Perros entre rosas marchitas - 67
Martin Gates, sentado y casi sepultado por una ruma de papeles, recibió una llamada. Al levantar el auricular, ni siquiera preguntó quién era. Solo se lamió los labios un par de veces, como buscando las palabras adecuadas, antes de soltarse a hablar.
—Seguro ya le contaron, pero la información del operativo se mantuvo bajo siete llaves. Parece que el despacho y la zona de adentro no los usan como almacén, sino como un búnker. Los libros contables los movieron a otro lado hace tiempo… Lo siento, de verdad lo siento mucho.
Martin Gates, desesperado, no dejaba de pedir disculpas hasta que se le ocurrió proponer algo.
—¿Y si simplemente a ese contador…? ¿Qué? ¿Qué van a hacer?… ¿Que denunció a la policía? ¡Pero si nosotros no hemos hecho nada!
A través del auricular le llegó un grito ensordecedor: esa perra se les había adelantado denunciando un supuesto robo para que nadie pudiera tocar nada sin que ella se diera cuenta.
—Ah…
Ahí cayó en la cuenta.
El allanamiento, que él juraba que sería el golpe final, había sido un fracaso total. Los hermanos Valentiera les llevaban varios pasos de ventaja y ya los estaban esperando sentados.
Sabía que la familia Valentiera manejaba los almacenes y los locales, así que por ese lado pudo conseguir la orden, pero la oficina del contador estaba a nombre de Berenice Valentiera. Sin una prueba clara de un delito, era imposible pedir una orden de registro.
Por eso su plan era encerrar primero a Ricardo y luego encargarse del resto. Pero que ella hubiera denunciado un robo en su propia oficina… Sentía que le habían metido dos cachetadas bien dadas, una tras otra.
Martin Gates colgó y estuvo a punto de pasarse la mano por la cabeza, pero se detuvo al recordar que cada año se quedaba con menos pelo.
Tenía que aguantar un poco más. No podía dejar que la misión encubierta de Erkin Lafayette terminara así. Tenía que anular la orden de retiro de inmediato.
Iba saliendo apurado para darle la nueva orden a su contacto cuando se dio de cara con Ricardo, que venía saliendo de la sala de detención junto a su abogado.
—¿Tan temprano se va a su casa, director Gates?
A pesar de haber pasado toda la noche en la comisaría y luego en Seguridad Federal, el tipo no tenía ni un pelo fuera de lugar. Estaba impecable.
—Como ya nos vimos las caras, pensaba invitarle un cafecito, pero veo que anda ocupado.
—……
—Crosby, espéreme un toque.
Ricardo se alejó un poco de su abogado y se inclinó hacia Martin, acercando su cara para susurrarle al oído:
—Oye, hijo de perra.
—¡Tú, qué me has di…!
—Un pelagatos como tú, que solo servía para recoger el sencillo que se les caía a mi viejo y a los suyos, ¿se atreve a traicionarme así?
—……
—Parece que desde que te dieron ese puesto de director ya no ves la realidad. ¿Tú crees que llegaste ahí por tu talento?
—……
—Ubícate, director Gates.
Esa cara que siempre tenía una sonrisa de empresario honesto se llenó de un instinto asesino que helaba la sangre. Ricardo no ocultó sus ganas de descuartizarlo ahí mismo; lo miró con los ojos encendidos y masculló entre dientes:
—Ve y diles esto: o nos salvamos todos, o nos hundimos todos.
—……
—Hagas lo que hagas, no vas a salir parado tú solo.
—……
—Sobre todo tú.
—Este desgraciado… ¿quién te crees que…?
—Sí, soy un desgraciado, pero por lo menos yo sí sé lo que soy.
Guao, guao. Ricardo ladró bajito, como un perro, se enderezó con elegancia, acomodándose los botones del saco como quien acaba de levantarse de una silla.
—Nos vemos pronto. Qué bueno que no te voy a olvidar la cara.
Martin Gates se dio cuenta tarde de que esa mano larga y fina —que parecía más la de un artista que la de un hombre de acción— y que ahora le daba palmaditas en el hombro, ya no era la del niño que observaba todo en silencio al lado de Antonio Valentiera.
Ricardo se quedó mirando cómo Martin bajaba solo en el ascensor y luego volteó hacia su abogado.
—Crosby, ¿qué tal eres para seguir a la gente?
—Para eso tendría que llamar a un detective privado. ¿Quieres que te recomiende uno?
—No, olvídalo. Necesitaba a alguien ahorita mismo para seguir a ese perro.
Como el plan para meterlo preso había fallado, lo lógico era que Martin se quedara haciendo horas extras para arreglar el chongo, pero se iba tan apurado que valía la pena seguirlo. Lamentablemente, Riccardo no tenía cómo hacerlo él mismo y ya era muy tarde para llamar a alguien más.
—Qué piña.
Ricardo chasqueó la lengua con fastidio y se subió a otro ascensor para bajar.
—Gracias al señor Crosby pude salir bien librado.
—En realidad es gracias a la señorita Valentiera, que me avisó al toque. Me sorprendió que llamara apenas pasada la medianoche, pero menos mal que no fue más tarde. Con esto ya siento que he pagado en algo los favores que les debo.
