Perros entre rosas marchitas - 57
—Entonces, ¿están pensando en casarse?
—Es muy pronto para eso. Es cierto que lo nuestro va en serio, pero no llevamos ni medio año. No lo atosigues a Erkin. Ni a él ni a mí nos corretea el matrimonio.
Berenice, cortando el tema como si ya supiera por dónde venían los tiros, aplastó el cigarro que aún estaba largo contra el cenicero, casi con ganas de romperlo.
—Ahorita tenemos suficiente con pensar en llevarnos bien los dos. Además, ¿no se supone que Valentiera no es para mí?
—…….
—Y por favor, no se adelanten tanto. Si siguen así, van a terminar armándome el plan de vida con dos hijos y una hija de una vez.
Parecía que hablar del tema le daba urticaria, porque soltó el humo del cigarro entre los dientes con fastidio.
—Y no me presionen. Vamos a ir paso a paso, subiendo cada escalón a su tiempo. Y lo que han escuchado aquí, que quede en secreto. Michele y Andre no saben nada.
—¿En secreto?
preguntó Ricardo, como dudando de que ella realmente quisiera eso.
—¿Te estoy pidiendo un favor muy difícil? No quiero que la gente ande mirándome de reojo.
—Ah, ¿ya?
—¿Qué clase de respuesta es esa?
Berenice lo miró extrañada, mientras Ricardo echaba la cabeza hacia atrás mirando al cielo y luego volvía a clavarle la vista, como diciendo ‘voy a ver si me da la gana’. En eso, se dio cuenta de que Gabriele estaba haciendo unas señas rarísimas con los ojos, moviendo la cabeza como si fuera un muñeco malogrado.
‘¿Y a este qué le pasa ahora?’.
A su lado, Marcello le dio un toquecito a su hijo para que se calme, pero Gabriele seguía con los ojos inquietos, como si se hubiera metido alguna pastilla que le cayó mal. No decía nada, no movía los brazos, pero se sentía un ambiente extrañamente ruidoso y tenso.
—Claudia no es de hacerse paltas con esas cosas, así que todo bien. Pero que Michele y Andre anden pendientes de nosotros, no qui… ¡Por favor!
Berenice ya no aguantó más y le puso la palma de la mano al frente a Gabe para que parara.
—Gabe, ¿qué tienes? Si ya te toca tu medicina, anda tómala. Nadie te va a detener.
—¿Tanto te preocupa que andemos pendientes de ustedes?
Berenice y Erkin dieron un salto del susto al escuchar esa voz tan conocida a sus espaldas. Por detrás de los rosales, asomaban las cabezas de Michele y Andre, mirándolos fijamente con una sonrisita.
Recién ahí Berenice entendió los movimientos raros de Ricardo y por qué Gabe no podía dejar los ojos quietos. Tratando de recuperar la compostura, actuó como si no hubiera pasado nada.
—Andre, tú también con esas payasadas. ¿Desde cuándo andas de chismoso escuchando detrás de las plantas?
Berenice le llamó la atención por andar imitando a Michele, luego preguntó con un tono picante:
—Me muero de curiosidad por saber desde qué parte escucharon.
Michele, que ya se moría por soltar la lengua, respondió al toque:
—Desde ‘No voy a arreglar las cosas a tu manera. Erkin no es como Russo Gucci’.
—…….
—¡Guau! Qué romántica, qué inspirada.
Erkin cerró los ojos con fuerza, resignado, Berenice se enderezó con cara de ‘ya no quiero escuchar más’. Michele, sintiendo que por fin tenía algo bueno con qué fastidiarlos, preguntó:
—¿Y cuándo es la boda?
—Si te has soplado toda la conversación, ¿para qué haces preguntas tontas?
—Pero yo sigo parado aquí esperando mi respuesta.
—…….
Copiando a Erkin, Berenice cerró los ojos, apretó los puños y forzó una sonrisa.
—A ver… si no quieres que estemos pendientes de ustedes, tienes que responder bien, pues.
‘Ay, Dios’
Berenice soltó un suspiro largo. Más que por el ‘qué dirán’, no quería que se enteraran por esto mismo: el chongo. Michele, mirando a un Erkin que estaba igual de complicado que ella, le preguntó para fregarle la paciencia:
—¿No decías que no le estabas haciendo el bajo? ‘No le estoy haciendo el bajo’, decía… ¡Habla, pues! Al final todo eso de que no me lo tantearas y que me hablaras claro era puro floro, ¿no?
—…¿Ustedes dos hablaron de algo?
—De nada.
—¡¿Cómo que de nada?! Si hablaron un montón.
Berenice le agarró la mano a Erkin y empezó a sobarle el dorso, como diciéndole que no se guarde nada y suelte todo. Erkin, con la cara más tiesa que un poste, se puso bien derecho.
Gabriele, viendo la cara de indignación de Ricardo y chequeando el ambiente, empezó a aplaudir. Le dio un toquecito a Marcello —que era el más ‘suave’ de todos— y este, contagiado por su hijo, también empezó a aplaudir a regañadientes.
Ricardo se los quedó mirando como quien ya tiró la toalla, mientras Michele y Andre seguían aplaudiendo a destiempo, ¡clap, clap!, solo para hacer bulla y sacarlos de quicio.
