Perros entre rosas marchitas - 58
Normalmente, al mirar la foto familiar, lo invadía una culpa y una impotencia que no podía manejar solo, pero también sacaba de ahí la fuerza necesaria para recordar el camino recorrido y seguir avanzando.
Pero hoy…
Sentía como si la foto lo cuadrara con la mirada, reclamándole: ‘¿Qué haces aquí, tú que tuviste la suerte de sobrevivir solo? ¿Crees que así vas a encontrar al culpable y limpiar nuestro nombre?’.
Aunque sabía bien que no era así.
Por más que le diera vueltas, sabía que esta era la mejor opción, sin importar los efectos secundarios que lo terminaran asfixiando después. Sin embargo, no podía negar que, al elegir tomar la mano de Berenice hoy, se habían mezclado sentimientos personales como si fueran impurezas en el trato.
‘Hacer la vertical no es yuca, pero lo que no quiero es terminar aprendiendo a bailar tap’. Repitiéndose que eso era lo único que no podía pasar, Erkin se levantó lentamente de su asiento.
【 El Ataque Sorpresa 】
Era un día como cualquier otro.
Antes de salir de la chamba, Berenice estaba revisando la lista de bienes y propiedades de Alice y Charlie Perry, cuando alguien tocó la puerta de su oficina personal. Chequeó el reloj y, sin levantar la cabeza, respondió:
—Sí, pasa.
No tenía citas especiales ni clientes que hubieran avisado, así que era obvio quién tocaba. Escuchó que la puerta se abría y, como si ya supiera a qué venían, contestó de una:
—Voy a pedir algo para llevar y me voy de frente a mi ca…
—Señorita, el Jefe ha llegado.
—¿Ricardo?
Berenice, que estaba por revisar los registros del seguro de Alice Perry, recién ahí levantó la mirada.
—¿Y eso? ¿Qué hace acá tan de la nada?
Ricardo entró a la oficina antes de que Erkin pudiera decir ni ‘miau’.
—¿Qué, acaso he venido a un sitio prohibido?
—No es eso, pero…
Berenice dejó la frase en el aire y ladeó la cabeza.
Miró a Ricardo, que observaba la oficina, se dio cuenta de que no venía con sus guardaespaldas ni asistentes de siempre.
—¿Tienes algún encargo para mí?
—Nada de eso.
Ricardo se quitó el sombrero, se acomodó el pelo y les lanzó una mirada a Erkin y a Berenice.
—He pensado que podríamos ir a cenar los tres.
—Pucha, qué salado, hubieras avisado antes. Ya tengo planes.
—¿Y desde cuándo pedir comida para llevar e irte a tu casa es tener planes?
—Oye, no te pases. Es una promesa que hice conmigo misma. No me ningunees.
Berenice cambió su gesto aburrido por uno más firme al toque. Ricardo, que ya conocía bien ese teatro de su hermana, no le hizo caso y ordenó:
—Ya, corta el floro y levántate. Ya reservé el restaurante.
—¿Y qué hubieras hecho si de verdad tenía un compromiso serio? ¿Para qué reservas así de frente?
Berenice lo tacleó por su apuro, pero él solo le soltó una risita burlona.
—¿Tú, planes serios? Si casi ni tienes amigos.
—¿Qué, has venido solo para buscarme bronca?
—Ya, no busques excusas y muévete.
Al final, Berenice tuvo que cerrar sus carpetas y levantarse.
—Debí decirle que ya había cenado ayer.
—Tú de verdad que…….
Ricardo hizo el amemán de querer darle un cocacho, pero ella solo se burló y empezó a buscar su cartera. Erkin, que había estado expectante viendo la pelea infantil entre los hermanos, le trajo el bolso que estaba colgado en la puerta.
Mientras ella chequeaba que no le faltara nada, Erkin le acomodó el cabello que se le había desordenado por el trabajo. Berenice aceptó ese gesto con toda la naturalidad del mundo, regalándole una sonrisa de lo más tierna.
