Perros entre rosas marchitas - 61
Cuando tocó la puerta del dormitorio con cuidado, escuchó al toque la voz de Berenice diciéndole que pase.
—Francesco dejó esto. Dice que mejor coma algo en vez de andar tomando pastillas para dormir.
Erkin puso la bandeja sobre la cómoda y se dio la vuelta, pero Berenice seguía echada en la cama. Solo le echó un ojo a lo que traía y nada más.
—… No te vayas.
Berenice lo llamó con una voz bien bajita justo cuando Erkin ya tenía la mano en la manija de la puerta.
—No salgas.
—…….
—Francesco no me habría dado todo esto para que me lo coma sola. ¿Acaso no lo conoces?
Recién ahí, Berenice se levantó despacio y se sentó abrazando sus rodillas. Erkin agarró la bandeja y se sentó al borde de la cama.
—Perdóname.
Él deslizó la bandeja hacia los pies de ella mientras soltaba la disculpa. Berenice, que tenía la cara hundida entre las rodillas, asomó un ojito para tantearlo.
—¿Perdón por qué?
—Por hablarte feo hace un rato.
—… ¿Y por qué lo hiciste?
Erkin pinchó un trozo de durazno con el tenedor pequeño y se lo acercó a la boca.
—Porque casi te mueres. Y yo no quería que te pasara nada.
—…….
—… Esos tipos atacaron primero. No me gustaba verte torturándote con una culpa que no te toca.
—No es culpa.
—Lo que sea que fuera.
Berenice aceptó el durazno como quien no quiere la cosa, pero no le quitaba los ojos de encima. Erkin no la presionó para que hablara más. Como ella le dijo que no quería leche, puso el vaso en la mesa de noche y se repartieron los chocolates, la fruta y el brandy, tal como quería Francesco.
Mientras él le revisaba las heridas de la frente y el brazo para ver si ya habían dejado de sangrar, Berenice murmuró bajito:
—¿A quién se le ocurre irse de verdad cuando le dicen que se largue?
—Bueno, la otra vez usted me mandó a bajar del carro y que me viniera caminando…
—Eso fue otra voz, no es lo mismo. ¿Acaso no has tenido enamorada nunca?
—…….
Ella se quedó esperando una respuesta mientras refunfuñaba por lo ‘obediente’ que resultó ser él, pero el silencio se prolongó demasiado. Los ojos de Berenice se abrieron como platos y la mano de Erkin se detuvo a mitad de su mejilla.
—… ¿Nunca has tenido flaca?
—…….
—¿Por qué? O sea… ¿cómo así?
—¿Acaso es obligatorio haber tenido una?
Ante esa respuesta, ella se quedó sin palabras por un segundo. Berenice masticó el durazno que él le había dado y preguntó al toque:
—¿Y nadie se te mandó? ¿Nadie te dio bola?
Erkin soltó una risita. No hacía falta que dijera nada; la cara de desconcierto de Berenice lo decía todo.
—Digamos que no tenía tiempo ni cabeza para andar en amoríos.
—¿O sea que yo soy la primera?
Apenas lo soltó, se sintió un poco tonta, como esos hombres patéticos que se obsesionan con ser ‘el primero’, pero la verdad es que moría de curiosidad.
—Si soy el primero, ¿te vas a hacer cargo?
—… Oye, ¿esa frase no la dicen las mujeres?
—¿Y preguntar si soy virgen en el amor no es algo que preguntan las mujeres?
—Solo tenía curiosidad……
Ella lo seguía mirando con ojos de búho
—Pero pucha, qué piña que tu primera relación sea así, por un contrato. Siento que te estoy haciendo un daño, de verdad.
Erkin se rió, como diciendo que ella se preocupaba por puras tonteras.
—¿Cuál daño? Si no piensas hacerte responsable hasta el final, mejor ni digas nada.
Berenice estiró los brazos sobre sus rodillas para desperezarse y, con un tono burlón, le soltó:
—Con razón. Ya decía yo que te lanzabas con todo, como un primerizo que no sabe ni por dónde empezar.
