Perros entre rosas marchitas - 53
Era un collar que él había elegido pensando en que le quedaría perfecto, parece que a Berenice también le encantó, porque no podía dejar de mirarlo.
—¿Me queda bien?
Berenice se puso el collar de inmediato, se chequeó en el espejo y se dio la vuelta para preguntarle. Erkin sintió que el aire se le escapaba lentamente.
Vio esos mechones finos que caían rebeldes bajo su peinado recogido, sus hombros rectos donde se marcaban los huesos al abrazarla, ese cuerpo que era el resultado evidente de no haber dejado de entrenar ni un solo día para manejar armas y espadas a la perfección…
La mirada de Erkin subió por ese cuello elegante y recto, como el de un ciervo, hasta detenerse en el collar. La gema de un verde intenso, que hacía resaltar la forma de una rosa, brillaba igualito que los ojos de Berenice.
Le quedaba mil veces mejor de lo que Erkin había imaginado cuando lo compró. Él sonrió, sintiéndose totalmente satisfecho.
—Le queda muy bien. Se ve hermosa.
—…….
Fue una verdad directa, sin tanto floro ni adornos, pero la barbilla de Berenice, que hace un segundo estaba levantada con orgullo, se puso tiesa de la nada.
—Ah… ya. Gracias.
—……?
—A mí también me gusta.
Hasta su forma de responder fue media tosca, toda cortante y forzada.
Erkin se quedó pensando. Ella siempre se la pasaba diciendo que no había forma de que se viera fea, que con esa cara no podía ser humilde y se lanzaba flores a cada rato; por eso, él esperaba que recibiera el cumplido como si nada, quizás con una risita sobrada. Pero ahí estaba ella, con una cara de no saber qué hacer, evitando su mirada como si fuera la primera vez que escuchaba un halago en su vida.
‘Ah’, Erkin soltó un suspiro mental, dándose cuenta de la situación.
‘Le da roche que alguien más le diga cosas bonitas’.
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—Cecilia.
Ricardo se estaba chequeando la cara y la ropa frente al espejo cuando la llamó. Cecilia, que estaba echada en la cama, volteó a verlo.
—Dime, te escucho.
—Eso que dijiste hace un rato… sobre que Berenice me cría como a un perro.
Se quedó callado de golpe, como si hubiera cortado la frase con una tijera, pero Cecilia no lo presionó.
—Te estoy escuchando, habla tranquilo.
—Bueno, yo siento lo mismo.
—…….
Al verlo así, soltando las palabras de a pocos como quien quiere confesarlo todo aunque le cueste, Cecilia se sentó despacio en la cama. La sábana delgada se resbaló de golpe, dejando ver su cuerpo blanco sin una sola prenda encima.
—Ya sea un perro que tú mismo cruzaste para que nazca o uno que te encontraste en la calle y te lo llevaste porque servía… un perro es un perro.
—Si tú, que eres su hijo, eres un perro… ¿entonces Antonio también lo era?
Cecilia mencionó como si nada al primer jefe de los Valentiera, que murió hace tres años, llamándolo ‘perro’ mientras se encogía de hombros. Ricardo, que por dentro estaba todo ansioso, soltó una risita.
—Exacto. Por eso la trato bien, porque somos perros de la misma calaña. Porque es mi única hermana.
—Ya lo sé. Pero, ¿a qué viene todo esto ahora?
Ricardo, ya con la camisa limpia puesta, se quedó mirando a Cecilia a través del espejo antes de levantarse y sentarse al borde de la cama.
—Es que si me hago el pobrecito…
—…….
—Tú me acaricias el doble de lo normal.
Cecilia soltó una carcajada burlona y se puso a amarrarle la corbata. Ricardo se quedó mirando esas manos largas y blancas mientras preguntaba:
—Entonces, ¿qué fue de lo de ir a tomar algo?
—Estoy medio cansada, voy a pensarlo.
Ricardo le mordió el labio a Cecilia, sabiendo que ella es de las que nunca te dicen un ‘no’ rotundo. Cuando él se separó apenas un poquito, ella aprovechó para preguntar:
—El matrimonio de Berenice es importante, pero ¿qué hay de ti, Ricardo?
