Perros entre rosas marchitas - 68
La tarde que terminaron de revisar el almacén, Claudia regresó a la oficina a recoger algo que se había olvidado y se topó con un tipo que intentaba forzar la puerta. Gracias a que ella no lo pensó dos veces y soltó unos disparos de advertencia, no llegaron a robar nada; pero el hecho era que el ratero sí había aparecido, así que, a diferencia de lo que creía Martin Gates, no fue una denuncia falsa.
Por eso, la seguridad de Ricardo, Berenice y los demás capos se puso más brava, los soldatos que rodeaban la mansión se duplicaron. Incluso empezaron a investigar a los mismos soldatos al azar para ver si eran de fiar. Obviamente, con todo eso, los detectives privados de Castillo terminaron con la chamba hasta el cuello.
Sin embargo, a diferencia de lo que decían los diarios amarillistas y los pasquines de mala muerte de Brizent para asustar a la gente, ni Vallentiera ni ningún otro mafioso de Belloc tuvo roces con la banda de Ballimot.
Pasaron los días y todo seguía tranquilo, no se escuchaba ni un solo golpe. Así que los que son buenos para hablar de más y exagerar las cosas empezaron a decir, por pura piconería, que Ricardo y los otros jefes de Belloc se habían achicado y habían dado un paso atrás por miedo.
Pero en eso, saltó el chongo.
Timothy Ronan, el ‘underboss’ de la banda de Ballimot, apenas salió con libertad condicional, se estrelló contra un árbol y un transformador mientras cargaba armas ilegales. ¿La razón de la manejada loca? Estaba drogadazo hasta las patas.
Si cometer un crimen estando en condicional ya era para jalarse los pelos, la mala racha de los Ballimot no quedó ahí. Antes de que pudieran recoger unas armas que tenían retenidas en la aduana, el contenedor explotó y se quedaron sin nada.
Apenas las cosas se calmaron un poco, empezaron a llover las desgracias una tras otra. Todo el mundo decía que Vallentiera ya había empezado su venganza, pero no pasaba de ser puro floro.
—Me llega al pincho si patrullan o no, mejor que los borren del mapa de una vez porque con tanto escándalo no se puede vivir.
dijo Berenice mientras tiraba su cartera al sofá y se dejaba caer.
Claudia asomó la cabeza y le preguntó:
—¿De mal humor, no?
—Si me das el café que tienes en la mano, de repente se me pasa.
—Es su café, Berenice.
Claudia le entregó al toque el café que había preparado justo para cuando ella llegara, miró a su alrededor. Michele seguía atrapado en el primer piso, pero aparte de André y Michele, no veía a la persona que siempre anda pegada a Berenice como si fueran uno solo.
—¿Y Erkin?
—Tenía una cita en la mañana. Sus papás han venido desde Melbourne.
Parece que el tipo no estaba tan desconectado de su familia después de todo.
—Como Belloc está que arde estos días y su hijo está metido en todo el ojo de la tormenta, deben estar bien preocupados.
—… Ah, o sea que tenía papás…….
—Oye, no seas malcriada, Claudia.
dijo Berenice frunciendo el ceño tras tomar un sorbo de ese café que olía riquísimo.
—Se me chispoteó, pero… como nunca habla de su familia y a veces me da la vibra de que es como nosotros, di por hecho que estaba solo. Total, aquí lo más común es ser huérfano.
—Tiene a su papá, a su mamá y a su hermana vivitos y coleando. Si le dices que se parece a un huérfano como nosotras, no creo que le haga mucha gracia.
—… Tienes razón. Menos mal Erkin no me escuchó, hablé puras estupideces.
Claudia aceptó su error sin hacerse paltas y preguntó:
—¿Cuál es el plan para hoy? ¿Todo el día en la oficina?
—Así es. Hoy en día, apenas sacas la nariz a la calle te caen puros problemas, así que en la oficina estamos más seguras.
—¿Y la comida?
—Hay que esperar a que llegue Erkin y ahí vemos. Para esa hora ya se habrán largado esos periodistas que están amontonados afuera.
Claudia, que siempre está de buen humor, se acordó de algo que se le estaba pasando y fue corriendo a traer unos documentos.
—Berenice, como has estado a mil, me puse a revisar lo que pidió la familia Perry y ya entiendo por qué nos buscaron. Bueno, en realidad, por qué te buscaron a ti.
—¿Ah sí? ¿Por qué?
Berenice tomó otro sorbo de café caliente y agarró uno de los periódicos que estaban apilados en la mesa.
—Resulta que el difunto Don Vallentiera fue el padrino de Marcus Perry por un buen tiempo. Lo apoyó con harta plata desde que era alcalde. Incluso le encargó esa chamba de los donativos y los reportes de fondos al que era el contador de la familia Vallentiera en esa época, que ahora ya está jubilado.
—… ¿De verdad?
Berenice abrió los ojos como platos, sorprendida de verdad.
—Sí. Como eso fue hace un montón de tiempo y no hubo ningún anticucho legal, me imagino que por eso no sabías.
—… O sea que no vinieron porque tuvieran algún rabo de paja.
La habían buscado por la lealtad de esa vieja amistad. Berenice se sintió un poco mal por haber pensado que Marcus Perry y su familia tenían algún chanchullo guardado.
Claudia, con toda la confianza del mundo, agarró el táper de snacks de Berenice y empezó a sacar galletas. Siguió hablando como un lorito, como si se hubiera aburrido de cuidar la oficina ella sola desde temprano.
