Perros entre rosas marchitas - 54
¡Me va a dar algo, de verdad! Si ni siquiera hemos empezado nada, ¿qué se supone que tengo que ‘terminar’ o ‘arreglar’? Ya me imagino la cara de cuadros que pondría Erkin si escuchara esto.
Berenice pensó que, antes de que el mismo Ricardo llamara a Erkin para cuadrarlo, era mejor que ella misma lo manejara. Así que puso su mejor cara de póker y trató de sonar calmada. No le gustaba la idea, pero era lo que tocaba.
—Ricardo, entiendo que pienses eso porque fui al parque de diversiones a solas con Erkin, pero…
—Ya me han llegado reportes de que entre tú y Erkin hay una ‘vibración’ medio rara desde hace tiempo.
—. Yo simplemente decidí ignorarlo, pensando que no podía ser cierto.
No tengo idea de qué idiota le pasó el chisme a Ricardo como si fuera reportero de farándula, inventando su propia interpretación de los hechos, pero si ya lo habías ignorado, ¡hubieras seguido así, pues!
—No, es que entre Erkin y yo no hay na…
Bueno, no es que seamos ‘algo’, pero tampoco es que no haya pasado ‘nada’.
Al recordar esos un par de episodios vergonzosos del pasado, las mejillas de Berenice se encendieron como si le hubieran puesto un soplete cerca. Por eso mismo lo había estado evitando y tratando de marcar distancia, pero si te pones a ver los hechos, lo que pasó entre ellos no es algo que pase entre dos personas que no tienen ‘nada’.
En eso, alguien llamó a Ricardo.
Para Berenice, fue como si le hubieran lanzado un salvavidas. Ricardo se levantó y, justo cuando ella agradecía al cielo porque él no vio su cara toda roja, se le prendió el foco. Una idea brillante apareció en su cabeza.
Apenas Ricardo salió de la sala, Erkin, que estaba esperando en el pasillo, entró de inmediato.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
Él parecía pensar que la cara caliente de Berenice era puro piqué por la pelea con Ricardo. Y bueno, no estaba tan equivocado, porque al final Ricardo fue quien empezó todo este arroz con mango.
—¿No salieron bien las cosas?
Berenice soltó una sonrisa media rara. ¿Bien o mal? Ni siquiera se podía decir que fue una conversación; Ricardo vino, soltó su discurso y se largó. Berenice pensó en cómo explicarle esto y, al final, se lanzó a la piscina sin pensarlo.
—Ricardo cree que tú y yo estamos saliendo.
—¿Qué?
—Que somos pareja, pues.
—¿Y eso por qué?
—No sé. Dice que le han pasado reportes y que sabe lo de nuestra salida al parque. Parece que ir a comer y luego a los juegos le pareció algo demasiado ‘significativo’.
Erkin se quedó mudo, con una cara de no poder creerse ese giro en la historia. Berenice asintió, pensando que ella debió poner la misma cara hace un rato.
—Siéntate. Esto va para largo.
Mientras que para Berenice el error de Ricardo era solo algo absurdo y gracioso, Erkin se lo tomó más en serio, con cara de preocupación. Se sentó en el sofá que ella le señaló y preguntó:
—Entonces… ¿qué piensa hacer el Jefe?
—Te cruzaste con él cuando entró, ¿no? ¿No te dijo nada?
—Ni me miró, señorita.
—Ah, ¿sí?
Seguro ni quería verle la cara. Berenice lo miró de reojo y luego volteó hacia el balcón.
La idea que le pasó por la cabeza hace un momento no se le iba. Siendo sincera, si Erkin le preguntara ahora si debe dejar de ser su escolta y volver a su puesto anterior, ella le diría que ni hablar.
No necesitaba analizarlo mucho: simplemente no quería que se fuera.
Y no es que se sintiera súper cómoda con él. De hecho, era más bien lo contrario, era un poco incómodo. Erkin la había visto en sus peores momentos, drogada y borracha haciendo papelones, hasta escuchó a Ricardo llamándola ‘perra’.
Él sabía que, a pesar de ese apodo elegante que le ponen a las chicas de alcurnia, ella no era más que un miembro de la organización que podían botar cuando ya no sirviera. Sabía que era una Faleira y todo el maltrato psicológico que sufrió por parte de Antonio.
Como él conocía todas sus debilidades y vergüenzas, se sentía incómoda. Pero, pensándolo bien, por eso mismo era el hombre perfecto para este plan.
Como ya lo sabe todo, no hay necesidad de esconder nada ni de pasar por el roche de explicarle su situación. Lo que antes era una incomodidad, ahora se volvía una ventaja.
Además, si sacaban a Erkin, fijo que metían a otro soldado o a un principiante, qué flojera tener que lidiar con alguien nuevo.
Desde que escuchó la conversación con Chiara, ya se imaginaba que Ricardo intentaría empujarla hacia algún hombre pronto, pero no sabía que pensaba meter a su futuro marido en los negocios tan descaradamente. No se podía quedar de brazos cruzados.
Y más allá de todas estas razones, la verdad era que odiaba la idea de que Erkin dejara de cuidarla y se alejara. A pesar de que hasta hoy solo pensaba en cómo evitarlo, no quería que se fuera de esta manera. ¿Quién se cree Ricardo para decidir eso?
Entonces…….
Berenice terminó de pensar y volteó. Se topó con los ojos de Erkin, que parecía estar esperando su respuesta todo este tiempo. Se sorprendió un poco, pero recuperó la compostura y le preguntó:
—Erkin, ya que las cosas se pusieron así… ¿quieres estar conmigo?
—……?
—Digo, una relación por contrato, pues. Solo para que nos vean.
