Perros entre rosas marchitas - 55
—No es nada de eso.
—No te has enamorado de mí, ¿verdad?
—Para nada.
—¿Seguro?
—¿Y usted, señorita?
le devolvió él la pregunta sin asco.
—…….
Berenice puso una cara de pocos amigos, dándose cuenta de lo feo que se siente que te hagan la misma jugada. Asintió con la cabeza, medio amarga.
—Ya, perdón. Mala mía. Fue un error preguntarlo.
Pero aunque se disculpó al toque, Erkin seguía con una cara de ‘pocos amigos’.
—De verdad que era una broma. Ya suelta esa cara y hablemos de los detalles del contrato.
Berenice se rió y movió la mano restándole importancia, pero Erkin soltó una frase de esas que te dejan pensando:
—Si yo llegara a enamorarme de usted, señorita…
—…¿Si te enamoraras?
—…Me pongo a bailar zapateo haciendo el puente con las manos.
—…….
—¿Qué?
Berenice arqueó una ceja.
—¿Tú vas a bailar zapateo? ¿De cabeza?
—Imaginar demasiado es malo para la salud mental. Mejor déjelo ahí.
¡Asu! Hoy me ha tocado escuchar puras tonterías, una tras otra. Berenice soltó una sonrisita, se inclinó hacia adelante y se acercó a Erkin. Hasta hace un momento, solo pensaba en cerrar bien el contrato y coordinar qué decirle a Ricardo para no levantar sospechas… pero ahora la cosa había cambiado.
Le picaron los pies. No era un contrato para ver quién ganaba, pero ese piqué de querer ganarle al otro la estaba provocando.
—¿No escuchaste lo que dijo Cecilia hace un rato? ¿Qué vas a hacer si de verdad me propongo conquistarte? No me provoques, que no te va a convenir para nada.
Le entró la terquedad. Y a la vez, le dio curiosidad. ¿Cómo se vería Erkin arrodillado y rogándole, loquito por ella? Esa imagen le gustaba mucho más que la del zapateo de cabeza. Ese hombre que casi nunca sonreía y que no sabía lo que era soltar una lágrima, arrodillado frente a ella…
Fue un pensamiento de un segundo, pero sintió que se le secaba la boca y un hincón en el bajo vientre, como si alguien la hubiera presionado. Pero no podía arruinar el plan solo por un capricho o una curiosidad de mala muerte.
Erkin se quedó con una expresión rara sin decir nada, Berenice, haciendo como si no le importara, estiró los brazos hacia adelante como desperezándose.
—Ya, el contrato lo escribimos en la oficina… ¿Algo que quieras pedir? Como esto no es parte de tu chamba normal, tienes que recibir un pago aparte.
—Ahorita no se me ocurre nada……
Erkin se quedó pensando seriamente hasta que decidió.
—Un deseo.
—¿Como la otra vez?
—Sí.
—Por mí, genial.
asintió Berenice relajada.
—Eso sí, no voy a pedir lo mismo que la vez pasada.
—Ya me imagino.
Berenice no quería preguntar demasiado, pero al recordar el día en el parque de diversiones, le dio curiosidad saber qué es lo que Erkin realmente quería en la vida.
—Dímelo cuando quieras.
Tenía curiosidad, pero Berenice sabía que él no era de lujos ni de querer cosas materiales, así que pensó que no sería nada del otro mundo. Aun así, en el fondo, moría por saber qué pediría…
No, no. No te hagas ilusiones.
¿Qué puedes esperar de un hombre que dice que va a bailar de cabeza si se enamora de ti?
Berenice soltó una sonrisa y dijo con toda la confianza:
—Te cumpliré lo que sea.
—Más le vale cumplir su palabra, señorita.
—Obvio, pues.
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Berenice, tras mudarse al dormitorio que usaba antes, se fijó una vez más si no había nadie cerca. Después de asegurar bien la puerta, regresó a su sitio y dijo con una mirada llena de intención:
—Entonces, ¿ahora tenemos que ponernos de acuerdo con lo que vamos a decir?
—… ¿Perdón?
Erkin, que ni siquiera se había inmutado cuando ella le propuso que fueran enamorados, ahora estaba desconcertado. Sin embargo, Berenice no notó su expresión porque estaba ocupada rebuscando papel y lapicero en el cajón del tocador.
—El rival es Ricardo. No podemos andar con descuidos.
—…….
—Aunque sea puro floro para los demás, si lo vamos a hacer, hay que hacerlo bien, ¿no?
‘Ya lo encontré’
Berenice soltó un grito bajito al hallar un lapicero con tinta y un papel arrugado al fondo del cajón. Como solo había un sofá, se sentó al lado de Erkin, puso el papel sobre la mesita de centro y lo estiró con la palma de la mano.
—Por ahora vamos a fijar lo básico en lo que debemos coincidir, ya luego armamos el contrato formal en la oficina.
—Ah…….
Con razón su voz sonaba tan tranquila, como si no fuera la gran cosa. Era por eso. Erkin se dio cuenta de que lo había malinterpretado todo él solo y se había pasado de vueltas. Trataba de hacer como si nada para no ponerse rojo de la vergüenza, mientras Berenice, dándole una miradita, propuso el tiempo de duración.
—El tiempo que vamos a mantener nuestra relación es… como es mi primera vez en esto, no estoy muy segura. Así que pongamos un tiempo mínimo primero y, según cómo vaya la cosa, vemos si lo alargamos o lo cortamos. Pondré de mi parte.
—¿Poner de su parte?
—Es para frenar el matrimonio que Ricardo está presionando, ¿no? Pero tampoco puedo estar escapando del matrimonio para siempre. Así que tengo que encontrar a alguien antes de eso.
