Perros entre rosas marchitas - 60
Trataba de no alzar la voz para que los gritos no traspasaran las paredes del dormitorio, pero su furia ya estaba ardiendo sin control. Al final, Erkin no aguantó más y también levantó la voz.
—¿Que tú qué? ¡Qué buena concha la tuya! ¿Quién eres tú para decirme eso? Si eres tú la que no pierde ni una sola oportunidad para correrme y evitarme a como dé lugar.
—…….
—Si me evitaras siempre, en cualquier momento y lugar, todavía… ¡Pero justo cuando tienes que escapar, cuando te digo a gritos que te vayas, te empecinas en quedarte ahí plantada y me vuelves loco! ¡¿Y ahora me sales con esto…?!
—… ¿Qué?
Berenice frunció el ceño, confundida.
—Como no sabes distinguir cuándo debes huir y cuándo no… si en lugar de mí hubiera estado cualquier otro tipo a tu lado, ¿crees que habrías salido viva?
—Seguro que sí. Michele o André habrían podido…
—Al menos frente a mí, no menciones a otros hombres.
Esa advertencia, soltada en un tono bajo, sonó tan fría que parecía haber matado cualquier emoción. Aunque lo escupió casi entre dientes, como si nunca hubiera gritado, una furia mucho más salvaje cayó sobre Berenice como un peso muerto.
—Se supone que soy tu amante y que esto va en serio, así que mantengamos el respeto mutuo.
—…….
El pulgar de Erkin rozó los labios de Berenice. Presionó con fuerza, obligándola a abrir la boca, e invadió su interior de forma casi atrevida. Parecía una advertencia, como si le dijera que tuviera cuidado con quién usaba su lengua. Berenice, para no quedarse atrás, le mordió el dedo con descaro y se burló:
—¿Y tú hablas de respeto haciendo esto? Qué gracioso.
—Si vas a hablarme así, por lo menos hazlo con una sonrisa.
—Tú eres el que debería actuar como un verdadero amante antes de soltar tantas estupideces.
—¿Y qué me faltó hacer?
—…….
—Te lo pregunto porque necesito que me lo digas para entenderlo. ¿Acaso no te basta con que sea un tipo que te hace caso en todo lo que mandas?
—…….
Se sentía extraño.
Berenice no reconocía a este Erkin. Se le veía tan molesto que no había rastro de ese hombre que siempre le aguantaba todo y dejaba pasar las cosas. Y no solo Erkin le resultaba ajeno; ella misma se desconocía.
Con Riccardo, Michele o André, ella nunca ocultaba su verdadera personalidad y siempre hacía lo que le daba la gana, pero siempre respetaba una línea. Por más que se pusiera caprichosa, casi nunca cruzaba los límites establecidos entre ellos.
Pero con Erkin… con él era difícil.
Era como si con Erkin no existieran esas líneas. Se le hacía demasiado difícil controlarse. A veces se sentía como una niña malcriada que no se queda tranquila hasta tener todo lo que desea en sus manos, esa sensación le resultaba tan nueva que no sabía cómo manejarla.
Si tan solo hubiera podido hacer berrinches o ser engreída de niña, no le daría tanta rabia. Pero ya no era una niña, esas ganas de tenerlo solo para ella y manejarlo a su antojo la hacían sentir como si estuviera usando una ropa que no le quedaba.
Sabía que se estaba portando como una terca y que se veía fatal, pero su boca no se detenía.
—… Sí. Me falta.
—…….
—Si hoy no te sorprendiste cuando Riccardo apareció de la nada, fue gracias a mi astucia. No te confíes solo porque hoy nos salió bien. Yo hice la propuesta, pero fuiste tú quien aceptó.
Erkin se cruzó de brazos, como si por fin hubiera entendido a dónde quería llegar.
—¿O sea que quieres que actúe de forma que nadie sospeche nunca, en ningún lugar?
Berenice movió los ojos de un lado a otro, sin saber qué decir. Solo le había respondido por orgullo, porque le parecía injusto que él la tratara como si se la fuera a comer viva solo porque esta vez no huyó.
El flujo de la conversación se había vuelto raro. Sentía que si seguían con esto, terminarían mal. Berenice, ocultando sus manos que temblaban un poco incluso antes de curarse las heridas, sacudió la cabeza.
—Que sospechen o no, qué importa. Ahora no hay nadie mirando. Relájate de una vez. Yo ya terminé, estoy cansada.
—¿Por qué? Ya que sacaste el tema, ¿por qué mejor no me das un beso?
—… ¿Qué?
Berenice lo miró sorprendida. Eran las mismas palabras que ella usó cuando le propuso empezar esa relación. Pero escuchándolas de la boca de Erkin, sonaban totalmente distinto.
—Para que esto funcione, no puedo hacerlo yo solo. Es de cobardes lanzar la piedra y luego esconder la mano.
—¿Cobarde…? ¡¿Qué te pasa?!
—Es que siempre que estamos en estas, solo piensas en escaparte y yo…
Erkin le agarró los hombros para que no pudiera evitarlo, pero de pronto se calló y frunció el ceño. Las arrugas en su frente se hicieron más profundas.
—¿Por qué estás temblando así?
—… Es que tengo frío. Es por el frío.
—¿Tienes frío con una pijama de manga larga en este clima?
Erkin la hizo sentar de nuevo en el sofá y le chequeó la cara. No tenía ni una herida que explicara por qué estaba así, pero Berenice estaba pálida, como si se le hubiera ido toda la sangre. Si no fuera por su pulso y el calor de su cuerpo, cualquiera pensaría que estaba muerta; tenía el rostro tan blanco y tenso que parecía estar al borde de un abismo.
