Perros entre rosas marchitas - 64
Como no sabía sus nombres, Berenice simplemente soltó un: ‘¡Oye, tú!’, uno de los investigadores, como si el llamado fuera un imán, se detuvo en seco y la miró. Ella, con un gesto de ‘si ya me escuchaste, muévete’, señaló un álbum que el tipo tenía en las manos.
—Ese. No está en la lista de la orden de allanamiento.
—…….
—No te hagas el vivo tratando de meterlo entre las otras pruebas para llevártelo. O lo dejas donde estaba ahora mismo, o te regresas al juzgado a pedir una nueva orden con la lista actualizada. Tú eliges.
—…….
—¿Qué pasa, te comieron la lengua? Tú también, el de los lentes de marco grueso.
Berenice daba órdenes como si estuviera dirigiendo a unos estibadores en plena mudanza; solo con la mirada y un gesto del mentón, con una arrogancia que sobraba. El investigador arrugó la cara, claramente fastidiado por el tono, pero ella solo ladeó la cabeza como diciendo: ‘¿Qué esperas para moverte?’.
—Esa caja de cintas tampoco está en la lista. Son los videos de los cumpleaños de Ricardo y míos cuando éramos chibolos. Regrésala a su sitio.
—¡¿Usted quién se cree para darme órden…?!
—¿Quién voy a ser? Soy la que te está avisando que están haciendo estupideces y no están siguiendo la orden judicial. A ver, ¿quieren llevárselo todo a la mala y arriesgarse a que lo poco que han conseguido no sirva para nada y lo tiren a la basura por ser prueba ilegal?
Berenice los cuadró sin asco.
Era temprano por la mañana. Apenas vio la lista de lo que pensaban incautar, se le quedó grabada en la cabeza al detalle. Cuando te pasas la vida revisando libros contables y números a cada rato, desarrollar esa memoria a corto plazo es lo más normal del mundo.
Seguramente Claudia, que estaba a cargo de los almacenes, también estaba frenando los abusos de los investigadores con la misma eficiencia. Al restaurante mandó a Michele y a Andre, pero ahí no había nada que esconder, así que no le preocupaba. Si querían, que se metieran un par de pennes o fusillis al bolsillo y se los llevaran.
—Oigan, me acaba de entrar una curiosidad…
Berenice abrió su cajetilla y sacó un cigarro con los dientes.
—Si después de que revisen todo lo que se están llevando, no encuentran ni una sola prueba de que Ricardo y la familia Valentiera andan en el tráfico de armas… ¿qué va a pasar?
Erkin, que estaba detrás de ella, sacó su encendedor y le dio fuego.
—¿Ah? Les estoy preguntando.
—…….
—De verdad, ¿por qué estos tipos no contestan cuando se les habla? Mi hermano está detenido en la Seguridad Federal ahora mismo, si resulta que es inocente, eso va a ser un problemón por donde se le mire, ¿no creen?
—…….
—¿O me equivoco? Que unos supuestos investigadores de la Seguridad Federal irrumpan aquí como hienas muertas de hambre detrás de carne podrida, solo por un par de chismes que soltaron los idiotas de los Ballimot… si todo esto resulta ser en vano…
—Señorita Valentiera, se está pasando de la raya con sus palabras.
reclamó el de los lentes, que ya no aguantaba más.
Berenice solo asintió, fresca.
—Lo sé. Sigue escuchando.
Apenas ayer por la noche, Ricardo se había salvado por un pelito de un ataque de la banda de los Ballimot. Fue a la comisaría y de ahí lo pasaron a la Seguridad Federal, donde quedó encerrado.
El cargo: tráfico y robo de armas ilegales.
El floro era que Valentiera le había robado unas armas a una tienda que manejaban los Ballimot para luego revenderlas.
Berenice se despegó de la pared del pasillo y caminó directo hacia el investigador. Agarró un cartapacio que el tipo tenía en la mano y, usando la esquina del fólder, le empezó a dar toquecitos en el hombro, uno por uno.
—Vienes a mi casa, la dejas hecha un desastre, la patas arriba… ¿y esperas que el jardín de tu casa siga limpiecito?
—…….
—Qué grandes son tus sueños, ¿no?
El investigador, teniéndola así de cerca, pasó saliva de forma ruidosa.
Él solo había recibido órdenes de arriba y la orden de allanamiento tras confirmar que el jefe de los Valentiera estaba guardado.
Había escuchado que la mujer también se salvó de milagro del ataque. Pero ahí estaba ella, soltándole el humo del cigarro en la cara con una sonrisa de pocos amigos; no tenía ni un rastro del miedo que suele tener alguien a quien le han jurado la muerte.
Él esperaba que, al saber que Ricardo Valentiera fue a declarar y terminó encerrado al toque, ella se pusiera nerviosa o al menos bajara la cabeza ante la policía que llegó al amanecer.
Pero qué va. La mujer no se guardaba nada: provocaciones, órdenes y ahora, hasta amenazas…
Claro que sus jefes le habían dicho que para atrapar a los Valentiera no bastaba con ir por lo legal, que se llevaran cualquier cosa que pareciera prueba aunque no estuviera en la lista. Pero la mirada de la que decían era la contadora de la familia era más afilada de lo que imaginó.
Sin embargo, lo que más le desencajaba al investigador era que Berenice parecía más fastidiada y aburrida que asustada. Le habían volteado el despacho de Ricardo, los cuartos secretos y hasta la caja fuerte, la mujer seguía como si nada.
No podía ser.