Pero Erkin no se picó; solo soltó un soplido de suficiencia y la miró con cara de ‘ya, tú sigue creyendo eso’.
—No se preocupe. Con práctica, me va a salir de maravilla.
—¿Y cómo se supone que vas a practicar?
Berenice abrió los ojos de par en par, como si acabara de presenciar la traición más grande de su vida.
—Vaya, qué curiosa me saliste. ¿Por qué? ¿Acaso la señorita me va a ayudar?
—… ¿Y por qué no podría?
Ay, no. Ese afán de no quedarse atrás nunca le salía en el momento adecuado. Pero ya lo había soltado y no había forma de tragarse sus palabras. Berenice le lanzó una sonrisa retadora, pero Erkin no le devolvió el gesto.
Al ver que la chispa de broma desaparecía del rostro de Erkin, la sonrisa de Berenice también se fue apagando poco a poco.
—O-oye, es una broma.
—Si estuvieras saliendo con otro hombre para zafarte del compromiso, ¿también le habrías dicho lo mismo?
—¿Lo mismo qué?
—Eso de que lo ibas a ayudar con ‘la práctica’ y esas cosas.
—Ah… ¿Es necesario ponerse en ese plan?
Berenice parpadeó despacio, sin saber qué decir.
—Es que… planeé esto porque eras tú…
Se quedó pensando en mil supuestos y posibilidades, pero al final sacudió la cabeza como si ninguna otra opción tuviera sentido.
—Ni siquiera se me pasó por la cabeza otro.
—¿Dices que me lo propusiste solo porque era yo?
—Sí. Porque tú lo sabes todo.
Berenice jaló la manta hasta cubrirse las rodillas por completo.
—Sabes quién soy y por qué te propuse esto… Eres alguien que me entiende sin que tenga que decir ni una palabra. Contigo podía solucionar las cosas sin tener que andar exponiendo mis miserias a cada rato…
Desde el principio, Erkin era su única opción. Le daba un poco de roche admitirlo, pero sintió que podía ser un poco más sincera con él.
Era como si con Erkin pudiera estirar la pierna y darle un empujoncito, molestarlo un poco, algo que nunca se había atrevido a hacer con nadie más. Se sentía como si él le diera permiso para hacer cosas que siempre tuvo prohibidas.
—En fin, como tú ya sabes todo… pensé que alguien que me conoce así no se dejaría llevar por sentimientos tontos y se limitaría a cumplir el contrato. Por eso lo hice.
—… ¿O sea que alguien que ‘lo sabe todo’ nunca llegaría a sentir algo por ti?
—Claro…
Berenice asintió despacio, muy convencida.
—¿No es obvio?
‘¿Obvio?’
Esta vez fue Erkin el que se quedó mudo.
En la cara de ella no había ni rastro de mentira: Berenice creía ciegamente que si alguien conocía su verdadera identidad —quién era realmente Berenice Rosa Valentiera—, sería imposible que la amara de verdad.
Era lo mismo que pasaba con Riccardo, Michele o André; ellos la veían como familia, como una hermana, nada más…
Erkin sintió como si le hubieran metido un fierro caliente por la garganta. Sintió un nudo amargo y extraño que no sabía cómo explicar.
Si esa era la razón, pensó que menos mal no le había dicho que se le movía el piso cada vez que ella se mostraba vulnerable… pero el sentimiento seguía ahí, fastidiando.
Erkin se pasó la mano por la cara varias veces, tratando de espantar esos pensamientos, dijo con esfuerzo:
—Bueno, si dices que no hay problema, ayúdame entonces. Total, no es como si nos fuera a pasar algo o nos vayamos a enamorar.
—… ¿Y qué gano yo si te ayudo?
—No sé. Quizás que te haga más caso que ahora.
—¿Qué es eso? Qué estafa.
—Pero, ¿lo dices en serio?
—¿Qué cosa?
—Eso de que desde el principio solo pensabas proponérmelo a mí.
—Ya te dije. No tenía otra opción más que tú.
—¿Y si te hubiera dicho que no?
Berenice puso cara de pensar, un poco fastidiada.
