Perros entre rosas marchitas - 6
—Ya te dije que no. Nunca en mi vida me ha provocado estar con una mujer.
—Sí, por supuesto.
—¡Ni siquiera parece que me creas! ¿Y a qué te refieres con eso de ‘así’, para empezar?
—Me refiero a ese tipo de relación donde solo te involucras con un hombre que sea guapo, que valga tu tiempo y tu plata, que ofrezca algo que ganar.
—… ¿Acaso no es obvio?
Berenice levantó las cejas como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.
—¿Por qué saldría con alguien que no vale la pena?
—….
—La plata no brota de la tierra, todo el mundo tiene solo veinticuatro horas al día. Si voy a gastar las mías, tengo que invertirlas en un hombre que valga cada segundo. ¿Me estás diciendo que me siente frente a un feo cualquiera que no es nadie a comer pasta? Solo de imaginarlo se me quita el hambre. ¿Por qué lo haría? Al menos hacer voluntariado o donar plata te hace sentir bien. Pero ¿esto…?
—No me refería a eso. Me refería a que no eres sincera.
—¿Cómo que no soy sincera?
Berenice no entendía la pregunta de Erkin.
—Siempre he sido sincera, sin importar con quién estuviera.
—No me diga que su idea de sinceridad es….
—Si te refieres a un propósito genuino como: ‘Vamos a ver hasta dónde llega Russo Gucci, ya que él intenta usarme, yo lo usaré a él de vuelta’, entonces sí. Es exactamente lo que quiero decir. Ya lo sabías, así que ¿para qué preguntas?
Ladeando la cabeza con curiosidad, Berenice mostró una sonrisa brillante y juguetona que iluminó su rostro. Quizás dándose cuenta de que lo mejor era callarse ahora, Erkin apretó los labios con firmeza.
Luego, tras un momento de reflexión, sus ojos se agrandaron brevemente antes de volver a la normalidad. Aunque la respuesta había sido inesperada, su mirada brilló con una luz peculiar —como si acabara de entender algo importante— antes de que ese brillo desapareciera.
Al notar ese destello sospechoso, Berenice se echó un poco hacia atrás. Sin darse cuenta se había acercado demasiado, su instinto le gritaba que aproximarse más sería peligroso.
Como si le hubiera leído la mente, Erkin, que había estado parado de forma demasiado rígida todo el tiempo, se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Entonces, si un hombre es medianamente bien parecido, no es una pérdida de tiempo y tiene algo que usted pueda ganar, es un candidato válido para salir?
—¿Y a ti qué te importa?
—¿Es extraño que quiera saber más sobre la dama a la que voy a servir?
—Sí, es extraño.
Por si acaso Erkin decidía acortar la distancia entre ambos, Berenice lo cortó en seco, con voz firme. La expresión que él tenía mientras hacía esas preguntas, pretendiendo estar calmado pero claramente buscando algo, le resultó extrañamente familiar, como si….
Ni hablar. Imposible.
¿Erkin, usando sus encantos? No hay forma.
Berenice borró de inmediato la palabra que cruzó por su mente. Solo pensarlo hizo que se le erizara la nuca, casi se estremece frente a él.
Solo imaginarlo era lo suficientemente desagradable. Aunque sabía perfectamente que nada de eso pasaría, las experiencias que había tenido a lo largo de los años hacían que ese ‘qué tal si’ fuera difícil de ignorar.
Sus labios se curvaron hacia abajo como si acabara de probar leche malograda y sacudió levemente la cabeza.
—Viniendo de ti, es más raro todavía. Si tienes curiosidad, pregúntale a Ricardo. Aunque dudo que te responda.
Su tono dejó claro que estaba marcando su territorio; después de todo, él no era el guardaespaldas que ella había elegido. Erkin soltó un breve sonido de asentimiento.
—Es una lástima que haya arruinado el plan por no saber que usted estaba al tanto, pero tanto el jefe como yo fuimos sinceros.
—….
—Usted ya sabe que la Familia se está preparando para expandir su influencia y empezar un nuevo negocio pronto. Aumentar la seguridad era inevitable.
—¿Y?
—Si le dio información falsa a Russo deliberadamente, debió prever la posibilidad de una represalia.
—Lo hice. Por eso me tragué mi orgullo y acepté que vinieras.
—Viniendo de la persona que me mandó a bajar del auto para caminar, eso no suena muy convincente.
Erkin ladeó un poco la cabeza, como diciendo que esa parte necesitaba una corrección.
—De todos modos, bajo esas circunstancias, el jefe decidió que no podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo un informante de otra Familia la contactaba para verse de nuevo. Especialmente porque, a diferencia de lo habitual, usted estuvo ocultando que salía con Russo por un buen tiempo.
—Ah, ¿entonces se supone que tengo que reportar mi vida amorosa con pelos y señales?
—Él pensó que usted estaba siendo especialmente ‘sincera’ con Russo. ¿Y qué clase de hermano se quedaría mirando mientras su hermana sale con un tipo así?
—Vaya, cuánta profundidad en todo esto.
—No lo dije con sarcasmo.
—…Tienes bastante floro para ser alguien que no habla mucho, ¿no?
Respondiendo sin muchas ganas y sin pensar mucho, Berenice murmuró como sorprendida. Al darse cuenta de que ella tenía razón —que efectivamente había hablado más de lo común—, Erkin apretó los labios.
La conversación inútil y larga empezaba a cansarla. El silencio que llegó justo a tiempo fue casi un alivio. No solo la charla se había extendido demasiado, sino que ni siquiera estos intercambios triviales habían salido como ella quería.