Desde que pasó todo, Ricardo no había podido sacar ni un pie de la comisaría ni del edificio de la Seguridad Federal. Se la había pasado metido en la sala de interrogatorios y en el calabozo, así que no había forma de que se comunicara con nadie.
Que Ricardo pasara de ser la víctima que fue a declarar a ser el principal sospechoso de tráfico de armas era algo que había pasado hacía apenas unas horas, la noticia ni siquiera se había filtrado.
Recién cuando llegó el abogado de Ricardo les permitieron las visitas y las llamadas, pero para ese entonces, los investigadores ya tenían la orden en la mano y estaban yendo directo a la mansión de los Valentiera, a sus locales y a los almacenes.
Hubo un vacío de unas cuantas horas, sí, pero habían puesto investigadores encubiertos por todos lados; siguieron a cada carro y a cada persona que entraba o salía de la casa. Según el reporte de los agentes que vigilaron todo el tiempo, nadie movió ni un paquete, Berenice con su gente no salieron de la mansión ni por un segundo después del ataque.
Pero…
Mientras que los otros capos de la familia —a quienes la Seguridad Federal tiene bien chequeados— están todos nerviosos y no pueden quedarse quietos, esa mujer es la única que está de lo más fresca.
Aceptó que entraran porque tenían una orden y no le quedaba otra, pero actúa como si ya supiera lo que iba a pasar, como si les hubiera sacado varios cuerpos de ventaja y hubiera previsto cada movimiento de ellos en su territorio…
Troy estaba empezando a pensar que todo este operativo (por el cual el abogado y el consigliere de los Valentiera seguro les iban a meter un juicio por abuso de autoridad) iba a terminar siendo por las puras, cuando la mujer le preguntó:
—Sigo esperando y no me contestas. ¿Tu nombre es…?
—Tro… Troy McKin…
—McIntyre, ¡qué chu…! ¿Para qué le das tu nombre? Ignórala.
Leonard Boyle, su compañero de la unidad de crimen organizado y promoción de la escuela, le dio un toquecito en el hombro al pasar.
—Tú también, párate ahí.
Berenice se quedó mirando fijo a Leonard Boyle y su cabello rubio oscuro. De pronto, agarró el cigarro que tenía en la boca y lo apagó presionándolo con fuerza sobre unos documentos que Leonard llevaba en una caja.
—Es que no hay cenicero. Total, son nuestras cosas, ¿no?
Detrás de ellos, Troy McIntyre soltó un suspiro de resignación. La mujer era hermosa, una belleza que te dejaba mudo, pero parecía que tenía un doctorado en sacar de quicio a la gente y provocar a cualquiera.
Justo cuando el ambiente en el despacho se ponía más picante, apareció Marcello Greggio. El hombre acababa de aterrizar en Belloc y llegó a donde estaba ella casi sin aire de tanto correr.
—¡Berenice! ¡¿Pero qué es todo esto…?!
—Tranquilo, Marcello. Todo bien.
Como si no hubiera estado molestando a medio mundo hace un segundo, ella le regaló una sonrisa preciosa al consigliere y luego solo les hizo un gesto con la cabeza a los agentes, dándoles una orden (aunque no lo fuera técnicamente) para que terminaran de una vez con su chamba.
Daba la impresión de que los investigadores estaban trabajando para ella, pero Troy, aguantándose las ganas de explotar, miró de reojo al hombre que estaba parado detrás de ella como si fuera un vidrio blindado. Era el tipo del que Martin Gates, el jefe de la división de Belloc, le había hablado.
Erkin Lafayette. El agente de la unidad de casos no resueltos de la Seguridad Federal que estaba infiltrado en la familia Valentiera.
El jefe de división y el jefe de crimen organizado le habían contado en secreto que Erkin ya era un soldato oficial y que hace poco se había convertido en el guardaespaldas personal de Berenice Valentiera.
Quizás él no lo sabía, pero este operativo de allanamiento fue en gran parte gracias a él. O sea, el tipo se anotó un puntazo. Pero parece que para él también esto fue una sorpresa, o tal vez se puso así de serio y frío porque se encontró con sus colegas de golpe.
Como la mirada de Troy se quedó mucho tiempo en Erkin, Berenice dio medio paso de costado y se puso frente a él, tapándolo. Parecía que ella, de pura ‘buena gente’, lo estaba protegiendo.
¿Quién protege a quién?, pensó Troy.
Convencido de que, por lo menos, la identidad de Erkin no corría peligro dentro de la organización, Troy miró a Berenice, pero soltó una frase que solo Erkin iba a entender de verdad:
—Lo tomaré como un regalo de Navidad adelantado.
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Berenice iba a prenderse otro cigarro, pero se arrepintió y lo guardó. Desde que amaneció se había fumado casi media cajetilla, uno tras otro.
Se paró en el balcón y se quedó mirando cómo los carros de los investigadores se iban de la mansión después de haberle dado vuelta al despacho de Ricardo. Hasta les sacudió la mano, como diciéndoles ‘chaufa’.
—¿Está bien que los deje irse así nomás?
Detrás de Erkin, varios soldatos miraban los carros salir con una cara de pocos amigos, estaban que echaban chispas.
—¿Y cómo voy a rechazar una orden firmada por un juez? En todo este tiempo de guerra entre bandas, la Seguridad Federal y la policía se han hecho los locos siempre y cuando no lastimaran a los civiles, pero en esta no hay forma. No vale la pena irnos a los golpes por esto.
—Para decir eso, bien que se lució amenazándolos hace un rato.
—Ah, eso… tómalo como una muestra de cariño.
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