Perros entre rosas marchitas - 59
Al ver que no había forma de frenar a Berenice, que estaba decidida a seguir disparando, Erkin sacó el Magnum que siempre cargaba desde que se lo regalaron. Sin pensarlo dos veces, apretó el gatillo contra los tipos que se acercaban al carro, como queriendo verles la cara a los que se escondían en el asiento de atrás.
Mientras Erkin cubría con fuego, Berenice salió del carro casi rodando y se cuadró bien para disparar. No tenía cabeza para fijarse si Ricardo estaba vivo o si también estaba respondiendo al fuego; su único objetivo era meterle un escopetazo en la costilla al tipo que le estaba apuntando a su hermano.
Se le cayeron un par de cartuchos al pavimento mientras intentaba recargar a la loca, en ese segundo, un cañón la apuntó directamente a ella.
—Ah…….
Fue como si el tiempo se detuviera. Todo empezó a pasar en cámara lenta. Pudo verle los ojos al sicario, que tenía los dientes apretados como diciendo ‘no era el plan, pero ya que estamos en estas, te mueres’; y también escuchó a Erkin, ese tipo que nunca fallaba un tiro, gritando su nombre con una voz que ella jamás le había oído.
Berenice plantó bien los pies y apuntó, pero antes de que pudiera disparar, Erkin se lanzó sobre ella para cubrirla. El hombro de Erkin golpeó seco contra el sardinel que separa la vereda de la pista, pero el tipo reaccionó al toque: la abrazó fuerte y puso su espalda para protegerla de los sicarios.
Por un pelito, la bala no les dio y terminó impactando en un letrero de tránsito. Los gritos de la gente, que estaba muerta de miedo, llenaban toda la calle.
—¡…Vete! ¡Te voy a cubrir, escapa por atrás ahora mismo! ¡Ya!
Erkin la sacudió de los hombros con una fuerza que asustaba
—¡Berenice!
—…….
—¡¿Qué te pasa?! ¡Reacciona y lárgate de una vez…!
En ese momento, Berenice le arrebató el Magnum de la mano, apretó los dientes y disparó hacia atrás con todo. El estruendo fue tan fuerte y tan cerca que Erkin soltó un quejido y se tapó los oídos. Berenice se quedó mirando fijamente al tipo que caía de espaldas, respirando como si le faltara el aire.
De pronto, alguien empezó a gritar: ‘¡Fuego, fuego!’.
A pesar de que le zumbaban los oídos, Erkin llegó a escuchar el grito y volteó. Vio que el combustible que chorreaba del carro se había prendido. Al toque, se levantó, cargó a Berenice y se lanzó lo más lejos que pudo.
Como se movieron a la volada, no pudieron caer parados y terminaron en el suelo. En ese microsegundo, el carro envuelto en llamas voló en pedazos. El grito desgarrador de Berenice por la explosión rompió el aire, que ya apestaba a quemado.
Recién ahí se escucharon los gritos de Ricardo y su seguridad, que ya habían bajado a otros tres sicarios. Ricardo, cargando una escopeta parecida a la de su hermana, los llamaba desesperado:
—¡Berenice! ¡Erkin!
Parece que no los veía entre tanto humo. Su voz sonaba recontra quebrada, buscando confirmar si estaban vivos, pero Berenice no podía ni contestar.
Se quedó ida mirando la columna de humo negro que subía al cielo. Empezó a respirar cortito, como si no hubiera oxígeno, totalmente desencajada.
—Berenice, mírame.
Erkin le agarró los cachetes, que estaban pálidos, la obligó a que lo mirara a los ojos. En ese momento, él vio en ella a la niña de hace 15 años, la que escapó viendo cómo su casa volaba por una explosión de gas.
Para que no viera los restos del carro ni el desastre, Erkin le clavó la mirada y no dejó de pasarle el pulgar por la mejilla para calmarla. Berenice, que parecía que recién estaba volviendo en sí, vio que a Erkin le salía sangre de la oreja y estiró la mano asustada.
—Erkin, tú… tu oreja… por mi culpa…
Erkin le chapó la mano antes de que llegara y la jaló hacia él, abrazándola con una fuerza que parecía que le iba a romper las costillas. Berenice se asustó por la intensidad, pero no puso resistencia.
—Mi oreja está bien. Que se me rompa el tímpano no es nada.
El corazón de Erkin latía tan fuerte y rápido como una ráfaga de metralleta, pero sentía que esos latidos eran como palmaditas en la espalda para tranquilizarla. Su mano en la nuca de ella era firme, no la iba a dejar voltear a ver el fuego. Berenice cerró los ojos con fuerza, soltó unas lágrimas y susurró:
—Quiero ver… quiero ver tu cara…
Aunque sentía el corazón del otro golpeando contra el suyo, avisando que seguían vivos, ella necesitaba verlo. Necesitaba confirmar que Erkin estaba ahí, que aunque no estuviera perfecto, podía moverse y estaba con ella.
Erkin se separó un poquito y le acomodó el pelo con ansiedad, como quien busca asegurarse de que ella no tiene ni un rasguño.
—Ah…
Berenice soltó un suspiro que fue casi un lamento.
Era una cara que nunca le había visto. Se notaba clarito que el tipo estaba muerto de miedo de perderla. Fue como si su máscara de siempre se hubiera derretido con el sudor; esa expresión real se le quedó grabada a ella en el cerebro.
Sintió una cosa rara en el pecho, como si el corazón se le estrujara y soltara sangre. Una sensación extraña, como si algo empezara a florecer ahí dentro.
