Perros entre rosas marchitas - 56
—A ver… Bueno, ya decidí lo más importante. No me salgan con la chiquillada de lanzar una pregunta y hacernos responder a los dos a la cuenta de tres, ¿no?
Lo murmuró con un tono tan serio que realmente daba miedo; juró que, si lo hacían, le arrancaba la oreja a Ricardo de un mordisco. Berenice dio una palmada fuerte, como quien acaba de cerrar un contrato importante, estiró la mano derecha de la nada.
—Cuento contigo, Erkin Lucio Lafayette.
Erkin se quedó mirando un rato esa mano extendida, tratando de disimular el nudo que tenía en el pecho. Sabía de sobra que esta era la única forma de evitar que otro tipo se metiera en el medio a estorbar y, de paso, la única manera de estar cerca de Berenice.
Después de todo, hay muchísimos casos de investigadores encubiertos o agentes de inteligencia que, para conseguir información clave o por el bien del país, terminan entablando relaciones íntimas con sus objetivos. En las agencias de inteligencia ni se paltean en usar el ‘plan de conquista’ o ‘trampa de miel’ si hace falta.
Sin embargo, a pesar de haber aceptado rápido, sentía el corazón pesado y una opresión en el pecho que no lo dejaba tranquilo…
—Gracias por estar conmigo en esto.
Es que ahora él tenía clarísimo que, mientras más tiempo pasaba con Berenice, ese centro de gravedad que antes era tan firme empezaba a tambalearse cada vez más fuerte.
No sabía exactamente desde cuándo.
Como las termitas que se van comiendo un árbol viejo poco a poco, esto lo había ido invadiendo tan lento que buscar el momento exacto ya no tenía sentido. Quizás el problema fue aquel encuentro con la pequeña Berenice muerta de miedo, cuando su única preocupación era que ella estuviera a salvo. Solo quería que esa niña asustada pudiera dormir tranquila.
Tal vez, si no se hubieran cruzado en ese entonces, si no hubiera conocido a esa versión tuya de diez años y se hubieran visto por primera vez cara a cara como investigador y mafiosa, las cosas habrían sido distintas.
Qué difícil es este destino cruzado, este mal vínculo donde no puedes odiarla del todo, pero tampoco darle la espalda. Es obvio que abrochó mal el primer botón de la camisa, pero como se ha puesto el saco encima para ocultarlo, le da por imaginar que nadie se va a dar cuenta.
Erkin, sintiéndose un tonto por andar pensando en un final diferente a estas alturas, dibujó una sonrisa perfecta, igualita a la de ella.
Se bajó del sofá, se puso de rodillas frente a Berenice y tomó la mano que ella le ofrecía. Mirándola fijo a los ojos —que se abrieron de par en par por la sorpresa—, Erkin presionó sus labios contra las puntas de sus dedos finos.
—El gusto es mío.
‘Por favor, que no termine cavando mi propia tumba con esto’
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Claudia despegó los labios de su copa y preguntó:
—¿Le digo eso entonces a Alice Perry?
—Sí. No es nada del otro mundo. Según los papeles, el fideicomiso de la herencia se va a cerrar pronto. Si se lo explicas bien a Charlie Perry, ya no habrá necesidad de seguir administrándolo, así que la tiene fácil.
Berenice asintió, habiendo decidido finalmente aceptar el encargo de gestionar el fideicomiso y la reducción de impuestos de la familia de Marcus Perry, el gobernador de Wisconsin.
—Ya, entonces le paso la lista de activos líquidos y bienes raíces bien organizada. Ya casi termino.
—Tranquila, no me correteen. No es urgente.
Berenice chocó su vaso de whisky con el de Claudia con un suave ¡clinc! y sonrió de buena gana. Seguramente esa sonrisa le habría durado bastante si no fuera porque Ricardo la llamó en ese preciso momento.
—Berenice.
Habían pasado apenas treinta minutos desde que Erkin y Berenice cerraron el trato verbal de fingir ser pareja por tres meses. Al escuchar a Ricardo, Berenice volteó y, al instante, arrugó la cara por completo.
Erkin, que estaba detrás, también siguió su mirada. Al lado de Ricardo estaban Marcello y un tipo que Erkin no conocía. Aunque era la primera vez que lo veía, era el vivo retrato de Marcello, así que supuso que debía ser su hijo.
Al ver la cara de pocos amigos de Marcello, la expresión de ‘no entiendo nada’ de su hijo, el gesto de Ricardo ordenándoles que se acerquen y el desplante de Berenice, Claudia soltó un ‘Uh…’ a medias, como quien ya se olió la jugada pero prefiere no decir nada.
—Berenice, ¿eso es lo que yo creo que es?
—Si lo es, ¿quieres ir tú en mi lugar?
—Ay, ni de broma. Yo me quedo aquí con Michele. Vaya usted tranquila nomás.
—¿Tranquila?
—Ya pues, no me asuste.
Diciendo que ese no era su sitio, Claudia se despidió con la mano y, antes de que Berenice pudiera atajarla, se fue casi corriendo hacia donde Michele y Andre jugaban billar.
Berenice se quedó mirando resignada cómo se alejaba Claudia y luego volteó hacia Erkin. Ricardo, viendo que ella no tenía intenciones de levantarse, le lanzó una mirada a Erkin, indicándole sin palabras que la trajera.
Cuando Erkin le puso la mano en el hombro con suavidad para animarla, Berenice finalmente se levantó y le susurró bajito:
—No queda de otra. Cambio de planes.
—…….?