En el momento en que Ricardo salió de la oficina moviendo la cabeza de un lado a otro, Erkin susurró apenas moviendo los labios:
—’Señorita, tal cual como usted dijo’.
—’¿Viste? Te dije que vendría como si fuera un operativo sorpresa’.
Berenice sonrió victoriosa.
‘Ricardo va a caer de la nada cualquier día de estos’.
‘¿Por nosotros?’.
‘Sí. Él solito se hizo la idea de que andábamos en algo, pero ahora que sabe que la cosa va en serio, va a querer chequear si es verdad. Es bien predecible’.
‘Es un poco pesado, ¿no?’.
‘Por eso te digo, que no te descuadre si nos cae de sorpresa’.
Eso lo habían conversado el día anterior, mientras firmaban el contrato de su relación falsa en la oficina. La predicción le salió perfecta.
Berenice se colgó la cartera en la muñeca y preguntó bajito:
—A mí no me hace paltas una cena, ¿pero tú estás bien, Erkin?
—Para mí no es ningún problema, señorita.
—Qué seguro te ves.
—Solo tengo que portarme cariñoso, ¿no?
Él le ofreció el brazo sin pizca de nervios, como si realmente estuviera tratando con la persona que amaba. No había nada de torpeza en su gesto; parecía un profesional del floro.
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La reunión fue bien de la nada, pero salió tal cual lo habían planeado.
La cena por pasos en el restaurante que Ricardo mismo había reservado estaba buenaza. De hecho, hubiera sido una comida perfecta si no fuera por las preguntas que él soltaba así, como disparando al aire para ver quién caía.
Berenice terminó hasta el último bocado del postre y Erkin, siempre atento, le pasó una servilleta mientras preguntaba:
—Este restaurante lo maneja Castillo, ¿no?
—Sí, Alberto lo tiene a su cargo. Por eso habrá sido fácil conseguir mesa.
—Ah… ya veo.
Erkin pensó que, más allá de que la comida estuviera espectacular, Ricardo era bien espeso para traerlos justo al restaurante que manejaba el ex de su hermana. Menos mal que Erkin no era su novio de verdad, porque si no, después de comer rico, se le hubiera revuelto el estómago del puro hígado.
—Todo muy rico, pero la próxima reserva en otro lado. ¿Acaso no hay más sitios en Belloc? Justo nos vienes a traer acá…
Berenice se limpió la comisura de los labios y, ya que estaban en esas, le reclamó a Ricardo por su ‘eleccioncita’ con doble intención.
—… Erkin, te pido mil disculpas por eso.
La disculpa salió tan tranquila que hasta sorprendió. Pero a Berenice no le hizo ni pizca de gracia y frunció el ceño al toque.
—¿Y a mí no me pides perdón?
—Es que tú también, pues… si te hubieras portado bien desde el principio, no tendría por qué dudar. Si hago estas cosas es porque todavía me hueles a gato encerrado.
—O sea que eres consciente de que estás haciendo ‘estas cosas’, ¿no?
Berenice no lo podía creer. Primero dudaba de si estaban juntos, ahora que los veía juntos, dudaba de si se querían de verdad. No sabía si su hermano tenía buen olfato para los chismes o si simplemente le gustaba buscarle la quinta pata al gato.
Por un lado, le daba cólera que Ricardo confiara más en Erkin que en ella, pero decidió dejarlo pasar. Al final, si Ricardo le tuviera camote a Erkin y se opusiera de verdad a la relación, eso sí hubiera sido un dolor de cabeza.
—Ya, si te sientes culpable, invítate un trago. He escuchado que tienen un whisky de importación que está dando la hora.
—¿Tú vas a tomar?
—No. Quiero probarlo y, si pasa la prueba, pido una botella para mí.
—…
Ricardo no dijo ni media palabra más. Solo levantó la mano y llamó al mozo.
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—Qué mal cuerpo tengo. Debería haber terminado la chamba antes de venir.
Berenice murmuró que por culpa de Ricardo no pudo cerrar lo que tenía planeado para hoy y se apoyó en el hombro de Erkin. Aunque solo había probado un poquito de whisky, con los ojos cerrados se le veía bien agotada.