A lo lejos se escuchaban las sirenas de la policía como un aviso de lo que se venía, pero Berenice ya no oía nada.
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A lo lejos se escuchaba la voz de Emilio gritando que ‘cómo carajos se iban a llevar a alguien a la comisaría si ellos eran los que casi se mueren’.
Poco después de que terminara la balacera, llegó la policía y, aunque sabían que les habían caído de sorpresa, se llevaron a Ricardo para que diera su manifestación. Los oficiales también querían llevarse a Berenice y a Erkin, pero Ricardo se puso fuerte y dijo que primero tenían que curarlos, así que logró que los mandaran de frente a la mansión.
De los seis sicarios: cuatro muertos y dos graves.
Del lado de ellos: los dos choferes y un guardaespaldas fueron directo a emergencias, bien graves. Berenice y Erkin se quedaron solo hasta ver que entraran a sala de operaciones y que llegaran los otros capos, de ahí se quitaron a la casa.
Para eso, el médico y la enfermera que llamó Emilio ya estaban esperando en la mansión Valentiera. Comparados con los que estaban en cirugía, lo de ellos no era nada: rasppones en la cara y los brazos, cortes por los vidrios rotos y el tímpano de Erkin un poco sentido.
El doctor no dejaba de preguntar si le ardía el desinfectante o si se sentía mareado, pero Erkin ni caso; solo tenía ojos para ver cómo estaba Berenice. Ella, por su parte, estaba en otra. A diferencia de cuando estaba metiendo bala sin que le tiemble la mano, ahora parecía que se le había ido el alma del cuerpo y ni escuchaba a la enfermera.
—Menos mal que no hay nada que coser. Mañana se van a despertar con un dolor de cuerpo horrible por la tensión. No hay fracturas ni esguinces, pero igual mañana vayan a una clínica para hacerse un chequeo completo… ¿Señorita?
—… Ah, sí. Te estoy escuchando.
La respuesta lenta de Berenice hizo que la enfermera se preocupara más.
—Señorita, me enteré de lo que pasó en el camino. Ha sido un milagro que estén vivos.
—Oye, creo que voy a necesitar algo para poder dormir hoy…
—No necesita pastillas. Gracias.
La enfermera se quedó medio descolocada. Erkin cortó de una el pedido de Berenice. Ella lo miró como ida, sin reclamar, preguntó despacio:
—… Erkin, ¿y tu oído?
—Dicen que si lo dejo tranquilo se cura solo. Por si acaso me dieron antibióticos. Lo del brazo fue solo un rozón.
Erkin, que se estaba aguantando un algodón con alcohol en la frente, les hizo una seña al doctor y a la enfermera como diciendo ‘ya es suficiente’, se despidió.
—El señor Lamaro me dijo que usted es el guardaespaldas de la señorita…
—Sí, así que pueden irse tranquilos.
—Nos vamos a quedar en el cuarto de invitados, cualquier cosa nos pasan la voz al toque.
Apenas se cerró la puerta, Berenice soltó:
—A esos tipos… yo les conozco la cara.
Antes de que llegara la policía, ella misma les había quitado los pasamontañas y los pañuelos para ver quiénes eran.
—Al principio pensé que era la gente de Marino. Creí que Vincenzo Marino había mandado a unos delincuentes de quinta de Linferno, pero no. Eran de Valimot. Los de la banda de Valimot fueron los que…
Berenice se agarró la cabeza. Le temblaban los dedos.
—Erkin, tú también te diste cuenta, ¿no? No nos estaban siguiendo. Ellos ya sabían. Sabían desde el principio que Ricardo iba a estar ahí a esa hora.
—Señorita, Berenice…
—La información se filtró. Alguien que sabía los planes de Ricardo, lo de la reserva del restaurante, se lo soltó a gente de afuera. Hay un soplón dentro de los Valentiera…
—¡Berenice!
Erkin le presionó la frente con la gasa porque le estaba volviendo a salir sangre. Ella hizo una mueca de dolor y recién ahí pareció reaccionar y empezar a respirar normal.
—Tengo que saber por dónde se filtró todo. Antes de encontrar al soplón, o mejor dicho…
—Berenice, primero cálmate. Casi te matan hoy día.
—Ya sé. Pero no solo a mí. A todos nosotros…
—¿’Ya sabes’?
Erkin apretó los dientes y le repitió:
—¿Si ya sabes eso, por qué diablos no me hiciste caso cuando te dije que escapes?
—… ¿Qué te pasa?
—¡¿En qué estabas pensando…?!
—¡¿Por qué me gritas?! ¡Si me escapaba en ese momento, a ti te mataban!
Berenice se defendió con todo, pero Erkin no se quedó callado como siempre. Acordándose de lo que fue esa balacera, le gritó bajito:
—¡Si te hubieras ido apenas te dije, yo hubiera tenido tiempo de sobra para responder!
—O sea que… ¿ahora me vas a decir que yo tengo la culpa?
Esos ojos que hace un rato estaban perdidos, ahora estaban bien enfocados y echando chispas. De la nada, le dio un ataque de rabia y se paró del sofá de un salto.
—¡¿Tú crees que yo voy a arrugar y salir corriendo como una cobarde en una situación así?! ¡No me jodas! ¡¿Crees que aprendí a disparar para salir huyendo dándole la espalda al enemigo?! ¡Tú eres el que se portó como un tonto dándole la espalda a esos tipos solo para cubrirme a mí!
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