—Como yo no me junto con gente de alcurnia, no sabía mucho, ¿pero ese Marcus Perry tiene su recorrido en la política, no?
—De hecho.
Marcus Perry empezó como regidor de Belloc, luego fue alcalde, congresista, senador, vocero de su bancada y ahora es el gobernador de Wisconsin. Todo el mundo dice que es el próximo candidato fijo para la presidencia y que, si se lanza, gana de todas maneras.
Berenice no es que fuera una experta en política, pero al menos sabía quién pesaba y quién no, Marcus Perry definitivamente era un pez gordo. Al abrir el periódico, arrugó un poco la nariz.
La portada se la llevaba Timothy Ronan, que para variar lo habían vuelto a meter preso; el artículo decía que el chongo entre la banda de Ballimot y la mafia era el gran problema. Mientras leía rápido, Berenice se quedó pensativa.
—Si me preguntas a mí, parece que a este tipo lo ayuda hasta el de arriba.
—… ¿Tanto así?
respondió Berenice. Parecía que los medios estaban metiendo miedo a propósito, como si la guerra entre bandas fuera a estallar mañana mismo.
—Sí. Fíjate que cuando era alcalde, uno de sus proyectos urbanos fracasó y casi pierde la reelección porque se quedó sin un mango para la campaña. Pero justo ahí, la señora Perry cobró un seguro y con eso el tipo pudo remontar.
Al oír la palabra ‘seguro’, Berenice levantó la mirada del papel. Se acordó de unos documentos que quiso revisar antes de irse a almorzar con Ricardo, pero que al final dejó pasar.
—Nunca pensé que los seguros contra incendios o robos de joyas pagaran tanto. Bueno, me imagino que antes habrán pagado una prima de locos, pero igual…
—¿Incendio? ¿Se les quemó la casa?
—No, no fue un incendio tal cual. Explotó la casa del vecino y, por mala suerte, reventó una tubería de gas, así que el daño en la zona fue bravo. Y lo que tenía en el búnker y en la caja fuerte se lo llevaron unos choros apenas bajó el humo de la explosión.
Berenice, que había preguntado casi por compromiso mientras escuchaba con un solo oído, agarró otro periódico.
—Me acordé de todo esto al leer los informes de los inspectores de seguros y de delitos financieros. En esa época la noticia fue un boom, ¿no te acuerdas, Berenice?
—Mmm, no…
Seguía respondiendo por cumplir, pero a Claudia tampoco le importaba mucho porque estaba más concentrada en sus galletas y en hojear una revista.
—Bueno, es normal que no te acuerdes. Fue hace un montón y por las elecciones la gente andaba en otra.
—Puede ser… ah, ya.
De pronto, Berenice chasqueó los dedos. Por fin entendió por qué sentía que algo no cuadraba con todo lo que decían en la radio y los diarios.
‘Últimamente el Ministerio de Justicia y los regidores de Belloc se están reuniendo a cada rato. Los lobistas también se están moviendo sospechosamente. Me late que van a lanzar una ley apuntándonos directamente’. ‘¿Están locos? No vamos a ser los únicos que salgamos perdiendo’. ‘Quién sabe qué tendrán en la cabeza. Así que tú llévatela suave’.
Se acordó clarito de esa charla que tuvo con Cecilia el día que se sacó el ancho rodando por las escaleras.
—Malditos sean. No solo iban por nosotros.
—En ese entonces dio mucha pena porque murió toda la familia… ¿Eh? ¿Qué estás diciendo, Berenice?
Berenice cerró el periódico de un porrazo y lo tiró sobre la mesa.
—Lo que ha armado el Buró Federal esta vez. Yo pensaba que se habían llevado nuestros libros contables para meter preso a Ricardo primero y bajarse a toda la mafia de Belloc poco a poco, pero parece que la cosa es más grande.
—¿Entonces?
—Los Ballimot y nosotros… seamos sinceros, casi no queda nadie en las bandas que haya estado en las guerras de antes. Solo nos hemos subido al coche que armaron los antiguos jefes.
Ahora que ya no había Ley Seca, mientras no te metieras en el barrio de otro para vender droga, no había razón para que hubiera broncas fuertes ni para que corriera sangre.
—Con todo este lío, la gente ya no nos mira bien. Piensan que en cualquier momento estalla la guerra, que el precio de los terrenos se va a ir al suelo… hay mucho ruido. Imagínate qué fácil se la dejamos.
‘Mano dura contra el crimen organizado, penas más severas, nuevas leyes…’
Claudia asintió al escuchar a Berenice.
—Ni un solo regidor se va a oponer. Y no solo como ley estatal, hasta como ley federal pasa de todas maneras. Para esto ni van a necesitar que los lobistas se muevan, la ley va a salir solita.
Claudia enrolló su revista y se la empezó a golpear contra la palma de la mano, como quien ya sabe cómo termina la película.
—Exacto. No sé quién se lanzará para alcalde, pero fijo que su caballito de batalla será limpiar la ciudad de bandas y meterle juicios bravos a los criminales.
Al final, estaba pasando justo lo que Cecilia temía.
Le daba una cólera tremenda que los de Ballimot le hubieran apuntado a Vallentiera para salvar su pellejo, aunque todavía no empezaba su venganza de verdad, se dio cuenta de que este no era el momento de pelearse con ellos.
—La fregué al armar tanto chongo.
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