Berenice pensaba que él se iba a morir del susto, pero por alguna razón, Erkin ni se inmutó. Tenía una cara como si ya se hubiera esperado este lío, o como si lo hubiera deseado alguna vez, o tal vez como si él mismo hubiera soltado la propuesta si ella no se le adelantaba. No se veía para nada sorprendido.
—¿Necesita una excusa para chatear el compromiso y la boda?
Vaya, es un éxito trabajar con alguien que ya se sabe todo el cuento. Es rápido, no se hace bolas y no va a malinterpretar las cosas. Con él no hace falta ponerse máscaras ni fingir sonrisas por compromiso.
—Sí, exacto.
respondió ella de forma directa.
Ante la respuesta tan seca de Berenice, Erkin recién puso una cara de extrañeza y preguntó:
—Entiendo el punto, pero… ¿por qué yo? Si también están Michele y Andre…
Al oír los nombres de los otros candidatos, Berenice puso una cara de asco, como si hubiera mordido un limón malogrado.
—Ellos son familia, pues.
—…….
—Ricardo no es mi único hermano. Michele y Andre también lo son. Si sacas la cuenta, he pasado mucho más tiempo con ellos que con nadie.
—Y Alberto Castillo es su amigo.
—¿Viste? Por eso te digo.
Familia, hermanos…….
Erkin repitió esas palabras en su mente como si fueran algo lejano, algo que sus manos nunca podrían tocar. Por un segundo, esa expresión que ponía cuando miraba a los niños con sus familias le cruzó la cara y desapareció como el viento.
—Por cómo me soltó el tema hoy, parece que Ricardo va a formalizar lo de la boda dentro de poco. Necesito a alguien que lo frene y enfríe las cosas por un tiempo.
—Tiene sentido.
—Además, Ricardo ya se alucinó que hay algo entre nosotros. Si ahora salgo con que estoy viendo a otro hombre, solo voy a levantar sospechas. Y si eso pasa, van a decir que tú descuidaste tu chamba.
Erkin abrió los ojos, sorprendido de que Berenice estuviera pensando en su bienestar.
—Si prefieres que digan que eres un descuidado en el trabajo, avísame ahorita.
—No, no. Siga explicando, por favor.
—Y lo otro es que Ricardo está convencido de que yo te seduje primero. Como él piensa que tú caíste redondito ante mis encantos, no te va a cuadrar si le decimos que estamos saliendo en serio. Hasta capaz que confía más en ti por eso.
Entonces……. Berenice sintió que las puntas de sus dedos temblaban un poquito. Pasó saliva y, esta vez con un tono más serio, le soltó la firme:
—…Hagamos que ese compromiso no exista. Quédate conmigo hasta que aparezca alguien más.
—O sea, ¿quiere que tengamos un romance de pantalla?
—Es lo que te vengo explicando hace rato. ¿Qué, no quieres? Entiendo que tal vez no te cuadre la idea, pe…
—No, me parece bien.
—¿Te parece bien?
Berenice se sorprendió tanto que casi se le sale una sonrisa de alegría, pero se contuvo y repreguntó:
—¿Por qué tan rápido?
—¿Cómo que por qué?
respondió Erkin, como si fuera obvio.
—Por más que el Jefe confíe en mí, usted es su familia. Si usted no deja las cosas claras, el Jefe mismo se va a encargar de ‘arreglar’ mi vida permanentemente, la verdad es que yo quiero seguir vivo. No me metí a la organización para morir joven.
Berenice estuvo a punto de decirle que, en realidad, Ricardo confía más en él que en su propia hermana, pero prefirió callarse. Si él piensa eso, mejor no le muevo el piso, pensó.
—Solo le vamos a decir a Ricardo que estamos saliendo. Esto es secreto, no se lo digas ni a Michele ni a Andre. Si esos dos se enteran, fijo que se arma un chongo innecesario.
Pensó que no hacía falta ir contando el chisme por ahí, a menos que los ampayaran. Erkin asintió despacio y preguntó:
—¿Acaso Michele y Andre saben absolutamente todo sobre usted, señorita?
—Pues sí, supongo. Es difícil escondernos algo entre nosotros.
Berenice no sabía por qué preguntaba eso, pero le respondió con toda la sinceridad.
—Pero… aunque esto funcione por ahora, ¿qué va a hacer después? ¿’Hasta que aparezca otro hombre’? Por más que sea de mentira…
—No te preocupes. No te voy a meter en problemas.
Aunque era un plan armado al caballazo, Berenice no se veía nerviosa.
—Si te preocupa que después de que se acabe el contrato sea incómodo verme a la cara, no te hagas paltas por eso.
—¿Y eso por qué? ¿Ya tiene algún truco bajo la manga?
preguntó Erkin, mirándola con cautela. Parecía que no entendía cómo ella podía estar tan segura de lo que pasaría en unos meses si ni siquiera sabía qué iba a pasar hoy.
Pero Berenice no soltó prenda.
—Nada, solo digo que tengo mis métodos.
—…….
—Bueno, Ricardo dice que si terminamos él se va a sentir mal estando en el medio de los dos, pero ¿a quién le importa? Él fue el que empezó con sus alucinadas, ahora que se aguante.
Berenice marcó su línea, dejando claro que los sentimientos de Ricardo no eran problema de ellos.
—Aun así… aceptaste más rápido de lo que pensé. Y yo que te iba a dar tiempo para que lo pensaras bien.
Berenice se recostó en el sofá, sintiéndose victoriosa por haber cerrado el trato, pero de pronto arrugó el entrecejo.
—Ah, no me digas que tú… Erkin…
Él, que ya sabía por dónde venían las ocurrencias de Berenice solo por el tonito de su voz, la cortó en seco antes de que soltara cualquier tontería.
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