Los aplausos que venían del rincón del jardín hicieron que los otros capos, picados por la curiosidad, asomaran la cabeza para ver qué pasaba. Le llovieron preguntas a Michele y Andre, pero tanto ellos como Berenice solo se limitaron a sonreír sin soltar prenda.
Parecía que mantener el secreto ya no servía de mucho, pero daba igual. Berenice tenía cara de que lo último que quería era aguantar más chismes.
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Erkin, con el cuerpo desnudo apenas cubierto por una bata, agarró una cerveza helada y se dejó caer en el sofá como si estuviera molido. La bata, mal amarrada, se le abrió hacia un lado dejando ver su pecho, donde aún quedaban gotas de agua sin secar.
Destapó la botella sin mucho esfuerzo y se bajó casi la mitad de un solo rastro. El gas de la cerveza, tan fría que te pone la piel de gallina, le raspó la garganta sin piedad mientras pasaba.
—Esto…
‘¿Debería reportarlo o mejor me quedo callado?’
Las palabras que no se atrevió a decir se hundieron junto con el gas de la cerveza. Por más que todo fuera para la finta y no pasara de un contrato, meterse así de fondo con el objetivo de su investigación era un arma de doble filo.
Ahorita mismo podía ser la forma más rápida de conseguir resultados, pero un paso en falso y, si esto llegaba a juicio después, podrían tachar sus pruebas de inválidas.
Si Berenice terminaba en el banquillo, era un hecho que Ricardo iba a contratar a los mejores abogados de Bellock, a esos ‘tiburones’ que cobran una millonada, para armar la defensa perfecta. Y esos tipos, con tal de ganar, usarían su supuesta relación sentimental como arma para darle con palo.
Incluso si presentaban a Berenice como testigo de la fiscalía, si los abogados de la contraparte lograban sembrar la duda sobre la veracidad de las pruebas en los jurados… pues, quién sabe.
Había chances de ganar, pero no sería nada fácil. Estar con Berenice era como una droga: el efecto era rápido y fuerte, pero los efectos secundarios no se podían ignorar.
‘Es una droga, directo a la vena’.
Se terminó lo que quedaba de la cerveza, se levantó y fue hacia el clóset. Desde que se hizo cargo de la seguridad de Berenice, se había mudado al piso de abajo del penthouse, a una habitación que tenía un cuarto aparte solo para ropa, accesorios y maletas.
Comparado con el cuarto que compartía con los otros soldatos, esto parecía una mansión. Erkin entró al walking closet y abrió un armario donde guardaba la ropa de otra estación y las colchas.
Haciendo un movimiento preciso, jaló una plancha de madera del mismo material que el fondo del clóset, revelando un compartimiento oculto que no afectaba el espacio a simple vista.
No era tan grande como el escondite que Ricardo tenía en su despacho, pero alcanzaba de sobra para ocultar una pizarra y el material que no quería que viera la oficina de seguridad federal ni nadie que tuviera permiso para entrar a su cuarto.
Erkin sacó una linterna de mano y alumbró el interior.
La madera estaba forrada de recortes de periódicos viejos y fotos desgastadas que apenas dejaban un espacio libre, en una cajita había un montón de documentos.
Erkin recorrió con la mirada las fotos de Antonio, el primer jefe, junto a los capos de esa época; también fotos de una niña que aún no terminaba de crecer y de un joven apuesto. Eran tomas hechas de lejos por investigadores privados y vigilantes federales.
En un lado de la madera, junto a la noticia de una casa que voló en mil pedazos por una supuesta explosión de gas, estaban las fotos de tres hermanos pequeños. Partidas de nacimiento, denuncias por desaparición, detalles del caso y papeles del departamento de protección infantil…
Más arriba figuraba el organigrama de la seguridad federal, fotos del jefe de la sede de Bellock y de otros pesos pesados con sus respectivos currículums; y en una esquina, fotos de senadores y congresistas que vivían en Bellock, gente poderosa cuyos nombres conocía todo el mundo.
Con el rostro serio, Erkin sacó un sobre de la cajita. Era un documento marcado como confidencial.
Lo había leído tantas veces que ya se lo sabía de memoria, pero por costumbre volvió a darle una mirada. Tras repasarlo una vez más para grabárselo a fuego, despegó todo lo que había en la madera y empezó a ordenarlo.
Metió los sobres gastados, los casetes de audio, las fotos y los rollos de película en sobres nuevos y limpios; incluso guardó las fotos que tomó de los archivos cuando trabajaba en la unidad de casos fríos.
Una vez terminada la preparación para mover todo a un lugar más seguro, Erkin tomó el portarretratos que estaba en la mesa de noche.
Un abuelo anciano, sus padres de mediana edad y su hermana menor con cara de niña. Seguramente esa era la única familia que Berenice había encontrado cuando lo mandó a investigar.
Abrió el portarretratos y sacó otra foto que tenía escondida detrás. En esa imagen, un Erkin mucho más joven y delgado posaba junto a su hermana, que estaba por cumplir diez años, sus padres.
Era la foto familiar que se tomaron justo antes de entrar al programa de protección de testigos, celebrando el cumple de su hermana. La única foto que pudo recuperar porque el negativo se había quedado en el estudio fotográfico.
Miró la fecha grabada al pie de la foto, de hace quince años, esos rostros que ya no envejecerían. Con la mano temblando, sin atreverse siquiera a tocarlos, Erkin cerró el puño en el aire y apoyó la frente sobre sus manos entrelazadas, como si estuviera rezando.
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