Se había hecho la fuerte durante toda la cena, pero parece que el estrés de estar con los nervios de punta por el ‘atentado’ de Ricardo recién le estaba pasando la factura.
Erkin se acomodó para que ella pudiera apoyarse mejor. Estaban pegaditos como una pareja de verdad: hombro con hombro, rodilla con rodilla, hasta las manos cerca. Cada vez que el carro saltaba por un bache, se rozaban suavemente.
Faltaban como 20 minutos para llegar al penthouse, así que pensó que sería mejor si ella se acomodaba del todo. Justo cuando Erkin iba a estirar el brazo para rodearle los hombros, el carro se detuvo despacio en un semáforo. El vehículo donde iba Ricardo se paró igualito, justo al costado. Erkin seguía pensando solo en cómo acomodarla mejor, cuando algo le llamó la atención.
Era una calle cualquiera de Belloc, con el tráfico de siempre.
O eso parecía.
Pero su instinto de investigador —ese que tuvo que pulir para sobrevivir fingiendo su propia muerte— le lanzó una alerta roja. Aunque no hacía frío, sintió un hielo en la nuca que le recorrió toda la espalda.
Erkin miró hacia atrás instintivamente y luego volvió la vista al frente. Exactamente hacia un camión que se había cuadrado en la esquina pasándose el semáforo en verde.
Apenas vio a unos tipos de terno bajándose del camión a la loca, Erkin gritó con todo:
—¡Da la vuelta! ¡Gira el carro!
—… ¿Qué?
preguntó el chofer, lento para reaccionar.
—¡Mierda, te he dicho que des la vuelta ahora mismo!
—¡Erkin…!
En el segundo en que Erkin soltó la lisura y el grito, los tipos sacaron fusiles y empezaron a meter bala como locos. Justo antes de que apretaran el gatillo, Erkin se agachó detrás de los asientos y abrazó a Berenice con una fuerza bruta para protegerla.
Berenice soltó un grito del susto, pero se perdió entre el estruendo de los disparos que no disimulaban sus ganas de matarlos. El chofer, que no tuvo tiempo de cubrirse, dejó caer el brazo sin vida mientras el carro era colado por las balas.
—¡Hijos de…!
Berenice abrió los ojos de par en par, olvidándose del cansancio, tragó saliva mientras temblaba.
—Son seis, ¿no?
Empezó a buscar desesperada en su cartera, pero Erkin no le respondía.
—¡Erkin! ¡Te he preguntado si son seis!
—¡Sí, son seis!
Se escuchaban los gritos de la gente que andaba por ahí, aterrada por la balacera en pleno martes por la noche. No podían retroceder porque la gente estaba bajándose de sus carros para escapar a pie, bloqueando todo.
Por el espacio entre los asientos de adelante, se veía a los sicarios acercándose: tres para el carro de Berenice y tres para el de Ricardo. Berenice masculló una lisura y pateó la puerta trasera para abrirla.
Sacó el revólver que siempre llevaba en el bolso y disparó, pero el ángulo estaba hasta las patas. Erkin la agarró del brazo con fuerza.
—¡¿Qué haces?!
—¡Suéltame! ¿O quieres que nos maten a todos aquí mismo?
Berenice vació las seis balas del revólver y, al ver que se quedó sin carga, lo tiró al diablo. Abrió un compartimento del asiento trasero y sacó un arma mucho más larga.
Era una escopeta recortada, de esas que en Linferno llaman ‘Lupara’. Agarró un puñado de cartuchos, metió dos y cargó el arma. En el pequeño hueco que dejaron los tipos mientras recargaban sus fusiles, se soltó del agarre de Erkin.
—Estos perros de mierda… se metieron con la persona equivocada…
Apuntó hacia el parabrisas que ya estaba hecho trizas y jaló el gatillo. Apenas disparó, le voló media cabeza a uno de los tipos que estaba intentando recargar su fusil. El culatazo de la escopeta fue tan fuerte que el cuerpo de Berenice rebotó contra el asiento trasero.
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