria, Berenice siguió hablando sin darse cuenta de que estaba soltando todo el ‘fuego’.
—Relaja esa cara, ¿quieres? No es como si yo fuera la directora de la Oficina Federal de Seguridad, poniendo micros para sacar trapos sucios o chantajear gente. ¿Qué hice de malo? Solo compré el terreno que otro iba a comprar primero, eso es todo. Ni siquiera está grabado. Y no lo compré a mi nombre.
—O sea, que solo te aseguraste de no dejar ninguna prueba incriminatoria.
—Obvio. ¿A quién más iba a proteger? ¿Tengo cara de contadora que respeta la ley?
Dios mío. ¿Acaso eso era algo de lo que sentirse orgullosa?
Sintiendo que le empezaba a punzar la cabeza, Erkin se presionó la frente con los dedos.
—No parecías muy apegada a Brian Lockwood. ¿Enredarte legalmente con un abogado también cuenta como parte de tus intenciones ‘sinceras’?
—De verdad que usas demasiado esa palabrita.
Berenice hizo una mueca de desprecio, burlándose de sí misma por haber hablado más de la cuenta.
—¿Y qué piensas hacer ahora?
—¿Tú qué crees? Primero, tengo que encontrar a Russo y encargarme del distrito donde se robaron la plata. No puedo cobrarles dos veces a los mismos negocios.
Ahora fue el turno de Berenice de masajearse la sien como si intentara espantar el dolor de cabeza. Al ver su expresión visiblemente agotada, Erkin desarrugó el artículo del periódico sobre el escritorio.
Así que a eso se refería con lo de esparcir información falsa.
Especulación de terrenos.
No se había imaginado que el asunto fuera de ese calibre.
Russo Gucci, que no tenía plata para comprar terrenos tan grandes por su cuenta, debió agarrar el dato de la reurbanización y ofrecérselo a la Familia Marino a cambio de una tajada. O quizás planeaba usar ese ‘favorcito’ para ganarse un puesto en la Familia.
Pero como la información era bamba, Vincenzo Marino terminó comprando tierras que no valían nada y, naturalmente, su furia se volcó contra Russo, que fue quien le pasó el dato. Marino era el tipo de hombre que perseguiría a Russo hasta por el último centavo gastado en el Distrito 5, pero Russo no tenía de dónde sacar para devolverle.
Aun así, eso no lo justificaba. ¿Pensar que su solución era robarle los cupos a los Valentiera y fugar? No es que al tipo le sobraran vidas. Incluso ahora, Erkin no podía creer lo demente que era ese sujeto.
Tamborileando los dedos contra el escritorio casi con ritmo, Berenice, tras pensarlo mucho, levantó el teléfono.
—¿Aló? Soy yo, Berenice. ¿Está Ricardo? No, está bien, no necesito hablar con él directamente. Solo dile que mande a todos los soldatos y picciottos que puedan moverse ahorita mismo para encontrar a Russo Gucci. Yo misma estoy saliendo, así que explicaré los detalles cuando llegue a casa. Solo haz que salgan ya. Sí.
En el momento en que colgó, casi tirando el auricular, Berenice se puso de pie de un salto.
—Vámonos. Pensaba pasar por allá pasado mañana, pero parece que tendré que adelantar los planes.
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—Repite eso.
—Russo se robó parte de los cupos de este mes de mi distrito.
Incluso después de escucharlo dos veces, Ricardo frunció el ceño como si la frase todavía no tuviera sentido. Era una reacción con la que Berenice ya estaba familiarizada.
—¿Tú misma se lo entregaste?
—Ricardo, ¿estás demente? Trata de usar el cerebro antes de hablar.
—Mira quién lo dice. Si no se lo diste tú, entonces por qué ese infeliz de Russo querría….
¿De verdad estaba sugiriendo que tenía más lógica que Berenice, cegada por el amor, le hubiera entregado la plata de la Familia Valentiera por voluntad propia, antes que la posibilidad de que Russo la robara usando su nombre?
‘Hermanos… Definitivamente piensan distinto al resto del mundo’.
Al ver la reacción de Ricardo, Erkin se dio cuenta de lo verdaderamente descabellada que había sido la jugada de Russo Gucci. Rodeado de lunáticos por todos lados, Erkin solo pudo sacudir la cabeza internamente mientras Berenice le entregaba a Ricardo el mismo artículo de periódico que le había mostrado antes.
—Yo también he leído esto. ¿No dijiste que estabas comprando esta zona?
—A Russo le dije que era el Distrito 5.
—….
—Esa sola frase lo explica todo: la causa y el efecto de cómo terminamos así.
Ricardo cerró los ojos lentamente y los volvió a abrir.
—Vincenzo Marino debe haber gastado una fortuna.
Berenice no lo negó. Sacó un sobre marrón de su maletín y lo puso encima del recorte de periódico. Era el mismo tipo de sobre que había sacado de debajo del gabinete ayer.
—Ricardo, ¿te acuerdas cuando dije que no botaran las piezas defectuosas de los camiones frigoríficos?
Ricardo, que se había detenido mientras abría el sobre, se tomó un momento para recordar. Asintió al hacer memoria del reporte que Berenice y el capo a cargo de la fábrica de camiones habían mencionado brevemente.
—Me acuerdo. Se encargaron de eso hace dos meses.
—Ya, bueno, se suponía que debíamos mandarlas a la chatarrera o a una fundición como siempre, pero Russo se las llevó. No, se las robó. El muy tonto pensó que eran piezas en perfecto estado, sin fallas.
