Perros entre rosas marchitas - 7
El horario de Berenice para el día consistía únicamente en trabajar en la oficina y visitar la obra en Wetherford. No había ninguna mención sobre verse con Brian Lockwood. Michele y Andre tampoco habían soltado ni una palabra al respecto.
Preguntándose si habría algo en su agenda que no conocía, Erkin decidió —ya que sus ojos se habían cruzado de todos modos— aprovechar la oportunidad para despejar algunas dudas. Pero antes de que pudiera hacerlo, los labios rojos de Berenice se abrieron lentamente.
—Michele, ¿quieres que maneje yo? ¿O vas a seguir ahí parado?
—Ni lo pienses. ¿Tú, manejando? Por favor.
Sobresaltado porque Berenice alzó un poco la voz mientras mantenía la mirada clavada en Erkin, Michele se apuró hacia el asiento del conductor. Al mismo tiempo, la línea que conectaba los ojos de Erkin y Berenice se rompió.
Como si su mirada hubiera caído junto con ese hilo invisible, los ojos de Erkin bajaron brevemente hacia los zapatos de Berenice mientras ella subía al auto. Le preocupaban. Parece que el sermón de Michele se le había pegado, pero no había nada que pudiera hacer al respecto ahora. Se obligó a mirar hacia otro lado.
‘Si se tropieza, alguien la agarrará’.
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Gracias al hábil manejo de Michele, llegaron antes de que el tráfico de la hora punta bloqueara las calles. Berenice entró en la oficina de contabilidad a la que se había mudado al empezar el año nuevo.
Escaneando la oficina, que era algo espaciosa, los escritorios todavía vacíos de los empleados que aún no llegaban, Berenice dejó caer su abrigo sobre la silla con naturalidad y se giró hacia Erkin.
—Ya te contaron cómo es la nuez cuando trabajo aquí o cuando no hay nada específico, ¿no? Tú, Michele y Andre se turnan en rotación. Decidan entre ustedes y descansen mientras tanto. Hagan lo que quieran con su tiempo libre, vean sus asuntos personales, no me importa. Solo estate de vuelta antes del mediodía; vamos a almorzar juntos y de ahí salimos para Wetherford.
Él ya había escuchado lo mismo de Andre ayer, pero, aparte del tiempo de traslado, el detalle de seguridad era mucho más relajado de lo que esperaba. Mientras se pudiera manejar y despachar a cualquier invitado no deseado que cayera por la oficina, a ella no le importaba tener solo a una persona cerca.
Dándose cuenta de que Michele y Andre básicamente habían estado ganándose la plata fácil, Erkin recogió la pila de periódicos que habían dejado junto a la puerta y se los entregó. Berenice tomó el de encima, el Belloc Tribune, le lanzó una mirada rápida.
—Si quieres leer el periódico, agarra uno.
La mujer de lengua afilada que le había ladrado ayer —ordenándole que se bajara del auto, diciéndole que no le importaba lo que él o Ricardo pensaran, llamándolo arrogante y hablador— no aparecía por ningún lado.
Al menos por hoy, Erkin había decidido aguantar cualquier desplante y dejar que ella se saliera con la suya, pero aun así le costaba ocultar su sorpresa.
‘Esperaba que estuviera insoportable por unos días más. Qué raro’.
La había visto lo suficiente incluso antes de ser asignado como su guardaespaldas, sabía de ella mucho antes de que ella supiera de él. Pero dejando eso de lado… después de lo de ayer y esta mañana, todavía era muy pronto para entender qué clase de persona era. Una cosa, sin embargo, era segura: era impredecible.
A pesar de su apariencia perfectamente pulida, su aura era calmada y contenida. Su mirada fría contrastaba con la sonrisa gentil y encantadora que le daba a todo el mundo menos a Erkin. Actuaba por impulso, siguiendo sus caprichos, pero una vez que rascabas la superficie, siempre había razones que tenían sentido y pensamientos que nunca revelaba y que dejaban a los demás inquietos….
Fascinante, en verdad.
Observarla era interesante en más de un sentido.
Sin mencionar su rol dentro de la Familia Valentiera.
Por primera vez desde que se infiltró en la organización, Erkin sintió algo parecido a una curiosidad genuina. Recogió el periódico que estaba justo debajo del que Berenice había tomado y se sentó en el sofá para los clientes.
—No te dije que leyeras aquí.
—Y tampoco me dijo que me fuera afuera.
Ya fuera que sus palabras la irritaran o no, Berenice parecía decidida a ignorarlo. Él se preguntó brevemente cómo respondería ella, pero cuando ella simplemente pasó la página, fingiendo no haber oído, hasta Erkin perdió el interés, dejó el asunto ahí y abrió su periódico en silencio.
La portada del Belloc Tribune estaba dominada por la noticia de que el alcalde de Rockbern había renunciado faltando casi dos años para terminar su mandato. Era justo el tipo de historia sensacionalista para despertar a la gente en un lunes por la mañana aburrido y letárgico.
El alcalde no lo había admitido, pero el consenso general era que su renuncia se debía a los recientes reportes de los tabloides sobre sus amoríos, prostitución y fondos de campaña ilegales no declarados.
Después de leer rápido los artículos sobre la renuncia del alcalde de Rockbern que continuaban en la página tres, el timbre fuerte del teléfono cortó el aire de la oficina.
—Sí, Valentiera….
Mirando brevemente su reloj de pulsera, Erkin observó a Berenice. Eran poco más de las ocho y media. Considerando que el horario de oficina empezaba oficialmente a las nueve, era una llamada bastante temprana. Y ninguno de los otros empleados que trabajaban con Berenice había llegado todavía.