Buscando la razón, Erkin bajó la mirada. Notó que Berenice no podía dejar quietas sus manos: no paraba de masajearse el dedo índice, que le temblaba sin parar.
—¿Es por… por haber matado a los de la banda de Ballimot?
—… No es eso.
Pero era obvio que sí.
—Berenice, ¿tienes miedo por haber matado a alguien?
Era una pregunta, pero él ya estaba seguro de la verdad. Berenice lo miró con resentimiento; odiaba que fuera tan terco con sus preguntas.
—¿Miedo de qué? Fue en defensa propia.
—¿Es la primera vez que matas a alguien?
Berenice se cubrió la cara con las manos y su pecho empezó a subir y bajar con fuerza.
‘De verdad es su primera vez’.
Se acordó de lo que dijo Armando una vez: ‘Berenice sabe pelear, pero nunca se ha manchado las manos con sangre caliente’.
Como ella siempre andaba armada y manejaba desde revólveres hasta escopetas con una precisión increíble, él siempre dio por hecho que ya se había quebrado a alguien antes.
Pero resulta que era su primera vez.
Erkin se sintió mal por haberla presionado tanto, pero tampoco quería dar su brazo a torcer. Como investigador, a él no le quitaba el sueño que unos delincuentes murieran en un tiroteo; era ‘ellos o nosotros’. Pero… ¿por qué esta mujer, que se supone es una mafia y trabaja limpiando desastres para una agencia de sicarios, estaba así?
—Tú dijiste que preferías ser la agresora antes que la víctima. No seas ambigua y mantén tu postura.
—¿Ambiguo? ¡¿Qué he hecho yo de ambiguo?!
Berenice bajó las manos y cerró los puños tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.
—Tú… no me digas que…
—…….
—¿Te parece patético que una mafia como yo esté choqueda por matar a alguien, aunque haya sido en defensa propia? ¿Solo porque soy una criminal?
—…….
—Es eso, ¿no?
—Lo que quiero es que no me confundas.
—¡¿En qué te he confundido yo?! ¡Tú eres el que se alucina cosas y se confunde solo! ¿Acaso yo te dije que me sentía mal porque algún día iba a pagar mis culpas?
Berenice soltó los puños, quedándose sin fuerzas.
—Yo seré lo que quieras, pero tú… tú hablas bien feo.
—…….
—Vete. No te quiero ver.
Berenice se mordió el labio.
—Si no te vas, me voy a dormir al pasillo.
Erkin la miró un rato mientras ella le quitaba la mirada, terca. Al final soltó un suspiro y salió del cuarto. Berenice, sola en el silencio de su habitación, hizo un pucherito.
—Le digo que se vaya y de verdad se va… el muy…
‘Perdí los papeles. Me porté como un chibolo, por puro impulso’.
Erkin se juzgó a sí mismo con frialdad y apoyó la frente contra la pared. No podía sacarse de la cabeza esa mirada de mujer herida que ella le lanzó.
Pensándolo bien, antes que una mafiosa, era una mujer que recién pasaba los veinticinco. Podía ser una experta falsificando pruebas, pero quitarle la vida a alguien era otra voz.
A veces, él deseaba que ella fuera como Antonio o Riccardo: gente sin alma, sin sangre en la cara, que matan o limpian crímenes sin que les tiemble la mano. Así él no tendría remordimientos en acercarse a ella y usarla.
Pero las cosas no salían como quería. Los sentimientos se estaban metiendo entre los dos de una forma que ya no podía ignorar.
Soltó un suspiro largo y volteó. La puerta seguía cerrada. Empezó a caminar de un lado a otro frente al cuarto.
Había salido porque ella se lo pidió (tal como él la obligó a bajar del carro esa vez), pero no estaba seguro de si era buena idea dejarla sola cuando estaba tan alterada.
‘Bueno, en esta mansión está segura, hay médicos si pasa algo…’. Pero a pesar de decirse eso, seguía dando vueltas como loco cerca de la puerta, hasta que alguien lo llamó desde las escaleras.
—¡Erkin!
Era Francesco, el jefe de cocina.
—¿Todavía no se ha acostado, Francesco?
—¿Cómo voy a dormir con tremendo chongazo?
Francesco era de los que tenían calle; un inmigrante de Linferno que había pasado por mil cosas. Erkin recibió la bandeja de plata que el viejo le ofrecía.
—Toma, come esto con la señorita. No pueden dormir, ¿verdad?
La bandeja estaba llena: trufas de chocolate con ganache y cocoa, leche, miel, durazno y dos copas de brandy. Parece que Francesco no sabía que a Erkin lo habían botado del cuarto.
—El patrón va a demorar un poco más, así que no se preocupen.
—Gracias.
—El hospital está bien vigilado por los otros capos y soldados, así que tranquilos. Pensar mucho solo quita el sueño.
Francesco siempre hablaba como una madre cariñosa. Él decía que el que es tacaño con la comida se va al infierno, siempre trataba de meterle aunque sea una uva en la boca a cada soldado que pasaba por la mansión. Erkin no pudo evitar soltar una risita.
—Vaya, ahora sí sonríes. Cuando llegaste aquí eras bien frío, como si sonreír fuera pecado. Así te ves mejor.
—…….
—Ya, anda, que la señorita te debe estar esperando.
Erkin se quedó solo en el pasillo mirando la comida. Decidió aprovechar el ‘centro’ que le había mandado Francesco. No quería terminar el día así de mal con ella.
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