James Crosby, el abogado que perdió a su padre a manos de la banda Ballimot, era el hombre que Marcello Gresio ya tenía ojeado como el próximo consigliere cuando él se jubilara.
—Afuera de la oficina de Seguridad debe estar la gente de la banda esperándolo.
—… Tu viejo era fiscal, ¿no te remuerde la conciencia haberte aliado con los Valentiera?
—¿Después de ver cómo nos han tratado ayer y hoy, todavía me pregunta eso?
reaccionó James Crosby mientras se acomodaba los anteojos.
—Desde que llegamos a Brizente escapando de la gran hambruna, aquí no existe el bien ni el mal. Todo es una zona gris.
—…
—Este país se quedó de brazos cruzados viendo cómo bombardeaban otros continentes solo porque la guerra no era en su casa. No les importó la paz, solo le dieron la mano al que les daba más plata, vendieron armas y se llenaron de billetes. Y el tipo que dirige la agencia del Gobierno no es más que un agente turbio que juega sucio.
James soltó un suspiro y torció los labios con amargura.
—Bueno, yo no soy quién para hablar… pero tanto en la luz como en la sombra, esto está lleno de gente que hace lo que sea con tal de que no les quiten su tajada. Así que, si me pregunta si sé de quién es la mano que estoy estrechando o qué tan sucia está… la verdad, jefe, estoy tan ocupado tratando de no morir que eso es lo último que me importa.
Al final, si uno no puede triunfar solo y tiene que buscar aliados, lo mejor es elegir al enemigo de tu enemigo.
—Para ser abogado, hablas bien, ah.
Ricardo soltó una risita y le estiró la mano.
—Parece que nos vamos a ver seguido, así que llevemos la fiesta en paz. Te prometo que no te va a faltar ni plata ni tu venganza.
—Llámeme cuando quiera.
Ricardo asintió con elegancia y salió primero del ascensor apenas llegaron al primer piso. Ya era hora de volver a casa.
【 Parada de manos, Tap Dance 】
—¡Señorita Valentiera! ¡Usted sobrevivió de milagro a este último tiroteo…!
—Sí, así fue.
—Timothy Ronan, de los Ballimot, volvió a ser arrestado ni quince días después de salir con libertad condicional. ¿Estaba al tanto?
—Ya me enteré. ¿Y?
La respuesta cortante de Berenice hizo que el periodista retrocediera un poco, pero el tipo insistió y le volvió a poner el micro en la cara.
—Mucha gente no entiende cómo desperdició una oportunidad así. Si sabe algo, por favor, denos un comentario.
—Cualquiera que te escucha pensaría que yo soy la contadora de los Ballimot.
—¡Por favor…!
—Ya te dije como siete palabras, ¿qué más quieres? Deja de hacer preguntas sonsas y no me tapes el camino.
Michele y André trataban de abrirse paso empujando a los periodistas que los tenían cercados, pero avanzar estaba difícil. En eso, otro periodista saltó con otra cosa:
—Señorita Valentiera, ¿no ha pensado en debutar como actriz?
Michele y André soltaron un suspiro y voltearon a verla. Berenice, con una sonrisita, le contestó cortito:
—Lárgate.
—¡Ya circulen, circulen!
Michele empujó el micro del periodista, murmurando que con ese genio de m… si fuera actriz la película sería un fracaso total.
Mientras tanto, André agarró a Berenice para protegerla y empezó a romper filas entre la gente.
—¡Oye, oye! ¡No me toquen! ¡Qué te pasa, enfermo, dónde pones la mano! ¡Me estás hincando con el micro! ¡¿Cómo te llamas tú?!
André y Berenice usaron a Michele como sacrificio, dejándolo atrás con la prensa, se metieron volando al edificio de la oficina para cerrar la puerta con llave. Michele soltó un grito de auxilio desde afuera al ver que lo abandonaban, pero ellos ni miraron atrás y subieron las escaleras.
—… Qué espesos que son. De verdad, ¿cuántos días piensan seguirnos? Si no los paramos, son capaces de meterse al baño con todo y micro. Son como garrapatas, no se sueltan
Berenice se sacudió los hombros y los brazos, con un gesto de asco total.
Habían pasado unos diez días desde que Ricardo salió libre por falta de pruebas y desde que el underboss de los Ballimot, Timothy Ronan, regresara a la canasta. No es que hubiera pasado el gran chupo, pero tampoco es que la cosa estuviera tranquila.
El chofer y el guardaespaldas de los Valentiera, que estuvieron entre la vida y la muerte por los balazos, se estaban recuperando rápido y ya los habían pasado a piso. Del otro chofer, el que debía manejarle a Riccardo pero pidió vacaciones y desapareció de la nada, todavía no se sabía ni rastro; pero cuando Berenice le preguntó a Emilio y vio la cara que puso, ya no necesitó más explicaciones.
Ricardo, tal como Marcello y Berenice esperaban, cerró su proceso pagando una multa por unas armas que tenían el permiso vencido, le devolvieron todo lo que le incautaron sin que le hubieran roto nada. Y…
—No, de verdad… yo solo pedí que patrullaran un poco más la zona de la oficina, ¡pero estos periodistas son una plaga!
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com