Lo había retenido para darle una advertencia, pero había sido una completa pérdida de tiempo.
Con advertencia o sin ella, no parecía ser el tipo de hombre que hiciera caso. Solo serviría para cansarle la voz. Tragándose el resto de lo que quería decir, Berenice movió la mano como espantando a un bicho fastidioso.
—Fuera. Ya hiciste suficiente por hoy.
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La puerta era lo suficientemente gruesa como para que fuera difícil distinguir qué tan lejos se habían ido los pasos de Erkin. Retirando el oído de la madera, Berenice levantó el florero que estaba sobre la mesa del comedor y lo volteó sobre el lavadero. Junto con las flores, que aún estaban frescas, una pequeña llave del tamaño de un dedo cayó al fondo.
Aprovechando el momento, cambió el agua del florero, volvió a colocar las flores y se dirigió directo a su dormitorio. Tomando la segunda llave que tenía pegada con cinta debajo de su mesa de noche, Berenice levantó la alfombra y reveló una caja fuerte empotrada en el suelo.
La caja, instalada a medida cuando se mudó al penthouse, solo abría cuando el dial estaba perfectamente alineado y las dos llaves distintas giraban en sus ranuras al mismo tiempo.
Con un click, Berenice exhaló en silencio mientras la caja se abría.
Dentro de las gruesas paredes de seguridad había lingotes de oro, diamantes, efectivo listo para usar, talonarios de cheques, varios pasaportes falsos con diferentes nombres y diversos objetos de valor.
Y eso no era todo.
También había rollos de película, cintas claramente usadas para espionaje y varios sobres gruesos con documentos. Después de añadir el material que había recolectado al rastrear e investigar a Russo Gucci, Berenice sacó con calma otro maletín del interior.
Dentro había cuchillos de bota pequeños pero de hoja afilada, varias pistolas, munición, lentes de sol, pelucas, chalinas y más. Revisando cada cosa con cuidado, Berenice se puso de cuclillas y se quedó mirando fijamente la caja fuerte abierta.
—Todavía no es suficiente….
Era todo lo que había recolectado silenciosamente durante los dos años transcurridos desde la muerte de su padre, Antonio Abel Valentiera, el anterior Don de la familia. Considerando que dos años no era mucho tiempo, era bastante, pero aun así no la satisfacía.
Al menos ya no tenía que preocuparse por ser descubierta, a diferencia de los días en que vivía y dormía en la mansión Valentiera. Vivir sola significaba que nadie se tropezaría con sus secretos.
‘Si tan solo supiera manejar, todo sería perfecto’.
Mirando sin moverse el contenido de la caja fuerte, Berenice fue ordenando sus pensamientos uno por uno. Cuando las piernas le empezaron a acalambrar, soltó un pequeño quejido, cerró la caja y le echó llave con total seguridad.
‘No ahora, pero algún día, de todas maneras’.
Repitiendo la misma promesa que siempre se hacía cada vez que revisaba y organizaba la caja, Berenice caminó cojeando un poquito hacia el baño.
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A la mañana siguiente, Erkin bajó en el ascensor con Berenice y Andre, quienes salieron puntuales para dirigirse a la oficina.
—…Berenice, ¿qué pasó acá?
Michele, que esperaba junto a la vereda, abrió los ojos de par en par apenas la vio.
—¿Qué?
—Tus zapatos. Están bien altos.
Michele señaló con la mirada los tacones aguja, altos y delgados, de Berenice. Ella levantó un poco la punta de los pies y los volvió a asentar, como diciendo: ‘¿Y?’.
—Hoy tienes que ir a la oficina y de ahí a Wetherford, ¿no? Te has puesto esos aunque casi nunca los usas.
—Tú eres el que maneja, así que ¿cuál es el problema? Está bien así.
—Si te sacas la mugre después, no esperes que te cargue.
—Michele, ¿estás loco?
Cuando los sermones de Michele se extendieron por un par de frases más, Erkin, que caminaba hacia el asiento trasero, giró un poco la cabeza y miró a Berenice, que estaba parada detrás de él.
Llevaba el cabello peinado con una dedicación minuciosa; su cuello largo estaba adornado con un collar de perlas de dos vueltas que caía sobre su pecho; vestía una chaqueta corta y entallada, una falda que le llegaba por debajo de las rodillas y esos tacones aguja que acentuaban su figura alta y delgada.
Ya la había visto bajar hace un momento, pero, al igual que ayer, el look de Berenice hoy era impecable. Su atuendo refinado y perfectamente pulido atraía las miradas inevitablemente hacia su radiante belleza.
Erkin frunció el ceño y le lanzó una mirada a los tacones altos y finos que llevaba Berenice. Ella no era bajita para empezar, pero hoy sus ojos parecían encontrarse con los de ella más fácilmente que de costumbre. En el momento en que se apuró en retirar la mirada que se había quedado fija más tiempo de la cuenta, sus ojos se cruzaron.
No hubo tiempo ni de fingir que no estaba mirando; pasó de la nada.
Esos ojos ligeramente rasgados, de bordes afilados e iris de un verde intenso, lo atravesaron como preguntando: ‘¿Por qué te quedas mirando en vez de abrir la puerta?’. Él ni siquiera sabía qué cara estaba poniendo, pero por la expresión de ella, estaba claro que algo había notado.
‘¿Qué se supone que significa esa mirada?’.
¿Y por qué se había puesto unos tacones tan altos que hasta Michele se lo había tenido que recalcar?
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