—…….
—Ya tienes treinta y tres. ¿Quieres que les diga a mis chicas que te busquen a alguien adecuada?
Ricardo soltó una sonrisa feroz y le presionó los labios con el dedo.
—Te estás metiendo donde no te llaman, Cecilia.
—Mira quién habla.
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Berenice mandó a Erkin abajo primero y se quedó un buen rato en el balcón de su cuarto esperando a que se le pase el roncito de la cara. Cuando por fin salió, se dio de alma con Ricardo.
Él la miró con una cara de sospecha total y soltó su primer reclamo:
—¿Cómo se te ocurre desaparecer si tú eres la protagonista?
—¿Qué protagonista ni qué ocho cuartos? ¿Y tú con qué cara hablas?
Para ella era un cumpleaños de mentira, pero para él era el de verdad. Si hablábamos de protagonistas, el puesto era de Ricardo, de lejos. Él se quedó mirándola con los ojos entrecerrados mientras ella le respondía con la pierna en alto, luego señaló con la barbilla hacia la salita de estar.
Era el lugar donde los invitados esperaban a los dueños de casa. Berenice presintió que se venía lo peor, así que sin decir ni miau, lo siguió y se sentó en el sofá de al frente.
Ricardo no sabía que ella ya estaba al tanto de los planes de boda, así que no quería soltar la bomba de frente. Su plan era esperar a que ella dijera algo para negarse y oponerse a todo, pero apenas prendió su cigarro, lanzó una orden tajante:
—Termina con eso.
—… ¿Eh?
—Corta todo de una vez.
—Habla claro, pues. ¿Qué cosa?
Ricardo frunció el ceño y soltó una ráfaga corta de humo.
—No te hagas la loca. Saca a Erkin de tu vida.
Por un segundo, Berenice se quedó en blanco.
Ella esperaba que Ricardo saliera con temas de compromiso, matrimonio o algún tipo X con el que la estuvieran vinculando. ¿Pero por qué metía a Erkin? Ni que fuera Alberto.
—… Si necesitas a Erkin, llévatelo y ya, pues. ¿Acaso no me lo pusiste de guardaespaldas solo por un tiempo?
Ah, recién mientras lo decía cayó en cuenta.
Erkin no era como André o Michele, esos soldatos que no hacían otra cosa más que cuidarla y manejar su carro. Ricardo se lo había prestado solo por el lío de Russo Gucci.
Así que ahora que Russo Gucci estaba bajo tierra, no tenía nada de raro que Erkin volviera a su puesto original. Le parecía increíble recién acordarse de eso, pero lo que no entendía era por qué Ricardo le encargaba a ella ‘despacharlo’.
Y la verdad… le jodía. No quería sacarlo de su lado. No quería a ningún otro guardaespaldas que no fuera el trío de Michele, André y Erkin.
‘Lo que se da no se quita’, pensó. Justo cuando iba a cuadrar a Ricardo y mandarlo bien lejos con su idea, él se le adelantó:
—Te lo puse ahí para que espantes a cualquier idiota que se te acerque mientras te cuida… ¿O es que primero tengo que preguntarte por qué diablos están saliendo ustedes dos?
—… ¿Eh? ¿Qué cosa?
—¿De verdad creías que no me iba a dar cuenta?
‘¿Qué está hablando este loco? ¿Darse cuenta de qué?’.
Berenice estaba tan en shock que se quedó con la boca abierta, balbuceando sin que le salieran las palabras. Ricardo, como quien dice ‘ya te pesqué’, soltó una risita burlona.
—No voy a seguir indagando, así que aprovecha y dime: ¿Desde cuándo están?
‘¿Cómo que no va a indagar si ya me está interrogando?’
—A ver… ¿Me estás preguntando desde cuándo salgo con Erkin? ¿O sea, desde cuándo somos algo más que guardaespaldas y protegida? ¿Como pareja?
—¿Cuántas veces más quieres que te lo pregunte?
—…….