Esparciendo las fotos sobre el escritorio, Ricardo levantó la mirada con calma.
—Me gustaría escuchar los detalles.
Camiones frigoríficos. Piezas defectuosas. Era la primera vez que Erkin oía algo de esto, al igual que Ricardo.
—Él estaba mostrando un interés inusual en nuestro almacén logístico, así que les dije a los guardias del Almacén 4, cerca del puerto, que salieran temprano. Hubo un bache de una hora antes de que llegara el siguiente turno. Russo no desperdició la oportunidad.
—¿Y?
—Mañana saldrá un artículo en el Rockbern Times. Dirá que piezas defectuosas programadas para su eliminación fueron robadas del almacén logístico de Puerto Norick. Tras rastrearlas, se descubrió que cruzaron la frontera del estado de Wisconsin hacia otra fábrica de camiones. ¿Y adivina qué? Esa fábrica fue comprada el otoño pasado por un pariente de Vincenzo Marino. Algo por el estilo.
—Entonces, ahora mismo….
—Sí. Si la policía o la Oficina federal se enteran y lo acusan de traficar con bienes robados, Don Marino va a tener un problema serio. Pero lo que es aún más importante es que los camiones hechos en esa fábrica no pueden salir a la venta como productos terminados. Tendrá que cerrar la fábrica de inmediato y pedir la devolución de los camiones que ya tienen las piezas falladas. Será una pérdida gigante, en más de un sentido.
Ricardo, mirando alternadamente a Berenice y la foto de Russo Gucci en su escritorio, preguntó con una expresión un poco aturdida:
—¿O sea que te metiste con Russo solo para esto?
—Sí. Sabía que trabajaba para la gente de Marino. También sabía que Don Marino le tenía envidia al poder de mi hermano y buscaba cualquier oportunidad para dar el golpe.
Ricardo se quedó mudo mientras examinaba cuidadosamente cada foto, tomadas con una precisión que rivalizaría con la de un investigador privado.
—¿Siempre has salido con hombres así?
—¿Pero qué les pasa? ¿Por qué tú y ese tipo me preguntan lo mismo a cada rato?
Abriendo los brazos como si no pudiera creerlo, Berenice señaló hacia atrás, hacia Erkin. Parado en silencio como un espectador al otro lado del río, Erkin levantó ligeramente las cejas. En ese mismo instante, Ricardo frunció el ceño y golpeó el escritorio con la mano, reprendiéndola.
—¿Ese tipo? ¿Ahora Erkin es tu pata? Ten un poco de respeto. Responde bien y no trates de esquivar la pregunta.
Berenice le lanzó una mirada de reojo a Ricardo por defender a Erkin, luego respondió a regañadientes.
—Si con ‘así’ te refieres a salir con hombres con la intención de usarlos, pues sí. Tienes razón.
—Ay, Berenice….
Incluso saliendo con alguien de forma normal se podían armar desastres, pero esto… esto lo superaba. Presionándose la frente con la mano, Ricardo parecía sentir que el cerebro le iba a estallar. Berenice, por el contrario, se limitó a curvar los labios en una sonrisa dulce.
—Trata de entenderme. No faltan hombres que se me acercan con malas intenciones. Tengo mis límites para andar rechazando y espantándolos a todos.
—Fueron varios, ¿no?
—Claro. Debo haberme visto como una presa fácil. Pero eso no es lo que importa ahorita, ¿o sí?
—A mí me importa, así que responde.
—… No hay mucho que decir.
—Si no hay mucho, entonces debería ser fácil de contar. Habla.
—Simplemente significa que les di la atención suficiente para mantenerlos interesados, me divertí y saqué lo que necesitaba. Eso es todo. ¿Hice algo malo?
Berenice se giró para mirar a Ricardo y a Erkin, que estaba detrás de él, preguntando si lo que había hecho estaba bien o no. Tomado por sorpresa, como si de pronto se hubiera convertido en jurado, Erkin miró instintivamente a Ricardo. No lograba entender por qué ella seguía lanzándole chispas de discordia.
—Erkin, ¿por qué me miras a mí? No me digas que estás de acuerdo con Berenice.
—No, jefe.
Ante la respuesta educada y excesivamente respetuosa de Erkin, Berenice soltó una risa corta y seca.
—Ustedes dos se ven bien íntimos. ¿Quieren que les dé su espacio? ¿Quieren que los deje solitos para que conversen?
—Cierra la boca, Berenice. ¿Dar información falsa te parece que fue lo correcto?
—No dejaba de fregarme, así que tuve que tirarle un poquito de comida para que se quedara tranquilo. Además, no puedes estar seguro de la reurbanización hasta que salgan los resultados. Todo el mundo compra terrenos sabiendo que hay un riesgo. No puedes decir que fue información completamente falsa. ¿Quién sabe? Quizás el concejo municipal de Belloc dé permiso para construir un hotel en el Distrito 5.
—¿Y dejar que se llevara las piezas defectuosas?
—Deberíamos haber estado haciendo plata con la leche y el reparto de abarrotes desde antes de que se derogara la Ley Seca. ¿De verdad crees que Marino es el único que le tiene hambre a la tecnología de almacenamiento y camiones frigoríficos de los Valentiera? Aunque no hubiera pasado hoy, tarde o temprano iba a suceder. Nosotros solo nos preparamos antes de que nos pegaran primero… ¿Por qué te estoy explicando esto, siquiera?
Respondiendo a las preguntas de Ricardo una tras otra, Berenice finalmente jaló una silla y se dejó caer. Parecía que ya le dolían los pies por esos tacones aguja que casi nunca usaba.
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