¿Cambio? Erkin no tenía idea de qué plan había antes, ni mucho menos de cómo pensaba cambiarlo, pero antes de que pudiera decir nada, Berenice lo agarró del brazo con firmeza.
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Ricardo los llevó a un rincón del jardín, decorado con rosales antiguos. Como recién estábamos a inicios de mayo, las rosas aún no florecían, pero de las ramas colgaban capullos que parecían pequeños frutos. Gracias a los arbustos que servían como una especie de biombo natural, la mesa para cuatro personas que estaba en la esquina quedaba fuera de la vista de los demás.
—Berenice, siéntate. Saluda a Gabriele.
Erkin le acomodó la silla a Berenice y le echó un ojo al hombre que estaba al frente.
Gabriele Greggio.
En cuanto escuchó el nombre de aquel sujeto —que era casi de la misma edad que Berenice y el vivo retrato de Marcello—, Erkin lo recordó. Era uno de los nombres que figuraban en la lista cuando investigó a los familiares y allegados de los cabecillas de la familia Valentiera.
—Ustedes se veían seguido de chicos, ¿no?
—Sí, lo vi un par de veces.
Berenice respondió con una sonrisa suave, como si eso fuera todo, saludó a Gabriele.
—Tanto tiempo, Gabe. Marcello me contó que terminaste la escuela militar y que ya te nombraron oficial.
‘Gabe’. Ese apodo salió de la boca de Berenice con una naturalidad que denotaba confianza. Erkin bajó la mirada hacia la coronilla de la mujer. No sabía si lo llamaba así por pura flojera de decir el nombre completo o por el cariño de conocerse desde niños, pero, escuchándolo desde atrás, no era un apelativo que le cayera muy en gracia.
Ante el saludo de Berenice, Gabriele sonrió con dulzura.
—Mi padre también me mantenía al tanto de tus cosas. Me enteré de que estuviste internada y que has dejado el tenis por un tiempo.
—Es que tengo mucha chamba, por eso no juego, pero estoy cañón. Son solo exageraciones de Marcello y Ricardo.
—Disculpa que no pude ir a visitarte a la clínica.
—No te preocupes, no esperaba eso de alguien que recién acaba de recibir su despacho de subteniente.
‘¿Tanto tiempo?’
Aunque no se veían las caras a diario, parecía que se mantenían al tanto de sus vidas sin problemas; conversaban con una fluidez que los hacía ver bastante cercanos.
Erkin quería verle la cara a Berenice, que de seguro estaba mostrando esa sonrisa con la dosis exacta de amabilidad. En ese momento, ella giró un poco la cabeza para mirar a Ricardo. Aunque él no podía verle bien la expresión, por la forma en que se le marcaban los pómulos, no hacía falta ser un genio para imaginar su rostro: de seguro tenía esa sonrisa hermosa que te atrapa, pero que al mismo tiempo te da mala espina.
Ricardo sintió lo mismo y frunció el ceño. En ese instante, Berenice estiró la mano, le quitó el cigarro que su hermano tenía en los dedos y se lo llevó a la boca como si nada. Sin quitarle la vista de encima a Ricardo, soltó el humo y preguntó:
—Gabe, ¿estás saliendo con alguien?
—…Eh, no. Todavía no.
—Ah, con razón armaron todo este teatro. Pero qué pena, ¿no?
Erkin se dio un vuelco. Una sensación de ansiedad, mucho más fuerte que la de hace un rato, lo invadió. ‘No me digas que ese ‘cambio de planes’ es…’.
—Si estoy hablando de más, bacán, pero me late que este ambiente es para querer juntarme con Gabe. Originalmente…
—Berenice.
—Ricardo, estoy hablando yo. No me cortes. Originalmente pensaba decirte esto solo a ti y dejar las cosas claras, pero ya que estamos aquí, mejor lo suelto de una vez para que no haya dudas.
Berenice estiró la mano hacia atrás y, sin mirar, agarró con fuerza la mano de Erkin.
—Estoy saliendo con Erkin. Y no es un choque y fuga, es en serio.
Ricardo se frotó la frente. Marcello pareció sorprendido por un segundo, pero no llegó al shock. Gabriele simplemente estaba desconcertado por toda la situación y por la reacción de los demás; recién ahora parecía procesar quién diablos era Erkin.
—Te pedí que arreglaras las cosas y no pensé que lo harías de esta manera.
—¿Acaso me dijiste cómo tenía que hacerlo? No me acuerdo.
—Marcello, le pido mil disculpas.
Ricardo, soltando un suspiro tras otro, se disculpó primero con Marcello. También le pidió perdón a Gabriele por haberlo hecho venir por las puras, pero Marcello intervino para calmar las aguas. Luego, tratando de recomponerse, Ricardo miró a Erkin y disparó:
—¿Desde cuándo?
—Cuando estaba internada en la clínic…
—No te he preguntado a ti. Responde tú, Erkin.
—Ella se me declaró antes de recibir el alta.
—¿Y tú aceptaste así de fácil?
—No tuve forma de decirle que no.
Ricardo, que ya había rechazado el cigarro que le ofrecía Marcello, murmuró para sí mismo como si, aunque ya lo sospechara, escucharlo de los involucrados fuera el colmo:
—Te puse de seguridad para que espantaras a cualquier vago, mírame con lo que sales…
—Y los espantó bien, ¿o no? ¿Acaso le dijiste a Erkin que tenías planes de casarme con otro?
—Berenice, ¡¿podrías cerrar la boca de una vez?!
—No puedo. Lo pensé seriamente como me pediste, pero no voy a arreglar las cosas a tu manera. Erkin no es como Russo Gucci. Ni tampoco como Brian.
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