Perros entre rosas marchitas - 65
Berenice, apoyada en el barandal del balcón, se presionó los párpados con fuerza.
—Pero, ¿cómo habrán sabido que había un espacio oculto en el estudio? No parecía que estuvieran tanteando el terreno; se notaba que ya sabían exactamente a dónde ir.
—¿Y qué hacemos con el jefe?
Berenice revisó el reloj de pulsera que Erkin le puso al frente.
—Tranquilo. Está con el abogado. De todas maneras, a más tardar hoy en la noche, o a lo mucho mañana antes del mediodía, va a salir libre por falta de pruebas. No tienen nada sólido.
—¿Y las cosas que se acaban de llevar…?
Berenice no respondió, solo dibujó una sonrisa larga en sus labios.
‘…Ricardo, esto está raro. ¡Te digo que está bien raro! Ballimot no ha hecho esto solo. De hecho alguien te ha puesto la puntería y…’
‘¿Tengo que esconderlo?’
‘…….’
‘Berenice, si para la medianoche no te he llamado y tampoco llego a la mansión, saca todo de ahí. Ya sabes a dónde, ¿no?’
Se dio cuenta de que la cosa se había puesto color de hormiga justo después del ataque. Habían tenido esa conversación apurados, como quien confirma si el otro sigue vivo, mientras las sirenas de la policía se escuchaban cada vez más cerca.
Ricardo, que al igual que Berenice ya había olido que le estaban tendiendo una trampa, le confió por primera vez la existencia del cuarto secreto en el estudio y la clave de la caja fuerte.
—Se pueden pasar toda la vida buscando, pero no van a encontrar lo que quieren.
—¿Y qué pasa con el almacén y los locales?
—Por ese lado tampoco hay de qué preocuparse.
—Berenice.
Emilio, con una cara de trasnochado que no podía con ella, la llamó. Fue justo en el momento en que los de la Seguridad Federal desaparecieron por completo de su vista.
—Ya llegaron todos los capos. Vamos.
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—Apuntaron a los libros contables de la empresa de sicariato… —Y también a esto.
Berenice puso sobre la mesa una munición que aún tenía la bala unida al casquillo.
—Es la munición que tenían los fusiles de la banda de Ballimot. —La carga de pólvora es menos de la mitad de lo que lleva una bala normal —explicaron Berenice y Emilio, haciendo que los demás capos fruncieran el ceño.
—¿Y eso por qué…? —Significa que, al menos a Ricardo, que iba en el asiento de atrás, no tenían intención de matarlo.
En cuanto se enteraron de que el chofer y el guardaespaldas, que estaban graves, habían salido bien de la cirugía y estaban fuera de peligro, Berenice lo confirmó.
—Si el objetivo real hubiera sido matar a Ricardo, no solo habrían bloqueado el paso por delante, sino que habrían atacado por los flancos. La gente cree que la puerta del carro te protege de las balas, pero nosotros bien sabemos que no es así…
Justo cuando explicaba que, aunque le dieran a Ricardo, el plan no era liquidarlo, un soldato que custodiaba el estudio de Ricardo anunció la llegada de una visita. En cuanto abrieron la puerta, entró Cecilia, que se ve que había perdido toda su calma habitual. A su lado estaba Alberto, que se veía igual de desaliñado que Emilio.
Al verlos, las caras de los capos se pusieron de hielo; todos sabían que el último lugar donde Ricardo había comido antes del ataque fue el restaurante de Alberto. Sin inmutarse por las miradas asesinas, Cecilia se sentó en el lugar que Emilio le preparó y empezó a hablar con tono grave.
—… Primero que nada, lamento mucho que las cosas hayan terminado así. —Apenas nos enteramos, nos pusimos a buscar quiénes sabían de la reserva de Don Valentiera, pero… —No sigan por ahí, por más que escarben no van a sacar nada —interrumpió Cecilia a Alberto, sacudiendo la cabeza—. Don Castillo, ¿trajo lo que le pedí?
—Es tal como sospechábamos. Hace dos semanas, a la banda de Ballimot les cayeron en la aduana contrabandeando armas. Investigué y, aunque el decomiso se hizo según el protocolo, no hubo ni una investigación seria, es más, ni siquiera se abrió proceso.
Cecilia tomó aire y se presionó el entrecejo con frustración.
—Al final no castigaron a los cabecillas, sino que hicieron que otros gatos de bajo rango pusieran el pecho para cerrar el caso. Pero la condición para esta emboscada fue tramitar la libertad condicional anticipada de Timothy Ronan, un miembro de Ballimot que está en la cárcel de Melville. Fue una orden directa de la Seguridad Federal. —La evaluación para su salida terminó la semana pasada, lo más probable es que hoy en la tarde ya esté en la calle.
Un silencio sepulcral invadió el estudio de Ricardo. Berenice se pasó la mano por el cabello despeinado y preguntó:
—¿Todo esto es obra de Martin Gates? —No sé si él armó todo el circo desde el principio o si solo fue el mandadero de alguien más arriba, pero de que estaba al tanto de cada detalle, eso es fijo.
Cecilia sacó unas fotos de los jefes de la unidad de crimen organizado y de casos no resueltos y las puso sobre la mesa.
—Esos de ahí son los que más saben cómo estuvo la jugada. Lo que todavía no sabemos es quién pidió y quién aprobó esa libertad condicional de Timothy Ronan.