Berenice golpeó rítmicamente la mesa con la punta del lapicero —toc, toc— mientras movía los labios. Parecía que estaba escogiendo si soltar o no todas las palabras que tenía en la boca; finalmente, se lamió apenas los labios y guardó la lengua.
—…… Sea cual sea el objetivo, por más que Ricardo se haya esmerado y, dejando todo de lado, haya pensado realmente en mí para elegir a alguien, no quita el hecho de que es un conocido de conocidos. Por eso no me gusta. Así que no puede ser el hombre que Ricardo elija, tiene que ser alguien que yo escoja.
Para decir eso, no parecía tener mucho entusiasmo ni esmero en buscar a otro hombre. Erkin, tratando de adivinar qué pasaba por la cabeza de Berenice, le lanzó otra pregunta:
—¿O sea que no le pasan los mafiosos?
—¿Por qué? ¿Te da risa que la ‘limpiadora’ de una empresa de sicarios no quiera estar con un mafioso?
—No sea sarcástica.
Erkin se frotó la frente y se quedó mirando lo que Berenice había garabateado en el papel arrugado. O sea, en cristiano…….
—¿Usted piensa buscar a otro hombre mientras está conmigo?
La comisura de los labios de Erkin se elevó formando una curva nunca antes vista.
Ahora creía entender por qué Berenice sonreía más de la cuenta cada vez que estaba absurdamente molesta o fuera de sí por la rabia. Porque así mismo se sentía Erkin en este momento.
Como total era una relación de mentira, ella planeaba zafarse de la intromisión de Ricardo y, al mismo tiempo, buscar a un hombre por quién cambiarlos. Había estado dándole vueltas al asunto para decirle eso.
Berenice, tratando de recordar qué más tenían que decidir, levantó la cabeza.
—Eso es…… ¿obvio, no? Al menos en nuestra situación.
—…….
—En todo contrato siempre hay condiciones detalladas, ya sea el tiempo o lo que sea. Si no dejas en claro hasta las cosas que parecen exageradas, después vienen los dolores de cabeza.
—¿Así que eso es lo ‘obvio’?
—Creo que antes puse el contexto especial de ‘al menos en nuestra situación’, ¿no?
Si él rechazaba la propuesta en ese momento, decía que se cancelaba todo y que buscara a otro, Berenice era el tipo de mujer que se daría la vuelta sin decir ni pío. Capaz hasta era capaz de ir donde el tal Alberto, o como se llame ese imbécil, para proponerle lo mismo.
Pero no creía poder soportar ver esa escena.
Erkin necesitaba a la mujer que tenía enfrente para lograr varios de sus objetivos, no le hacía ninguna gracia que un tercero —que fijo sería un estorbo— se metiera entre él y Berenice como ‘pareja’.
—No te preocupes. Solo voy a tantear el terreno, no dejaré que corra el rumor de que me perdiste por otro hombre.
Esta mujer no tiene idea de que incluso ese plan de ‘tantear’ ya me está fregando la paciencia, pensó él.
—Primero pongámoslo por tres meses y, cuando llegue el momento, reconsideramos si renovamos el contrato o lo terminamos. Por ahora parecerá que no tengo un plan muy armado, pero si se te ocurre algo bueno antes de que vayamos a la oficina, piénsalo. Escucharé cualquier opinión.
—…….
Berenice, que escribía varias cosas en el papel, solo levantó la mirada de reojo y luego terminó de enderezar la espalda.
—¿Qué pasa? Erkin, ¿me estás escuchando?
—La estoy escuchando.
—Ah, ¿sí?
Berenice se cruzó de brazos como preguntando cuál era el problema.
—Si sientes que un solo deseo no es suficiente, ¿quieres que te firme un cheque ahora mismo? Tengo el talonario en la cartera.
—No es necesario.
En realidad, la reacción de Berenice era la correcta.
A él no debería importarle lo que ella hiciera.
Fingiendo serenidad, Erkin preguntó:
—¿Cuándo empezamos?
—¿Qué hay que pensar? El mejor momento fue cuando estuve internada en el hospital.
Tenía sentido. Berenice le había prohibido a Ricardo ir al hospital, así que no había forma de que él comprobara qué pasó realmente en ese entonces. Además, casi nunca coincidía el horario de los guardaespaldas con Michele o André, así que aunque les preguntara a ellos, Ricardo difícilmente obtendría la respuesta que buscaba.
Erkin asintió.
—¿Digo que yo me declaré? Ricardo cree que yo te seduje y tú caíste.
—Vaya, qué detallista te volviste, ¿no?
Berenice, rascándose el tabique de la nariz con la punta del lapicero, le devolvió la pregunta.
—¿Detallista? ¿Acaso creías que engañar a alguien era así de fácil?
—¿Lo ha hecho muchas veces?
—¿Y tú lo dices como si fueras un santo?
Él sabía que era una pregunta lanzada al aire, sin importancia, pero Erkin no pudo responder con facilidad.
—Digamos que la señorita se declaró. No tiene mucha lógica que yo me atreviera a pedirle salir a la valiosa señorita de los Valentiera.
Berenice soltó una carcajada.
—Qué gracioso. ¿Lo dices porque de verdad me ves ‘valiosa’?
—…….
—Tú debes de ser el único que le dice ‘valiosa’ a alguien que no solo es del clan Parreira, sino que encima es mafiosa.
No solo se burlaba de él, sino que hasta sacudía la cabeza como si fuera la primera vez en su vida que escuchaba algo así. Más que sentirse mal por la burla, ver a Berenice soltando esas palabras con tanta naturalidad hizo que Erkin se presionara la frente con el puño, perdido en pensamientos y sentimientos que no lograba descifrar.
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