‘No puede ser, este tipo está mal de la cabeza’
De todas las cosas que la habían sorprendido hoy, que su hermano soltara esa sarta de estupideces con tanta seriedad era lo que más le chocaba.
—Obviamente a Erkin no se le ocurriría algo así. ¿Tú fuiste la que le pidió para estar, no?
Nadie había dicho ni media palabra, pero el hecho de que Ricardo tuviera en mejor concepto a Erkin que a ella misma, que confiara más en él, ya ni siquiera le sorprendía. Estaba demasiado ocupada procesando la tremenda alucinación de su hermano.
El plan de Berenice de cuadrarlo al toque se fue al tacho. Se quedó con la mente en blanco, procesando tanta tontería. Lo peor era que Ricardo no estaba intentando sacarle información para ver si salía con otro; el tipo estaba jurando, por lo más sagrado, que Erkin era su hombre. ‘¿En qué momento se volvió tan loco?’, pensó ella.
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—¿Qué pasa? ¿Como ya lo sé todo te quedaste muda?
‘¿Pero tú qué vas a saber, oye? Estás tan perdido que no sé ni por dónde empezar a aclararte el panorama’
Esto no era como abotonarse mal la camisa; era como si hubiera pedido un abrigo y le hubieran entregado una chalina. En teoría, debería estar furiosa por semejante chisme, pero como el nivel de la alucinación superaba cualquier lógica, ya ni sabía si sentirse indignada.
Tenía que haber una razón para que hablara tantas piedras, a menos que se lo hubiera soñado. Berenice se puso a rebobinar su memoria, frunciendo el ceño.
—¿Te enteraste de lo del parque de diversiones?
—Fui a tu oficina para ver si almorzábamos, Claudia me dijo que te habías ido de ‘date’ con Erkin.
‘Ay, Claudia…’
Berenice se agarró la frente, sintiendo que le empezaba a latir la sien. Sabía que Claudia no le había ocultado la visita de Ricardo a propósito; lo que pasa es que esa mujer tiene la cabeza tan llena de chamba que, si algo no tiene que ver con el negocio, se le olvida al toque.
—También me enteré de que almorzaron por la zona de Lauro.
—… Sí, la comida estaba buena.
—Como Erkin redujo el personal mientras te cuidaba, recién me vengo a enterar de estas cosas.
Como no eran nada, era obvio que no sabía, pero Berenice prefirió no aclarar nada todavía. ‘Con razón’, pensó, ‘últimamente sentía que ya no me vigilaban tanto’.
—El parque de diversiones también estuvo divertido.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—Fue la primera vez… que salí a divertirme por el simple hecho de divertirme, sin pensar en nada más.
Ricardo se quedó callado un momento y se rascó la ceja.
—Pensaba decírtelo después, pero mejor de una vez: estoy buscándote marido. Corta con él antes de que la cosa se ponga seria.
—…….
Sabía que lo más práctico era decirle ‘ya, está bien’, mentirle y cerrar el tema de una vez ya que ni siquiera salía con Erkin, pero la respuesta no le salía de la boca.
—¿No vas a responder?
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Porque si te dejas llevar por un jueguito y luego terminan mal, no solo se van a fregar tú y Erkin, sino que yo también voy a estar en problemas.
Al verle esa cara de ‘solo de pensarlo me da jaqueca’, a Berenice también le empezó a doler la cabeza. Estaba tan desconcertada que, a diferencia de lo que había planeado, se le pasó el tren para reclamarle por eso de que le andaba buscando marido.
Berenice se presionó el entrecejo y preguntó:
—¿Por qué? ¿Acaso piensas usar hasta a mi esposo para tus negocios?
—Si hay un puesto adecuado, ¿por qué no? Por algo la ‘Familia’ es la Familia.
Ricardo lo soltó con una naturalidad pasmosa, como si hablara de algo que iba a pasar mañana. Ella sintió que se le nublaba la vista por la impotencia, pero mientras trataba de calmar su respiración, Ricardo le lanzó una propuesta como si le estuviera haciendo un favor:
—Si sientes que no puedes terminar con él tú misma, dímelo ahorita.
—… ¿Y si te lo digo?
—Yo mismo me encargo de despacharlo.
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