—O sea que… —Emilio agarró las fotos y las tiró sobre la mesa—. Se aliaron con una banda, soltaron a un criminal y mandaron a armar una balacera solo para conseguir pruebas contra nosotros…
Sabían que, si esto salía a la luz, les lloverían críticas, habría purgas internas y una reestructuración total en el gobierno…
—¿No será más bien una prueba de que, incluso corriendo todos esos riesgos, el beneficio y los casos que piensan cerrar con esto valen la pena para ellos? —intervino Cecilia, recuperando la calma. —Miren, esto va a sonar a excusa, pero la verdad es que nosotros también somos víctimas. No solo han atacado a los Valentiera. Si nos descuidamos, esto se va a llevar de encuentro a las cuatro familias de Belloc y hasta a los de Rockbern…
Se notaba que Cecilia tenía una indignación acumulada desde que se enteró del ataque. Berenice decidió disculparse primero.
—Ahora ya sabemos que fue una trampa. Perdona por haber reaccionado tan pesado ayer.
En ese momento, Marcello, que había estado callado, preguntó:
—Pero, ¿cómo es que Don Castillo consiguió esta información tan rápido? Y encima, una información de este nivel…
Tras intercambiar una mirada con Alberto, Cecilia sonrió suavemente.
—Es secreto profesional, así que no puedo soltar la identidad de mi fuente, pero tengo a un ‘amigo’ muy útil allá adentro.
—¿En la Seguridad Federal? —Sí. Parece que mantuvieron en secreto la orden de allanamiento contra los Valentiera hasta el último minuto, incluso para los agentes comunes. Después del ataque y de que llegara la policía, incomunicaron a todos los investigadores, así que mi contacto no tuvo chance de avisarme antes.
Ante la explicación de que recién se acababa de enterar de la alianza entre Ballimot y la Federal, los capos de Valentiera empezaron a mirarse entre ellos, incrédulos.
—¿Me está diciendo que no es un simple informante, sino que usted ha metido a un infiltrado de los Castillo directo en la Seguridad Federal?
—Bueno, algo así.
Cecilia agarró el vaso de agua que estaba frente a Berenice y tomó un sorbo para refrescarse la garganta.
—No me miren con esa cara. Fue idea de ese chico, yo solo le di el empujoncito con el financiamiento.
—Igual no creo que suelten más prenda por ahí. Entonces, ¿qué va a pasar con el jefe? —preguntó uno de los capos.
Berenice respondió de inmediato: —Por eso ni se preocupen. Los libros contables y toda la documentación ya están en un lugar seguro.
—¿Y a qué hora hicieron eso?
—Justo después de la medianoche. Como Ricardo no llamaba, ejecutamos el plan que ya habíamos coordinado por si las moscas.
—¿O sea que movieron todo antes del allanamiento? ¿A dónde?
—Ese no es el punto ahorita —intervino Marcello, cortando en seco la pregunta que desviaba el tema, mientras se servía un poco de whisky en un vaso de vidrio.
—Al jefe, lo más que le pueden achacar ahora mismo es no haber renovado el registro de un arma que ya estaba declarada. Eso no tiene una pena alta. Incluso si el fiscal pide prisión preventiva, pagamos la fianza y sale. No tiene ni un antecedente en su récord, así que mi conclusión es que no hay de qué preocuparse.
Las palabras de Marcello, el abogado y consejero que primero sirvió a Antonio Valentiera y ahora solo vivía para Ricardo y la familia, tenían un peso que nadie se atrevía a cuestionar.
—Así que vamos a velar por la recuperación de los que están en el hospital. Y Emilio, ni se te ocurra reducir el tamaño de tu boda; que todo siga según lo planeado. El jefe estaría de acuerdo con eso.
—¿Y la venganza? —preguntó un capo mientras jugueteaba con una cajetilla de cigarros.
Berenice soltó una sonrisa helada, como si estuviera esperando esa pregunta.
—Tampoco se preocupen por eso. Ahorita tenemos demasiados ojos encima; si tiramos una colilla al suelo nos chapan, así que una represalia evidente está difícil, pero… —Berenice aceptó el cigarrillo que Cecilia le ofrecía y le prendió fuego—. Les vamos a ir cerrando el caño poco a poco, hasta que el nombre de Ballimot desaparezca por completo de Belloc.
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Cuando terminó la reunión, los mandos de los Valentiera, con Emilio y Marcello a la cabeza, salieron del estudio de Ricardo. Iban todos en fila, con sus ternos negros impecables y esa presencia de tipos que no pierden una bronca con nadie; el ambiente estaba tan pesado que se podía cortar con un cuchillo.
Erkin, que estaba afuera, hizo una venia rápida con la cabeza y levantó una ceja. Cecilia también salió y bajó hacia el comedor, pero Alberto no aparecía por ningún lado. Erkin pidió permiso a un capo y entró de nuevo, deteniéndose en el marco de la puerta. Tal como sospechaba: Alberto estaba sentado justo al lado de Berenice.
—Nice, ¿has podido dormir aunque sea un poco?
—Lo necesario. ¿Y tú?
El apodo salió de la boca de Alberto con una naturalidad pasmosa, ella le respondió de la misma forma, sin trabarse. Aunque tenía la cabeza echada hacia atrás y no se le veía bien el rostro, se notaba que estaba muerta de cansancio.
Durante la madrugada, se había quedado privada varias veces, pero despertaba sobresaltada, como si alguien hubiera disparado una pistola a su costado. En cada uno de esos momentos, Erkin, que dormitaba en el sofá, se acercaba volando para recordarle que estaba en un lugar seguro, confirmarle que Ricardo aún no llegaba y convencerla de que volviera a dormir.
Berenice tenía el sueño así: se quedaba seca rápido, pero se despertaba con el más mínimo ruido.
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