—… ¿Qué? ¿Quién hizo qué?
Sobresaltada, Berenice casi deja caer el auricular que sostenía contra su oreja. Se lo quedó mirando como si el aparato acabara de decir una estupidez, luego se lo volvió a acercar.
—¿Podría repetir eso? Ah… no, no escuché mal. Sí. Sí, entiendo. Mis disculpas. Yo también estoy bastante impactada ahora mismo. Yo… pasaré por ahí esta tarde. Sí.
Colocando el auricular despacio, Berenice parpadeó una, dos veces, aturdida, antes de soltar un suspiro largo y pesado. Su pecho se agitó y se pasó una mano frustrada por la cara. Finalmente, el periódico que tenía en la mano se arrugó por la fuerza con la que lo apretaba.
A estas alturas, ni siquiera Erkin podía quedarse mirando sin decir nada.
—¿De qué se trataba esa llamada?
—Russo Gucci cobró los cupos de este mes en mi distrito.
—… ¿Cómo dijo? ¿Quién hizo qué?
Él repitió las palabras por puro reflejo antes de darse cuenta de que acababa de preguntar exactamente lo mismo que ella. En cualquier otro día, ella le habría soltado un zarpazo preguntándole si se había quedado sordo, pero esta vez Berenice solo movió la mano, entendiendo su reacción perfectamente.
Tomando aire, Berenice murmuró entre dientes:
—Ese desgraciado de Russo usó mi nombre para cobrar los cupos mensuales y se mandó a mudar. El infeliz debe haber sabido que, cuando estoy muy ocupada, mando a Andre o a otro soldato a cobrar por mí.
—….
—Dios, qué hijo de perra. No lo puedo creer….
Incluso escuchándolo de nuevo, resultaba desconcertante.
Antes de poder procesarlo todo, lo primero que le vino a la mente a Erkin fue: ‘Russo Gucci ha perdido el juicio’. No había otra explicación. Ningún hombre en su sano juicio se atrevería a tocar la plata de los cupos que le pertenece a la Familia Valentiera, una de las cuatro grandes de Belloc.
—Esto es de locos. Supongo que el tipo ha estado sudando frío por esto un buen tiempo.
Ya fuera porque se volvió completamente loco o porque estaba a punto de hacerlo, Berenice se pasó la mano con brusquedad por el cabello que había pasado toda la mañana peinando y señaló el artículo del periódico arrugado.
Era el reporte que anunciaba que la reurbanización del Distrito 2 de Georgetown, en Belloc, había sido aprobada oficialmente. Erkin ya sabía que se venía hablando por meses sobre cuál de los distritos de Belloc sería el elegido.
Pero, ¿por qué este?
Berenice lo miró y volvió a suspirar, como diciendo que no vio venir esta jugada. Se frotó la frente y el cuello repetidamente, mordiéndose el labio con una expresión de frustración genuina. Luego, como dándose por vencida, soltó una confesión que nadie le había pedido, con el rostro enredado en una confusión sin procesar, como un manojo de hilos sueltos.
—Yo le dije a Russo que el Distrito 5, no el 2, sería el elegido para la reurbanización. Russo le pasó ese dato a la Familia Marino. Sabía que los resultados salían el fin de semana, pero supongo que Russo se enteró de que en verdad era el Distrito 2. Ese tipo siempre es una bala para esas cosas.
—¿Don Marino compró terrenos en el Distrito 5?
—… ¿Probablemente? Yo asumiría que sí. Y bastantes.
‘Si los rumores que escuché son ciertos, un montón. La zona programada para la reurbanización, el Distrito 2, es lo que compré yo’.
Murmurando para sus adentros, Berenice se mordió el labio y miró hacia el techo sin razón alguna. Calculando mentalmente cuándo debió empezar a verse con Brian, Erkin bajó la voz inconscientemente, aunque no hubiera nadie más cerca para oír.
—No me diga que… ¿sacó la información de la reurbanización de su nuevo novio?
—Vaya, ¿cómo lo adivinaste?
—….
—Mira esos ojos. Prácticamente me estás apuñalando con la mirada.
Cuando la mirada penetrante de Erkin no flaqueó, Berenice soltó una risita seca y respondió con un suspiro.
—Una vez dejé mi bolso en la oficina de Brian por error. Justo ese día su hermano pasó por ahí. Dentro de mi bolso había un dispositivo de escucha que me sobró de cuando le puse micrófonos a la casa de Russo. Simplemente… pasó. Una coincidencia total.
—Ah, por error, por casualidad, una coincidencia….
Incluso para el que escuchaba, sonaba demasiado conveniente.
Ella había confesado abiertamente haber escuchado a escondidas la conversación de los hermanos. Aun sin cambiar su expresión, la incredulidad de Erkin era evidente, lo que obligó a Berenice a añadir una explicación rápida.
—Para que sepas, Brian fue el que me invitó a salir primero.
—¿Se supone que debo darle las gracias por ahorrarme una pregunta?
—Hablas como un buen católico. Pero no hay de qué. Lo que no sabes es que Brian solo empezó a salir conmigo porque su hermano se lo ordenó. Los dos nos estábamos usando desde el principio, así que ponerle micros fue una travesura en comparación. ¿Acaso él me pidió permiso antes de acercárseme?
Ya fuera por el idiota que obedeció la orden de su hermano para acercarse a ella, o por la mujer que lo aceptó y lo grabó sabiendo el juego, el asco era mutuo.
Conteniendo a las justas un resoplido, Erkin preguntó:
—Ayer dijo que sabía quién era el hermano de Brian.
—Steven J. Lockwood. Exfiscal, ahora senador. ¿Necesitas que te diga más?
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