Perros entre rosas marchitas - 63
—¿Esto no es prácticamente una declaración de guerra?
El ambiente durante la emboscada no dejaba lugar a dudas. Por eso, previendo un segundo ataque, habían desplegado a los picciotti y soldatos de forma tan densa que las calles que daban a la mansión parecían estar flanqueadas por una muralla humana. La vigilancia era extrema.
Todavía no sonaba la radio de emergencia, pero algo no cuadraba. Había una inquietud, un instinto visceral que le decía a Berenice que se habían metido en un terreno pantanoso del que no sabían salir. Y para colmo, dada la situación, ni siquiera podían pedirle ayuda a los Castillo.
—Don Castillo llamó hace un rato.
—¿Y qué dijo?
—No sé, no le hice mucho caso. Solo quería…
El timbre del teléfono cortó la frase y Berenice giró la cabeza con la rapidez de un látigo. Antes de que Michele pudiera detenerla, ella ya tenía el auricular pegado a la oreja. No dijo nada, ni un ‘aló’, ni un ‘diga’. Se limitó a escuchar el silencio hasta que la otra parte no tuvo más remedio que hablar.
—¿Aló? Parece que la llamada entró…
—Don Castillo, ¿a qué debo el honor de su llamada a estas horas de la noche?
—¡Berenice! ¡Nosotros…!
—Ahórrese las excusas y vaya al grano. Hoy casi me voy al otro mundo y me he salvado de milagro, así que comprenderá que no estoy para bromas. Mi chofer y mis guardaespaldas están en el hospital y ni siquiera sé si han salido de cirugía. Yo estoy aquí intentando no perder los papeles, me imagino que Ricardo, que lleva horas retenido en la comisaría, debe estar mucho peor que yo.
—Berenice, escúchame. ¡Nosotros no tenemos nada que ver!
Berenice soltó una sarta de insultos en linferno, crudos y directos. Se sintió el desconcierto de Cecilia al otro lado de la línea; probablemente nunca había escuchado ese vocabulario salir de la boca de Berenice.
—Cecilia, en la situación en la que estamos, las explicaciones baratas no sirven de nada. Usted lo sabe bien.
—Sé que todo esto se ve muy mal y que sospechan de nosotros, lo entiendo, pero…
—Don Castillo. Estoy agotada. Si tiene algo que decir, llame mañana por la mañana o venga en persona.
—¡Berenice, no es momento de ponernos a pelear entre nosotros!
—Lo sé. Lo sé perfectamente. Por eso mismo, tráiganme alguna prueba de que los Valentiera todavía podemos confiar en ustedes. Necesito algo tangible.
—¿Pruebas? Si eso es lo que quieres, las encontraremos.
—Cuando regrese Ricardo le diré que llamó. Buenas noches.
Colgó sin esperar respuesta y se frotó la frente con fuerza, como si quisiera borrar el dolor de cabeza.
—¿Y ahora qué dice?
preguntó Michele, que seguía dándole vueltas a la botella de licor sin intención de beber.
—¿Qué va a decir? Que ellos no fueron.
‘Ni que fuera a llamar a medianoche para confesar que ella fue la que filtró la agenda de Ricardo’
murmuró Berenice para sus adentros.
—Pero hay algo seguro: esto no es lo que Cecilia quería. En mi vida la había escuchado tan nerviosa. Nunca pensé que la oiría así…
—¿Qué vamos a hacer ahora?
—Marcello va a tomar el vuelo más rápido desde Belmont. Por ahora, esperen hasta la medianoche.
Berenice apretó sus dedos, que recién estaban recuperando algo de calor. En todo este lío, los Valentiera eran claramente las víctimas. Aunque su defensa había sido brutal, los Ballimott también habían sufrido bajas considerables. ¿Qué ganaban con todo esto?
—Michele, André.
Berenice les hizo un gesto para que se acercaran. Con el dedo índice y el medio, se tocó los labios y luego la oreja, una, dos veces. Era la señal: ‘Cuidado con lo que dicen, puede haber micrófonos’. Sin un detector de frecuencias a la mano, la única opción era susurrar para que nada quedara grabado.
—Ricardo me dejó una instrucción. No puedo confiar en nadie más que en ustedes.
—Dinos.
Ante ese susurro que apenas era un soplo de aire, Michele y André intercambiaron una mirada seria. Berenice, por instinto, volvió a mirarse la muñeca vacía y luego señaló el reloj de pared.
—Empiecen apenas den las doce.
—Faltan pocos minutos. ¿Hasta cuándo tenemos tiempo?
—Hasta que salga el sol. Pase lo que pase. ¿Pueden hacerlo?
—Podemos.
Sin saber siquiera en qué consistía la orden de Ricardo, Michele y André respondieron sin dudarlo ni un segundo.
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El suave sonido de las pantuflas se perdió en el pasillo. Estaba en el piso donde se encontraba el despacho de Ricardo.
Berenice no sabía cómo terminaría todo esto, pero sabía perfectamente cómo iba a empezar a desarrollarse. No fue un simple asesinato; fue un tiroteo a plena luz del día, en medio de las calles de Belloc, como si quisieran que todo el mundo lo viera. La policía había llegado primero, pero era obvio que, a más tardar mañana por la mañana, el caso pasaría a manos de la Agencia de Seguridad Federal.
Aunque en esta ocasión los Valentiera habían sido las víctimas de un ataque unilateral, tenían tantos trapos sucios que no sería raro que las autoridades aprovecharan la oportunidad para hundirlos. Si sus sospechas tras el ataque eran ciertas y tenía que ponerse en el peor de los escenarios… ¿qué más buscarían los que atraparon a Ricardo?
