Perros entre rosas marchitas - 66
El lugar donde descansaba era seguro, pero entre todo lo que había pasado y nada que se resolvía, la ansiedad y los nervios la estaban carcomiendo. No era para menos: Ricardo no había vuelto a casa en toda la noche, rebotando entre la comisaría y la sede del Servicio de Seguridad Federal.
Cada vez que Erkin veía a Berenice despertarse de un porrazo y mirar a todos lados asustada, como si estuviera atrapada en una pesadilla constante, se pasaba la mano por el pelo con una frustración que no podía ni explicar. Trataba de calmarla, pidiéndole perdón en voz baja, ella, entre dormida y despierta, balbuceaba: «¿Tú por qué te disculpas?», mientras le buscaba la mano con torpeza, vencida por el sueño.
Se pasó la noche entera repitiendo ese ‘lo siento’, pero Erkin nunca le dio una razón. No podía. No tenía cara para confesarle que él era el culpable de que se hubiera provocado ese ataque.
Mirando a Berenice dormir, le cayó el veinte de golpe.
En lugar de reportar que había empezado una relación con ella, fue él quien informó que era muy probable que Ricardo guardara toda la información y registros importantes cerca del estudio. Y justo hace un momento, el oficial que dirigía el allanamiento le había dado la señal de fin de la misión encubierta. ‘Regalo de Navidad’ era el código de cierre o escape que él mismo fijó a fines de enero, cuando se convirtió en el guardaespaldas de Berenice, planeando terminar la infiltración a más tardar antes de las fiestas.
Erkin se frotó la cara con impaciencia al recordar el protocolo para cuando el Servicio de Seguridad Federal enviaba la señal de finalización primero. Fue demasiado repentino, pero con la orden dada, no le quedaba otra que obedecer. Incluso si decidía rebelarse y extender la investigación, tendría que encarar al jefe de división o al responsable de la misión para dar explicaciones.
Sentía que el estómago se le retorcía de la rabia al pensar que su infiltración podía terminar así, sin un resultado real. Le había costado un mundo ganarse el derecho de estar a su lado, ver a ese otro hombre ocupar ese espacio como si nada le causaba una presión horrible en el pecho. Era como si el ácido del estómago se le subiera a la garganta.
Aun así, si se ponía a pensar en quién de los dos tenía menos derecho de estar ahí, ganaba él de lejos. Por eso, Erkin se quedó ahí parado, tieso como un mueble, sin atreverse a intervenir.
La mirada de Alberto hacia Berenice era dulce y mansa mientras se fijaba en su rostro, que se veía más demacrado que de costumbre. El simple hecho de que él no ocultara ese cariño, a pesar de haber terminado hace tiempo, hizo que Erkin retrocediera un paso. En ese momento, Berenice levantó la cabeza.
—¿Qué haces ahí parado? Entra de una vez, Erkin.
—¿Erkin?
Recién ahí Alberto notó al hombre en la puerta y soltó un pequeño suspiro. Puso cara de sorpresa como si fuera la primera vez que lo veía, aunque era imposible que no supiera de su existencia después de tantos meses pegado a Berenice.
—Ah, el nuevo guardaespaldas…
—Erkin ya lleva tiempo cuidándome como para que le digas ‘nuevo’. Y además de eso, es mi enamorado.
—¿Ah…? ¿Qué…?
Berenice ni miró a Alberto, que no podía creer lo que oía, lo confirmó una vez más:
—Es mi seguridad, sí, pero también es el hombre con el que estoy saliendo.
Su sonrisa, radiante como el sol en el límite entre la primavera y el verano, apareció como si nunca hubiera estado cansada. Parecía tan real.
Él sabía mejor que nadie lo bien que ella podía fingir una sonrisa hermosa y decir cosas que no sentía con una sinceridad absoluta; sin embargo, quería dejarse engañar y creer que, quizás, había algo de verdad en ello.
En el momento en que decidió creer que esa mirada dulce era genuina, Erkin se juró a sí mismo que no podía dejar que la misión terminara así.
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Martin Gates, el jefe de la división Belloc del Servicio de Seguridad Federal, preguntó:
—¿Eso es todo?
—Sí, eso es todo.
Ante la respuesta del investigador, que se limitó a soltar los hechos, todos en la sala de reuniones se le quedaron mirando. La mitad de las miradas eran de reproche, como diciendo: «¿crees que te preguntó porque no lo sabía?», la otra mitad eran de pura admiración por la concha (o la osadía) de ese investigador tan desatinado.
Y Martin Gates no era de los que dejaban pasar esas cosas.
—¿Tú crees que te estoy preguntando eso?
—Bueno, usted acaba de preguntar: «¿Eso es todo?», ¿no?
La respuesta de Leonard Boyle fue igual de directa, sin pelos en la lengua. Seguía hurgando entre la montaña de papeles sin darse cuenta de cómo lo estaban mirando, hasta que por fin sintió que el ambiente estaba a punto de explotar y levantó la cabeza.
—… Ah, disculpe.
Al ver la mesa de la sala a tope, llena de archivos, notas y cajas donde no cabía ni una taza de café, se dio cuenta de que lo mejor era quedarse callado.
Troy McIntyre sacudió la cabeza y se aguantó un suspiro. Leonard Boyle, su promoción de la escuela de oficiales, tenía un instinto de investigación brillante para su poca experiencia, pero de vez en cuando se ganaba el odio de sus jefes con esos comentarios tan fuera de lugar y esa falta de tino.
