Perros entre rosas marchitas - 62
—Uggh, tú también tienes los ojos… ¡ah!
Erkin le tomó los brazos a Berenice y se los puso alrededor de su cuello.
—¿Te duele?
—No me duele. Me gusta, así que no preguntes como un tonto… ¡mmpf!
Berenice se colgó de su cuello y su cuerpo se inclinó hacia atrás. Se escuchó el ruido de la bandeja, los platos y los cubiertos cayéndose de la cama. Erkin no despegó sus labios ni un segundo mientras la nuca y la espalda de ella se hundían en las sábanas acolchadas.
Después de devorarla por un buen rato con unos labios y una lengua que pasaron de ser toscos a casi salvajes, él empezó a llenarle de besos las mejillas, el contorno de los ojos y la mandíbula, sin descanso.
Cuando sus labios bajaron por su cuello como si la estuviera lamiendo y presionaron justo donde late el pulso, Berenice sacudió la cabeza. Él jaló el pijama holgado hacia abajo, dejando expuestos el cuello y las clavículas, donde sus labios se posaron una y otra vez, insaciables.
—Ah… esto ya no es un beso… No me dejes marcas, no…
—Suéltame el cuello primero y luego hablas.
Aunque contestó como si no fuera a hacerle caso, levantó la cabeza para chequearle la cara a cada rato. En el momento en que sus ojos se cruzaron con los de él, que vigilaban su reacción, Berenice le agarró el rostro y lo volvió a besar.
Se abrazaron fuerte del cuello, girando las cabezas. Ella intentó acomodar sus piernas, que estaban en una posición incómoda, su rodilla rozó la entrepierna de él. Erkin se estremeció y la miró con una intensidad feroz.
Erkin metió un muslo entre las piernas de Berenice y apretó la tela del pijama que antes había bajado. Parecía estar debatiéndose entre subirle la prenda para tocarle la piel o detenerse ahí mismo. Al final, la agarró firme de la cintura para que el pijama no se moviera más. Su pulgar rozó su pecho mientras le masajeaba las costillas por encima de la tela.
Berenice aguantó la respiración un segundo, como si le hubieran apretado los pulmones y no la cintura, se lamió los labios húmedos.
Sinceramente, podía seguir. Podía enredarse más con él. Pero… ¿por qué? Ella misma se preguntaba por qué dudaba. No es que no quisiera; le encantaba. Le daban ganas de ser egoísta y quedarse solo para ella a este hombre que parecía perder la cabeza por devorarla.
Pero al mismo tiempo, por eso mismo…
Aunque sentía clarito lo excitado que estaba él, aunque nadie iba a reclamar por quién dio el primer paso… ella quería que pasara cuando el ambiente fuera mejor, cuando se sintieran bien, no solo por un calentón del momento.
Aunque, ¿llegaría ese momento? Probablemente no. Era una relación que duraría tres meses a lo mucho; tarde o temprano se iba a terminar. No tenía la menor intención de involucrarse a fondo con un mafioso. Si era así…
Como si hubiera tomado una decisión, Berenice tomó la mano de él y le succionó brevemente los dedos índice y medio. Erkin dio un brinco, como si ella hubiera tocado otra parte más íntima, con sus dedos aún en la boca de ella, metió la otra mano bajo el pijama.
Y justo ahí fue cuando pasó.
—¡Berenice!
—¡Oye, ya te dije que la señorita se quedó dormida hace rato!
Las voces de Michele, que venía corriendo tras enterarse de las noticias, de Francesco, que intentaba frenarlo, sonaron como un trueno. En el momento en que escucharon hasta a André tratando de detener a Michele sin muchas ganas, Berenice y Erkin se miraron fijamente.
Sin necesidad de decirse nada, Erkin estiró el brazo y apagó todas las luces del cuarto. La habitación quedó en penumbras y él se arregló el pelo y la ropa a toda velocidad.
Michele tocó la puerta apenas tres segundos después de que Berenice cerrara los ojos fingiendo estar dormida. Erkin abrió solo un poquito y asomó la cabeza para recibirlos.
—¿Qué pasa? La señorita ya se durmió.
—¿Ves? Te dije que ya estaba jateando.
—Qué raro, ella no es de dormirse así nomás…
Erkin abrió más la puerta como invitándolo a pasar para que comprobara, pero Michele hizo un gesto con la mano diciendo que no hacía falta.
—Si se despierta, ya te buscará ella misma. ¿No te dijo nada especial?
—¿Especial? Nada.
Después del ataque, solo llegó a la mansión, se bañó y le curaron las heridas. Ah, verdad, mencionó que se filtró el itinerario de Riccardo.
—No me dio ninguna orden, pero sí dijo que se filtró su agenda de la tarde.
—Aparte de eso.
—Nada más.
—Ya, bueno. ¿Y Emilio Lamaro?
Esa la respondió Francesco. Michele le hizo un gesto a Erkin para que entrara de nuevo y se alejó del dormitorio.
—Al primer piso, al primer piso. Oigan, ¿ustedes dos no tienen hambre?
—Ya pasaron las nueve, ¿qué vamos a comer a estas horas?
—Mañana va a ser un día largo, está cantado. Hay que comer algo para recuperar energías.
—A mí solo me importaba que Berenice estuviera a salvo.
—Tsk, solo te pones así de cursi cuando estás conmigo, ¿no?
Michele respondió con su tono tosco de siempre mientras se alejaba, seguido por Francesco, que no dejaba de ofrecer comida hasta que ambos desaparecieron por completo del pasillo.