Como hipnotizada, Berenice se detuvo frente a la puerta del despacho de su hermano.
‘Si yo fuera ellos, vendría directo aquí. Aquí dentro’.
No había que pensarlo dos veces: el despacho de Ricardo. O, para ser exactos, lo que guardaba en la caja fuerte del fondo: los libros contables de la red de sicarios, pruebas de sus vínculos corruptos con la política y las finanzas de Brizant, o evidencias que podrían cerrar de golpe casos que llevaban años calificados como ‘irresolutos’.
Logró despegar la mano del pomo de la puerta y se dio la vuelta antes de que se le pasara la noche entera ahí parada. En ese momento, vio a Erkin merodeando por el pasillo de los dormitorios.
—¿Erkin?
—¿Por qué estás despierta…?
—¿Y tú? Pensé que estarías durmiendo en el sofá, pero cuando abrí los ojos no estabas.
—Fui al baño.
Ahora que lo veía de cerca, parecía haberse lavado la cara de nuevo; los mechones que caían sobre su frente estaban ligeramente húmedos. Erkin la examinó con detenimiento.
—¿Tuviste una pesadilla?
—… No, solo me desperté temprano.
—¿Segura que no te interrumpí el sueño?
Berenice iba a responder algo, pero se contuvo. Al principio pensó que era un tipo parco porque casi no hablaba, pero ahora que conversaban más, no le parecía nada mal.
—Solo me desperté y fui a ver si Ricardo ya había llegado.
—¿Segura que no quieres que llame a un médico?
—¿Para qué? Solo sería una molestia.
—¿Tienes algún otro lugar a donde ir?
—No, no. Ya me voy a dormir de verdad.
Aunque estaban dentro de la mansión, Erkin actuó como su guardaespaldas: abrió la puerta primero, revisó el cuarto y luego la dejó pasar. Berenice se acomodó en la cama y le preguntó:
—¿Ya no te vas a ir a ningún lado, no?
estiró la mano y agarró suavemente la basta de su ropa.
—¿Por qué? ¿Acaso necesitas un peluche para dormir?
—Podrías quedarte ahí sentado como si fueras uno.
No es que necesitara que estuviera pegado a ella. No quería que su cuerpo, que apenas se estaba enfriando tras la adrenalina, volviera a tensarse. Solo quería que se quedara donde pudiera verlo, nada más.
La tenue luz que entraba del jardín era lo único que iluminaba la habitación, pero sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y distinguían los objetos sin problemas.
Pasó un tiempo. Erkin se levantó muy despacio y se acercó a Berenice. Le preocupaba que, siendo ella de sueño ligero, se despertara, pero su respiración era rítmica y profunda. Parecía que la agitación de antes, cuando temía lo que pasaría al quedarse dormida, se había esfumado.
Erkin se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el borde de la cama. El sonido constante de la respiración de ella se volvió más nítido.
Había sido un día eterno. Un día en el que, literalmente, habían regresado de las garras de la muerte. Se le ponía la piel de gallina cada vez que recordaba aquel cañón largo apuntando directamente a Berenice. Quizás el que no podía dormir por miedo a las pesadillas no era ella, sino él.
Desde la caída por las escaleras hasta esta emboscada… parecía que este año Berenice tenía una racha de mala suerte increíble. Y pensándolo bien, llegó a la conclusión de que la mayor desgracia de esa mujer era, probablemente, él mismo.
Giró la cabeza un poco y la vio. Aunque solo se distinguía su silueta, su rostro afilado y la curva elegante de su nariz se veían claros en la penumbra. Y también sus labios carnosos.
Pensó que un beso sería algo sencillo, como las veces anteriores. Pensó que, aunque no hubiera un cariño profundo o amor de por medio, un beso no cambiaría nada. Al igual que Berenice, él se había convencido de que hacerlo sin sentimientos no era un problema. Entonces, ¿por qué no podía dejar de mirarla?
Quizás la razón no era tan trascendental. A veces, una mirada se posa en alguien por la simple razón de que está ahí, luego sigue haciéndolo por inercia, por repetición.
Repitiéndose que esa era la única razón —y que debía ser la única razón—, Erkin decidió ignorar convenientemente el hecho de que había caminado por su propia cuenta hasta allí para sentarse al lado de su cama.
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Al día siguiente, todos los periódicos de Belloc —y de todo Brizant— amanecieron con la misma noticia en primera plana:
「¿Vuelve la guerra de mafias a Belloc?」
Berenice, de pie en el pasillo, observaba con una mirada fija y gélida a los agentes de la Agencia de Seguridad Federal que salían del despacho de Ricardo. Todos cargaban con algo en las manos.
Documentos en sobres, cintas de grabación, rollos de película fotográfica, cuadernos viejos y gruesos… La variedad de lo incautado era tan amplia como peligrosa.
Como si no fuera suficiente con tener a estos invitados no deseados en casa revolviendo todo, el despacho no era el único frente. En el mismo momento en que los federales irrumpieron en la mansión Valentiera, otros equipos de agentes y personal de aduanas entraban a la fuerza en los almacenes del puerto, en las oficinas y en los restaurantes que Berenice y los capos administraban, cargando cajas vacías listas para ser llenadas.
Si habían tenido el descaro de meterse hasta su casa y dejar el despacho hecho un desastre, no hacía falta recibir un reporte para imaginar el caos que estarían provocando en los negocios familiares.
—Oye, tú.
Berenice, que seguía apoyada contra la pared del pasillo con los brazos cruzados, llamó a uno de los agentes.
—Sí, tú, el que se acaba de detener. Suelta eso ahora mismo.
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