—¡¿Cómo que ‘todo’?! ¡Si todo lo que hay aquí es pura basura!
—Ah, bueno, no todo es inservible.
—¿Encontraste algo?
Troy McIntyre miró de reojo a Leonard, que había levantado la mano, con una sensación de que algo iba a salir mal. No sabía qué había encontrado, pero no le daba buena espina.
—Miren aquí. Ricardo tenía escopetas y revólveres en el asiento trasero y en la maletera del carro. Todas las armas están registradas, pero el trámite lo hizo Antonio Valentiera y la vigencia ya caducó hace tiempo. No las renovaron.
—Ya veo. ¿Y si le aplicamos eso al tipo ese de Valentiera, cuánto le caería de cana?
Ante la sonrisa fingida de Martin Gates, Troy estiró la pierna para darle un toque a Leonard por debajo de la mesa, pero su colega de al lado saltó del susto; parece que se había equivocado de pie.
—Según el registro oficial, Ricardo Valentiera no tiene antecedentes. Por la antigüedad y el tiempo de registro, si él dice que no sabía que la licencia había vencido, no es motivo suficiente para meterlo preso. No hay riesgo de fuga por eso. E incluso si logramos estirar la detención actual, con la plata que tiene Ricardo, lo más probable es que pague la fianza y salga libre al toque.
—¿Y qué más?
—Incluso si llegamos a un juicio sumario, lo más probable es que solo quede en suspensión de la pena o una multa. Pero si consideramos todos los lobbies que ha hecho Ricardo y la plata que ha repartido por aquí y por allá, desde el arranque esto va para un archivamiento fiscal…
—¿Y eso de qué nos sirve?
—Disculpe, me explayé demasiado.
A veces daba la impresión de que ese desgraciado se había propuesto reventarle el hígado a su jefe y a sus compañeros.
—Había microfonos en el estudio, me dijeron que ningún carro ni ningún infeliz salió antes del allanamiento. ¡Entonces, ¿qué es esto?! —gritó Martin Gates.
—Revisamos la cocina y otros ambientes, pero no había ningún lugar donde pudieran haber fondeado las cosas…
—¿Y qué hay de un pasadizo secreto o algo así?
—Este… las entidades públicas tienen sus planos a disposición, pero como usted sabe, en las mansiones privadas…
—¿Te parece que te estoy preguntando eso ahorita?
Viendo cómo el jefe trataba como a un trapo sucio al investigador, que solo cumplía órdenes, daban ganas de reaccionar como Leonard.
—¿Y el resto? Me dijeron que ya terminaron de revisar todo.
—En los almacenes y locales comerciales tampoco hay nada sospechoso. Los libros contables que incautamos están limpios. Solo usaron esas jugadas legales que todos hacen para pagar menos impuestos, pero dentro del límite. No hay rastro de evasión tributaria.
—O sea, ¿me están diciendo que después de darle vuelta a todo lo de Valentiera, no tenemos ni un solo resultado? ¿Para eso tanto floro?
Si haces, jode; si no haces, también jode.
Troy se hundió entre la ruma de papeles, quejándose entre dientes sin que se escuchara. A Martin Gates le ardía aceptar que la operación —para la que incluso prohibió que los agentes salieran o se comunicaran— fuera un fracaso total; su mal humor ya estaba pasando de la raya.
El ambiente estaba a punto de estallar cuando alguien tocó la puerta de la sala.
—¡¿Quién michi es a media reunión…?!
Martin Gates abrió la puerta de un tajo, listo para desquitarse con quien fuera, pero se quedó frío. El que tocaba era el abogado de Ricardo.
Para haber llegado volando apenas salió el sol, el abogado se veía impecable. Terno de tres piezas, lentes sin una sola mota de polvo y el pelo bien peinado con gomina. Parecía que el único espacio libre en toda su figura era el que había entre el sujetador de su corbata.
Usando su buena talla, el abogado le echó una mirada rápida a la sala por encima de la cabeza de Martin Gates y soltó una sonrisa de vendedor.
—Calculé que ya habrían terminado su reunión, así que vine a ver. Parece que todavía siguen, ¿no? Como no tenía noticias…
—¿Y por qué no se queda al lado de su cliente en vez de venir a fregar por acá?
—Ya se lo dije. Vine porque pensé que ya habían acabado. ¿O es que todavía no encuentran nada para meter preso a mi cliente o denunciarlo?
—…….
Ante el silencio de Martin Gates, la sonrisa del abogado se volvió más socarrona y satisfecha. Como si recién se acordara de algo, añadió:
—Ah, mi cliente me comentó que se le pasó la fecha de renovación de la escopeta que usó en ‘legítima defensa’. Parece que se olvidó por completo que la tenía guardada en el asiento de atrás porque casi nunca la usa. Ese tema…
El abogado arrastró las palabras a propósito y se encogió de hombros con desdén.
—Bueno, vean ustedes qué hacen.
Dijo que no quería interrumpir más porque se le veía muy ocupados y regresó con Ricardo. La sala se hundió en un silencio todavía más fúnebre que antes.
Esta vez, hasta Leonard Boyle se quedó calladito. Troy McIntyre se animó a soltar una pregunta con mucho cuidado:
—Ese dato de que Valentiera le robaba armas a la banda de Ballimot para venderlas… ¿habrá sido firme?
Leonard le metió un tabazo a Troy por debajo de la mesa.
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