En cuanto Erkin cerró la puerta, soltando un suspiro de alivio, Berenice prendió la lámpara de la mesa de noche y se incorporó. Erkin, todavía apoyado contra la puerta, se pasó una mano por el pelo; era como si recién le estuviera regresando el alma al cuerpo tras el susto de casi ser descubiertos.
Él se acercó a ella, que seguía sentada en la cama mirándolo fijo.
—Ya escuchó lo que dijo Francesco. A partir de mañana nos espera un día bien largo.
—…… Eso, bueno…
—Por hoy, mejor descanse.
La luz tenue y rojiza de la lámpara bailaba sobre el rostro limpio de Berenice. Erkin estuvo a punto de acariciarle la mejilla, que aún conservaba el calor del momento interrumpido, pero se contuvo. En su lugar, levantó la sábana invitándola a recostarse.
—En otro momento será.
‘Si es que hay un ‘otro momento»
Berenice esbozó una sonrisa tímida, como si intentara encontrarle un significado especial a esa promesa.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Berenice abrió los ojos de golpe tras un sueño ligero. Pensaba que se pasaría la noche dando vueltas en la cama, pero al final las palabras de Erkin fueron como un somnífero. Gracias a ese sueño corto pero profundo, no sentía los párpados pesados ni el cansancio acumulado.
Se levantó rápido, se arregló un poco el pijama y el cabello, salió al balcón. El jardín y las entradas de la mansión estaban repletas de soldatos mucho más armados que de costumbre, patrullando con sus armas en mano. Incluso vio que habían cuadrado los carros en fila en la entrada para evitar que algún enemigo intentara entrar a la fuerza con un vehículo.
Berenice se puso una bata delgada sobre el pijama. Erkin no estaba por ningún lado; ni rastro de él en el sofá. Sintiendo un vacío extraño, se puso las pantuflas y salió de la habitación. Por instinto se miró la muñeca, pero no tenía el reloj.
Se había hecho trizas durante el tiroteo. ‘Qué pena’, pensó, ‘con lo poco que me duró el regalo de Erkin’. Tendría que comprarse uno igualito después.
Al bajar al comedor atravesando los pasillos silenciosos, los soldatos que hacían guardia nocturna la saludaron con respeto. Miró el reloj de pared: acababan de pasar las once de la noche. Se sobó las cejas, pensativa.
—¿Y Riccardo?
—Aún no llega, señorita.
respondió de inmediato un guardia con el fusil al hombro.
—¿Alguna noticia? ¿Llamó?
—Nada.
—¿Y Michele o Emilio?
—¿Qué pasa conmigo? Emilio se fue al hospital.
Michele salió de la cocina con un cannoli en una mano y un pedazo de panettone en la otra. André también apareció, con la comisura de los labios manchada de crema de pistacho.
—Parecía que estabas jateando bien.
—Me desperté hace un rato. ¿Y Erkin?
—¿No se habrá ido al baño?
Asumiendo que estaba en alguna parte de la mansión, Berenice jaló una silla y se sentó de golpe. Michele, apoyado a medias en la mesa, le preguntó:
—¿Y qué fue? ¿Cómo pasó todo?
—Ya te contaron.
—¿De verdad eran los de la banda Ballimott?
—Yo solo tuve la mala suerte de estar ahí. El objetivo era Riccardo, de todas maneras.
Berenice les hizo un gesto a los guardias del comedor para que se retiraran y los dejaran solos.
—¿Dices que se filtró la información?
—No nos estaban siguiendo. Estaban esperando en el único camino que podíamos tomar para volver a la mansión desde el restaurante donde comimos con Riccardo. No solo sabían dónde íbamos a comer; sabían la hora de la reserva y que regresaríamos a casa inmediatamente después.
—¿Sospechosos?
—Muchos.
Berenice buscó en los bolsillos de su bata, pero se dio cuenta de que se había dejado los cigarros y el encendedor en el marco de la ventana. Con las ganas contenidas, sacó una botella de licor de la alacena. Iba a usar un vaso que ya estaba afuera, pero Michele, atento, le pasó uno limpio.
—Los guardaespaldas de Riccardo, el chofer, los empleados del restaurante, algún caporegime…
—Escuché que el chofer y los guardaespaldas están graves.
—Casi no la cuentan. Y a uno de los choferes no le conocía la cara.
—…….
—Lo más probable es que Emilio no se haya ido al hospital por cortesía. Debe haber ido a buscar al chofer que, ‘casualmente’, hoy no se presentó a trabajar.
Al escuchar eso, Michele y André se persignaron al mismo tiempo.
—¿Y cuál era el restaurante?
—Calle 47 Este, número 382.
—No puede ser.
Michele sacudió la cabeza al toque. Sabía perfectamente que esa era la dirección del restaurante de Alberto.
—No es algo que podamos dejar pasar con un simple ‘no puede ser’.
sentenció André, limpiándose la comisura de los labios con seriedad.
—André tiene razón.
—Dicen que cuatro hombres de los Ballimott murieron en el lugar.
—A uno lo maté yo.
—Berenice…
—Estoy bien. Dejen de preocuparse por mí y denme su opinión: ¿por qué diablos los Ballimott harían una locura así? No le encuentro el sentido.
Los Valentiera y los Ballimott casi nunca se cruzaban, a menos que uno se metiera a hacer chongo en el territorio del otro. Sabían que si las dos organizaciones chocaban de verdad, la cosa no quedaba en una peleíta de barrio.
Cuando pasaba algo como lo de hoy —donde unos mueren y otros terminan debatiéndose entre la vida y la muerte en un hospital—, siempre se metían los federales o la policía a fregar la paciencia. Por eso, aunque siempre andaban en lo turbio, respetaban sus zonas; pelearse no era negocio para nadie.
Entonces, ¿por qué ahora?
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com