—Te habría ofrecido alguna condición o un pago que no pudieras rechazar. Y si ya de plano me decías que no… le habría jurado a Riccardo por todos los santos que no salía con nadie y le habría dicho la verdad, nomás.
Erkin soltó una risa baja, de esas que retumban en el pecho.
—¿De qué te ríes?
—De que eres mucho más lanzada y sin planes de lo que pensaba.
‘¿Qué le pasa?’
Berenice arrugó la cara, picada. Estaba segura de que eso no era un cumplido ni por asomo, pero no podía negar que verlo reír así le gustaba. O tal vez, lo que le gustaba era el simple hecho de que él se riera con ella.
—Si te hace tanta gracia, entonces tú también lánzate sin pensar.
—Ya lo estoy haciendo, de sobra.
—¿Tú?
—Sí. De sobra.
—Bueno, si ya lo estás haciendo ‘de sobra’, entonces que seas un poquito más lanzado no va a cambiar mucho las cosas, ¿no?
Erkin no respondió. Se terminó lo que quedaba del brandy de un solo trago. Berenice lo observaba, mordiéndose apenas el labio inferior. Hasta hace poco, le bastaba con tener su mirada fija en ella, pero ahora eso ya no le era suficiente.
—Si de todas formas vas a practicar, yo puedo ayudarte.
—…….
—No es difícil. Despacio, suave… Hazlo como si lo hicieras por alguien a quien amas tanto que estarías dispuesta a morir por esa persona…
—Dime si te duele.
El rostro de Erkin se acercó peligrosamente. Berenice cerró los ojos con fuerza, esperando el impacto, pero pasaron los segundos y no sintió nada en sus labios.
—¿Por qué…?
Abrió un poquito los ojos y se encontró con Erkin mirándola fijamente, a milímetros de distancia.
—¡Ay, qué susto! ¿Por qué te me quedas mirando…?
Y entonces, pasó.
Por la vergüenza de haber cruzado miradas justo antes, ella volvió a apretar los ojos, pudo sentir cómo la comisura de los labios de Erkin se elevaba en una sonrisa cómplice. Él, como si tuviera los ojos abiertos y supiera exactamente dónde estaba cada herida en su rostro, se movió con destreza para no rozar ninguna.
Era la primera vez que ambos estaban cuerdos, sin segundas intenciones, solo besándose por el simple placer de besar.
Era dulce.
Podía sentir el sabor de la fruta, el chocolate y el aroma del brandy que habían compartido. Erkin seguía el consejo de Berenice al pie de la letra: succionaba sus labios con una delicadeza extrema. Con cuidado, probando con la punta de la lengua como si estuviera saboreando un dulce prohibido. Pero a Berenice esa lentitud le empezó a desesperar. Separó un poco sus labios y abrió los ojos apenas.
Ah, era la primera vez que lo veía así.
Esa cara de un hombre totalmente concentrado en un beso.
Erkin frunció el ceño y abrió los ojos, fastidiado porque ella había cortado el contacto. Se le veía contenido, haciendo un esfuerzo sobrehumano por cumplir con el pedido de Berenice de ser ‘suave’ cuando su propio deseo pedía a gritos algo más. Ese entrecejo arrugado y esa mirada afilada, llena de una tensión reprimida por ponerla a ella primero, eran terriblemente…
—¿Qué pasa? ¿No te gusta?
—… No. Es que me dejas con las ganas.
Berenice se humedeció los labios, como quien busca calmar la sed.
—Puedes hacerlo un poco más fuerte… así, más rudo… creo que está bi…
Ante el cambio en el pedido de Berenice, Erkin se mordió el labio y susurró casi para sí mismo:
—Las cosas que dices… vas a hacer que me vuelva loco.
Apenas terminó de apretar los dientes, Erkin se la tragó entera. Le mordió con fuerza el labio inferior mientras su lengua invadía su boca sin pedir permiso, explorando cada rincón con una intensidad que ya no tenía nada de suave. Era un beso salvaje, un reclamo hambriento que parecía querer devorarla ahí mismo.
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